Todos los te quiero que escribimos en la nieve Capítulo 14
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Capítulo 14

Estoy planteándome quedarme a vivir en la calidez del abrazo de Josh, cuando suenan nuestros dos móviles a la vez.

—¿Papá? —pregunto, extrañada de que me llame.

—¿Estás con Josh? —me pregunta.

—Sí. —Lo miro y veo que él también me observa con el ceño fruncido.

—¿Dónde estáis? —pregunta con voz preocupada.

—En el antiguo cine —respondo, temiendo que no le parezca bien que hayamos entrado aquí sin permiso… Noel tiene potestad para dejarnos estar aquí, ¿no?

—Vale, vale —dice con voz más calmada.

Oigo voces al fondo; deben de ser de mis abuelos.

—No os habéis acercado a la puerta de salida, entiendo —afirma.

—No… —digo, y ahora la que está preocupada soy yo.

—No pasa nada, el temporal se ha adelantado unas horas y acaba de empezar a soplar un viento muy fuerte. Es mejor que de momento no salgáis.

—Pero estamos muy cerca, podemos llegar en cinco minutos si corremos…

—No —añade con tono firme—. Ahí estáis seguros y resguardados, serán solo unas pocas horas. Esperad a que pare el viento y la nieve. Y no os acerquéis a la puerta.

—Vale —digo un poco asustada.

Oigo la respiración de mi padre y estoy a punto de despedirme y colgar cuando vuelve a hablar.

—¿Te acuerdas cuando tenías nueve años? —pregunta, y puedo notar la nostalgia en su voz—. Estuvimos los cinco en el salón toda la noche y, cuando se fue la luz, tu madre nos leyó Cuento de Navidad , alumbrándose con una linterna.

Asiento, aunque no me vea, porque me cuesta hablar al recordar cómo me acurruqué contra mi madre y me dormí con el sonido de su voz sobre el silbido del viento.

—No pasó nada ese día y no pasará hoy, no es una tormenta muy fuerte —dice para tranquilizarme.

—¿Se encuentran bien los abuelos? —pregunto, aunque ellos están más acostumbrados que nosotros a estos temporales.

—Sí, estamos todos en casa. Hablamos cuando se calme, ¿vale? O llámame si lo necesitas.

Nos despedimos y, aunque sé que no va a pasar nada, no puedo evitar sentirme un poco nerviosa. ¿Se irá la luz? ¿Se cortarán las comunicaciones?

—Voy a asegurar la puerta del cine —dice Josh, que también ha terminado de hablar, supongo que con su madre.

Tiene el ceño fruncido y el rostro serio mientras camina hacia el vestíbulo.

Lo sigo porque no me apetece quedarme sola y porque espero poder ayudar en algo.

En cuanto salimos de la sala, oímos el silbido del viento y los golpes que da la puerta, que, incluso cerrada con llave, tiembla un poco haciendo que las dos hojas se golpeen entre ellas.

Ayudo a Josh a mover un mueble lo bastante pesado como para aguantar la puerta, pero no tanto como para que no podamos arrastrarlo entre los dos. Aunque la moqueta no nos lo pone fácil, conseguimos pegarlo a la puerta y esta deja de dar golpes.

Volvemos a la sala un poco aturdidos por el cambio de ambiente, ahora más tenso que hace unos minutos.

Me siento en el suelo, con la espalda apoyada en una de las paredes laterales de la sala.

Pensar en ocupar las butacas en las que estábamos antes me da sensación de desprotección.

No debería estar tan inquieta, pero no puedo evitarlo.

Creía que para cuando empezara la tormenta ya estaría en casa de mis abuelos y no me había preocupado mucho por ello.

—Lo siento —dice Josh, apoyándose en el reposabrazos de la butaca más cercana con las manos en los bolsillos y la mirada fija en los pies—. Tenía que haber pensado que esto podía pasar. Deberíamos haber quedado otro día.

Me vuelven a dar ganas de abrazarlo. Pero ¿qué me pasa…?

—No es culpa tuya, yo también podría haberlo pensado —digo para intentar que se le vaya ese sentimiento de culpabilidad que no tiene sentido—. Aquí estaremos a salvo.

—Ya, pero nos lo estábamos pasando bien y ahora…

—Ahora me puedes contar cómo vas con el porfolio —lo interrumpo, intentando animarlo, aunque puede que no sea una buena idea si no ha conseguido avanzar con ello.

Levanta la vista y me mira un poco más tranquilo, pese a que en el fondo sigo distinguiendo esa preocupación.

—Mejor —dice.

Se balancea un poco y finalmente se separa de la butaca.

Saca la manta de la bolsa, donde ya la había guardado, y se sienta a mi lado, tapándonos a los dos con ella, separados por solo unos pocos centímetros que parecen gritar los años que hemos pasado distanciados.

No recuerdo ninguna ocasión en la que nos sentáramos uno al lado del otro y no notara su respiración en mi costado.

—¿Crees que hay alguna razón por la que estés tan bloqueado? —le pregunto con curiosidad.

—Yo… —duda. Se queda en silencio tanto rato que creo que no va a decir nada más.

Lo entiendo, nos hemos perdido muchas cosas el uno del otro, y una de esas es la confianza que teníamos y que nos llevaba a contárnoslo absolutamente todo. Aunque eso no quita que la pena me invada el cuerpo. Pensaba que todo volvía a ser como antes, pero quizá estaba equivocada…

Me arrebujo más en la manta, odiando esos centímetros que nos separan y que me gustaría hacer desaparecer para sentir su calor y no el gélido paso del tiempo que me congela el pecho.

—Llevo meses preparando el porfolio —dice de repente, y me doy cuenta de que en estos minutos de silencio estaba intentando poner sus pensamientos en orden—.

Tengo que enviar quince obras. Pueden ser de las que ya he hecho, pero quería que tuvieran conexión, que cuando las vean no tengan dudas de que voy a aprovechar todo lo que me vayan a enseñar en la universidad, que no tengan dudas de que me merezco esa beca.

Se mueve agitado en el sitio, nervioso, incómodo. Da la sensación de que siente demasiadas cosas ahora mismo y ni él mismo sabe bien cómo gestionarlo.

—Así que empecé a pensar ideas de forma que pudiera crear quince obras con distintas técnicas, pero que tuvieran un hilo conductor. Nunca lo he hecho con tanta cantidad… Quiero decir, igual conecto tres o cuatro, pero quince son muchísimas.

Se queda en silencio otra vez y, llevada por un impulso, busco su mano bajo la manta, entrelazo mis dedos con los suyos y me dejo caer a su lado, para que sepa que estoy aquí. Temo que se aparte o notar rigidez en su cuerpo, incómodo, pero no ocurre nada de eso. Las dejamos así, sobre su muslo.

Encajan como si los cinco años que hemos pasado separados no hubieran existido, como si se reconocieran la una a la otra por todas las veces que estuvieron juntas en el pasado.

Cuando corríamos por la calle, arrastrándonos el uno al otro, o cuando Lily quería ver alguna película que nos daba un poco de miedo, o ese día en el que me sirvió de ancla durante horas.

Sé que no es la primera vez que nos damos la mano durante estos días, pero en esta ocasión no hay ninguna finalidad en ello, solo notar la piel del otro cerca, y me siento un poco rara al tiempo que no quiero estar de ninguna otra manera en ningún otro sitio con ninguna otra persona.

—Iba más o menos bien —sigue—. Había hecho algunos esbozos, sabía más o menos por dónde quería ir… hasta que un día me di cuenta de que nada tenía sentido, que no iba a conseguir ninguna beca con ideas que, de pronto, me parecían infantiles y con las que no podría transmitir ningún sentimiento.

Todavía recostada en él, solo lo veo de reojo, pero es suficiente para saber que le está costando contarlo, que hay algo que se está guardando.

Le aprieto la mano, para que sepa que estoy aquí, intentando que entienda que, sea lo que sea, no me voy a ir. Me devuelve el apretón y, cuando me incorporo, él me mira con la culpa y la pena llenándole los ojos.

—Unos días más tarde me di cuenta de que ese día en el que me bloqueé fue el mismo en el que Lily recibió el correo de aceptación de la beca para Rochester.

Vuelve a bajar la vista.

—Siempre he tenido la sensación de que para ella es todo fácil, que no le cuesta esfuerzo.

Da igual lo que se proponga, lo va a conseguir y sin despeinarse.

Y me alegro mucho por ella, por supuesto.

Pero yo… Esto es lo único que me he propuesto desde que era pequeño y está claro que no voy a lograrlo.

Me pego más a él y traigo nuestras manos a mi regazo, envolviendo la suya entre las dos mías. Sintiendo esa sensación de fracaso en mi propio estómago.

—Y sé que no es así, que no es tan fácil para ella. Que se esfuerza muchísimo. Pero es que lo parece —susurra—. Como el día que llegaste. No dudó ni un segundo en abrazarte como si la última vez que nos hubiéramos visto hubiese sido solo unos meses atrás y no el día más triste que recuerdo.

Se calla, apretando los labios, recordando el día del entierro de mi madre, el día en el que no me soltó la mano hasta que nos separamos para ir cada uno a su casa y que, incluso en ese momento, lo hizo a regañadientes, como si intuyera que ya no volvería a poder hacerlo hasta cinco años más tarde.

—Y yo me quedé allí, quieto, como un tonto, sin moverme, sin decir nada, sin demostrarte todo lo que te había echado de menos. —Las últimas palabras le salen ahogadas y consiguen que el pecho se me encoja.

—Yo también te he echado de menos —confieso en un susurro.

Nos miramos unos segundos, con la pena de los años perdidos y el alivio de volver a estar juntos.

—Bueno… Ahora te toca a ti —me dice tirando con suavidad de mi mano y poniéndola sobre su regazo, como si nos intercambiáramos los papeles.

Me encojo de hombros.

—¿Qué quieres saber? —le pregunto sin tener ni idea de por qué esa mirada de curiosidad.

—¿Qué estabas pensando ayer, después de que Lily te dijera que creía que ibas a estudiar Repostería?

Lo miro sorprendida.

—¿Tú no estabas dibujando? —pregunto, al recordar lo concentrado que estaba cada vez que le echaba algún vistazo.

—Podía oír los engranajes de tu cerebro funcionando incluso sin mirarte —dice con su sonrisa ladeada.

Suspiro, porque sé que no es verdad y me da un poco de vergüenza que me mirara sin que yo me diera cuenta.

—¿Qué pensabas? —me repite, con un tono más suave y envolviendo más mi mano con las suyas.

—No me han aceptado en Caltech en la fase de admisión temprana —resumo.

Josh me mira, sorprendido, y frunce el ceño.