Todos los te quiero que escribimos en la nieve Capítulo 13 #2
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Capítulo 13 #2

La oscuridad no me deja ver con detalle el colgante, pero no podría olvidarlo. Es alargado, de unos tres centímetros, y tiene un abeto tallado o, al menos, algo parecido, teniendo en cuenta que lo hice yo a los ocho años con la supervisión de mi abuelo.

Vuelvo a nuestro campamento improvisado y saco el móvil del bolsillo del abrigo.

Se lo muestro a Josh, que se ha acercado extrañado por mi reacción.

Se lo tiendo demasiado rápido y noto que me tiembla un poco la mano.

Al darse cuenta de qué hay en mi fondo de pantalla, sonríe, y yo noto cómo las mejillas me arden.

Ojalá hubiera más luz porque estoy segura de que está tan rojo como yo por la forma en la que baja la vista.

—Yo… tengo todos tus dibujos guardados —le confieso—.

Y… —Dudo porque hace mucho que cuento lo que siento a cuentagotas, pero con Josh creo que me es más fácil—.

Me hizo mucha ilusión cuando descubrí el primero.

Y todos los demás —añado, por si acaso—, pero el primero fue en un día horrible y me hizo sentir un poquito mejor.

—Me alegro —susurra a la vez que sonríe con timidez.

—¿El próximo me lo darás en mano? —le pido.

Josh duda, aprieta los labios y sé que no es porque no quiera, sino porque no le gusta que vean sus dibujos frente a él. Nunca se ha sentido cómodo con ello.

—Vale —contesta, revolviéndose el pelo. Lo dice como si estuviera aceptando algo importante.

Mete la mano en el bolsillo pequeño de la mochila y saca un papel doblado que me tiende sin mirarme. No hay mucha luz, pero me da igual, lo despliego.

Sonrío al ver un reno de nariz roja, como el de casa de los Sutton, con un cartel donde pone perdón . Contengo las ganas de darle un abrazo de nuevo. A ver si ahora, por dar uno, me voy a convertir en un oso amoroso.

—Me encanta —digo, a lo que Josh asiente un poco avergonzado, pero con una sonrisa.

Seguimos viendo la película, aunque no como antes.

Me muevo en el asiento sin darme cuenta, le echo miradas de reojo y en alguna de esas ocasiones lo pillo haciendo lo mismo.

Me da la sensación de que las risas nos salen entrecortadas, como si los nervios quisieran quedarse algunos trocitos.

Si no conociera esta película al dedillo, no me estaría enterando de nada.

Hago una mueca cuando Westley le levanta la mano a Buttercup.

—Uf, había borrado esto de mi mente.

—Le puedo preguntar a Noel si hay alguna forma de cortar un trozo de película, igual se puede quitar y así la próxima vez nos lo ahorramos.

Estoy a punto de asentir cuando me doy cuenta de lo que ha dicho.

Como si estuviera seguro de que de nuevo veremos esta peli aquí…

Si mi padre no quisiera volver las navidades que vienen, ¿tal vez querría venir yo sola?

Tendré casi dieciocho años, habré empezado la universidad.

Sigue sin gustarme pasar frío y estar rodeada de luces de colores todo el tiempo, pero no quiero separarme otra vez tanto tiempo de mis amigos…

De Josh… Trago saliva, aclarándome la garganta, como si fuera la película la que me ha dejado sin voz, y me obligo a mirar otra vez la pantalla.

—¡Se acuerda perfectamente de sus ojos y no es capaz de reconocerlo! —exclama Josh frustrado, sacándome de mis pensamientos, cuando Buttercup no reconoce a Westley.

Me río al reconocer nuestra eterna protesta, porque puede haber muchas incongruencias en esta película, pero esta es la única que no nos tragamos.

Después de unos segundos de silencio en los que se mueve para reacomodarse en la butaca, se gira hacia mí y vuelve a hablar:

—Si antes de volver a vernos, nos hubiéramos cruzado por la calle y yo hubiese llevado un antifaz, ¿me habrías reconocido? —me pregunta.

Lo hace con un tono ligero, divertido, pero, al ver sus ojos del color del anochecer clavados en los míos con mil emociones distintas brillando en ellos, sé que está fingiendo.

—Sí —le respondo. Y me sorprende lo fácil que me sale.

Me parece notar que suelta aire por la nariz, como si lo hubiera estado reteniendo, y vuelvo la vista a la pantalla con una sensación extraña en el pecho que no sé qué significa.

La película avanza y las palomitas se acaban. En ese momento, Josh saca una bolsa de chuches que me hace recordar los dolores de tripa que teníamos siempre que nos empachábamos con ellas.

—Ten por seguro que, si algún día te ataca una «rata de aspecto gigantesco», no me quedaré mirando cómo se te come —digo con expresión de disgusto en la escena en la que Buttercup se queda inmóvil mientras Westley lucha.

Josh ríe.

—Lo mismo digo.

Cuando Montoya se encuentra con el conde, los dos repetimos: «Me llamo Íñigo Montoya.

Tú mataste a mi padre. Prepárate a morir» con tono grave y pomposo cada una de las veces que lo dice él.

También repetimos la última frase de la historia que cuenta el abuelo y solo nos quedamos quietos y callados al llegar los créditos.

La pantalla se funde a negro al terminar y la sala permanece casi completamente a oscuras.

Me pregunto qué sintió mi madre cuando terminó de verla en este mismo cine.

¿Se pasó la película hablando con el chico y le dio pena que se acabara?

¿O prefirió salir para poder comentarla con él?

¿Alguna vez volvieron aquí y se llegaron a coger de la mano mientras Buttercup y Westley se confesaban su amor?

¿Qué más cosas vivió antes de que yo naciera que ya no podrá contarme?

—¿En qué piensas? —pregunta Josh.

—En mi madre —respondo.

Josh me aparta algunos rizos que me caen sobre el rostro y que no le dejan ver mi expresión.

—Pero… ¿bien? —pregunta con un poco de miedo.

Asiento.

—Es raro pensar en ella como una adolescente como yo —digo con una sonrisa triste—. Y la echo mucho de menos, pero me está gustando leer su diario y hacer sus planes.

Miro a Josh, que me observa pendiente de cada palabra que digo.

—Así que gracias por ayudarme.

Asiente cambiando su expresión atenta por la sonrisa que le arruga la nariz.

—Me hizo mucha ilusión que me contaras lo del diario —confiesa—. Sé que es algo entre tu madre y tú, que es importante para ti, y me alegro de poder ayudarte.

Puede que me haya convertido en un oso amoroso, pero me da igual.

Le doy un abrazo aunque me clave el reposabrazos en el estómago.

Se ríe por la sorpresa y su pecho vibra contra el mío, donde el corazón late con fuerza, como si estuviera intentando hacerse grande y ocupar más espacio dentro de mi cuerpo.