Capítulo 13
Después de comer y descansar un rato, salgo de casa con todos mis accesorios de «Barbie va a la nieve» puestos, incluidos los guantes.
Se supone que esta noche hay tormenta y, aunque aún quedan horas para eso, el viento sopla frío y la nieve cae arremolinándose a mi alrededor, fina, ligera, acariciándome la piel de las mejillas que tengo al descubierto y dejando pequeñas gotitas sobre ella.
He quedado con Josh aquí, en la calle.
De vuelta a casa, después de despedirnos de Noel, se ha entretenido hablando con él y, cuando nos ha alcanzado, me ha dicho que ya tenía solución para lo de la peli.
Le he preguntado y solo me ha indicado la hora y el sitio.
No ha dicho más por mucho que he insistido, ni cuando le he amenazado con envolverlo en espumillón.
Mi amenaza sonó poco sería porque no lo tenía a mano.
Distingo su gorro naranja y camino hacia él, extrañada de que no esté en casa, donde ha entrado cuando nos hemos despedido.
—¿Preparada? —pregunta a unos pasos de distancia.
—Sí, pero ¿adónde vamos?
Me tiende una mano y me mira con los ojos llenos de ilusión, como la mañana de Navidad antes de abrir los regalos.
—Lo sabrás en unos minutos —dice con su sonrisa ladeada habitual.
Tomo su mano y me sorprendo al sentir una pizca de decepción por haberme acordado de los guantes y no poder sentir el calor de su piel a través de las capas de tela.
Caminamos hacia una de las calles paralelas a la principal. Tal y como avanzamos me doy cuenta de que por aquí se va al antiguo cine.
—¿Josh? —le digo, interrogante.
Pero él solo me tira de la mano sin decir nada hasta llegar al edificio en el que un cartel, que en algún tiempo iluminaba toda la calle con sus bombillas redondas, ahora muestra títulos de películas a los que les falta la mitad de las letras.
Por lo que recuerdo de la vez que le pregunté a mi madre, el local se quedó pequeño para la cantidad de vecinos que asistían a esos ciclos de cine y, con el propósito de evitar disputas, lo cerraron para ampliarlo.
Pero, a día de hoy, parece que aún no han conseguido el dinero o los permisos necesarios.
Nos detenemos frente a la verja, vieja y bastante oxidada.
Josh saca un manojo de llaves y se quita uno de los guantes para buscar la correcta.
Me fijo en que lleva los dedos manchados de carboncillo y espero que eso signifique que ha estado avanzando en su porfolio.
Cuando la cerradura gira, lo miro estupefacta.
Esconde su cara detrás de la bufanda y sé que es para que no le vea la expresión de satisfacción al haber conseguido sorprenderme.
Le ayudo a cerrar la verja otra vez y caminamos sobre el suelo de mármol gris, junto a la taquilla, donde aún hay carteles pegados de las últimas películas que pusieron antes de cerrar, como Qué bello es vivir o Gremlins .
Josh vuelve a buscar la llave correcta y abre la puerta de doble hoja metálica y acristalada que da al vestíbulo interior.
Las luces están apagadas, pero, al pisar, noto moqueta bajo mis pies.
Josh se va hacia una puerta lateral con la linterna del móvil encendida y, a los pocos segundos, las luces del local se iluminan.
Cierro los ojos un momento, hasta que me acostumbro a la luz y puedo ver la moqueta roja.
A un lado, la barra de nogal tiene una capa de polvo por encima, al igual que la máquina de palomitas.
Enfrente veo las puertas granates de la única sala que tiene este cine.
Caminamos hacia ellas y, cuando entramos, me doy cuenta de que de verdad estamos en el mismo cine en el que mi madre vio La princesa prometida .
—Noel era el encargado cuando estaba abierto —me explica Josh mientras yo miro alrededor, alucinada de estar aquí—.
He hablado con él esta mañana y, como aún tenía las llaves, me ha ayudado a buscar la cinta de la película y me ha explicado cómo funciona todo.
Me debe algún que otro favor —añade con un guiño.
Acaricio el respaldo de una de las butacas, del mismo tono que la moqueta y con los reposabrazos de madera color avellana, para asegurarme de que es real.
No es un espacio grande como los cines que hay en la ciudad, es más como haber viajado al pasado, a las salas que salen en las películas de los cincuenta.
Y, de alguna forma, pese a los años cerrado, mantiene la calidez que debió de llenarlo entonces.
Miro a Josh, que me observa expectante, esperando mi reacción. Pero soy incapaz de moverme. ¿De verdad vamos a ver aquí la película? El corazón me va tan rápido que me retumba en los oídos. Ni se me había pasado por la cabeza que esto fuera una posibilidad.
Josh se balancea y eso me hace reaccionar.
Algo tira de mí y unas ganas de abrazarlo que hace tiempo que no sentía con nadie me empujan.
Tengo miedo de que sea incómodo, aunque el otro día él me dio un abrazo, pero fue solo un segundo, en la calle, y no ha vuelto a pasar.
Aunque también fue rara la primera vez que volvimos a hablar y la segunda…
Si no lo hacemos de nuevo cada una de las cosas que no nos costaban ningún esfuerzo hace años, nunca tendremos la amistad de entonces.
Y, ahora mismo, al ver lo que ha hecho para que yo pueda cumplir con el plan de mi madre, lo que más deseo es que lleguemos a tener la misma confianza que hace cinco años…
No sé qué me empuja, pero respiro hondo, dejo de darle vueltas y hago, por fin, eso que llevo tanto queriendo hacer.
Le rodeo el cuello con los brazos y apoyo la mejilla en su hombro.
Me da la sensación de que el tiempo pasa lentísimo mientras me muevo porque no dejo de pensar en que se va a apartar de mí o no me va a corresponder, pero nada de eso ocurre.
Josh no duda ni un instante antes de rodearme fuerte con sus brazos.
Como si hubiera estado esperando todos estos días a que yo diera el paso y el del otro día solo hubiese sido un pequeño recordatorio de que estaba ahí para cuando yo estuviera preparada.
El corazón, que me daba golpes en el pecho cuando estaba intentando decidir qué hacer, ahora late a un ritmo tranquilo y estoy segura de que es por el olor tan familiar de Josh: a chocolate y abeto, a lo que olían las navidades hace años.
—Gracias —le digo cuando nos separamos.
Josh asiente con expresión feliz, que siento que es un reflejo de la mía por el dolor de mejillas que empiezo a notar.
Me guía por el pasillo hasta dos butacas que quedan en el centro y me doy cuenta de que ha venido preparado cuando echo un vistazo a una bolsa de deporte que hay en el suelo.
Al sentarnos, tira una manta peludita sobre nuestras piernas y me pasa un bol de palomitas y un vaso de cartón con refresco de cereza, que dejo en el suelo junto a mí, a falta de otro sitio para ponerlo.
Cuando ya estamos preparados, se levanta para encender la película y vuelve corriendo.
—¿La ponían en el ciclo de películas navideñas solo porque hay decoración de Navidad en la habitación del niño? —pregunto, dándome cuenta ahora de que no es de las más típicas.
—O porque mi madre convenció a quien fuera que lo organizaba para que la echaran poniendo esa excusa.
—Eso tiene sentido —asiento.
En el momento en el que Westley dice por primera vez «como desees», recuerdo la emoción que transmitían las palabras de mi madre en el diario y no puedo evitar sonreír con cariño.
No vemos la película en silencio. Yo hago comentarios sobre cosas que no tienen sentido en todo momento y Josh repite diálogos enteros a la vez que los personajes en la pantalla.
—Un momento, un momento, ¿qué es esto? —exclamamos los dos a la vez que lo hace el niño de la película.
Nos miramos y se me escapa la risa porque es lo mismo que hacíamos de pequeños.
—¿Sabes a quién me recuerda Vizzini? —digo, y Josh me mira con las cejas alzadas—. En la peli Bichos , la pulga del circo, la que trata fatal a los demás insectos.
Josh abre mucho los ojos.
—Es verdad.
Cuando Westley e Íñigo Montoya se ponen en pie para luchar, Josh me coge de la mano y tira de mí.
Tengo los reflejos justos para dejar las palomitas a salvo junto a la bebida antes de que sea demasiado tarde.
Me pasa la misma espada de plástico que usábamos cuando jugábamos y nos ponemos en guardia.
—Lamentaré mataros —digo con la espada de plástico en la mano a la vez que Íñigo Montoya.
—Lamentaré morir —responde Josh, alzando la suya, mientras imita a Westley y se ajusta las gafas.
De alguna forma, mi brazo aún recuerda los movimientos. Nos desplazamos por la sala y recitamos cada palabra del diálogo como si no hubiera pasado el tiempo. Reproducimos la misma escena a la que hace años dedicamos semanas enteras a aprendernos al dedillo.
Lo acorralo contra uno de los asientos. Noto que el corazón me late con fuerza y, durante unos segundos, me desconcentro al tener su rostro tan cerca.
No hay casi luz y no estoy segura de si me lo imagino, pero tengo la sensación de que la expresión de Josh también cambia por un momento, volviéndose más seria.
No me da tiempo a confirmarlo porque él se recompone más rápido que yo y me aparta como el Westley de la película le hace a Íñigo Montoya.
Seguimos la escena y, cuando a Josh le toca darme un golpe en la cabeza, en vez de un pequeño toque como hacíamos antes para que yo fingiera desmayarme, me tiende la mano para ayudarme a levantarme aunque no lo necesite.
Nos quedamos unos segundos así, recuperando el ritmo normal de la respiración.
Y entonces me fijo en el colgante que lleva al cuello, que se le ha escapado de debajo de la camiseta, y esa sensación cálida que me ha acompañado desde que hemos entrado aquí se intensifica al confirmar que es el que yo le regalé.
—Aún lo tienes —susurro, tan bajo que no sé si me habrá oído por encima de Westley y Fezzik.
Se mira el pecho, como si necesitara confirmar a qué me refiero.
—Sí…
Parece avergonzado, y lleva la mano al objeto como si así lo protegiera.