Todos los te quiero que escribimos en la nieve Capítulo 12 #3
52%

Capítulo 12 #3

Me quedo al inicio de la fila de personas, ya sin la ropa de abrigo, junto a una de las estufas de exterior que hay repartidas alrededor de la tarima y desde donde veo perfectamente a mi padre, que está ajustando el trípode para la cámara.

Abby se coloca al otro lado de Papá Noel, y Josh y Diya vigilan que nadie se salga del área delimitada para hacer la cola.

Mientras, Joanne y Conrad reparten caramelos y Ethan controla a quienes quieren hacerse una foto en el trineo.

Cuando estamos todos preparados, la alcaldesa da un pequeño discurso de bienvenida a Papá Noel, como si hubiera venido del Polo Norte y no de la calle de enfrente, e invita a todos los visitantes a que vuelvan mañana para la tradicional fiesta de jerséis navideños.

Espero que no le hagan caso o, si no, esto parecerá el centro de Nueva York en pleno fin de año.

Cuando la alcaldesa me hace la señal, acompaño a la primera niña hasta Lily, quien se queda junto a ella mientras le cuenta a Papá Noel todo lo que quiere por Navidad.

A la madre, que está unos pasos por detrás, se le está quedando cara de querer decirle que Santa Claus es mágico, pero no hace milagros.

Me parece curioso que la niña no se siente sobre las piernas de Santa.

Noel no parece tan mayor como para no poder soportar el peso de niños pequeños, aunque qué sé yo.

—Desde hace tres años, los niños no se sientan en su regazo —susurra Josh muy cerca de mí, que se ha aproximado sin que me diera cuenta, como si me hubiera leído el pensamiento.

—¿Por qué? —le pregunto, sin quitar la vista del frente, preparada para dar paso al siguiente renacuajo que no para de moverse.

—Un niño se meó encima de la emoción.

—¡No! —exclamo, ahora sí, mirándolo.

Josh sonríe y asiente antes de volver a su sitio.

Mientras estoy aquí plantada, helada como un pingüino, observo a mi padre.

Hace las primeras fotos muy formal, diciendo a los niños que sonrían y se acerquen a Noel, pero, poco a poco, se va sintiendo más cómodo, deja el trípode a un lado y empieza a capturar cualquier momento en el que ve algo interesante.

Cuando era pequeña siempre llevaba la cámara con él.

En casa debe de haber cajas y cajas de zapatos llenas de fotos porque siempre las imprimía, no le gustaba verlas en el ordenador, decía que si no las podía tocar le parecía que no existían.

Y, con el paso de las horas, me da la sensación de que esa ilusión regresa a su rostro, parece relajado e incluso sonríe tranquilo, mirando a través del objetivo.

El pecho se me llena de una sensación agradable y cálida al verlo disfrutar de algo que había abandonado.

Sin darme cuenta, la mañana pasa rapidísimo gracias a todos los incidentes que tenemos que solucionar como podemos.

Un niño vomita cuando llega frente a Santa, pero Abby tiene los buenos reflejos de cogerlo y apartarlo un poco de Noel para que manche la alfombra roja y no sus pies.

Por suerte, nadie ha intentado arrancarle la barba, aunque un niño, que no tendría ni ocho años, con gafas y cara de listillo, se ha pasado los cinco minutos de espera junto a mí, preguntándome sobre la logística y economía del Polo Norte; supongo que mis respuestas no le han convencido porque, cuando ha subido a la tarima, ha gritado que éramos unos elfos impostores que habíamos secuestrado a Papá Noel.

Ha tenido que intervenir hasta mi padre para conseguir calmar el inicio de una revuelta infantil que hubiera terminado con todos nosotros atados de pies y manos a los bastones de caramelo.

Y, como colofón, ninguno nos hemos podido librar del padre instagramer que no solo quería hacerle fotos a su hija con todos los elfos, sino que nos decía cómo teníamos que posar.

He estado a punto de presentarle mi dimisión a Noel la tercera vez que me ha dicho que sonriera más.

Cuando ya solo quedaban tres familias en la fila, han aparecido las personas del centro social con la señora Fisher a la cabeza.

—Le dije a Bob que hoy no íbamos a tener tiempo del bingo si queríamos venir —dice la mujer, acercándose a nosotros.

—Ha dado tiempo, Judy, no refunfuñes tanto.

La señora Fisher no le responde, con expresión ofendida.

—Noel siempre ha sido el más apuesto del pueblo —dice la señora de las gafas grandes del otro día de la que no recuerdo el nombre.

—Estáis todos guapísimos —dice la mujer que tejía el jersey—. ¡Uy, yo quiero subir al trineo ese!

Por suerte, los amigos de Noel no nos dan tanto trabajo y solo tenemos que ayudar a algunos a subir y bajar del trineo. Bob bromea con sentarse en el regazo de su amigo y la señora Fisher le da con el bastón en el tobillo para que se comporte como el adulto que es.

Horas más tarde, cuando ya no queda nadie en la plaza, mi padre nos dice que nos pongamos todos sobre la tarima junto a Noel y nos hace varias fotos.

En la última, Josh me pasa un brazo por los hombros y, sin darme cuenta, me recuesto contra su pecho mientras sonrío de verdad, feliz de haber pasado estas horas con mis amigos, aunque haya sido vestida de elfa y con la nariz tan roja que compite con la de Rudolph.