Todos los te quiero que escribimos en la nieve Capítulo 12 #2
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Capítulo 12 #2

A veces me sorprende lo fácil que ha sido retomar nuestra amistad.

Cómo no le costó ni dos días espantar el miedo que pudiera tener a haberla perdido y la forma en la que volvemos a encajar, aunque no seamos exactamente las mismas.

Antes era yo la que ideaba los planes improvisados; ahora es ella la que me arrastra sin miramientos fuera de mi zona de confort, a veces para bien y otras, como hoy, para ver el mundo arder.

Cuando han empezado a llegar los clientes, ha sido un caos.

Detrás del mostrador no había apenas sitio y nos chocábamos todo el rato.

Hasta que se me ha ocurrido dividirnos el trabajo: yo atendía y preparaba el pedido y ella lo cobraba —cosa que se le da muchísimo mejor que a mí—.

Y, mientras tanto, iba contando a todos los clientes por qué iba vestida de elfa:

—Los animadores que contrató Rosalind lo han cancelado en el último momento por la previsión de tormenta de esta noche. Catorce con cinco dólares.

—Sí, tu abuelo ya le advirtió que no los contratara de tan lejos, pero se ve que eran muy buenos. ¿Estas dos bolsas? —le pregunta a Kevin—. ¿Quieres que te las envuelva para regalo?

—Es que no han querido venir ni siquiera ofreciéndoles quedarse en el hotel de los Walters, que es pequeño, pero cuidan superbién a los huéspedes. —Observa un poco contrariada el billete de cincuenta dólares de la señora de la diadema de reno—. ¿No tienes nada más pequeño? Me he quedado sin cambio.

—Abby ha visto a su madre tan agobiada que nos ha ofrecido a todos como ayudantes. —Sonríe a Erin—. Espero que lo disfrutes, muchas gracias por venir.

Así que aquí estoy, con unos leotardos a rayas blancas y rojas, un vestido verde con remates rojos y un cinturón negro debajo del abrigo, que sirve de poco con este disfraz…

Me voy a congelar. Me resfriaré y culparé a esta que dice ser mi amiga.

Además, me pica la tela de calidad cuestionable y creo que es una reacción alérgica, pero no al tejido, sino a la Navidad.

El gorro a conjunto lo llevo en el bolsillo, aunque haré todo lo que esté en mi mano por no ponérmelo.

Una cosa es participar en las actividades navideñas y otra formar parte de ellas.

Desbloqueo el móvil para mandarle una foto a Isla y no puedo evitar sonreír al ver el dibujo de Josh de fondo de pantalla. Mi amiga me responde a los pocos segundos:

A ver si ese pueblo va a tener algo mágico que te hace volver a creer en la Navidad…

Suspiro. No le tenía que haber dicho nada sobre el paseo que di con Josh ayer, ni haber sucumbido a sus amenazas para que le enviara fotos de todos los dibujos que me ha regalado estos días.

Lo he hecho porque me han obligado

Aunque si soy sincera no diría que haya sido tanto como obligar.

De camino a la plaza, aprovechando que estamos solas, le pregunto a Lily sobre Diya y Ethan.

—El resumen es que Diya no se atreve a decirle a Ethan que le gusta porque un día fue a decírselo y lo vio hablando con otra chica y se convenció de que Ethan le iba a decir que no.

Cosa que no tiene sentido porque Ethan lleva meses lanzándole indirectas muy directas como la de ayer, pero Diya está empeñada en que lo hace porque sabe que le gusta y quiere fastidiarla.

Y, a la vez, como Diya le responde mal, Ethan tampoco se atreve a hacer nada más.

Es desesperante. —Lo dice todo tan rápido que, si no fuera porque ya me imaginaba qué estaba pasando, no me hubiera enterado de nada—.

Ah, espera, ¿sabes lo mejor? Diya ha solicitado plaza en la universidad de Búfalo, a la que irá Ethan.

Es que de verdad que, si no fueran mis amigos, los tiraría por un puente.

Cuando llegamos a la plaza, está atestada de gente, sobre todo niñas y niños, o, al menos, son los que más espacio ocupan, corriendo de aquí para allá nerviosos porque están a punto de hablar con Papá Noel.

Se suben al trineo rojo y plateado que hay enfrente del abeto, tirado por nueve renos similares al que decora el jardín de los Sutton, y posan mientras sus familias les hacen fotos.

Dos altavoces bastante grandes llenan el lugar de un hilo musical navideño instrumental desde la tarima, donde el trono de Papá Noel está aún vacío.

—Mi sueño cumplido —dice Lily tan sonriente que parece que le haya tocado un viaje a Disneyland.

—Me alegro por ti —digo después de suspirar con pesar.

—¿Por qué hay tantos niños en el mundo? —pregunta Diya, caminando hacia nosotras con una expresión que debe de ser similar a la mía, aunque por razones distintas.

—Menos mal que fui yo la encargada del vestuario de la función del insti el año pasado; si no, a saber qué llevaríamos puesto —dice Abby, acercándose por la alfombra roja rodeada de bastones de caramelo gigantes que lleva al trono de Santa.

De repente, noto un tirón en el abrigo.

—Hola, elfa —me saluda una niña tan tapada que solo se le ven los ojos—. ¿Viene ya Santa?

—Eeehhh… —dudo—. Sí, ahora enseguida.

—Vale. ¡Gracias!

Y se va corriendo a anunciarles a sus amigos la noticia.

Entonces veo a mi padre hablando con Rosalind, la alcaldesa, y mi abuelo, a un lado de la pequeña tarima.

Me alegro de que mi abuelo haya conseguido sacarlo de casa.

Me acerco a él y voy a saludarlo con una sonrisa cuando me acuerdo de que la última vez que nos vimos, anoche, no estaba muy contento conmigo.

—Hola —digo con tono dubitativo.

Mi padre levanta la cabeza de la cámara de fotos que tiene en las manos y me mira también sin saber cómo gestionar la situación.

—Hola —responde—. Me han pedido que haga las fotos… —dice alzando la cámara.

Me doy cuenta de que, a pesar de que parece un poco incómodo, en su mirada hay una pizca de ilusión por volver a coger una cámara, aunque solo sea para fotografiar niños de mofletes rojos.

—Yo hoy trabajo como elfa —le digo, desabrochándome un poco el abrigo para que vea el disfraz de debajo.

Algo entre la sorpresa y el cariño se agita dentro de mí cuando mi padre esboza una pequeñísima sonrisa burlona.

—¿Cuánto ha tardado en convencerte? —me pregunta, refiriéndose a Lily.

—El rato que hemos estado en la pastelería —digo con expresión de fastidio.

Mi padre sonríe un poco más y me pasa un brazo por los hombros para acercarme a él y darme un beso en la coronilla. ¿Esto significa que volvemos a estar bien?

—Me voy a ayudar a Patsy —dice mi abuelo, dándole una palmada en el hombro a mi padre y mirándome a mí divertido—. No sé si lo sabes, pero tu madre ayudó bastantes años a Santa Claus.

Veo el recelo en el rostro de mi padre al oír las palabras de mi abuelo. Pero, al ver que yo sonrío con un poco de lástima por no haber podido compartir eso con ella, parece relajarse y me da otro pequeño apretón.

—No creo que tenga su mismo espíritu, pero procuraré que ningún niño demasiado listo intente arrancarle la barba a Noel.

Mi abuelo se aleja riéndose y me despido de mi padre para dejarle que revise si tiene todo lo que necesita y dónde colocarse para las fotos.

—¡Sofie! —me llama Lily, acercándose hacia mí con otras dos personas que parecen de nuestra edad—.

Estos son Joanne y Conrad —los presenta, señalando a una chica de corte de pelo pixie y nariz pequeña que parece una elfa de verdad y a un chico con el pelo oscuro recogido en un moño alto—.

Esta es mi amiga Sofie, que vive en Los Ángeles.

Intercambiamos saludos, mientras recuerdo que mi abuela mencionó a un tal Conrad, que era compañero de Lily. La verdad es que tiene una expresión agradable, puedo imaginármelo en la pastelería.

—Mi día favorito del año —dice Conrad con una amplia sonrisa.

—¿Más que Navidad? —pregunta Joanne, escéptica.

El chico asiente.

—Sabes que el que hay ahí sentado es nuestro Noel, ¿no? —susurra tapándose la boca para que ningún niño la oiga—. El que vive a dos casas de la tuya.

—Hoy no, hoy es el mismísimo Santa Claus.

—Opino igual —sentencia Lily con una sonrisa que le llena la cara.

Joanne pone los ojos en blanco y yo sonrío un poco al ver que no soy la única con «opiniones» sobre este despliegue.

—Nunca había visto a una elfa navideña helada —oigo la voz de Josh a mi espalda cuando Lily, Joanne y Conrad se van a asegurarse de que hay suficientes caramelos para todos los niños que han venido.

Me giro y lo miro con los ojos entornados.

—Trabajo en la división del sur de California —le digo con una sonrisa irónica.

—Ah, claro, tiene sentido —responde, mostrando su sonrisa ladeada.

Va a decir algo más, pero se balancea, dubitativo.

—¡Es él! ¡Es Papá Noel! —grita algún niño con un timbre que podría hacer añicos los cristales de las ventanas.

La aparición de Noel me deja sin poder averiguar qué se le estaba pasando por la cabeza a Josh.

—A sus puestos —ordena Lily, que se coloca junto al trono.

—Espera. —Josh me coge de la mano un segundo, para que no me vaya, pero me suelta enseguida. ¿Habrá sentido el mismo escalofrío que yo?—. El plan de hoy es ver en el cine La princesa prometida , ¿verdad?

Asiento y mi corazón late un poco más fuerte al saber que ha entendido mi mensaje.

—Se ve que en el cine que había en la calle Langmore antes echaban un ciclo de pelis en Navidad y esa era una de las que iban a ver todos los años nuestras madres.

—Vale —dice pensativo.

—Podemos verla en mi casa… —sugiero—. O en la vuestra, como cuando éramos pequeños y tu madre nos la ponía para que nos estuviéramos quietos un rato.

Josh echa un vistazo a Noel, que ya está preparado en su trono para recibir a los niños caracterizado como el señor de rojo.

—Luego hablamos. —Me sonríe y, antes de irse a su sitio, coge el gorro que sobresale del bolsillo de mi abrigo y me lo pone. Le saco la lengua, con lo que solo consigo que se eche a reír.