Todos los te quiero que escribimos en la nieve Capítulo 12
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Capítulo 12

A la mañana siguiente, bajo a la cocina tan pronto que ni siquiera está mi abuela. He dormido poco y mal, pensando en la disculpa que aún tengo pendiente.

Mientras rumio cómo hacerlo, preparo café suficiente para todos. Agarro la primera taza que veo en el armarito, una en forma de árbol de Navidad —cómo no—, la lleno y doy un sorbo que espero que empiece a despejarme antes de que bajen mis abuelos.

Lo que no tarda en suceder.

—¿Estás segura de que no quieres que vaya contigo? —oigo la voz de mi abuelo sobre sus pasos bajando la escalera.

—Lily vendrá a la hora de abrir —responde mi abuela—. Además, me sigo apañando bien sola, Henry. Me estoy planteando no cerrar, incluso.

Me quedo quieta al oír las palabras de mi abuela.

Mi abuelo suspira justo al entrar en la cocina, antes de verme y mirarme sorprendido.

—Hola —digo tan bajito que no sé si me han oído.

Mi abuela me observa más con preocupación que con enfado, como si intentara resolver una ecuación y no supiera cómo.

—Siento mucho lo de ayer —añado, dejando la taza en la encimera, antes de que ellos hablen para evitar que todo esto sea más incómodo aún.

Mi abuela se acerca a mí y me coge la cara con sus manos calentitas.

—Creo que lo que pasó ayer fue un poco culpa de todos —dice con los ojos llenos de pena y una ligera sonrisa.

El nudo de la garganta aparece más grande que nunca y de verdad creo que va a conseguir que llore, pero no me sale ni una lágrima—.

Deberíamos estar recordando a tu madre, hablando de ella y no evitando el tema como si se fuera a desatar un cataclismo por mencionarla o haciéndolo solo cuando nos conviene, como dijiste ayer.

—Patsy… —dice mi abuelo con tono de advertencia y mirada preocupada.

—Ni Patsy ni nada, tengo razón y, a partir de hoy, vamos a hablar de Ophelia siempre que nos acordemos de ella. Como con esa taza —dice señalando la que sostenía entre las manos—, que la compró la primera vez que fue a Nueva York en un mercadillo.

Ya no hay pena en sus ojos, o al menos no tanta. En cambio, están llenos de resolución.

—Y ten claro que te queremos igual que hace cinco años, da igual si te gusta llevar diademas de cuernos de reno o no, y, por eso, sabemos que tu madre sentiría lo mismo —dice apartándome el pelo de la cara—. ¿Lo tienes claro?

Asiento intentando alzar las comisuras de la boca, sin conseguirlo.

Mi abuela sí lo hace y, a continuación, me abraza con fuerza. Dejo caer la cabeza en su hombro y me quedo ahí quieta, intentando respirar y convencerme de que a mi madre no le importaría si fuera a una universidad u otra.

Mi abuelo me acaricia la espalda.

—Y, si prefieres quedarte en casa mañana y no ir a la fiesta, no pasa nada. Tu abuela, aquí donde la ves, también odiaba la Navidad a tu edad.

—¡Oye! —se queja, soltándome para darle un suave manotazo en el brazo a mi abuelo.

—Decía que era un invento del capitalismo y no quería contribuir a ello.

La miro, sorprendida, y me doy cuenta de que no sé casi nada de mi abuela cuando era joven.

—Sigo pensando lo mismo, que conste —responde sirviéndose café en una taza que tiene forma de cabeza de Papá Noel—. Por eso reutilizamos los mismos adornos todos los años, no como los Cooper —dice con una mueca de disgusto.

Me termino el café, observando cómo mis abuelos se pinchan el uno al otro. Siento que viajo unos años en el tiempo, cuando estas escenas eran habituales y mi madre y yo los escuchábamos con una sonrisa pintada en la cara.

Ella ya no está, pero noto que se me escapa una leve sonrisa y una sensación cálida me inunda el pecho.

Mi abuela y yo nos despedimos para ir a la pastelería y mi abuelo se queda a esperar a que baje mi padre. Le va a pedir que lo acompañe a ver si Rosalind necesita ayuda para evitar que se pase el día trabajando, lo que me parece una buenísima idea y así se lo hago saber.

Cuando salimos de casa, le pido a mi abuela que me espere y corro hacia el banco de piedra de casa de Josh. He estado dándole muchas vueltas a qué escribir porque no sé bien cómo resumir el plan de mi madre para hoy.

No sé qué sería de White Falls sin el ciclo de cine especial de Navidad.

Hoy he quedado con Kathleen y los demás, como siempre, y, por fin, me he atrevido a invitar al chico de ciudad.

Nos hemos sentado juntos, por lo que se ha zampado más de la mitad de la bolsa de galletas de mantequilla que he llevado, y he estado a punto de poner mi mano sobre la suya, pero soy una cobarde y no lo he hecho.

Hoy tocaba La princesa prometida, la película favorita de Kathleen.

La habremos visto millones de veces y, aun así, la veríamos miles más.

Pero lo mejor, sin duda, ha ocurrido al despedirnos.

El chico nos ha acompañado a casa y, cuando Kathleen se ha ido hacia la suya, le he preguntado si se quería venir mañana a desayunar con nosotras a la cafetería.

¡Y me ha respondido «como desees», con una sonrisa que me ha dejado clavada en el sitio!

Ahora me arrepiento muchísimo de no haberle dado la mano en el cine…

Cuando he terminado de leer la entrada de hoy, estaba tan emocionada como si fuera el capítulo de un libro y necesitara saber qué pasa después.

La pena de que no me lo pueda contar ella misma se ha mezclado con la ilusión de poder conocer cómo surgió su primer amor.

Me gustaría tanto averiguar quién es…, aunque que aún no haya dado ningún dato sobre él me tiene intrigada.

No parece que fuera algo secreto, no su amistad, al menos.

Por un momento pienso que puede que nunca fuera nada más que eso y me da lástima.

Finalmente decido escribir «cine» en la nieve y dibujar una corona y un anillo. Es la peli favorita de su madre, su segundo nombre es Westley y su perro se llama Íñigo Montoya, así que espero que no le cueste mucho deducirlo.

Vuelvo con mi abuela, que me mira divertida.

—¿Recordando las viejas costumbres? —me pregunta.

Me encojo de hombros un poco avergonzada.

—Supongo que sí.

Entrelaza su brazo con el mío y caminamos así hasta la pastelería. No hablamos, como el otro día, pero el silencio no parece espeso y pesado, sino ligero como la suave brisa que me acaricia la piel sin llegar a molestarme.

Mientras trabajamos, no paro de darle vueltas a lo que ha dicho sobre no cerrar la pastelería.

—Abuela —la llamo con tono cauto.

Me mira, interrogante.

—Te he oído antes…, cuando has dicho lo de no cerrar…

Mi abuela asiente con los labios apretados en una línea.

—Hay días que llego a casa y me pregunto por qué sigo haciendo esto si me agota hasta tal punto que no tengo fuerzas para nada más —confiesa—, pero soy feliz aquí y no sé si sabría vivir sin esta tienda.

La miro y entonces soy consciente de lo exhausta que parece, aunque siempre dé la impresión de que tiene fuerzas para correr una maratón.

—Ayer hablé con Conrad, un compañero de clase de Lily —me cuenta—. No tiene pensado estudiar nada el curso que viene y se ofreció a trabajar conmigo para que no cerrara.

—¿Vas a aceptar la propuesta? —le pregunto al ver que sus ojos se iluminan un poco con ilusión.

—Me lo estoy pensando… Se encargaría él prácticamente de todo… Es una buena idea.

Volvemos a trabajar en silencio y, unos minutos después, se me ocurre que ahora puede ser el momento para preguntarle sobre cuando era joven. El otro día me arrepentí de no haber llegado a preguntarle a mi madre cómo conoció a mi padre y no quiero que me pase lo mismo con mi abuela.

—¿Cómo conociste al abuelo? —le pregunto, metiendo la crema de cacao en una manga pastelera para decorar una tarta de chocolate.

—No es muy emocionante —dice con una sonrisa nostálgica—. Vivíamos a tres casas de distancia.

—¿Erais amigos? —pregunto.

Ríe con ganas.

—Para nada.

Levanto la vista y no puedo evitar sonreír al imaginarlos de adolescentes.

—Digamos que yo era un poco hippie y tu abuelo ya entonces iba para alcalde.

No puedo evitar reírme con ella mientras me cuenta algunos de sus enfrentamientos cuando él empezó a trabajar en el ayuntamiento y ella se encadenaba a árboles para protestar.

—¿Cómo acabasteis juntos? —pregunto con curiosidad.

—Eso sí es más divertido —ríe—. Un día se encadenó conmigo para protestar contra el proyecto de derribar el molino junto al río y construir un hotel —dice con tono cariñoso—. Y lo conseguimos.

Me quedo sin palabras porque la historia de mis abuelos bien podría ser una película navideña.

Termino la decoración de la tarta de forma lo bastante decente como para que mi abuela me dé su aprobación y la saque al mostrador.

Cuando sigo con las galletas, me viene a la cabeza la conversación con Lily sobre estudiar Repostería.

Es cierto que disfruto mucho cocinando dulces, pero también me gusta resolver problemas y pensar en la mejor forma de reparar los objetos…

—¡Buenos días! —grita Lily desde la entrada, acompañada por el sonido de las campanillas de la puerta—. Patsy, tenemos un problema —dice entrando en la cocina.

Va disfrazada de elfa y lleva colgado en un brazo otro disfraz igual.

—¡Y aquí tenemos la solución! —exclama al verme.

—No, ni hablar —respondo de inmediato, imaginándome lo que me va a pedir—. Tengo que ayudar a mi abuela.

—Por mí no os preocupéis —dice mi abuela, que, obviamente, no está de mi parte en esto.

—Aún falta un rato antes de tener que estar en la plaza, atenderemos a los primeros clientes y luego nos iremos.

—Que no, Lily, que no me pienso vestir de elfa —digo mientras saco una bandeja de pastelitos de manzana del horno. Con lo bien que iba la mañana, solo falta que se me quemen los dulces.

—Hazlo por los niños… —ruega, con la misma expresión que ponía a los diez años cuando me quedaba a dormir en su casa y, en mitad de la noche, me pedía que la acompañara a la cocina a por un vaso de leche.

—No me vestiría de elfa ni aunque viniera la propia Mariah Carey en persona a pedírmelo.

Me recoloco los leotardos, que no paran de bajárseme, mientras camino junto a una Lily tan feliz que va dando saltitos.