Capítulo 11 #3
Me alegro tanto al verle un ligero brillo en los ojos que estoy a punto de soltar la casa y darle un abrazo. Pero me contengo, por la casita y porque sería rarísimo, ¿no? Aunque él me dio un abrazo ayer…
No le insisto con más preguntas. Me basta con saber que ha avanzado algo y que no está tan desanimado.
Observo la casita terminada y es tan bonita que, por un momento, ignoraré que esto es de las cosas más navideñas que hay en el mundo y disfrutaré de lo preciosa que es.
La he decorado toda de blanco: las ondas del tejado, la puerta y ventanas y los laterales, donde he conseguido que parezcan enredaderas.
El único toque de color son las flores que he formado con puntitos de glaseado de todos los colores bajo las ventanas.
Cuando llegan Kathleen y Mae después de cerrar la librería, nos felicitan por lo bonito que ha quedado todo, incluso a Ethan, cuya casita se parece mucho a las que hicimos de pequeños.
—Voy a pedir pizzas, ¿os quedáis? —nos pregunta la madre de Josh y Lily.
Todos aceptan con gritos de alegría, pero yo dudo.
Tengo unas disculpas pendientes. Debería ir a casa, seguro que me están esperando, al menos mi padre.
Solo que estoy muy a gusto y, después de toda la tarde con tanta gente alrededor, lo último que me apetece es encerrarme en esa casa silenciosa.
Es un pensamiento extraño porque suelo preferir el silencio y la calma, pero hoy, no sé por qué, es al contrario.
Le envío un mensaje a mi padre para preguntarle si puedo quedarme, sin ninguna esperanza. Aunque al poco me responde con un «vale». Me quedo mirando la pantalla del móvil varios segundos, pero no borra el mensaje, así que le digo a Kathleen que me quedo.
Cenamos allí mismo, después de recogerlo todo y, por fin, Lily se sale con la suya y pone Solo en casa en la televisión. No le prestamos mucha atención porque no paran de hablar, aunque yo no participo demasiado.
Me encuentro a gusto, como ayer, casi como si no me hubiera ido nunca.
Cuando cruzo la calle horas más tarde, por costumbre, al subir las escaleras del porche, miro el macetero de la entrada. No hay nada, como es lógico, porque llevo casi todo el día con Josh. Sin embargo, me da un poco de pena no tener un dibujo suyo hoy.
Al colgar la chaqueta en el perchero, me acuerdo de guardar los guantes en los bolsillos para que no se me olviden mañana y, al hacerlo, noto que algo cruje. Saco un papelito doblado y, con una sonrisa, lo meto en el pantalón para verlo después. Primero, debo enfrentarme a la tormenta.
Están todas las luces apagadas excepto la de la cocina. Antes de asomarme ya sé lo que me voy a encontrar. Y así es: mi padre con el portátil delante en la mesa.
Nada más verme, lo cierra.
—¿Te lo has pasado bien? —pregunta, serio.
—Sí —respondo, sabiendo que esto solo es un mero trámite.
Me hace una seña para que me siente en la silla de enfrente.
No se le da bien castigarme. La de los castigos peculiares era mamá —como esconderme el robot de cocina para que solo pudiera hacer bizcochos removiendo a mano con las varillas—.
Así que, las pocas veces que hago algo que no debo, suele recurrir a dejarme sin salir unos días.
—Lo siento —digo antes de que hable él.
Mi padre me mira con una expresión cansada y triste, lo que me provoca un nudo en la garganta.
Eso tan feo que siente es por mi culpa y, aunque a veces creo que nadie me entiende —él el que menos—, no quiero verlo así; quiero que sonría como esta mañana, volver a oír su risa que tan pocas veces oigo desde que murió mamá.
—No te voy a echar la charla porque sabes perfectamente lo que has hecho mal —dice entrelazando y estirando los dedos de las manos, mientras pasa la vista de ellas a mí, como si no estuviera seguro de lo que tiene que hacer—. Tampoco voy a dejarte sin salir.
Siento alivio y me muevo incómoda porque hace solo dos días no me habría importado tener que quedarme encerrada en mi habitación.
—Lo que sí te pido es que mañana te disculpes con tus abuelos. —Clava su vista en mí.
—Vale —afirmo—. Lo siento de verdad —repito.
—Lo sé.
Nos quedamos en silencio unos segundos, no es incómodo, no es raro, es el silencio que nos acompaña siempre, como si faltara alguien.
—Acompañaré a la abuela a la pastelería —digo.
—Me parece bien. Mañana tendrá mucho lío con la visita de Papá Noel.
De pronto, se me viene a la cabeza la solicitud de la universidad y vuelvo a debatirme entre contárselo o no.
Y vuelvo a decidir que no. No es el momento.
Por alguna razón que se me escapa, me he librado de una bronca.
No voy a tirar piedras contra mi propio tejado.
Se lo diré en casa, es lo mejor, no hace falta que le dé más vueltas.
Tampoco es que pueda hacer nada para cambiarlo, aparte de seguir sacando buenas notas.
Le doy las buenas noches y subo a la habitación.
Cuando me meto en la cama, despliego el papel de Josh y me encuentro con el dibujo de una chica que se parece mucho a mí con una diadema del Grinch.