Todos los te quiero que escribimos en la nieve Capítulo 11 #2
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Capítulo 11 #2

—Yo espero que, en mi caso, esta sea la definitiva —dice con expresión dubitativa—. Llevo cambiando de idea toda la vida. ¿Te acuerdas de cuando quería ser astronauta?

—Me convenciste para construir un cohete —digo, recordando nuestra incursión en la ciencia aeroespacial.

—Pero no uno de cartón —aclara.

—Uno de verdad —sonrío divertida.

—Me acuerdo de la cara de tu madre cuando le preguntamos dónde podíamos comprar fibra de carbono.

—No nos dejó volver a ver Phineas y Ferb en todo el verano.

—El peor castigo de mi vida.

Las dos nos reímos.

Volvemos a concentrarnos en nuestra tarea y, mientas intento que el tejado me quede uniforme, pienso en lo que ha dicho Lily.

¿Cómo ha llegado a la conclusión de que habría cambiado de idea?

¿Repostería? ¿Algo tan distinto? Siempre me ha gustado, pero como afición, como una forma de relajarme.

Creo que el haber compartido tantos ratos con mi abuela cocinando dulces cuando era pequeña hace que lo relacione con esa sensación de paz, de seguridad.

Pero nada más allá de eso. Nada como plantearme estudiar y dedicarme a ello.

—Oye, Josh —dice Abby, que ya tiene un montón de guirnaldas delante de ella—. ¿Has visto que Zoe Rivera va a anunciar algo en unos días? Dicen que puede ser una gira.

Miro a Josh, sorprendida.

—No me lo puedo permitir, todo lo que tengo ahorrado es para la universidad —dice con gesto contrariado.

—¿Te gusta Zoe Rivera? —pregunto extrañada.

Los labios apretados de Josh se mueven para mostrar una pequeña sonrisa.

—Me encanta, ¿a ti también? —pregunta, expectante.

Asiento, intentando encajar a mi cantante favorita y a Josh en el mismo espacio.

—¿Has escuchado su nuevo álbum? —pregunta con la sonrisa ladeada, como si supiera la respuesta.

—Me niego —respondo con rotundidad.

Más de un año esperando su nuevo trabajo y, cuando lo anunció y todo el mundo se emocionó porque iba a ser un álbum navideño, yo lo único que sentí fue decepción.

—Creo que te gustaría —dice Josh sin cambiar la expresión.

—Lo dudo mucho.

Me observa unos segundos en los que su sonrisa se amplía.

Luego desbloquea el móvil y la canción que estaba sonando por el altavoz, cambia.

El sonido de una guitarra eléctrica y una batería llena la habitación cuando sube el volumen antes de dejar el móvil en la mesa, cruzarse de brazos y volver a mirarme, esta vez con expresión de suficiencia.

Solo me hace falta oír una palabra para reconocer la voz de Zoe. Estoy a punto de decirle a Josh que la quite, que por mucho que me obligue a escucharla no me gustará, cuando me doy cuenta de la letra de la canción: «La Navidad va a acabar conmigo».

Frunzo el ceño y sigo escuchando, atenta, con la vista clavada en el altavoz, como si así evitara que se me escapara cualquier palabra. «Todo el mundo es tan feliz… y yo solo quiero salir de aquí». Abro mucho los ojos y miro a Josh, que hace un gesto moviendo la cabeza con un «te lo dije».

«Odio las canciones y las campanas. Odio esta sensación de magia falsa barata».

Cuando la canción termina, y, aunque los demás continúan sus conversaciones sin prestarnos atención, yo siento que el mundo entero se ha quedado en el silencio más absoluto.

—¿Es todo el álbum así? —pregunto despacio, aún desorientada.

—Más o menos —dice Josh sin perder la sonrisa—. Hay unas tres canciones de este estilo, tres versiones de villancicos cambiando un poco la letra y la última es una versión de «It Feels Like Christmas» sin cambios.

Ahora mismo solo puedo pensar en lo mucho que me arrepiento de no haberle hecho caso a Isla las cuatrocientas veces que me dijo que escuchara el puñetero álbum.

Josh le da al play a la siguiente canción.

—Gracias —le digo en las primeras notas.

—Es un placer tener razón —responde con una sonrisa.

Le doy un suave puñetazo en el brazo y los dos nos reímos mientras Zoe sigue cantando cuánto odia la Navidad.

Trabajamos durante un rato con la música de fondo, que va cambiando después de que Abby convenza a Josh para que nos deje hacer peticiones, con la promesa de no criticar las elecciones de los demás.

De pronto, Diya levanta la cabeza de su felicitación de Navidad.

—Oye, ¿tú no tenías que trabajar esta tarde? —le pregunta a Ethan con el ceño fruncido.

Ethan, consciente de que está mirándolo, levanta la cabeza con su sonrisa más deslumbrante y se acerca un poco a ella.

—Le he pedido a mi tío que me dejara la tarde libre porque no puedo decir que no a un plan en el que estés tú.

Diya pone los ojos en blanco, pero la piel de las mejillas cambia una pizca de color.

—Luego te quejas de que no te va a llegar el dinero para la universidad —le reprocha.

Ahora es Ethan el que pone los ojos en blanco y vuelve a concentrarse en su casita con gesto contrariado.

Lily, a mi lado, niega con la cabeza al ver la escena. Quiero preguntarle si está pasando lo que imagino, pero me resulta difícil sin que me oigan los implicados.

Josh deja por imposible el intentar decorar una parte del tejado con resultados que no atenten contra el buen gusto, así que abandona a Ethan y coge su bloc de dibujo.

No cotilleo lo que hace porque, ya de pequeño, no le gustaba que miráramos hasta que no estuviera terminado, pero me alegra ver que tal vez se le haya ocurrido alguna idea.

—Ostras, Diya, me acabo de acordar… ¿Tu madre te dejó quedarte con el gatito que encontraste ayer? —pregunta Abby.

—No —dice con una mueca triste—. Se lo he dado a la señora Fisher, que me dijo que estaba pensando en adoptar a uno para tener algo de compañía.

—Ojalá pudiéramos ir a la misma universidad y alquilar un piso todos, yo te permitiría tener todos los animales que quisieras —dice Abby, que se debe de haber tocado la cara con las manos llenas de pegamento y ahora tiene las mejillas decoradas con pequeños recortes de cartulina roja.

—En poco más de medio año estaremos separados —dice Lily con los ojos muy abiertos, como si se acabara de dar cuenta.

Se hace un silencio que no pega nada con las voces alegres de los Jonas Brothers de fondo.

—Y, por eso, vamos a ignorar el tema hasta entonces —dice Ethan con una sonrisa que no le llega a los ojos.

—Por una vez, estoy de acuerdo con Ethan —dice Abby.

Los miro y me doy cuenta de que yo no he tenido nunca esta conversación con Isla.

No he sentido que el tiempo se nos acaba porque vamos a seguir juntas.

Ni siquiera cuando le conté lo de la solicitud aplazada nos dio por pensar en que nos separaríamos.

Solo en qué debía hacer para que no tuvieran dudas de admitirme en el plazo ordinario.

Poco a poco el ambiente vuelve a la normalidad.

Abby le regala a Lily unos pendientes hechos con cuentas de colores y en forma de árbol, sujetos a sendos ganchos de metal, que se pone de inmediato con una sonrisa de oreja a oreja.

Y, mientras dejamos que se seque bien la decoración de las galletas antes de terminar la casa, Lily empieza a montar una corona navideña con las guirnaldas de hojas que están sobre la mesa.

—Que sepas que no hay nada con purpurina porque sé que la odias —me dice Lily y, a continuación, frunce el ceño—. ¿O ahora te gusta?

—La odio —digo.

—Me lo imaginaba. —Sonríe satisfecha.

De vez en cuando, miro de reojo a Josh, que está concentrado en su dibujo, con los ojos entrecerrados y los labios apretados.

Tengo tantas ganas de saber qué está haciendo que lo único que me frena para no echar un vistazo sobre su hombro es que no estoy segura de si hemos recuperado la confianza de antes o son imaginaciones mías.

—Necesito ayuda —anuncia Ethan cuando da por terminada su obra de arte.

No sé cómo ha conseguido que le quede tan mal.

Creo que ha intentado hacer tejas de verdad pequeñísimas y solo ha logrado llenarlo todo de glaseado blanco; luego ha tratado de solucionarlo poniendo varios M&M por encima…

y ha sido peor. Al menos la puerta y las ventanas tienen pinta de eso, aunque son de un verde Grinch, así que quedan rarísimas.

—Déjame a mí, anda —dice Diya con desgana.

Aunque por cómo acerca su silla a la de Ethan creo que no le sabe tan mal y está intentando hacer las paces después de la conversación de antes.

—Lo he hecho así aposta —dice, señalando el tejado de la casa—. Es nieve y los M&M son las luces navideñas.

—Eres tontísimo. —Diya niega con la cabeza y a la vez prueba a mantener rectas las paredes.

—Y guapísimo, no lo puedo tener todo —responde Ethan con una sonrisa menos deslumbrante que antes y más dubitativa.

Diya pone los ojos en blanco, pero esta vez sonríe un poco.

Josh, a mi lado, levanta la cabeza del bloc con la mirada un poco perdida, como si acabara de regresar de otro mundo.

—¿Te ayudo? —pregunta, cerrando el bloc.

Creo que no me hace falta, pero me apetece hacer algo con él, así que asiento.

Cubro de glaseado el borde del frontal de la casa y Josh pega uno de los laterales, con cuidado pongo un vaso que sujete las dos galletas. Hacemos lo mismo con el otro lateral y con la parte trasera.

—¿Has conseguido dibujar algo? —pregunto mientras pinto de blanco los bordes donde va pegado el tejado.

—Sí —responde. No puedo mirarlo ahora mismo y me da rabia porque necesito ver si es un «sí» bueno o malo.

—¿Para el porfolio? —pregunto, con tono cauto, mientras coloco una parte del tejado sobre la casa.

—Sí.

Levanto la vista, aunque he notado la sonrisa en su voz.

—¿Y? —pregunto, impaciente sin soltar la galleta.

—Bien…, creo.