Todos los te quiero que escribimos en la nieve Capítulo 11
44%

Capítulo 11

Lo primero que noto cuando Josh abre la puerta de su casa es el ambiente cálido que me abraza. Y, solo unos instantes después, un alboroto similar a una horda de niños que han tomado demasiado azúcar.

—¡Ethan, eso es para todos! —oigo gritar a Diya.

Al poner un pie en el interior me envuelve el aroma de anís estrellado, cardamomo y agua de azahar que, aunque hace tiempo que no huelo, me son tan familiares. Y espero que eso signifique que Diya ha traído los dulces de su madre.

Monty ladra emocionado al ver que hay gente en casa y corre hacia el salón.

Inmediatamente, veo a Ethan salir de la cocina al salón con un plato de gulab jamun en el regazo, lo que confirma mis sospechas.

El chico gira las ruedas de su silla lo más rápido que puede para intentar escapar de Diya, que casi se tropieza con Monty, quien, a su vez, va de aquí para allá sin saber qué es más emocionante.

Del salón sale música, pero es imposible saber qué es porque la canción cambia cada cinco segundos.

—Esa tampoco. ¿Por qué no ponemos una película navideña? —oigo decir a Lily.

—Pero si no la vamos a ver —protesta Abby.

—La ponemos de fondo, una que ya nos sepamos.

—Eres muy cabezota cuando quieres, Lily

Josh se quita el abrigo y descubro que, por supuesto, lleva un jersey navideño.

El de hoy está lleno de renos con pequeños pompones rojos a modo de nariz de cada uno de ellos.

Cuelgo mi chaqueta en el único gancho que queda libre del perchero y dejo el gorro y la bufanda sobre la cómoda, junto a los de los demás.

Al devolverle los guantes a Josh, siento un poquito de pena que no sé bien de dónde viene.

—¡Sofie! —exclama Lily de camino hacia la cocina—. Me alegro de que no te hayas arrepentido.

—Me convenciste con lo del libre albedrío —digo sin saber hacia dónde ir, como si la seguridad que recuperé anoche se hubiera esfumado ahora que estamos con más gente.

Josh parece darse cuenta, porque me hace una seña para que lo acompañe a la cocina. Lo sigo con los nervios pellizcándome la piel de nuevo.

—Las galletas —dice Lily, destapando la caja de cartón, con el nombre de la pastelería, que hay sobre la mesa de la cocina.

Dentro veo piezas rectangulares de tono ocre.

—¿Son para hacer casitas de jengibre? —pregunto.

Lily me mira extrañada.

—Pero si lo hablamos ayer… —Entreabre la boca sin emitir ningún sonido—. Claro, no os lo llegué a decir porque Josh casi me deja huérfana de hermano.

—No puedes ser huérfana de hermano —replica Josh mientras trastea con algo en la encimera de la cocina.

—Lo que tú digas. —Hace un gesto con la mano y abre otra caja con el logo de la pastelería—. También me ha preparado varias mangas pasteleras con glaseado de colores para que las decoremos. Pensé que las hiciéramos nosotros, pero iba a ser un caos y tu abuela se ha ofrecido. —Se encoge de hombros.

Ahora me siento aún peor por haberle respondido mal. Intento ignorar la presión en el pecho por el momento.

El sonido de la cafetera me devuelve a la realidad y entonces me fijo en lo que está haciendo Josh.

—Sofie Elisabeth Graham.

Reconozco la voz de Ethan a mi espalda y su manía de llamarnos a todos por el nombre completo.

—Te he dicho que tienes prohibida la entrada a esta cocina —le advierte Lily.

Los observo, divertida, comprobando que siguen llevándose regular.

—Solo venía a saludar —dice alzando las manos en son de paz y mostrando una sonrisa que, con los años, se ha vuelto más pícara, si eso es posible, gracias a que ha perdido la redondez de las mejillas.

—Hola, Ethan —lo saludo y le choco la mano.

—Adiviné que habías vuelto porque, de repente, Josh sonreía por las mañanas —simula susurrar.

—¡Te he oído! —grita Josh sin girarse hacia nosotros.

—No he dicho ninguna mentira —le responde Ethan con una sonrisa torcida—. En fin, que me alegro de que volvamos a estar todos juntos —añade antes de dar la vuelta a su silla de ruedas para dirigirse al salón.

Noto una sensación cálida al ver en sus ojos que lo dice de verdad.

—Vamos —dice Lily cargada con la caja de la pastelería.

Dudo por unos instantes. ¿Y si no encajo en el mismo hueco que ocupaba hace años? ¿Y si ese hueco ha desaparecido?

—Ten. —Josh me saca de mis pensamientos una vez más al tenderme una taza con la forma de la cabeza del Grinch. Abro la boca, indignada, aunque en el fondo me hace gracia—. Estaba entre esta o la de los pies de elfo, pero esa aún no te la has ganado.

Sé qué taza dice: la usaba siempre que venía aquí.

—¿Y qué tengo que hacer para que me dejes la otra? —pregunto curiosa.

—Llegar al final de esta peli —dice, señalando la que he rodeado con las manos, como si yo de verdad fuera el Grinch.

Lo miro con los ojos entrecerrados, siguiéndole la corriente, aunque dudo mucho que mi final sea como el del ser verde y peludo.

—¿Y tú eres Cindy Lou?

—Por supuesto —asiente, orgulloso.

No puedo evitar sonreír y doy un sorbo al café calentito para esconder mi expresión. Saboreo la bebida y miro a Josh, sorprendida.

—Le has puesto canela.

El chico se encoge de hombros, como si estuviera avergonzado.

—Como siempre te gustaba el chocolate con especias, pensé que igual… Si no lo quieres así, no pasa nada, te hago uno normal —dice, aturullándose.

—No, no —digo, acercándome la taza al pecho como si me la fuera a quitar—. Así está perfecto.

La nariz de Josh se arruga y, solo por eso, merece la pena estar bebiendo café en una taza del Grinch.

—Venga, vamos a ver si Abby y Diya se han puesto de acuerdo ya —dice mientras sale de la cocina.

Respiro hondo y lo sigo. Si esto sale mal, no pasa nada. El día 2 de enero regresaré a casa, a la vida real. Como muy pronto, los volveré a ver el próximo invierno, y eso si venimos.

En el salón, muy similar al de mis abuelos, pero con un sofá en forma de ele bastante amplio, la mesa de comedor del fondo, junto a la chimenea, está repleta de platos con pastelitos de manzana, bastones de caramelo, trozos de bizcochos varios y materiales como fieltro, pegamento, pegatinas navideñas, guirnaldas de hojas, cartulinas, tijeras…

Estoy a punto de preguntarle si ha dejado vacío el armario de material de algún colegio.

—Sofie —me llama Diya—. ¿Música o peli?

—¿Silencio? —pregunto tras poner los ojos en blanco y ninguna esperanza de librarme de alguna de las dos opciones que me han dado.

—¿Ahora Sofie es emo? —pregunta Ethan con el ceño fruncido, jugando con un muñeco de nieve de peluche que debe de haber cogido del mueble que cubre la pared en la que está la televisión.

—Un poco —dice Lily—, pero la queremos igual.

Lo dice de una forma tan ligera, como si no hubiera dudas, como si eso no hubiese cambiado nunca, que me siento extraña.

Hemos crecido y, a la vez, es como si lo que nos unía entonces, los pequeños detalles, como las risas de anoche, siguieran ahí, demostrándome que solo necesito deshacerme del miedo para volver a encontrar mi lugar.

La voz de Ariana Grande deja de cantar a través del altavoz que hay sobre la mesa de centro frente al sofá y empieza a sonar otra que reconozco.

—Mi altavoz, mi casa, mi música —sentencia Josh.

Con el debate solucionado y Olivia Dean cantando «The Christmas Song» de fondo, nos sentamos a la mesa.

Alcanzo uno de los gulab jamun de la madre de Diya sin poder resistirme más tiempo. Doy un mordisco a la bola blandita y jugosa, y cierro los ojos al notar el sabor dulce y especiado que tanto había echado de menos. Cuando me la termino, cojo otra antes de ponerme manos a la obra.

Lily, Ethan y yo nos decidimos por las casitas de jengibre, mientras Diya y Abby empiezan por algo tan sencillito como recortar guirnaldas de cartulina blanca con forma de copos de nieve.

Estoy sentada entre Lily y Josh, y me sorprendo al darme cuenta de que, a pesar de mis nervios iniciales, me siento tan cómoda como ayer. Aunque el miedo sigue agazapado en el fondo del pecho, creo que me gusta volver a estar rodeada de mis antiguos amigos.

—Allá vamos —dice Lily con la manga pastelera blanca en una mano y uno de los rectángulos en otra—. La última vez que intenté hacer una fue el año que tu abuela organizó el taller aquel para niños.

—Fue una catástrofe —digo, recordando la imagen de todas nuestras casitas juntas. Parecía un pueblo asolado por meteoritos.

—Yo creo que ni lo voy a intentar, me limitaré a daros ánimos —dice Josh, que mira todos los materiales con expresión de horror.

Nunca se le dieron bien las manualidades. Aún recuerdo cuando intentó hacer una simple guirnalda con papel y terminó con un montón de papelitos sin sentido sobre esta misma mesa.

—Ayúdame a mí —le dice Ethan.

—¿Estás seguro? —le pregunta como si le estuviera pidiendo que operara a corazón abierto.

—La única expectativa que tengo es poder comérmela cuando terminemos. —Se encoge de hombros—. Así que, si no queda bien, da igual.

Cojo una de las mangas pasteleras blancas y miro las galletas, pensando en cómo decorarlas. Empiezo por la puerta y las ventanas, procurando que no me tiemble el pulso.

Mientras espero a que se seque un poco, miro alrededor.

Monty se ha tranquilizado y está junto a la chimenea medio dormido.

Levanta la cabeza de vez en cuando, como para comprobar que estamos todos vivos, y vuelve a recostarla sobre las patas con un suspiro.

Diya y Abby debaten sobre qué material usar para hacer una felicitación de Navidad en tres dimensiones mientras recortan las guirnaldas.

Ethan y Josh trabajan concentradísimos y eso que lo único que han conseguido es averiguar qué galletas corresponden a cada parte de la casita.

—Entonces, vas a estudiar Ingeniería… —afirma Lily, pensativa, mientras dibuja las ondas del tejado.

—Sí —respondo, siguiendo sus pasos.

—Creía que habrías cambiado de idea, no sé. —Me mira al tiempo que cambia de manga pastelera—. Como siempre te ha gustado tanto la repostería…

La miro, extrañada.

—Nunca me lo había planteado —confieso en un susurro.

Lily asiente, comprensiva.