Capítulo 10 #3
Rosalind pasa por delante de nosotros sin saludarnos siquiera, a paso rápido y decidido, hacia el grupo de personas que están montando una carpa frente al árbol, donde hay un trono dorado y carmín que supongo que es para la visita de Papá Noel de mañana.
—¿Vas a venir? —pregunto.
—Claro —responde.
—¿A darle la carta?
—Por supuesto —afirma y levanta las cejas—. Por aquí hay quien sigue creyendo en la magia de la Navidad.
Suspiro y Josh me da un pequeño empujón.
—Cuando vinimos la última vez ya sabíamos que era un poco difícil que Papá Noel visitara todos los pueblos del mundo para recibir sus cartas y, además, repartir los regalos en una sola noche.
—¡¿Sabes cuánto odié a Lily cuando nos lo dijo?! —exclamo, recordando el día en el que nos quitó la ilusión con una frase.
—Y, aun así, escribimos la carta, vinimos aquí y no nos dimos cuenta de que era Noel quien estaba bajo el traje.
—Ahora mismo siento que de pequeña era tontísima.
Ríe, pero lo hace de una forma rara.
Lo miro y advierto que su expresión risueña ha cambiado. Vuelve a estar preocupado y me doy cuenta de que no hemos hecho nada para solucionar su problema.
—¿Qué es lo que más disfrutas del mundo? —le pregunto—. Algo que no requiera que tú hagas nada —le aclaro para que sepa que la respuesta no es «dibujar».
Camina pensativo.
—Este pueblo…, la Navidad.
—Son sinónimos —digo, con lo que consigo sacarle una ligera sonrisa—. Oye, ¿y si intentas representar eso en el porfolio?
Josh me mira con el ceño fruncido.
—No sé… —duda—, ¿dibujar el pueblo? ¿No crees que es demasiado…, no sé…, normal?
—Ja, ja, ja, créeme que este sitio no tiene nada de normal —digo entre carcajadas—. No, pero ahora en serio…
Aprieto los labios, intentando encontrar las palabras para explicar lo que quiero decir.
—Por ejemplo, el banco de Theodore es importante para ti… —Me callo. He asumido que lo es y puede que no, puede que solo sea una anécdota más de hace muchísimos años en la que no ha pensado hasta hoy.
—Sí, es importante —afirma, serio, con la vista clavada en la mía.
Suelto el aire, aliviada, intentando que no se me note.
—Si no tuvieras que entregar un porfolio, si fuera un dibujo para ti, para colgarlo en tu pared, ¿cómo lo representarías?
Josh no responde, pero no me molesta. Sé que está reflexionando sobre lo que le he dicho. Así que seguimos caminando en silencio. Solo que este no es incómodo ni raro; es como el que nos acompañaba hace años, cuando volvíamos después de todo el día en la calle, corriendo y jugando.
Después de dar la vuelta a la plaza, con la voz de Rosalind dando órdenes de fondo, noto un aroma cálido y familiar. Miro alrededor y encuentro su origen: un pequeño puesto, justo al principio de la calle principal, donde hay varias personas haciendo cola.
—¿Castañas? —pregunta Josh, que debe de haberse dado cuenta de cómo se me han abierto los ojos.
Asiento, sintiendo ya el calorcillo del cucurucho de papel en las manos.
Cuando nos toca el turno, ya solo con acercarme y sentir la calidez del fuego frente a mí, han merecido la pena los minutos de espera. La mujer nos tiende el cucurucho. Lo rodeo con las manos y noto su calor a través de los guantes. Josh paga antes de que me dé tiempo a sacar mi dinero.
—Pagamos a medias —digo.
—Es un regalo por darme una idea con la que empezar.
—Ese no era el trato.
—He actualizado las condiciones.
Lo miro con los ojos entrecerrados, pero él me ignora de forma deliberada.
Nos quemamos la lengua por no tener paciencia y una pequeña sonrisa se instala en mis labios al sentir más cerca la posibilidad de retomar nuestra amistad.
De pronto, doy un salto y me aferro al brazo de Josh al ver un reno frente a mí. ¡¿Por qué hay un reno en el pueblo?! Me cuesta unos segundos darme cuenta de que no es de verdad, lo cual deduzco porque no se mueve y entre los pelillos de la frente tiene hilos de pegamento.
—¡¿Por qué?! —exclamo—. ¿Qué necesidad hay? —pregunto al universo mientras hago un puchero.
Josh a mi lado se ríe, el muy desconsiderado.
—No te rías de mí —me quejo sin cambiar la expresión—. Esto no estaba aquí antes.
—Primero: no me río de ti, sino de tu indignación. Y segundo: tienes razón, esto no estaba aquí antes, lo han debido de colocar hace un rato.
—¿Y no se les ha ocurrido que igual era mejor no dejarlo tan pegado a la acera, no sé, para que la gente no se muera de un susto?
—Creo que lo han hecho a propósito —dice Josh, observándome aún divertido—. Es la casa de los Sutton, han decorado por presión vecinal, así que…
Miro la casa sin porche, pintada de un lila muy suave, con los ojos entrecerrados. Ya no me caen tan bien los Sutton.
No me doy cuenta de que sigo apretando el brazo de Josh hasta que me muevo para seguir andando.
—Perdón —susurro, notando cómo las mejillas se me encienden, lo que seguro que no se advierte desde fuera, porque con este frío gélido mis mofletes deben de parecer tomates.
Josh me mira sonriente, pero no dice nada. Parece más animado, así que espero de verdad haberle ayudado de alguna forma.
Al llegar frente a su casa, echo un vistazo a la de mis abuelos. Tengo una disculpa pendiente y, probablemente, también una bronca por parte de mi padre. Pero eso será problema de la Sofie de esta noche.