Capítulo 10 #2
Bueno, no pasa nada, solo he leído dos entradas, seguro que más adelante menciona algún detalle que me dé alguna pista. Me propuse leerlo día a día y eso es lo que voy a hacer. Si cuando termine no lo he averiguado, sé que tengo gente a quien preguntar.
Cuando llego al parque, Josh ya está allí. Sentado en uno de los bancos de madera, bañado por unos tímidos rayos de sol, con la mochila a un lado, un bloc de dibujo sobre las piernas cruzadas y la mirada perdida frente a él.
Monty corre hacia mí bastantes metros antes de que llegue hasta ellos.
Acaricio el pelo rizado del perro durante un rato de más porque, ahora que estoy aquí, no sé bien cómo comportarme con Josh sin Lily.
Me da miedo que descubra alguno más de esos detalles en los que ya no soy igual a la Sofie que él conocía y decida que ya no le caigo bien.
Incluso hay un momento en el que hasta Monty se cansa de las caricias y ladra, como si quisiera decirme que deje de entretenerme y afronte mis problemas.
Le hago caso y camino hacia el banco, desde donde Josh me mira con una pequeña sonrisa.
—No estaba segura de si leerías mi mensaje —digo, sentándome a su lado y arrebujándome en la bufanda.
Cuando se ha asegurado de que no nos vamos a mover, Monty sigue con su entretenimiento de correr sobre la capa de nieve que cubre el césped y que solo se ve donde deja marcadas sus pezuñas.
—Desde el día que llegaste, cada vez que salía o entraba en casa, echaba vistazos al banco por si habías escrito algo —dice, apartando la vista como si le diera vergüenza.
Lo miro unos segundos, sorprendida por sus palabras, sin saber qué responder. ¿Eso significa que me ha echado de menos? ¿Que tiene tantas ganas como yo de retomar nuestra amistad?
—¿Entonces el plan de hoy es dar un paseo? —pregunta, sin dar mayor importancia a su confesión.
Asiento.
—Mi madre lo hizo para recordarlo cuando no estuviera aquí… —dudo, porque no es algo que a mí me motive especialmente.
—No será problema para mí, dudo que me vaya a ningún sitio a corto plazo. —Alza las comisuras de la boca sin una pizca de alegría.
Observo la página de su bloc en blanco.
—¿Qué estabas pensando dibujar? —le pregunto.
Josh se encoge de hombros. Juega con el lápiz que sostiene en la mano izquierda, cubierta con un guante de los gordos, lo que me hace pensar que ha cogido el lápiz por costumbre y no porque pensara que iba a dibujar algo.
—Ese es el problema, que no lo sé —dice con la vista clavada en el papel.
—Pero… —dudo porque no lo hemos mencionado ninguno de los dos hasta ahora— has estado haciendo dibujos para mí.
Me parece que se sonroja, aunque, al tener las mejillas ya coloradas por el frío, no lo puedo asegurar.
—No es lo mismo —susurra sin aclarar nada más.
Nos quedamos en silencio mientras intento entender qué le puede estar bloqueando de una forma tan selectiva. Es capaz de hacer dibujos increíbles en tiempo récord para mí, pero, cuando necesita una idea para su solicitud, no le sale nada.
Lo observo de reojo mientras juega con Monty, que le ha traído el trozo de una rama de árbol para que la tire y poder correr a recogerla.
Me levanto de repente, decidida a hacer algo, lo que sea, para ayudarlo.
—Dijimos que a lo mejor los planes del diario te podían ayudar a ti también, para distraerte de otra manera y ver si se te ocurrían ideas nuevas. —Le tiendo la mano—. Pues venga, vamos a dar ese paseo.
Josh me mira sin estar muy convencido, pero acepta mi mano y se pone en pie. Cuando me suelta, noto un escalofrío. ¿Por qué me he tenido que dejar los guantes en casa otra vez?
Mientras guarda el bloc en la mochila, Monty viene hacia nosotros y da un corto ladrido.
—Nos vamos a dar una vuelta —le respondo, por si eso es lo que quiere saber el perro.
—Ten —dice Josh mientras se quita los guantes y me los tiende.
—No hace falta —miento—. Estoy bien. No tienes que congelarte tú por mí.
—Tengo aguante. No olvides que soy de aquí —dice con las cejas levantadas y la sonrisa ladeada.
Voy a protestar otra vez, pero para qué si, aun con las manos dentro de los bolsillos de la chaqueta, tengo los dedos congelados.
—Gracias —susurro mientras me los pongo, notando el alivio porque no solo son muy gorditos y suaves, sino que aún retienen el calor de Josh y las manos no tardan en volverme a la vida.
Decidimos dar una vuelta por el parque y, mientras caminamos entre los árboles, me fijo en los arces y robles que lo pueblan, unos con las ramas desnudas y otros intentando retener sus hojas anaranjadas hasta la primavera.
Observo las hileras de arbustos que sostienen la nieve blanca como si quisieran simular que son sus propias flores.
Y también presto atención a los bancos que hay repartidos por el lugar.
Pasamos por delante del único que tiene una placa, como los de Central Park, pero, en este caso, nadie pagó para que se la pusieran allí.
—Ese día creía que nos iban a castigar para toda la vida —dice Josh divertido parándose frente a él.
Sonrío, sabiendo perfectamente a qué se refiere.
—Se nos fue de las manos —confirmo.
«Theodore Jefferson. Gracias por todo el amor que dedicaste a White Falls».
Teníamos unos ocho años cuando colocaron esta placa, pero me acuerdo como si fuera ayer.
Según me contó mi madre, Theodore era el hombre que hizo crecer este parque y lo cuidó hasta el último día de su vida.
Unas semanas después de que falleciera, mi abuelo, entonces alcalde, decidió hacer un acto de homenaje y colocar esa placa en el banco en el que solía pasar las horas.
Josh y yo, por esa época, estábamos un poco obsesionados con el tema de los fantasmas.
Mi tío nos había puesto la película Casper unos días antes, así que se nos ocurrió lo que a nosotros nos pareció una idea brillante.
Eso sí, Lily no quiso tener nada que ver.
Ya entonces estaba claro que era la más lista de los tres porque sabía en qué trastadas valía la pena participar.
Tomé prestado el megáfono de mi abuelo, con el que Josh, escondido tras uno de los árboles cercanos al lugar donde se iba a hacer el homenaje, habló con la voz más grave que pudo, fingiendo ser Theodore.
Yo me subí a ese mismo árbol y moví las ramas con fuerza.
La mitad de la gente salió corriendo, espantada, y eso que Josh ni siquiera estaba amenazando a nadie, solo decía chorradas sin sentido.
Nos pillaron nuestras respectivas madres porque nos reíamos a carcajadas.
Y ahora, visto en perspectiva, no me extrañaría nada que las dos estuvieran intentando contener la risa mientras nos echaban la bronca más larga de nuestras vidas.
—Fue nuestra mejor travesura —dice Josh, emprendiendo el camino de nuevo.
—No nos dejaron salir en todo el verano. —Se me escapa una pequeña risa.
Josh me mira, sonriente.
—Se arrepintieron al día siguiente de castigarnos.
Esta vez la carcajada que suelto es más fuerte y Josh me acompaña.
Fue el verano que más películas vimos, que más libros leímos y que más hartas acabaron nuestras familias de nosotros.
—Nos gritábamos por la ventana, ¿te acuerdas? —me pregunta.
Asiento. Los primeros días ni siquiera nos permitían vernos. Así que de alguna forma teníamos que comunicarnos.
—Por eso nos dejaron quedar en alguna de las dos casas, creo que algún vecino se quejó.
—El señor Walters, seguro —afirma.
Salimos hacia la plaza con la sensación cálida de la risa en el pecho y Monty a nuestro lado, sin separarse mucho de nosotros.
Me detengo a observar el abeto enorme que hay en el centro. Ahora está apagado, pero las bolas rojas, amarillas y plateadas brillan con los reflejos del sol.
De repente, me acuerdo de que teníamos otro plan esta tarde.
—Oye, ¿a qué hora hemos quedado?
—Sobre las cuatro… —Saca el móvil y mira la hora—. Aún tenemos un ratito.
—No he visto aún a Ethan —digo, recordando al amigo de Josh, que tenía tan poco ojo para las travesuras como nosotros y un día acabó con su silla de ruedas boca abajo y su cabeza de pelo rubio brillante metida en uno de los setos de la casa de Diya.
—Tiene ganas de verte —asegura—. Pero suele trabajar por las tardes en el taller de reparación de coches de su tío, por eso no habéis coincidido aún.
Una sensación agradable me inunda el pecho. La verdad es que a mí también me apetece verlo y saber si sigue teniendo esa sonrisa de listillo. Me apetece estar con todos, como antes.