Todos los te quiero que escribimos en la nieve Capítulo 10
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Capítulo 10

Camino en dirección al parque que hay junto a la iglesia, en una calle paralela a la principal.

No hay mucho movimiento a estas horas, pero, aun así, me cruzo con el hombre de la bicicleta decorada cual árbol de Navidad, que me saluda con la mano como si me conociera de toda la vida.

Lo miro con los ojos entrecerrados y sin sacar las manos de los bolsillos.

¿Ni siquiera puedo tener mi momento de cabreo tranquila y sin villancicos de fondo?

Me da rabia pensar que ahora podría estar comiendo con Isla en la cafetería vegana de la calle de detrás de mi casa, recordando lo que hicimos ayer por la noche, riéndonos del plot twist final.

Pero no, estoy aquí, con la cara congelada, una familia que no se da cuenta de que no me apetece participar en las festividades del pueblo y que aseguran que mi madre me querría tal como soy y que le gustaría que disfrutara la Navidad.

Una cosa es contraria a la otra. Ellos, que la conocían tan bien, tendrán que decidir con cuál se quedan.

Quiero volver a casa

Le escribo a Isla, con la esperanza de que su madre no la haya dejado dormir hasta la hora de comer y esté ya despierta.

¿No has conseguido cortar la luz del pueblo?

Noto que la mandíbula se me relaja al leer la pregunta de mi amiga.

Seguro que tienen las decoraciones conectadas a los generadores. Prefieren quedarse sin nevera que sin luces de colores

¿Qué ha pasado?

No me sorprende que haya intuido que me ocurre algo.

He discutido con mis abuelos y mi padre

Uf. ¿Discusión en plan un lo siento y se acabó o en plan me cojo un avión y me vuelvo a casa?

La opción del avión me gusta

Dime la hora y voy a recogerte al aeropuerto

Sus palabras consiguen que dibuje una sonrisa.

Gracias. Pero eso solo empeoraría las cosas

Como quieras, pero que sepas que yo te recojo

Quitando la discusión, ¿qué tal?

Si esto no fuera Navilandia, no estaría mal

Y tú, ¿has hablado con Ryan?

Pregunto para cambiar de tema.

Uf. No. Tengo un mensaje suyo, pero ni lo he abierto. ¿Y si quiere salir? ¿Y si no quiere? ¿Cómo le voy a responder si ni siquiera yo sé qué quiero?

Pero, aparte del beso, ¿estuvisteis hablando o algo después?

Sí, me acompañó a casa

¿Y?

Pues yo qué sé, si hasta ese momento a mí me gustaba Francis

No puedo evitar reírme por lo enamoradiza que es mi amiga.

Sigo hablando con ella, distrayéndome de mis dramas con los suyos, hasta que me doy cuenta de que mis pies me han llevado a la cafetería de mi tío.

Como es probable que Josh aún no haya salido de casa, entro a por algo de comer. Las dos cucharadas de estofado que me ha dado tiempo a probar antes de salir corriendo no me han aplacado el hambre y, por muy enfadada que esté, no creo que desmayarme ayude a que se me pase.

—Uy, Sofie, qué alegría verte —dice la señora Fisher, que está sentada en una de las mesas más cercanas a la barra con un sándwich a medio comer frente a ella.

La saludo a ella y a mi tío, que me mira extrañado, pero me responde sin añadir nada más.

—¿Me pones un sándwich de queso? —le pregunto, notando cómo el enfado se va diluyendo a medida que el ambiente cálido del local me relaja los músculos.

Cuando me siento frente a la señora Fisher por invitación suya, los arañazos de rabia se han convertido en una masa espesa que parece pegarse al interior de mi pecho.

El cerebro me martillea con los rostros de mis abuelos y mi padre cuando les he gritado.

Incomprensión, lástima, pero, sobre todo, dolor.

Ellos no tienen la culpa de lo que le ocurrió a mamá, nadie la tiene, pero no puedo evitar sentir que me he llevado la peor parte, que no he podido disfrutar de ella lo suficiente.

Me gustaría llegar a casa todos los días y poder contarle lo que he hecho, o discutir con ella como hace Isla con su madre.

Ojalá pudiera enfadarme y dar un portazo porque me repite por enésima vez que recoja la habitación.

Queríamos ir a Canadá y repetir ese viaje que hicieron mi padre y ella el año antes de que yo naciera.

Pensábamos viajar a Australia para ver esos insectos gigantes que salen en los documentales.

Me iba a acompañar a la universidad el primer día…

—Hazme caso —oigo a la señora Fisher cuando vuelvo al mundo real—. Greg está enamorado. De otra cosa no, pero en amor soy una experta.

—Pero si solo ha estado con su marido —replica mi tío con las cejas alzadas.

—Pues por eso mismo. Además, os conozco a todos como si os hubiera parido.

Mi tío se ríe mientras sale de la barra y camina hacia nosotras con mi sándwich.

—Me gusta tu ropa de hoy —sonríe sincero.

Me pregunto si lo dice porque le recuerda a mi madre.

—Lo mejor es la bufanda —dice la señora Fisher al ver que llevo la que ella me regaló.

—¿Y de quién cree que está enamorado? —pregunto con curiosidad a la vez que cojo el sándwich, que me descongela las yemas de los dedos.

—Tengo mis sospechas —dice, después de masticar despacio un bocado de su comida—. Pero no voy a decir nada de momento, no me gusta difundir rumores infundados.

Doy un mordisco a mi sándwich calentito para esconder la sonrisa que noto crecer en mi rostro al darme cuenta del apunte que ha hecho: difundir rumores sí, pero infundados no.

—Siete letras: grupo de personas vinculadas por relaciones de parentesco, convivencia o afinidad —oigo la voz del hombre de los crucigramas a mi derecha. Ni me había dado cuenta. ¿Estaba cuando he llegado?

—Familia —le responde la señora Fisher—. ¿Has ido a la tienda de Cecilia para probarte el traje para mañana?

El hombre asiente y sigue con su tarea sin cambiar su expresión.

—Eres la alegría de la huerta, Noel —suspira la mujer.

Frunzo el ceño mientras sigo comiendo. Lo miro de reojo y, ahora que le presto atención, me parece recordarlo.

No hablaba mucho, pero siempre nos sonreía y nos guardaba el secreto a Josh, Lily y a mí cuando nos veía hacer algo que no debíamos.

Lo que nunca conseguimos averiguar es si se llama Noel de verdad o solo es un apodo porque es quien hace de Santa Claus en la plaza del pueblo.

—Dan mal tiempo para mañana por la noche —avisa mi tío, echando un vistazo a la pequeña y antigua televisión que hay detrás de la barra, sobre una balda de madera fijada a la pared.

—Esperemos que no se adelante, entonces —dice la señora Fisher.

Mastico despacio, procurando que dure porque está delicioso y también para alargar todo lo posible el estar aquí dentro protegida del frío.

Frío que noto cuando Erin abre la puerta para entrar.

—Qué ganas tenía de llegar —dice, acercándose a la barra—. Hola a todos.

—Entre tú y yo, me alegro de que tu tío se haya fijado en esta muchacha —me susurra la señora Fisher, inclinándose hacia mí—.

En el instituto salió con la hija de los Cooper —me cuenta en el mismo tono—, pero yo sabía que eso no iba a durar.

No le quise decir nada, porque ante todo defiendo el derecho a equivocarse uno mismo, pero estaba claro que esa chica quería ver mundo y tu tío nunca ha sido muy de salir más allá de los límites de este pueblo.

Eso es cierto. Siempre me ha parecido curioso lo diferentes que eran. Mi madre se fue a la otra punta del país nada más cumplir los dieciocho y mi tío solo hace pequeños viajes muy de vez en cuando.

—Había quedado con mis colegas mañana por la tarde para ver pelis…, pero me acaban de decir que no por la tormenta… —está contándole mi tío a Erin.

—¿En tu casa? —pregunta la mujer, después de dar un sorbo a la bebida que le ha servido mi tío y que desprende pequeñas volutas de humo.

—Sí… Aún hay un reproductor de DVD en casa y todos los años quedamos en estas fechas… No sé, últimamente es difícil, ahora que tienen hijos…

Observo a mi tío y me doy cuenta de que, aunque hablamos de vez en cuando, no tengo ni idea de cuáles son sus problemas de verdad o qué le preocupa.

—Yo no tengo nada que hacer mañana por la tarde —dice Erin, encogiéndose de hombros, fingiendo despreocupación, aunque por el suave rubor de sus mejillas diría que no es tal—. ¿Qué tenías pensado ver?

La expresión inquieta de mi tío se transforma en una ilusión que ni siquiera se preocupa en disimular.

—Pues… —Aprieta los labios—. A ver… Podemos ver lo que quieras, no hace falta que sea alguna de mis pelis.

Erin sonríe como si hubiera descubierto el tesoro mejor guardado del mundo y se lo fuera a quedar para ella sola.

— Jungla de cristal —dice.

Mi tío pone cara de disculpa y asiente.

—De verdad que podemos ver lo que quieras, cualquier película navideña de verdad.

— Jungla de cristal me parece una película navideña de verdad —responde y da otro sorbo a la bebida, escondiendo una sonrisa aún más amplia.

Y creo que, en este momento, si mi tío aún no estaba perdidamente enamorado de Erin, acaba de caer rendido a sus pies.

—¿Usted cree que con Erin le irá bien? —le pregunto a la señora Fisher, ilusionada por ver a mi tío feliz.

—Sin duda, hazme caso, que de esto sé —responde con la seguridad de haber vivido de cerca cada historia de amor de este pueblo.

—¿Y sabe de quién estaba enamorada mi madre en el instituto? —pregunto sin poder evitarlo.

La mujer mastica pensativa.

—Te hablé de mi sobrino Zach, ¿no? —Asiento, recordando la conversación de ayer—. Luego hice memoria y me acordé de que el chico incluso le compuso una canción, pero tu madre no estaba interesada. Pobre.

Supongo que eso lo descarta como el chico del diario.

—Había un chico… —sigue la mujer—. No me hagas mucho caso, porque por esa época mi marido estaba ya un poco delicado y no podía entretenerme tanto con la vida de los demás, pero me suena…

Ah, sí, ya recuerdo —dice con una sonrisa—.

Dean, el hermano de Rosalind. Creo que los vi alguna vez aquí a los dos juntos.

Si pudiera ver alguna foto de la alcaldesa con su hermano, la podría comparar con las que tengo en la caja de zapatos… Entonces me doy cuenta de que no puede ser él.

—Vivía aquí, ¿no?

—Claro, iban juntos al instituto.