Todos los te quiero que escribimos en la nieve Capítulo 9 #3
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Capítulo 9 #3

Respiro hondo, intentando recomponerme, saco El castillo ambulante del estante y lo sopeso entre las manos.

No recuerdo que mi madre se lo regalara a Josh.

Y no tengo ningún regalo de Navidad para él.

Es un poco tonto regalarle un libro cuando su abuela es la dueña de la librería y puede que ya lo tenga…

—Sofie —me llama mi padre con un libro en la mano, interrumpiendo mis pensamientos—. ¿Qué te parece este? La película de béisbol que le gusta tanto, con Brad Pitt, está basada en este libro.

Me encojo de hombros.

—No creo que vayamos a encontrar otra opción mejor.

Mi padre asiente, le da las gracias a Mae y se acerca hacia mí.

Cuando ve el libro que sujeto, se le apaga un poco la sonrisa durante unos segundos, hasta que vuelve a aparecer con la nostalgia brillando en sus ojos.

—Es el primer libro que me regaló —me cuenta—. Cuando empezamos a salir me hizo prometer que el día que tuviéramos una hija la llamaríamos Sophie.

Sé qué historia va a contar porque mi madre y él me la relataron miles de veces entre risas, pero no lo interrumpo al darme cuenta de que quiero que me hable de mamá.

—Pero en el hospital, cuando dijimos que teníamos claro el nombre, me hicieron rellenar los papeles mientras metían a tu madre en una habitación.

Estaba nervioso por si se la llevaban al paritorio antes de que me diera tiempo de llegar y la mujer del mostrador se llamaba Sofía…

Total, que me equivoqué al escribirlo. —Se ríe flojito, tapándose la cara con una mano—.

Al día siguiente, cuando me di cuenta, creía que tu madre me iba a matar.

Menos mal que le hizo tanta gracia que ni se planteó cambiarlo.

Sonrío y, aunque me molesta que la gente siempre escriba mal mi nombre, compensa el poder contar la historia de cómo mi padre la lio el día de mi nacimiento.

Vuelvo la vista al libro y decido cogerlo para regalárselo a Josh por Navidad, confiando en que no lo haya leído.

Como a mi abuela le encantan los pódcast policiacos, pensamos que la mejor opción es un libro de misterio, así que elegimos uno que nos recomienda Mae.

Cuando pasamos frente a la sección de clásicos, a mi padre le llama la atención una edición preciosa con cubierta de tela de Mujercitas .

—No me lo llegué a leer nunca y eso que tu madre me insistió miles de veces —dice pensativo.

—¿Te apetece? —le pregunto.

—Creo que sí —dice y aprieta los labios.

No le cuento que era el libro que estaba leyendo yo junto a mi abuelo, en el sofá de casa, cuando sonó el teléfono y las lágrimas empezaron a recorrer su rostro. No le cuento que nunca lo he podido terminar.

Estamos a punto de pagar cuando veo una edición de bolsillo de La historia interminable que tiene ilustraciones sencillas en el interior.

Lo pongo sobre el montón de libros que hemos dejado sobre el mostrador.

Este es el favorito de mi abuela y, aunque he visto la película muchas veces, nunca lo he leído.

Al salir de la librería, rebusco dentro de los bolsillos para sacar los guantes y me doy cuenta de que no me los he llegado a poner al salir de casa.

Deben de estar en el abrigo que llevaba ayer.

Igual tendría que elegir uno y no ir cambiando cada día.

Me cuelgo la bolsa con los libros en la muñeca y meto las manos en los bolsillos.

Incómodo, pero al menos no perderé los dedos.

Hacemos el camino de vuelta en silencio, solo interrumpido por los saludos de los vecinos y la charla con la alcaldesa, que me insiste en que me una al coro, y la media hora que nos retiene el señor Walters, preguntándole a mi padre sobre su trabajo —tema que no da para tanto—.

Mientras, la señora de la diadema de reno que vi ayer pasa por nuestro lado, murmurando que el árbol de la plaza parece un gato mojado.

Cuando llegamos a casa, echo un vistazo de lejos al banco de madera sin ninguna esperanza.

Pero, de repente, el corazón me empieza a latir con fuerza al ver que la nieve está removida.

Me acerco, notando la mirada de extrañeza de mi padre en la espalda y casi doy un grito de sorpresa al ver el mensaje: «Parque. J.».

¿Pero a qué hora? Si no lo ha puesto es porque debería saberlo… Después de comer. Claro. Cuando éramos pequeños, salíamos corriendo de casa cuando nuestros padres nos daban permiso para ir al parque y pasarnos allí la tarde entera.

Un poco nerviosa por haber quedado con Josh a solas, entro en la casa, donde me recibe el olor del estofado que debe de estar preparando mi abuelo. La tripa me ruge a pesar de las tostadas que he comido en casa de Lily y el bollito de mi abuela.

Me siento a la mesa de la cocina. Mi abuela está contando algo sobre la visita de Papá Noel de mañana por la mañana y mi abuelo refunfuña sobre contratar a gente poco formal.

Mi padre ha vuelto a su ánimo taciturno y pellizca trozos de pan distraído.

Me pregunto a qué puede deberse el cambio tan repentino cuando mi abuela me saca de mi mente.

—Sofie.

Levanto la vista hacia ella mientras soplo la comida que he cargado en la cuchara para no abrasarme la lengua.

—¿Quieres que saque mis jerséis navideños de los años anteriores? —me pregunta con una sonrisa dubitativa.

Frunzo el ceño sin entender por qué querría yo eso

—No quiero ningún jersey navideño —digo en un tono un poco seco.

—Es para la fiesta de la semana que viene —aclara mi abuelo.

—Ah —digo, después de masticar la carne y verduras calentitas que me quitan el frío del cuerpo—. No sé si iré… Bueno, supongo que iré, pero con ropa normal, no tengo intención de participar en el concurso, así que no te preocupes, abuela.

Intento mantener un tono neutro, pero sé que no me sale bien por cómo me miran los tres. Deberían haberse dado cuenta ya de que no quiero saber nada de la Navidad, que hay cosas que no tengo más remedio que aceptar, pero lo que pueda evitar lo haré.

—Sé que es difícil —dice mi abuelo—, pero a tu madre le hubiera gustado que disfrutaras de las fiestas, aunque ella no esté.

He pasado la mañana tranquila con mi padre, sin ninguna discusión.

No me apetece tener ahora esta conversación.

A veces, tengo la sensación de que solo la nombran cuando quieren que haga algo, que solo la usan como excusa para llevarme por donde ellos quieren.

¿Por qué todos parecen tener tan claro lo que querría o no mi madre?

¿Por qué se escudan en ella para que yo haga cosas que no quiero hacer?

¿Por qué no se esfuerzan en entenderme en vez de intentar meterme en un molde en el que no quepo?

Uno que es pequeño y estrecho y lleno de certezas que ya no siento tan inamovibles.

—¿Cómo voy a saberlo? —digo enfadada—. No puedo saber qué piensa mi madre de mí, de cómo soy ahora.

¿Me querría aun sabiendo que les estoy ocultando un secreto? Que cada vez que pienso en la universidad me da más vértigo, que no sé qué haré si no me aceptan.

—Te querría igual o más de lo que te quiso desde antes de nacer —dice mi padre como si me hubiera leído el pensamiento.

Lo dice con la seguridad de alguien que la conocía como si fuera una parte de él.

—Eso no lo debes dudar nunca —dice mi abuela, seria.

Lo dicen con el privilegio de haber disfrutado de ella muchos más años que yo, de tener miles de recuerdos a los que recurrir cuando la echan de menos, recuerdos que no están borrosos y llenos de niebla como están los míos. Que saben que son ciertos y no dudan de si fueron sueños demasiado reales.

—¡No podéis saberlo! —exploto—. ¡No está aquí!

Mi padre me mira dolido. Sé que eso ha sido injusto, pero ahora solo quiero que entiendan cómo me siento, que sientan el mismo dolor que me araña el pecho a mí.

—Sofie —dice mi abuelo con voz tranquilizadora.

Pero no le hago caso. Me levanto de la mesa arrastrando la silla y salgo corriendo, parándome lo justo para coger la chaqueta y el gorro antes de que nadie pueda venir a por mí.