Capítulo 9 #2
—Estresante —respondo, con la imagen del local lleno de gente en mi cabeza.
Mi padre me mira con expresión divertida.
—Creía que cocinar te relajaba.
—Cocinar sí, pero atender a clientes que van allí a charlar en vez de a decirme lo que quieren comprar no.
Oigo una leve risa y, aunque aún no le he perdonado del todo, sonrío al verlo sin la nube negra que lo cubre casi siempre.
—Es una pena que no tenga a quién traspasarla —dice, esquivando a un gato gris que camina por la acera como si fuera suya.
—¿Dónde irá la gente a comprar dulces? —pregunto.
—No lo sé, supongo que Tyler incluirá alguna receta más para tener dulces en los desayunos, de postre… O puede que lo encargue a algún local de algún pueblo cercano.
—Les van a dar bajones de azúcar —digo, pensando en la cantidad de galletas y tartas que vendimos ayer.
Mi padre vuelve a reír y, después de eso, caminamos en silencio un poco más.
Todas las farolas tienen ya los lazos gigantes y, a lo lejos, en la plaza, me fijo en el árbol enorme que supongo que encienden por la noche.
Pasamos frente a la cafetería de mi tío.
A través del ventanal distingo a Diya, con la bandeja de metal apoyada en la cadera, hablando con un chico rubio al que está atendiendo.
No para de jugar con el lazo de las cintas del pequeño delantal negro que le queda a la altura del ombligo.
No la vi nerviosa ni una vez en la tienda de ropa.
¿Será por ese chico? Estoy a punto de decirle a mi padre que entremos, pero me doy cuenta de que no tengo la confianza suficiente con ella como para abordarla en un momento así.
—Quería decirte… —duda mi padre—. Creo que no te lo he dicho porque asumo que lo sabes, pero no…
Por si tenía dudas, está claro que todo esto era una trampa para echarme la bronca sobre Caltech.
—Estoy muy orgulloso de ti —dice mirándome, serio, pero no con la seriedad de señor contable, sino con la de estar diciendo algo importante—.
Has sacado muy buenas notas en los últimos exámenes, y en los cursos anteriores.
—Se para en medio de la acera y se gira hacia mí—.
Y sé que te está costando mucho estar aquí, pero me alegro de que pases tiempo con tu abuela y la ayudes.
Tiene los ojos llorosos y se me forma un nudo en la garganta al ver cómo se frota los ojos. Sin verlo venir, me envuelve en sus brazos con fuerza y reposa su cabeza sobre la mía.
No solemos abrazarnos. Es como si, unas semanas después de la muerte de mamá, se nos hubieran acabado las razones para hacerlo. Solo cuando termina el curso y le enseño todos mis sobresalientes, me da un abrazo rápido para felicitarme.
Sin embargo, este no es así, porque dura más y me rodea los hombros como si temiera perderme.
Durante unos segundos me vuelven esos pensamientos intrusivos que me acompañaban cuando era pequeña, esos en los que perdía también a mi padre.
Los aparto de la cabeza y me dejo caer sobre su hombro, disfrutando de esta muestra de cariño tan ajena y a la vez tan familiar.
No noto el olor a su perfume habitual, sino que me parece distinguir una mezcla de café y galletas, el mismo aroma con el que me quedaba dormida junto a él cuando era pequeña. Siempre pensé que ese toque dulce se lo había pegado mamá.
—Te quiero, Sofie —dice contra mi pelo—. Eso tampoco te lo digo lo suficiente.
El nudo de la garganta me aprieta con fuerza. No sé por qué, de repente, ha decidido decirme todo esto, y me doy cuenta de que no puedo seguir enfadada con él. Una tensión que no sabía que me apretaba los hombros desaparece y me relajo.
—Y yo a ti, papá —digo con la voz ahogada.
Me da un suave apretón y me suelta. La sonrisa que muestra ahora es tranquila, como si se hubiera quitado un peso de encima y, por un momento, casi me parece ver a mi antiguo padre, el de antes de que todo cambiara.
Emprendemos la marcha otra vez en silencio.
Está claro que no tiene ni idea del rechazo de la solicitud, y lo mejor será que me olvide del tema hasta que volvamos a casa y la rutina llene nuestras vidas de nuevo. Si tengo que soportar una bronca, prefiero tener la posibilidad de dar un portazo y encerrarme en mi habitación.
Cuando pasamos frente a la pastelería, está atestada. Veo a Lily detrás del mostrador, moviéndose con mucha más desenvoltura que yo ayer, sin perder la sonrisa, e, incluso, estoy segura de que participa en las conversaciones que tienen los clientes entre sí.
—¿Me ayudarás a elegir dos libros para tus abuelos? —me pregunta con el rostro relajado.
—Pero si el abuelo no lee —protesto.
—Tu madre decía que quien no lee es porque no ha encontrado el libro correcto —cita con una leve sonrisa—. Podemos intentarlo.
—El abuelo solo leería una narración de un partido de béisbol —afirmo con una mueca.
Mi padre se ríe y niega con la cabeza.
Llegamos frente a la librería de fachada color avellana, cubierta casi por completo por guirnaldas de acebo y bayas rojas que caen desde el tejado a cuatro aguas.
El cartel que simula un libro tallado en madera acumula una fina capa de nieve blanca que no llega a cubrir las letras de estilo gótico donde se puede leer el nombre del local: warm wishes bookstore .
Al poner un pie dentro, el aroma a libros nos envuelve.
Una música suave sin campanillas llena la estancia y creo que hasta respiro mejor al desabrocharme la chaqueta y quitarme el gorro y la bufanda.
El local no es muy amplio, los libros se amontonan en las estanterías que llegan hasta el techo y en las dos mesas y las tres estanterías más bajas que hay repartidas por la estancia.
Solo se ve un trozo de pared al fondo, cubierto por papel pintado de animales y, frente a él, una mesita y varias sillas alrededor para los niños.
No hay mucha decoración navideña, lo que agradezco y me hace sentir más cómoda.
Solo una pila de libros en forma de árbol se alza en el escaparate.
—¡Pero bueno…! ¡Si son mis clientes favoritos! —exclama Mae al vernos desde el mostrador verde oliva que deja al descubierto el marrón de la madera en las zonas más desgastadas.
—Que no los mejores —dice mi padre.
Lo miro sorprendida. ¿Dos bromas en cuatro días? Increíble. Le voy a hacer un pin al padre más divertido.
—El puesto de mejor clienta siempre lo tendrá Ophelia —dice la mujer acercándose a nosotros—. Aunque la mayoría de los libros ni siquiera los compraba para ella.
—A mí me regaló más de uno —dice mi padre.
Si me esfuerzo, puedo atisbar una pizca de tristeza en sus ojos, pero no los invade por completo como ocurre siempre que habla de ella.
—¿Os podéis creer que a mí también? —dice Kathleen, saliendo de una puerta tras el mostrador con una pila de libros en las manos—. Como si yo no pudiera coger los que me diera la gana de la tienda.
Entonces recuerdo la entrada del diario de esta mañana y me doy cuenta de que, aunque no era un punto del plan de mi madre, también voy a elegir un libro para regalárselo a alguien, en mi caso a mis abuelos.
—Bueno, ¿qué estáis buscando? —pregunta Mae.
—Algo para un hombre de sesenta años al que no le gusta leer —dice mi padre, ralentizando las palabras a la vez que se da cuenta, al decirlo en voz alta, del milagro que pide.
Mientras Mae mira alrededor, pensativa y nada desanimada por el reto, yo camino hacia el fondo.
Junto a la sección infantil están los libros de fantasía y, a continuación, los clásicos.
Puede que por eso fueran los libros favoritos de mi madre.
Cuando, de pequeña, ya no había nada que le interesara entre los libros ilustrados, siguió caminando y encontró magia.
Solía decir que la sangre solo si había dragones y los dramas románticos solo de épocas remotas.
Recorro con los dedos los lomos de los ejemplares de Diana Wynne Jones en unas ediciones más recientes que las que tenemos en casa.
—¿Pensando en regalárselos a alguien? —me pregunta Kathleen al acercarse con dos libros en las manos, que coloca en la estantería junto a mí.
—A cualquiera que se lo pudiera regalar, seguro que mi madre ya lo hizo antes —respondo con una sonrisa débil, recordando que ese fue el regalo para Isla en el último cumpleaños de mi amiga en el que estuvo mi madre.
Me giro hacia Kathleen, que, cuando termina de colocar los libros, me mira con atención, pensativa. Luego me aparta un mechón rizado de la cara y me lo coloca tras la oreja.
—Sé que estos años sin vernos han cambiado muchas cosas —dice mirándome con cariño, sin pena ni nostalgia—. Pero quiero que sepas que estoy aquí para lo que necesites. Mi madre, Josh, Lily, yo… Cualquiera.
Creo que me va a abrazar, pero solo posa sus manos sobre mis brazos.
—Cuando llamé a tu padre a la semana siguiente del entierro de tu madre y me dijo que no ibais a venir por Navidad, solo podía pensar en si te sentirías sola, y te aseguro que, si nos lo hubiéramos podido permitir, habríamos ido los cuatro a pasar las navidades con vosotros.
«Ojalá hubieran venido», pienso.
Kathleen parece leerme la mente porque, después de un segundo de duda, me abraza con fuerza.
Me pesa tanto la tristeza en el pecho que ni siquiera me aparto; al contrario, me dejo caer y apoyo la mejilla en su hombro.
Somos casi de la misma altura, y se me hace rarísimo no apoyarme en su barriga y preguntarle si hay alguna posibilidad de que salga un alienígena de ella, como hacía de pequeña desde que Lily, Josh y yo nos pusimos a ver Alien: el octavo pasajero .
Nuestras madres no se dieron cuenta de que la estábamos viendo hasta que nos oyeron gritar.
Cuando nos separamos, Kathleen me acaricia la mejilla con cariño y se vuelve a marchar al almacén.
Espero que no venga nadie más hoy a darme un abrazo porque he cubierto el cupo.