Todos los te quiero que escribimos en la nieve Capítulo 9
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Capítulo 9

Me despierto con la alarma de pajarillos del móvil de Lily y un gruñido suyo al apagarla.

Me acosté convencida de que no iba a dormir bien porque no es mi cama ni la de casa de mis abuelos —a la que por fin me he acostumbrado—, pero lo cierto es que he dormido del tirón y me noto más descansada.

Recojo mis cosas antes de bajar a la cocina sin entretenernos mucho porque Lily tiene el tiempo justo para comer algo e irse a la pastelería.

Mientras desayunamos, me planteo ir con ella, pero tengo muchas ganas de leer la entrada del diario de mi madre y, además, la mayoría de los dulces ya estarán en marcha y en la caja estorbaría más que otra cosa.

—Nos vemos esta tarde —se despide Lily cuando salimos de su casa.

Le hago un gesto con la mano y cruzo la calle, pisando la fina capa de nieve que nunca abandona el suelo de este pueblo.

En casa de mis abuelos, me recibe el olor a café recién hecho y a algo dulce que me da ganas de desayunar otra vez.

Oigo voces en la cocina, por lo que dejo las prendas de abrigo en la entrada y me dirijo hacia allí.

Mi abuelo levanta la vista del periódico y mi padre del ordenador.

—Buenos días —los saludo.

—Hola, Sofie, ¿qué tal la noche? —pregunta mi abuelo con una sonrisa cálida.

—Bien —respondo de forma escueta.

Por alguna razón, entrar aquí me ha devuelto la rigidez en los músculos que parecía haber olvidado durante unas horas.

Alcanzo uno de los bollitos que hay en un plato sobre la mesa y le doy un mordisco, notando el interior blandito que aún conserva un poco el calor.

—¿Qué tienes pensado hacer esta mañana? —pregunta mi padre, mirando el portátil con su expresión concentrada de siempre.

—Pensaba… —Me callo al darme cuenta de que no puedo decir que pretendo pasar la mañana estudiando y ver si puedo cumplir el plan de hoy de mi madre porque ni sabe lo de la solicitud ni lo del diario—. No lo sé —digo al fin.

Y me doy cuenta de que es cierto, porque ahora mismo me arrepiento de no haberme ido con Lily a hornear tartas —incluso con villancicos de fondo— en vez de encerrarme en la habitación a resolver problemas de Física.

Mi padre levanta la vista y me mira con el ceño fruncido. Doy otro bocado al bollito, como si no me diera cuenta de que sigue con la mirada clavada en mí.

—¿Qué te parece si me acompañas a comprar unos regalos? —pregunta.

Lo miro tras pellizcar un trozo de dulce, haciendo tiempo para pensar si se ha enterado de lo de Caltech y esto es una encerrona para hacerme confesar.

—Estaría bien que les llevemos algún detalle a los abuelos cuando volvamos a Los Ángeles.

—Aquí no hay tiendas de souvenirs —digo, pensando que quiere comprarles un imán para la nevera o una postal nevada.

Mi padre sonríe, incómodo.

—Regalos de Navidad —aclara.

Ahora es mi turno de mirarlo con el ceño fruncido.

Hace años que no hay regalos navideños en casa de mis abuelos paternos. Celebramos con ellos Acción de Gracias y vienen a comer con nosotros el día de mi cumpleaños. Y esos son los únicos regalos que se abren. Si cumpliera años en verano, sería todo más fácil.

—Había pensado ir a la librería —sigue.

—Un libro siempre es un buen regalo —sentencia mi abuelo como si nos encontráramos en una película mala de Navidad y el guionista no estuviera muy inspirado.

Echo de menos a mi padre. Su presencia constante, aunque silenciosa.

Y desde que hemos llegado a White Falls me da la sensación de que casi no he estado con él.

Sé que soy yo la que lo ha querido evitar —por razones totalmente lícitas—, pero no lo puedo rehuir para siempre.

Cuando termine la Navidad, volveremos a ser nosotros dos solos contra el mundo, otra vez.

—Vale, me ducho y vamos —digo, y me termino el bollito mientras mi padre vuelve la vista portátil con una sonrisa cálida que me hace ver que he tomado la decisión correcta.

Al entrar en la habitación, lo primero que hago es sentarme en la silla frente al escritorio y leer la entrada de hoy.

He recorrido las calles de este pueblo millones de veces, pero creo que en ninguna he admirado de verdad mi alrededor. Cada detalle de cada fachada, las decoraciones que reflejan la personalidad de quienes viven allí a la perfección, los colores, los olores, los sonidos…

He intentado grabarme a fuego todo eso para, cuando esté al otro lado del país, poder visualizarlo en la mente. Así, cuando quiera echarme a llorar cual princesa de cuento, sabré que todo pasará y que volveré a este rincón del mundo donde me siento segura y querida.

El chico de ciudad me ha acompañado y, al pasar por la librería, no he podido evitar entrar. Mae me ha recomendado La reina de las nieves, asombrada de que aún no lo haya leído. Él ha decidido regalármelo y yo, a cambio, le he regalado El castillo ambulante, mi libro de fantasía favorito.

Espero que le encante porque, si no, nuestra amistad se acabará para siempre.

Me doy cuenta de la sonrisa que se me ha dibujado en el rostro al leer esa frase tan dramática que no me pega nada con la Ophelia que yo conocí.

Saco las fotos que encontré junto al diario e intento averiguar quién puede ser ese chico.

No veo ninguna señal que indique más cercanía por parte de alguno de los que aparecen en ellas.

Además, la mayoría son de mi madre sola o con Kathleen.

Tendré que esperar a que dé algún detalle más sobre el chico.

Las vuelvo a guardar, desbloqueo el móvil y una sensación cálida me llena el pecho al ver el dibujo que Josh me dejó ayer.

Le he hecho una foto esta mañana, mientras esperaba a que Lily terminara en el baño, para enviársela a Isla, pero al final he cambiado de idea y me lo he puesto de fondo de pantalla.

Lo que me recuerda que algunas de esas notificaciones que se acumulan en la parte de arriba deben de ser de mi amiga.

Abro la conversación con Isla y miro las fotos en las que salen varios compañeros de clase vestidos como si fuera una gala de famosos y no el baile en el gimnasio del instituto.

Te echo de menos!!!

Se me ha enganchado el vestido por culpa del inútil de Ryan

Sabes quién me ha invitado a bailar!!!!!!??????

Te lo voy a decir porque no te lo imaginarías nunca

Francis!!!!!!

Sofieeeeeeeee

No sé cómo ha pasado, pero…

Me acabo de besar con Ryan

aaaaaaaaaaaahhhhhh

Me lo tienes que contar todo con detalles cuando vuelva

Le respondo, con una sensación agridulce, porque claro que quiero saber cómo ocurrió lo imposible, pero a la vez no, no soporto habérmelo perdido, aunque me lo haya pasado muy bien en casa de Josh y Lily.

Después de varios minutos mirando al infinito y desenredando las sensaciones tan contradictorias que me llenan el estómago, me doy una ducha más larga de lo habitual y me visto con el jersey de formas geométricas de la tienda de Cecila, el que me recuerda a los que solía llevar mi madre.

Sostengo en mis manos uno de los pantalones marrones de ella.

Es el que mejor combina con el suéter y parece calentito.

Puede que los demás se den cuenta de que era de mi madre, porque lleva unas flores bordadas en los laterales que, sin duda, añadió ella, pero lo cierto es que tampoco tengo muchas más alternativas.

Me lo pongo, es bonito y abriga. Me calzo las botas forradas de borreguito y la parka también marrón que encontré en las cajas el primer día.

Al mirar por la ventana y no ver movimiento en la casa de enfrente, dudo en si avisar a Josh o no. El paseo lo puedo dar yo sola, no me voy a perder. Pero quedamos en que se lo diría.

¿Llamo al timbre? ¿Y si lo despierto? ¿Y si está concentrado dibujando? Debería haberle pedido su número de teléfono ayer.

Cuando éramos pequeños, me daba igual la hora.

Cruzaba la calle entraba en su casa y lo llamaba a voces desde el pie de la escalera.

Si era muy pronto, aparecía con el pijama arrugado y las gafas torcidas, y me miraba enfadado, pero cuando llegaba al final de las escaleras ya se le había pasado.

Y, aunque anoche me pareció que habíamos recuperado la confianza de años atrás, ahora, desde aquí, sin el sueño embotándome los sentidos, me da miedo habérmelo imaginado.

Entonces recuerdo que teníamos otra forma de comunicarnos cuando no estábamos en casa…

Bajo las escaleras rápido y le digo a mi padre que vuelvo enseguida cuando paso frente a la cocina sin pararme.

Cruzo la calle y miro un poco por las ventanas de la planta baja.

Si está, debe de ser en el piso de arriba.

No me lo pienso más, camino hacia el banco de piedra que hay frente al porche y escribo en la nieve que se acumula sobre él: «Paseo?

S.». Escueto, pero espero que lo entienda o, al menos, que me busque cuando lo vea.

Con la esperanza de que Josh se acuerde de nuestra particular forma de comunicarnos y que mire el banco, vuelvo a casa y entro en la cocina para avisar a mi padre de que ya estoy lista.

Mi abuelo y él muestran una expresión parecida al verme: la de reconocer a mi madre en mí. Les cuesta unos segundos despertar de ese trance.

—¿Vamos? —le pregunto a mi padre.

Y es entonces cuando se dan cuenta de que soy yo y no el fantasma de las navidades pasadas.

—Sí, sí —responde mi padre después de aclararse la garganta.

Nos despedimos de mi abuelo y salimos al frío glacial en el que el sol se refleja en la nieve, haciendo que todo brille demasiado.

Camino junto a mi padre, cubierto con su abrigo gris oscuro de jefe de contabilidad, con las manos en los bolsillos y una bufanda del mismo color alrededor del cuello.

Antes de dejar su trabajo como fotógrafo, no usaba pantalones de vestir ni abrigos hasta la rodilla, sino parkas y pantalones con tantos bolsillos que podía pedirle cualquier cosa y seguro que la tenía guardada en alguno.

Siento que cuando mi madre murió no solo la perdí a ella, sino también a una parte de mi padre.

—¿Qué tal en la pastelería con tu abuela? —pregunta con la mirada en sus pies cubiertos por unas botas negras que no usaba desde la última vez que estuvimos aquí.