Capítulo 8
Llegamos frente a su casa y la de mis abuelos sin que pueda quitarme de la cabeza lo agobiado que he visto a Josh antes con la solicitud de la beca.
—Quiero ayudarte con el porfolio —le digo.
—Es cosa mía… —empieza a protestar.
—Tiene que haber alguna forma de… ¿desbloquearte?
Josh se ríe sin ganas.
—Igual si aprietas tu dedo en mi frente reconoce la huella y…
Lo interrumpo haciendo justo lo que me ha dicho y lo miro con las cejas alzadas.
Dibuja su sonrisa ladeada, a la que creo que me podría acostumbrar si eso significa que desaparece la expresión triste de sus ojos, y le quito el dedo de la frente.
—¿Ha funcionado? —pregunto y me sorprendo al notar que las ganas de reír me llenan el pecho.
—Creo que no, pero gracias por intentarlo —dice, revolviéndose el pelo.
Estoy a punto de despedirme cuando me doy cuenta de una cosa.
—Es probable que necesite ayuda con el diario, como hoy —digo, dubitativa, porque no quiero que se sienta obligado, pero sé que será más fácil si cuento con alguien que viva aquí—. Y quién sabe… Puede que los planes navideños de mi madre te ayuden a encontrar la inspiración que necesitas.
Me observa unos segundos más e intento no moverme en el sitio.
—Sentarme a dibujar no está sirviendo de mucho, así que supongo que puedo probar. —Sonríe, esperanzado, después de pensarlo unos segundos.
—Mañana te informaré —digo un poco nerviosa porque ¿y si hay algo que prefiero que quede entre mi madre y yo?
Josh asiente otra vez.
Estoy a punto de despedirme cuando se acerca a mí y me abraza sin darme tiempo a reaccionar. Son solo dos segundos, pero su calidez me llena el pecho de una sensación agradable que no he sentido desde hace mucho.
Cuando me suelta, me doy cuenta de que no me he movido y de que puede que piense que me ha hecho sentir incómoda. Aunque Josh sonríe, tranquilo, sin señal de que le haya molestado mi falta de reacción.
—¡Sofie! —De repente, oigo la voz de Lily a mi espalda.
Un poco aturdida por culpa del abrazo, me giro para ver cómo Lily se acerca a nosotros con una diadema de bastones de caramelo sobre el gorro de lana.
—Me viene genial que estés aquí porque iba a ir a preguntarte si quieres quedarte a dormir —dice con la ilusión pintada en la cara—. Podemos jugar a algo y ver pelis.
Dudo. Los nervios me pellizcan la piel. El mismo pensamiento que me ha asaltado esta mañana vuelve con fuerza, junto con el temor a que, si hacemos los mismos planes que antes, decidan que no es lo mismo, que no soy la misma, y se alejen.
—Así no piensas en el baile —dice Josh, subiéndose las gafas.
—Y podemos jugar al Monopoly —aporta Lily con la sonrisa maquiavélica de alguien que sabe que nos va a arruinar.
—Además, mamá y la abuela tenían hoy inventario, no volverán hasta tarde.
—Y nos han dejado pollo asado preparado.
Me doy cuenta de que, poco a poco, mis labios han ido formando una sonrisa.
—Vale… —acepto.
Aunque noto la inquietud apretarme el estómago, la forma en la que Josh y Lily intentan convencerme me calienta el pecho y me hace pensar que puede que salga bien, que tal vez podamos disfrutar como hace años, aunque no seamos exactamente los mismos.
—¡Genial! —exclama Lily.
Josh ríe al ver a su hermana hacer un baile de victoria.
—Cojo unas cosas y voy —les digo, y me encamino hacia la casa de mis abuelos a la vez que ellos van hacia la suya.
Al entrar, me asomo a la cocina, y ahí encuentro a mi padre, frente al portátil, con los ojos entrecerrados, aunque creo que más de cansancio que de concentración.
—Hola —lo saludo.
Levanta la cabeza y parpadea unos segundos, intentando discernir la realidad de los recuerdos.
—Sofie… —susurra y hace una pausa que dura unos segundos—. ¿Quieres cenar ya o esperamos a tus abuelos?
—Me han invitado Lily y Josh a quedarme a dormir en su casa.
Mi padre asiente, más espabilado y con el rostro relajado.
—Muy bien, me alegro de que pases tiempo con ellos. —Sonríe un poco—. Ve si quieres, yo aviso a tus abuelos.
Asiento y subo a la habitación. Meto en la mochila el pijama gordito, el ejemplar de Cuento de Navidad —más por costumbre que porque vaya a leer— y el pequeño neceser de viaje.
Me despido de mi padre antes de salir al gélido exterior. Cruzo la calle corriendo y llamo a la puerta de la casa de enfrente, como tantas otras veces.
Cuando Lily me abre, ya vestida con el pijama de gorritos de elfo, y pongo un pie dentro, mi cuerpo se relaja, aliviado por el ambiente cálido y el aroma que asocio a ellos: leña, libros y abeto.
—He pensado que podíamos ver Wall-e —dice mientras Monty viene a mi encuentro en busca de caricias—. Josh ha sugerido Enredados . ¿Alguna otra opción?
—Lo que queráis —digo, sintiéndome un poco extraña por encontrarme aquí después de tanto tiempo.
Mientras me quito el abrigo y lo cuelgo del perchero de la entrada, me fijo en la barandilla de la escalera que sube hacia el primer piso frente a nosotros.
Está recubierta de algún tipo de material esponjoso que simula la nieve y hay varios pingüinos de peluche sobre ella con bufanda y gorro, colocados de forma que parece que se estén resbalando hacia la planta baja.
—Si es lo que queramos, yo prefiero ver Klaus —dice Josh, saliendo del salón con las cejas alzadas, la sonrisa ladeada y un pijama de Stitch vestido de Santa.
Bufo, con lo que solo consigo que se ría. Las navidades que se estrenó esa peli, Josh no paraba de verla una y otra vez, lo que hizo que Lily y yo acabáramos hartas, y eso que las cinco primeras veces nos encantó.
—Ya no te acordarás casi, es un momento tan bueno como cualquier otro para recordar lo maravillosa que es.
—Todos los años, Sofie, todos los malditos años me la tengo que tragar al menos tres veces —protesta Lily, entrando en la cocina.
—Es una obra de arte —replica Josh, que va detrás de ella.
—La podrías ver en tu habitación y no en el salón.
—Yo a ti no te digo nada cuando pones la música a tope…
Me quedo de pie en el umbral de la cocina.
Es raro estar aquí. Los muebles son los mismos: una combinación entre lo más clásico, como la cocina, de color beige con molduras, y algunos más actuales como la cómoda de la entrada, blanca, sin tiradores, sencilla.
Las paredes también, de los mismos tonos claros y luminosos.
Está todo prácticamente igual que la última vez que estuve aquí.
—La abuela ha hecho comida para dos familias —dice Josh, sacando el asado de la nevera y dando por terminado el intercambio de reproches.
Mientras ellos preparan los platos con la carne y el puré de patatas, yo pongo la mesa. En el proceso, abro más cajones de los necesarios porque no recuerdo dónde estaba cada cosa.
Nos sentamos en las mismas sillas de cuando éramos pequeños: Lily en la cabecera, Josh a su izquierda y yo a su derecha.
Corto un trozo de carne, de la que aún sale un ligero vapor. Lo mastico despacio, notando el sabor de la salsa de Mae y agradeciendo la calidez que me recorre el cuerpo.
—¿Cómo es ese baile? —pregunta Lily mientras embadurna un trozo de pechuga en el puré.
—Una de las razones que hemos usado para convencerla ha sido no pensar en ese tema —dice Josh.
—O lo podemos enfocar de otra forma y ver todas las ventajas de estar aquí en vez de en un gimnasio de instituto.
Sonrío, puede que haya sido buena idea venir.
—Ese aroma a sudor que persiste por mucho que intenten enmascararlo colocando flores por todo el recinto —digo.
—Y el suelo y la gente pegajosa. —Josh saca la lengua con asco.
Los tres nos reímos.
—¿Ibas a ir con alguien? —me pregunta Lily.
—No en plan cita, pero sí con mi amiga Isla.
—Entonces ¿no llevarás el típico ramillete en la muñeca? —pregunta Lily con expresión triste.
—Sí —respondo, un poco sorprendida de que a Lily le parezca tan importante, justo eso—. Isla me iba a regalar uno a mí y yo otro a ella, pero, si te soy sincera, eso tampoco lo voy a echar de menos.
—¿Por qué? —pregunta con tono de indignación—. Si son preciosos.
—Son incómodos —digo frunciendo el ceño—. Nunca me han gustado.
Miro a Josh, que no ha dicho nada, y distingo una leve sonrisa en el rostro cuando se dispone a servirse un poco más de puré.
—Lo que sí es un rollo es que tu amiga tenga que ir sola —sigue Lily.
Me encojo de hombros mientras mastico.
—No creo que tenga problema, se le da bien la gente.
Si fuera yo la que se hubiera quedado sola, la situación sería muy distinta.
—No como a ti —se burla Josh, ahora con la sonrisa ladeada y la vista puesta en mí.
—Habló —replico con las cejas enarcadas.
Josh y yo nunca hemos sido las personas más sociables.
—Menos mal que me tenéis a mí —dice Lily—. Obviamente no recuerdo el momento exacto en el que nos hicimos amigos, pero estoy segura de que fue gracias a mí.
—Seguro que me convenciste para firmar un pacto de saliva de chupete contigo o algo así —digo porque, evidentemente, yo tampoco me acuerdo.
—Asqueroso, pero muy probable —afirma, antes de meterse un pedazo de pan en la boca.
Sonrío y bajo la cabeza, sintiéndome un poco extraña por lo fácil que está siendo, porque no nos cuesta mantener una conversación y porque me siento cómoda.
—¡Ah! —exclama Lily—. Me ha dicho Josh esta mañana de quedar todos y he hablado con los demás para mañana por la tarde.
Asiento mientras saboreo el puré, que mantiene aún el calor y se deshace en mi boca.
—El plan es hacer manualidades navideñas —dice con una mirada de disculpa—. Pero, como esta casa es un espacio de libre albedrío, puedes hacerlas de Halloween.
—Una corona con murciélagos y bastones de caramelo —sugiere Josh—. Te sirve desde octubre hasta enero.
Sonrío al imaginármelo.
—¡Ostras! —exclama Lily dando una palmada en la mesa, tan de repente y tan alto que a Josh, que estaba bebiendo, se le escapa un poco de agua por la nariz y empieza a toser—. Oye, no vale que te mueras, eh, que no quiero a tu fantasma atormentándome para el resto de la eternidad.
Josh la mira fatal mientras vuelve a respirar con normalidad y a mí me sale sola la carcajada, sin previo aviso. Me tapo la boca, sorprendida. Josh y Lily me miran, sonrientes.
—Seguimos siendo el mejor dúo cómico, como podrás ver —dice Lily con una sonrisa orgullosa.
—Sí, lo sois —digo sin perder la sonrisa.
Terminamos de cenar y recogemos la cocina entre los tres sin dejar de hablar sobre recuerdos del pasado y cosas que nos han ocurrido durante estos años que no nos hemos visto.
Estoy tan a gusto que, cuando me preguntan qué peli ponemos, acepto ver Klaus , lo que hace que Josh sonría, arrugando una pizca la nariz y que las últimas pizcas de tensión que me quedaban desaparezcan de mi estómago.
Y también que, cuando me pongo el pijama y me coloco al lado de Lily, frente a la televisión rodeada de estanterías llenas de libros, con el crepitar de la chimenea a la izquierda, sienta que no ha pasado el tiempo.
Cuando ya llevamos la mitad de la peli, oímos abrirse la puerta de casa y Mae y Kathleen nos encuentran a los tres sentados en el sofá, tapados con la manta hasta la barbilla y, en el caso de Lily y de mí, más dormidas que despiertas.
Josh, en cambio, está muy espabilado, como si fuera la primera vez que ve la peli.
—¿Preparados para que os arruine al Monopoly ? —dice Lily entre bostezos un rato después, cuando apagamos la tele.
—Sí, pero otro día —responde Josh mientras se dirige hacia las escaleras con otro bostezo.
A mí también se me abre la boca, y Lily ni siquiera protesta cuando la empujo fuera del salón poniéndole una mano en la espalda.
—Que sepáis que no se me olvida que tenemos una partida pendiente —dice, frotándose los ojos.
Mae y Kathleen nos dan las buenas noches desde la cocina y, cuando llegamos al primer piso sin haber rodado por las escaleras, nos despedimos también de Josh, que duda unos segundos antes de hacer un gesto con la mano y meterse en su habitación.
Entro en la de Lily, que ha cambiado un poco estos años: los pósters de pelis de animación los ha sustituido por algunos de cantantes y otros de series. Las paredes ya no son amarillas, sino de un rojo pastel a juego con el edredón.
Estoy a punto de sentarme en el colchón de la cama nido de Lily cuando veo algo sobre él.
Otro papelito de Josh que despliego de inmediato. Esta vez es el dibujo de una chica de pelo rizado con una bandeja de cupcakes en las manos.
Noto que el corazón me late un poco más rápido y me sobresalto al sentir la presencia de Lily junto a mí.
—Cualquier cosa con tal de no ponerse con el porfolio. —Lily niega con la cabeza al ver lo que tengo en las manos.
Aprieto los labios, preocupada.
—¿Sabes por qué le está costando tanto? —pregunto, por si ella tiene más información.
Suspira.
—Ni siquiera me ha contado que no lo tiene empezado —dice con expresión de disgusto—. Lo sé porque lo conozco.
Me siento un poco incómoda al darme cuenta de que Josh me lo ha confesado a mí, pero no a su hermana.
—No lo entiendo —dice, dando los pasos que la separan de la cama y tumbándose en ella—. Confianza para entrar al baño a mear mientras me estoy duchando, sí; para contarme lo que le preocupa, no.
Echo un último vistazo al dibujo, lo vuelvo a doblar y lo meto en la mochila.
Espero que salga bien nuestro trato, que Josh encuentre esa idea que necesita para el porfolio y yo pueda conectar con mi madre gracias a su diario.