Capítulo 7 #3
Cuando alguien canta línea, una mujer pide revisar las bolas porque aún no ha salido ningún número de su cartón y asegura que están amañadas.
Las mujeres de mi mesa, además de tejer y marcar los números, siguen hablando sobre gente del pueblo que no conozco.
Ojalá llegue a su edad con esa agilidad mental para poder hacer tres cosas a la vez, ahora mismo me cuesta asegurarme de que el número que canta Josh no está en mi cartón.
Cuando la mujer de las gafas cuadradas canta bingo, la que ha protestado antes se levanta muy airada y pide comprobarlo ella misma.
Josh y yo nos miramos temiendo por nuestra integridad física.
—Esto es para ti, Sofie —dice la señora Fisher, tendiéndome la bufanda que acaba de terminar como si a su alrededor no estuviera a punto de desatarse una guerra vecinal.
Los colores no son muy de mi agrado porque pareceré un elfo de Papá Noel con ella, pero tiene pinta de ser muy calentita.
—No hace falta, señora Fisher, seguro que le ha costado mucho y yo…
—Paparruchas —dice, poniéndomela en el cuello—. Es para ti, y puedes venir siempre que quieras a vernos.
Me encojo un poco al notar el cariño con el que me trata una mujer que casi no conozco y me arropo con la bufanda, que es tan suave y calentita como parece.
—Muchas gracias —le digo un poco emocionada.
Creo que me ha sentado bien hablar de mi madre así, descubriendo cómo era a mi edad o más pequeña, reconociendo a la Ophelia que yo conocí en esa versión más joven con la que convivieron estas mujeres.
¿Y si lo de encontrar el diario ha ocurrido para que, de alguna forma, mi madre me regale esas navidades perfectas? No creo en las señales del universo, pero sí en el poder de convertir lo más cotidiano en algo especial, y eso, al fin y al cabo, me lo enseñó ella.
La señora Fisher me da un abrazo antes de irme, al que intento corresponder como una persona funcional, pero me sale regular. Me despido de los demás con la mano y consigo arrastrar a Josh fuera de allí antes de que Bob Walters lo vuelva a interceptar para vete a saber qué.
—Te lo has pasado bien —afirma el chico cuando salimos al frío de la calle.
—Sí. —Me envuelvo más en mi nueva bufanda y me calo el gorro hasta los ojos—. Y hablar con la señora Fisher me ha dado una pista sobre quién podía ser el amor secreto de mi madre.
—¿Amor secreto? —pregunta Josh extrañado.
Ups. Está claro que los villancicos y la decoración navideña me han atontado el cerebro. Lo miro y decido que, si él ha confiado en mí para contarme lo frustrado que se siente con su solicitud de la beca, yo también podría confiar en él.
—Lo de ir a ver a la señora Fisher… —Asiente—. He encontrado un diario que escribió mi madre las últimas navidades antes de ir a la universidad.
—¿La foto era de su diario? —se adelanta.
—Sí, y tiene una lista de planes que ella quería hacer esas navidades.
—Muy típico de tu madre lo de hacer listas.
Sonrío al ver que se acuerda.
—Pues en la entrada de ayer hablaba sobre un chico de ciudad que visitaba el pueblo en Navidad, pero no dice su nombre.
—¿No da ningún detalle sobre él?
Niego con la cabeza y me muevo, incómoda, porque seguro que le parece una tontería lo de no leerlo del tirón.
—Quiero leerlo poco a poco. Intentar completar la lista como lo hizo mi madre. Como si ella me lo hubiera preparado a mí para que lo hiciera durante estos días. Seguro que piensas que es una tontería, pero…
Echo un vistazo a Josh, esperando sorpresa o burla en su rostro; sin embargo, solo asiente serio, pensativo, y me interrumpe.
—Lo entiendo —dice al fin, y me mira unos segundos, como si buscara algo en mi rostro, antes de volver la vista al frente.
Paseamos en silencio mientras el sol se va escondiendo y, poco a poco, las luces de las casas iluminan la nieve del asfalto.
El móvil me vibra en el bolsillo. Abro la notificación y veo varios mensajes de Isla junto a fotos en los que me pide opinión sobre los zapatos y el peinado que se ha hecho para el baile.
Le digo que va guapísima y vuelvo a guardar el móvil con la rabia quemándome el estómago.
Yo debería estar allí, con ella, en mi instituto, a una temperatura aceptable y no pelándome de frío en el culo del mundo.
—¿Estás bien? —me pregunta Josh.
Deben de haberme salido rayos alrededor, como si fuera un dibujo animado.
—Sí… —dudo, ¿de verdad le interesa?—. Hoy era el baile de invierno del instituto y mi amiga me ha enviado fotos…
Josh asiente y hace una mueca de disgusto.
—Esto no es tan guay como Los Ángeles. —Me observa con la sonrisa ladeada.
Voy a darle la razón, pero me lo pienso mejor y no digo nada.
Josh se ríe y advierto que se ha dado cuenta de lo que iba a decir.
—No tenemos baile de invierno, pero la semana que viene es el concurso de jerséis navideños, y recuerda que hay música.
—Villancicos cantados sin mucho tino —resoplo entre risas, recordando que, para participar en el concurso, la condición es cantar un villancico delante de todo el pueblo—. Voy a tener que ir, pero no esperes que me vista con un jersey horrible ni que cante.
—Eso ya lo veremos. —Me mira con los ojos entrecerrados y los labios apretados, como si estuviera maquinando un plan.
El resto del camino lo hacemos en silencio. Uno que no es incómodo y que consigue que esa tensión, que no me abandona desde que bajé del avión, se atenúe un poco.