Capítulo 7 #2
Entramos en el edificio y Josh se dirige a una puerta gris de la que cuelga una cabeza de reno con la nariz roja en relieve.
Cuando la abre, noto el cambio de temperatura.
Me deshago del gorro y la bufanda al entrar, aunque no avanzo mucho más porque creo que me van a salir sarpullidos por todo el cuerpo.
Las campanitas de la canción de turno que sale por la radio casi quedan ahogadas por el barullo de las voces de las más de veinte personas que hay por la sala.
Sobre las paredes blancas del interior no cabe ni una guirnalda más, con piñas, lazos y bolas.
Otro árbol más bajo que el de fuera nos recibe con las luces de colores encendidas y varios adornos con forma de estrella que giran con algún mecanismo.
Sobre las mesas de color gris repartidas por toda la estancia hay centros con velas y flores de pascua.
Los ventanales que dan a un jardín exterior tienen pegatinas de muñecos de nieve y soldaditos de plomo.
Está claro que han atracado una tienda de decoración navideña.
—¡Josh! ¡Por fin! —Es Bob, el hombre de la pastelería que se le ha colado a Rosalind—. Justo esta mañana estaba diciéndole a Judy que necesitaba que vinieras.
Josh me lanza una mirada con las cejas enarcadas, divertido. En el jersey de hoy lleva un muñeco de nieve con uno de sus brazos apoyado en un bastón de caramelo.
—Hola, señor Walters —lo saluda Josh, mientras el hombre saca el móvil de su bolsillo, preparado para sus clases particulares de Facebook—. Hoy he traído a una amiga —dice, tendiendo una mano hacia mí—. Esta es…
—Ophelia —lo interrumpe una mujer de pelo rosa corto, que se apoya en un bastón del mismo color.
Intento disimular la mueca que me sale al oír el nombre de mi madre, pero no sé si lo consigo. La mujer me observa como si hubiera visto a un fantasma, supongo que ella así lo cree. Es una cabeza más baja que yo y viste con unos pantalones verde pistacho y un jersey de cuello alto lavanda.
—Es Sofie, la hija de Ophelia —dice Josh con tono calmado pero cortante a la vez.
La mujer parpadea y respira hondo.
—Claro… —Asiente con los ojos brillantes—. Has crecido mucho, Sofie. Y yo he encogido —ríe—. La última vez que te vi aún no me llegabas a los hombros y yo no llevaba bastón.
Sonrío un poco incómoda.
—Ella es la señora Fisher —me dice Josh, que se ha acercado a mí lo suficiente para que nuestros brazos se rocen.
—Encantada —respondo.
Intento sonreír porque esta es la mujer a la que he venido a ver y a traerle bizcochos y la que me va a contar cosas de mi madre, de la que, ahora ya es obvio, se acuerda perfectamente.
—Ven a sentarte conmigo mientras termino de tejer la bufanda —dice a la vez que engancha su brazo al mío—. Me dijo tu tío que ibais a venir este año y no sabes cuánto me alegré.
Se sienta en una silla gris a juego con las mesas y me hace una seña para que ocupe la que hay a su lado.
Alrededor, hay otras tres mujeres que me saludan con diferentes niveles de entusiasmo.
Una de ellas, que lleva puestos unos auriculares de diadema, levanta la cabeza, me mira y sigue con su labor. Creo que podríamos ser amigas.
—Le he traído bizcochos de jengibre —le digo, acordándome de que aún tengo la bolsa en la mano.
El rostro de la señora Fisher se ilumina con una sonrisa.
—¡Mis favoritos! —exclama.
Saca uno, da un mordisco y cierra los ojos como si estuviera saboreando un manjar.
—Muchas gracias, cielo, tu madre también me los traía siempre, junto con unos cuantos cotilleos. —Me mira con una sonrisa pícara.
—Bueno… Yo de eso no tengo… No conozco a casi nadie.
—Judy, no agobies a la muchacha —dice la mujer de gafas grandes y cuadradas que parece estar tejiendo un gorro—. Pero si te viene bien podrías observar a Greg e informarnos de cómo le va… Seguro que ya sabes a lo que me refiero… —dice acercándose a mí como si me estuviera contando un secreto.
—¿El del taller de juguetes? —pregunto.
—Es mi nieto —apunta la señora Fisher.
—Yo lo vi ayer… —empieza a decir otra de las mujeres, que está tejiendo un jersey.
No oigo más porque estoy buscando a Josh con la mirada.
Está sentado en otra mesa, entre el señor Walters y el curioso hombre de los crucigramas de la cafetería.
Como si hubiera notado que lo estoy contemplando, Josh alza la vista y me observa con expresión interrogante.
Asiento, para hacerle entender que estoy bien.
Dibuja una pequeña sonrisa y vuelve la atención al hombre que le está señalando algo en la pantalla de su móvil.
—A tu madre le encantaba venir al taller a toquetearlo todo —está diciendo la señora Fisher cuando devuelvo la atención a ella—. No le gustaba mucho lo de tallar madera, pero perseguía a mi marido por todo el local para que le enseñara cómo funcionaban los juguetes mecánicos.
Extiende la bufanda roja y verde que está tejiendo frente a ella y la observa unos segundos antes de seguir con la labor.
—¿Trabajaba usted en el taller de juguetes? —le pregunto.
La mujer suelta una carcajada.
—Era la dueña. —Me mira risueña—. Ahora es de mi nieto, porque mi hijo quería un trabajo en la gran ciudad. —Resopla—. Menos mal que Greg volvió al pueblo hace unos años y se hizo cargo del taller, porque de no ser así habríamos tenido que cerrar.
—Habría sido una desgracia —apunta la señora de las gafas cuadradas.
—Va a ser una desgracia igual —dice la mujer de los auriculares sin levantar la vista de su labor—. Terminará cerrando más pronto que tarde, no puede luchar contra las grandes empresas.
—¡Lori! —la reprende la señora Fisher—. ¡Que estás hablando del futuro de mi nieto!
—Pues por eso te aviso para que se busque otra cosa.
Aprieto los labios y bajo la vista para que no me vean la risa que a duras penas puedo contener mientras las dos mujeres discuten.
—¿Y cómo era mi madre a mi edad? —le pregunto a la señora Fisher cuando terminan su airada conversación.
La mujer me mira con cariño y no puedo evitar perdonarle que me haya confundido antes.
—Cuando mi marido murió, se pasaba por mi casa cada pocos días por si necesitaba algo —dice con la mirada perdida en algún punto del jardín—. Me traía dulces, revisaba la caldera, cambiaba bombillas… Lo que hiciera falta.
—¿Te acuerdas de tu sobrino Zack? —pregunta la mujer del jersey y suelta una carcajada.
—Ay, pobre —se lamenta la señora Fisher con una sonrisa—. El hijo de mi hermano pequeño, el que vive en Ithaca, tenía un año más que tu madre y siempre que venía aquí en Navidad se pegaba a ella como una lapa.
¿Podría ser ese el chico de ciudad del que hablaba mi madre en el diario?
—¿Eran amigos? —pregunto.
—Bueno… —duda la señora Fisher—. Ophelia se llevaba bien con todo el mundo. Nunca me dijo que le interesara mi sobrino, pero quién sabe, Zack siempre ha sido muy cabezón e insistente.
No sé si mi madre se dejaría influenciar solo con cabezonería e insistencia.
—Ay, me acabo de acordar de cuando se rompió la tubería en casa de los Quincy —dice la mujer de las gafas.
—Oh, sí, eso fue muy bonito —dice la señora Fisher—. Se quedaron sin los adornos navideños porque se empaparon y tu madre fue por todo el pueblo pidiendo adornos a los vecinos para que pudieran decorar la casa y el jardín.
Sonrío. Me puedo imaginar la escena. Conociéndola, seguro que consiguió más adornos de los que tenían los Quincy antes de perderlos.
—¡Hora del bingo! —exclama el señor Walters de repente.
Busco a Josh, que camina hacia nosotras liberado ya de sus clases particulares.
—Perfecto, un voluntario. —El hombre intercepta a Josh, que se niega sin mucho éxito.
Ni siquiera intento reprimir la carcajada al ver la cara de fastidio de Josh sentado frente al pequeño bombo de metal lleno de bolas amarillas de plástico. Al oírme, dirige la vista hacia mí y su mueca se convierte en una expresión de sorpresa que dibuja una pequeña sonrisa en su rostro.
El señor Walters nos reparte un cartón a cada uno y Josh empieza a cantar los números mientras la señora Fisher y sus amigas compaginan sus labores con marcar las casillas.