Todos los te quiero que escribimos en la nieve Capítulo 7
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Capítulo 7

Con una bolsa de bizcochos en una mano y el móvil con la foto del diario de mi madre en la otra, emprendo el camino por el pueblo después de comer.

Paseo frente a las casas de una o dos plantas y entre los vecinos que caminan con calma, sin prisa por llegar a su destino.

En la ciudad, pasear por la calle tan despacio lo único que provocaría es el insulto de alguien por entorpecerle.

El plan de hoy lo he cumplido y, como recompensa, a Josh le han encantado los cupcakes .

Hay quien se lo atribuiría a la magia de la Navidad; yo creo más en la evolución de las papilas gustativas.

Pero el de ayer aún lo tengo pendiente, así que la tarde libre la voy a dedicar a seguir buscando la casa de la señora Fisher.

Me cruzo con unos trabajadores del ayuntamiento que están sustituyendo las coronas navideñas de las farolas por unos lazos rojos con brillos dorados gigantes de plástico o algún material similar que no se estropee con la lluvia o la nieve.

—Con lo bonitas que eran las coronas… —se lamenta una mujer con una diadema de cuernos de reno al pasar junto a ellos.

Navilandia tiene hasta sus propios NPC .

Casi sin darme cuenta, me detengo frente a una casa que parece la de la foto, pero cuyo porche no tiene los barrotes de madera dispuestos de la misma forma.

Suspiro de frustración. Aunque la encuentre, puede que la señora Fisher ya no viva allí.

Además, ¿de verdad voy a llamar a la puerta de una mujer que no conozco?

Mi madre la visitó porque era algo que, supongo, hacía con normalidad, pero ¿qué voy a decirle?

«Hola, soy la hija de Ophelia, he venido porque he encontrado el diario de mi madre muerta y estoy dando los mismos pasos que ella para intentar que estas navidades no sean una tortura».

—Sofie —oigo a mi espalda.

Me giro al reconocer la voz de Josh. Esta mañana estaba tan nerviosa que ni me he fijado en el gorro de lana naranja que lleva calado hasta las cejas, alzadas ahora con expresión de extrañeza.

Carga con una mochila de correas verdes a la espalda y me pregunto si la tendrá llena de dibujos a rotulador como la que usaba cuando éramos pequeños.

—Hola. ¿Ya has empezado oficialmente las vacaciones?

Con lo poco que me gustan a mí las preguntas obvias y aquí estamos.

—Sí, por fin —responde con una amplia sonrisa—. ¿Tú has terminado en la pastelería?

Asiento.

—Me ha dicho mi abuela que podía irme, por la tarde está Lily.

Asiente.

Juego con la funda del móvil sin saber qué decir y sintiéndome incómoda porque estoy segura de que la relación con Josh no va a ser tan fácil de recuperar como la de Lily, aunque creo que los dos nos estamos esforzando a nuestra manera.

—¿Para quién son esos bizcochos? —pregunta, señalando la bolsa que aún llevo en la mano y que está haciendo que se me quede congelada porque se me ha olvidado ponerme los guantes al salir de casa después de comer.

—Oh —dudo—. Quería…

Alterno la vista entre la mirada curiosa de Josh, mi móvil y los dulces.

No sé muy bien cómo contestarle, pero está claro que necesito ayuda para encontrar la casa de la señora Fisher.

Y es Josh. El mismo que me acompañaba a buscar el bote de chuches que escondía mi abuela en la pastelería para decorar los dulces y que, cuando nos empachábamos y luego nos dolía la tripa, no confesaba nuestro delito. Decido arriesgarme.

—Te va a parecer rarísimo, pero he encontrado una foto de mi madre —digo, mostrándole la pantalla de mi móvil— y quería saber dónde está la casa del fondo.

Josh la observa y asiente al reconocerla.

—Ah, la de la señora Fisher. Está al otro lado del pueblo. —Señala la dirección contraria hacia la que he estado yendo todo el rato—. Y ahora es de color amarillo, así que no sé si la hubieras reconocido.

Fantástico.

—¿Me puedes decir la dirección y así ya me apaño yo? —le pregunto mientras abro la aplicación del mapa del móvil.

—Te puedo acompañar —dice despacio, como si dudara.

Levanto la vista y lo veo balancearse otra vez. Puede que sienta que, si no me lo ofrece, estaría siendo un antipático.

—No hace falta. Seguro que tienes cosas que hacer…

—No tengo nada mejor que hacer —me interrumpe.

Lo observo, intentando averiguar qué se le pasa por la cabeza, pero ya no me resulta tan fácil leerle la mente como cuando nos retábamos a una carrera solo con una mirada.

—De todas formas, si quieres darle esos bizcochos a la señora Fisher, será mejor que vayamos al centro social —dice, señalando una de las calles que cruza esta.

Vuelvo a dudar, sin saber qué hacer. Josh debe de notarlo porque se sube las gafas, que se le han resbalado hacia la punta de la nariz, y dibuja una pequeña sonrisa en su rostro.

—Hace tiempo que no me paso por allí y seguro que el pitido de oídos de esta mañana era el señor Walters quejándose de que no he ido a enseñarle a enviar mensajes por Facebook. ¿Me acompañas?

Sin darme cuenta, imito su expresión porque por supuesto que Josh, con esa paciencia infinita que ya tenía de pequeño, es capaz de explicarle a una persona mayor, como supongo que es ese tal señor Walters, cómo manejarse en internet.

—Vale —respondo, consciente de lo que acaba de hacer para que me decidiera.

La sonrisa de Josh se amplía y emprende el camino en la dirección que me ha señalado hace un momento.

Me retraso unos segundos y echo un vistazo a su mochila, que, como imaginaba, está llena de dibujos hechos con rotulador negro: la cabeza de un reno, una camelia, un mapache, una calabaza…

Puedo identificar cuáles son los que han pervivido a los años y los que han aparecido durante este tiempo que no nos hemos visto.

Va a ser rarísimo ir a visitar a una mujer que no conozco, pero no puedo rendirme tan pronto.

Quiero descubrir cómo fueron esas navidades tan especiales para mi madre y recrear sus pasos para volver a sentirla cerca de mí.

Además, seguro que la señora Fisher podrá contarme cosas de cuando mi madre tenía mi edad, creo que me resultará más fácil preguntarle a ella que a mi padre o mis abuelos.

—Entonces ¿sigues con el plan de estudiar lo mismo que tu madre? —pregunta Josh cuando llevamos unos minutos caminando en silencio.

—Sí —respondo—. Ni siquiera me he planteado otra opción.

No le digo toda la verdad, igual que no se la he dicho a nadie, solo a Isla.

—Tú dijiste que estabas pensándolo aún, ¿verdad? —pregunto, recordando la conversación del primer día.

Asiente y, por unos segundos, creo que no va a responder.

—Quiero entrar en la Universidad de Nueva York para estudiar Bellas Artes —responde al fin.

—Oh —digo un poco sorprendida—. No sabía que te lo tomabas tan en serio.

Josh me mira con el ceño fruncido. La he cagado.

—No quería decir… Es que no sabía…

—Da igual —dice con brusquedad.

—Josh, espera. —Me detengo y lo cojo de la manga del chaquetón gris.

Me sigue mirando con la misma expresión, casi enfadado. Y me siento fatal por haber dado por sentado que habría elegido un camino más fácil para su futuro.

—Ya sé que no parece tan útil como una ingeniería, pero es lo que me gusta —dice a la defensiva.

—No quería decir que no fuera útil o… No sé… Creía que era una afición, no sabía que seguías dibujando más allá de eso… Lo siento.

El rostro de Josh se relaja y cierra los ojos unos segundos.

—No, perdóname tú a mí, no tenías por qué saberlo —dice, frustrado—. No llevo bien el porfolio que tengo que preparar para la beca.

Me doy cuenta de que aún tengo su manga cogida y la suelto antes de seguir andando.

—¿Por eso dijiste lo de las varias opciones? —pregunto, con curiosidad por saber si eso significa otras universidades u otras carreras.

—Si no consigo la beca, no podré estudiar en Nueva York, así que necesito tener un plan B.

Aprieto los labios sin saber si insistir o no. Si no nos hubiéramos separado, no necesitaría hacerle estas preguntas, lo sabría. Y, aunque no parece molesto con mi compañía, puede que haya cosas que no le apetezca compartir conmigo.

—Y no, no lo tengo —sigue, como si me hubiera leído la mente—. Cualquier opción de estudiar algo relacionado con arte es cara, porque tendría que mudarme durante el curso y las becas… No sé, lo tenía tan claro que no me he preocupado de mirar nada más y ahora… Ahora siento que es demasiado tarde.

Lo cuenta rápido, con un tono de frustración nuevo para mí. Y quiero decir algo, animarlo, pero no sé cómo.

—¿Te puedo ayudar en algo? —Es lo único que se me ocurre, aunque me puedo imaginar su respuesta.

Me mira triste, desilusionado, casi como si ya se hubiera rendido.

—Ojalá. —La manera en la que lo dice se me clava en el pecho porque siento que de verdad le gustaría que encontrara alguna forma de darle esa esperanza que parece haber perdido.

Seguimos caminando unos minutos hasta que Josh se detiene frente a un edificio rectangular de una planta con paredes de estuco blancas sin ninguna personalidad.

Han intentado arreglarlo con una tira de abetos rojos y artificiales, que bordean el camino que lleva a la puerta de entrada, y con piruletas gigantes clavadas en la nieve que rodean el árbol de casi cinco metros que hay a la derecha.

Está claro que la gente a cualquier trasto lo llama decoración navideña.