Capítulo 6 #2
En otro bol mezclo con las varillas el huevo, el aceite y la leche.
Vierto esta mezcla junto a la primera y dejo que el robot la bata mientras preparo la bandeja de horno con las cápsulas de papel que he encontrado y que, por supuesto, son navideñas, con dibujos de renos y muñecos de nieve.
Cuando la masa está lista, las lleno y las meto en el horno.
Mientras espero el resultado, preparo dos mangas pasteleras de nata, una blanca y otra con colorante verde.
Decoro las galletas de chocolate como si fueran árboles de Navidad, creando líneas verdes con la boquilla de estrella y dejando pequeños puntitos blancos en forma de florecita para simular las bolas.
—¿Qué estás cocinando? —me pregunta mi abuela, señalando la bandeja que acaba de sacar del horno .
—Una receta nueva —digo, evitando mencionar a mi madre para no enrarecer el ambiente.
Mi abuela los observa con el ceño fruncido.
—Huelen a… —Deja la frase en el aire a la vez que su expresión se suaviza—. Te han quedado perfectos.
Supongo que ella tampoco ha querido mencionar a mamá, pero en su mirada veo que recuerda esta receta.
Me entristezco un poco porque siempre tengo la sensación de que nombrarla va a desatar un cataclismo a nuestro alrededor y estoy casi segura de que a ella no le gustaría ver que rodeamos su nombre en un intento de no acercarnos demasiado.
—Gracias —digo en un susurro.
Dejo que los dulces se enfríen y entretanto decoro las galletas de jengibre con su aspecto clásico de hombrecillo. Utilizo la nata blanca que me ha sobrado de las de chocolate para ponerla sobre los cupcakes , acompañada de una nube como en la foto del diario de mi madre.
—¿Te apetece abrir y quedarte a atender? —me pregunta mi abuela cuando llega la hora.
Hago una mueca porque estoy muy a gusto en la cocina y no me apetece exponerme frente al desfile de vecinos que pasará en unos minutos por aquí.
Pero hago un esfuerzo, como me ha pedido mi padre, y le doy la vuelta al cartel de la entrada antes de empezar a colocar las bandejas en el mostrador, intentando ignorar la voz de Michael Bublé.
Mientras espero a que entre alguien, saco el móvil y le envío un mensaje a Isla para decirle que se lo pase genial en el baile, que disfrute por mí también y que me mantenga informada de absolutamente todo.
Es probable que ni siquiera se haya despertado aún, teniendo en cuenta las tres horas de diferencia, así que guardo el teléfono y alzo la vista hacia la puerta, por donde entra la primera clienta: Mae, la abuela de Josh y Lily.
—Sofie, bonita, qué alegría verte —dice la mujer, acercándose con una sonrisa—. Ponme dos cruasanes y unas cuantas galletas de chocolate.
—Están recién hechos —le digo y meto en una bolsa de papel los dulces aún templados.
La campanilla de la puerta vuelve a sonar y entra mi abuelo, que abre los ojos, sorprendido al verme. En ese momento sale mi abuela con más bandejas y la ayudo a colocarlas en el mostrador mientras saluda al abuelo y a Mae.
—Oye, Henry —lo llama Mae—. Me ha dicho Rosalind que no puede obligar a nadie a decorar su casa y los Sutton se niegan a poner una mísera luz en su jardín.
Meto en otra bolsa varias de las galletas que me ha pedido la mujer.
—Yo ya no soy el alcalde, Mae —dice mi abuelo, encogiéndose de hombros.
—Pero algo podrás hacer —insiste la mujer.
Me caen bien los Sutton, tengo que averiguar dónde viven y llevarles unos dulces de regalo por resistirse a contribuir a la contaminación lumínica.
—Hablaré con su hijo Kevin, a ver si los convence.
Dejo el encargo de Mae sobre el mostrador, a la espera de que se acuerde de mí.
En ese momento entra Rosalind y, tras ella, Kevin, que viste el mismo chaquetón mostaza que ayer, por lo que supongo que ha parado de camino al trabajo. ¿Voy a asistir a una asamblea vecinal sin moverme de aquí? Esto no lo esperaba y no sé si me gusta o quiero huir.
—Contigo quería yo hablar —le dice Mae a Kevin.
Mi abuelo se aparta despacio del grupo, como si, de moverse más rápido, lo fueran a atrapar.
—Tú padre y yo no sabíamos dónde estabas —me dice al acercarse.
—Lo siento. —Me remuevo en el sitio, sintiéndome culpable. Debería haberles enviado un mensaje.
—No pasa nada —dice sin muestra de enfado—, solo ha habido unos minutos de pánico al pensar que te habías escapado para volver a Los Ángeles. Hasta que tu padre ha visto que todas tus cosas seguían en la habitación.
Me siento mal hasta que me doy cuenta de que, si hubiera hecho todo bien, no tendría por qué haber pensado eso porque habría venido a Navilandia por voluntad propia —o, por lo menos, habiendo podido exponer mi opinión— y no por obligación.
Echo un vistazo a los clientes, que no parece que me necesiten para solucionar sus problemas vecinales, y me asomo a la cocina por si mi abuela quiere algo de mí.
—Saca los pastelitos de manzana y la tarta de cereza.
Cargo con ello y, cuando estoy ya en la puerta, me advierte:
—Me he dado cuenta de que has añadido tu toque a las galletas —me dice enarcando las cejas.
—Ya —dudo—. No…
Debería haberle preguntado. Es su tienda, si a la gente no le gustan tendrá que dar la cara por mí y, por mucho que odie estar aquí, no quiero arruinarle los últimos días antes de cerrar. No se lo merece.
—Están muy buenas, Sofie —asegura mi abuela con una mirada que juraría que es de orgullo—. Seguro que les encantan.
Asiento con una sonrisa dubitativa y salgo al mostrador, donde hay cinco personas más esperando. ¿Acaso cabe tanta gente aquí dentro?
—Sofie, cuánto has crecido, los jóvenes de ahora sois muy altos —dice un hombre más mayor que mi abuelo, pero con el mismo poco pelo que él, acercándose a nosotros con paso ágil—. Anda, ponme un trozo de bizcocho y un cruasán, que no están mis dientes para galletas.
—Pero si estás hecho un chaval, Bob. —Mi abuelo le da una palmada en la espalda.
Bob. ¿No mencionaba mi madre ese nombre en el diario?
—Sofie, cariño —oigo la voz de Mae—. Aquí tienes el dinero —dice dejándome unas monedas en el mostrador y cogiendo las dos bolsitas—. Me voy, que se me ha hecho tarde.
—Oye, Bob, que yo iba antes —se queja Rosalind.
—¿Y me tenía que esperar a que terminaras de discutir con Mae? Ya tengo una edad como para no perder el tiempo.
El barullo es tal que ni siquiera oigo a Michael Bublé.
Intento estar atenta para diferenciar quienes quieren pedir algo y quienes están charlando sin importarles que haya gente esperando su turno. Con lo tranquila que estaría yo en la cocina.
La campanilla de la puerta vuelve a sonar y estoy a punto de pedir auxilio a mi abuela cuando veo que es Josh quien ha entrado.
El chico saluda con una sonrisa a Cecilia, la dueña de la tienda de ropa, y choca la mano con Kevin, que sigue intentando librarse de la alcaldesa mientras lanza miradas a Greg, el chico del taller de juguetes.
Sirvo y cobro lo más rápido que puedo, segura de que me habré equivocado en el cambio o en el precio de algo y de que a mi abuela no le va a cuadrar la caja cuando cierre.
Hasta que, por fin, llega el turno de Josh y, aunque ha entrado más gente detrás de él, la tensión que sentía en el cuerpo disminuye un poco.
—¿Qué te pongo? —pregunto un poco nerviosa porque aún no sé bien cómo comportarme con él.
—¿Qué has hecho tú? —me pregunta como respuesta.
—Oh —digo, sorprendida—. Pues las galletas… y también los cupcakes .
Observa las bandejas del mostrador, pensativo.
—¿Pero son las recetas de tu abuela? —Vuelve la mirada hacia mí.
—Las galletas sí…, más o menos —dudo—. Te pongo de esas, que los cupcakes son de chocolate con especias —le digo al recordar que siempre tomaba el chocolate caliente sin nada.
Me mira sorprendido.
—Te acuerdas —afirma con esa sonrisa ladeada.
Me encojo de hombros. No es tan raro que lo recuerde, pienso; fueron muchas las tardes que pasamos con la taza en las manos viendo alguna película en su casa o en la de mis abuelos.
—Son los que hacía tu madre —afirma al observarlos con más atención.
—Te acuerdas —lo imito sin poder evitar una leve sonrisa.
Me mira unos segundos, y me da la sensación de que intenta atravesar esta espesura que hay entre los dos y que nos impide comportarnos con la confianza ciega que teníamos de pequeños.
—Ponme una galleta de cada y un cupcake —dice al fin .
Lo meto todo con cuidado en dos bolsitas de papel, suponiendo que lo compartirá con Lily o algún compañero de clase.
Me paga y, cuando aún estoy contando el cambio, da un mordisco al dulce que de niños nunca quería. Me quedo con el cambio en la mano y sintiendo el corazón en el pecho preparado para salir corriendo.
—Jo, están muy buenos, Sofie, y la decoración es igual a la que hacía tu madre. —Lo dice sin mirarme con pena, como un hecho, mientras mastica, y solo con eso consigue que destense la mandíbula.
—Si una taza de chocolate con especias estuviera así de buena, me plantearía mi opinión —afirma Josh con una sonrisa.
El corazón me late con más fuerza. ¿Lo dice en serio o solo es por quedar bien? Nunca me ha dicho nada por quedar bien, pero puede que ahora sí lo haga.
Se termina el cupcake y duda antes de irse.
—Hablaré con los demás, a ver si podemos quedar… Si te apetece —dice balanceándose—. Podemos estar un rato todos juntos, como antes…
Me echa un poco para atrás el «como antes» porque ya no soy esa persona. Josh lo sabe y Lily también, y siento que son los únicos que se dan cuenta. Y por eso, solo por eso, porque siento que me han vuelto a acoger con el mismo cariño de antes, pero aceptando que no soy la misma…
—Vale, sí —digo intentando sonreír un poco, pero con miedo por si al pasar más de media hora juntos se dan cuenta de que ya no merece la pena ser mis amigos.