Capítulo 6
A la mañana siguiente, me despierto cuando el sol ni siquiera se asoma por el horizonte, abro el diario de mi madre y leo la siguiente entrada.
Hoy he tenido que ir a ayudar a mi madre en la pastelería.
Y me ha venido genial para cumplir uno de los puntos del plan: cocinar una receta navideña.
Tenía pensado hacer un simple chocolate caliente, pero al ver los dulces en el mostrador de la tienda se me ha ocurrido que podía intentar hacer cupcakes con sabor a chocolate caliente.
Mi madre no estaba muy convencida: la última vez que intenté cocinar un bizcocho casi quemo la cocina, pero ¡es Navidad!
Si hay algún momento en el que puede ocurrir un milagro es este.
¡Y lo he conseguido! Dejo la receta aquí apuntada para no olvidarme y una foto para que quede constancia de que ocurrió de verdad.
En la foto, los dulces están decorados con nata y una nube blanca con puntitos negros y un triángulo naranja, imitando a un muñeco de nieve.
Sin darme cuenta he empezado a esbozar una sonrisa al descubrir el origen de la única receta de repostería que le salía bien a mi madre y que no cocino desde la última Navidad que pasamos juntas.
Después de ducharme, abro el armario, en cuyo pomo colgué el calcetín navideño de mi madre, y escojo el pantalón morado y el jersey blanco que me compré ayer.
Hago una foto de la receta y bajo las escaleras intentando no hacer mucho ruido, por si mi padre aún está dormido, y evitando poner la mano en la barandilla llena de espumillón.
Cuando llego a la cocina, mi abuela está recogiendo para irse a la pastelería.
—Buenos días —me saluda sorprendida al verme en pie tan pronto—. Me iba ya. ¿Quieres… —duda— café?
Asiento y me acerco hacia ella. Agradezco que se haya dado cuenta de que ya no desayuno chocolate caliente.
Al llegar a su altura, dudo un segundo, sin saber bien cómo comportarme. Al final le doy un beso en la mejilla suave y cálida, notando con más intensidad el aroma a dulces que siempre parece rodearla.
—Ahí tienes ya café preparado —señala, sonriente, la cafetera de la encimera—. Si no hay bastante para tu abuelo y tu padre, que se hagan más, por remolones —bromea.
Miro por la ventana, donde el sol aún no ilumina la calzada. No creo que estén siendo unos remolones, sino dos personas con un horario de sueño decente, no como yo.
—Por cierto…, probé las galletas que trajiste —dice mientras me echo café en una taza con una imagen de la Wonder Woman de los setenta que debe de ser de mi abuela—. Estaban muy buenas. Me alegro de que sigas cocinando.
—Me relaja —digo, después de dar un pequeño sorbo al café, que aún está caliente y me templa el estómago.
Mi abuela asiente con una pequeña sonrisa.
—¿Quieres venirte conmigo? Estos días hay mucho jaleo y me vendrían bien un par de manos más por la mañana.
Mi primer impulso es decirle que no. Tras leer la entrada del diario, se me ha ocurrido quedarme aquí, en silencio, sin villancicos que me taladren la cabeza, y cocinar la receta de mi madre.
Sin duda, me ayudaría a acallar mi mente, que desde anoche va a mil por hora.
Pero entonces recuerdo lo que me dijo mi padre ayer y que mi madre, en el diario, hace la receta en la pastelería.
—Vale —respondo.
La expresión de felicidad de mi abuela consigue que yo también alce un poco las comisuras de mis labios.
—Venga —dice dando una palmada—. Voy despejando la entrada mientras te terminas el café. —Se encamina hacia la puerta—. Y coge un bollo, no se puede trabajar con el estómago vacío.
Le hago caso y, mientras oigo el sonido de una pala rascar contra el suelo de piedra, mastico el bollito de leche tan blando y esponjoso que parece que me esté comiendo una nube.
Cuando salgo con el abrigo, los guantes y el gorro puestos, mi abuela está charlando con una mujer alta de piel oscura y pelo corto negro que debe de tener la edad de mi padre.
Recorro el camino de entrada, ahora ya libre de nieve, aunque no parece que se haya acumulado mucha esta noche porque las botas no se me hunden casi al salir a la acera.
—Sofie, mira, ¿te acuerdas de Rosalind? Ahora es la alcaldesa.
Observo a la mujer e identifico perfectamente la sonrisa de Abby en su rostro.
La saludo con un gesto de la mano y agradezco que no tenga intención de darme un abrazo.
—¡Qué pena que te hayas perdido el encendido del árbol! —exclama con una expresión de lástima exagerada—. Con lo que te gustaba de pequeña cantar los villancicos con el coro.
Asiento con una sonrisa tensa. Espero que no sugiera…
—¡Podrías unirte al coro este año! Abby y Lily seguro que están encantadas.
¿Cómo le digo yo a la alcaldesa que es probable que me salga un sarpullido si me obligan a ponerme un gorro de Papá Noel y cantar «Adeste Fideles»?
—No he ensayado con ellas, no sé si…
—Seguro que te acuerdas —dice mi abuela, ilusionada.
Soy una persona educada y solo por eso no me largo dejándolas ahí plantadas.
—Me lo pensaré —digo para terminar la conversación.
—¡Genial! ¡Será fantástico!
Y, con eso, Rosalind se despide con la certeza de haber hecho su buena acción del día.
Mi abuela y yo emprendemos el camino hacia la pastelería en silencio, con la calle aún desierta excepto por alguna persona que pasea a su perro antes de ir a trabajar.
No hay villancicos alrededor y la iluminación de las viviendas está apagada.
Por un momento solo oigo la nieve que cruje bajo nuestros pies y mi respiración, que forma volutas en el aire.
Me arrebujo aún más dentro del abrigo, intentando evitar que mi calor corporal escape por el cuello de la prenda.
Repaso las especias que necesito para la receta, las mismas que para el chocolate caliente que siempre me hacía la abuela: canela, jengibre, nuez moscada y cardamomo.
Visualizo la foto pegada en la entrada de hoy y, al pensar en el diario, me viene a la mente el chico misterioso que mencionaba mi madre en la primera entrada.
Dudo si hablarle a mi abuela sobre él, pero la pregunta no llega a tomar forma.
Hacerlo significaría contarle que he encontrado el cuaderno.
Y no sé si quiero que lo sepa. Me gustaría que siguiera siendo algo solo entre mi madre y yo, tomarme el tiempo de leer sus páginas con calma, día a día, como me propuse, saboreando cada rato compartido con sus pensamientos, sus planes, sus recuerdos.
Aprieto los labios y sigo andando, mientras dejo que el frío y el crujido de la nieve mantengan mi curiosidad a raya, al menos por ahora.
—La masa de los cruasanes está en la nevera, así que solo hay que meterlos en el horno —me explica mi abuela al pasar frente a la cafetería de mi tío, el único local abierto a estas horas.
Dentro me parece distinguir a Erin en la barra con una taza en las manos charlando con mi tío, que está colocando las sillas y los servilleteros para los primeros clientes del día.
—Como estamos las dos, podemos repartirnos lo demás. ¿Prefieres galletas o tartas?
—Galletas —respondo, recordando la última tarta que hice: estaba buenísima, pero me quedó más fea que un gato esfinge.
Mi abuela entrelaza su brazo con el mío y caminamos así hasta la pastelería, que sigue tal como la recordaba.
the cocoa cookie nook , se puede leer en el cartel del local de una planta que se alza frente a mí, de fachada color canela, rodeada de robles con las hojas secas resistiéndose a caer.
Una corona navideña, con dónuts de colores en vez de piñas, cuelga sobre el cristal de la puerta de madera a juego con la guirnalda de galletas de jengibre que se ve a través del ventanal.
Cuando mi abuela gira el pomo de metal dorado, las campanillas suenan al chocar con la puerta y recuerdo que de pequeña me ponía a cantar villancicos, y abría y cerraba para que ese sonido me acompañara como si fuera una orquesta. No sé cómo me soportaban.
Al encender la luz, descubro que hay más guirnaldas colgando del techo. En el mostrador, cuyo borde no se ve bajo la tira de espumillón verde, un pequeño árbol artificial reposa en una esquina, decorado con adornos de dulces: caramelos, pedazos de tarta, rollitos de canela…
Mi abuela enciende la radio pequeña roja que hay junto a la caja y los villancicos invaden la estancia. ¿Hay una emisora en la que solo ponen canciones navideñas?
La sigo hacia la cocina, donde no hay decoración y la música suena amortiguada.
Saca una libreta gastada cuyas hojas parecen querer escaparse y la deja frente a mí, sobre el mármol blanco del banco de trabajo que ocupa la parte izquierda y frontal de la estancia.
Al otro lado hay dos hornos y una nevera doble tan grande que cabríamos mi abuela y yo dentro.
—Empieza por la masa de las de chocolate —dice pasando las páginas— y luego las de jengibre.
Asiento y me pongo a ello en silencio, con el sonido de fondo de los robots de cocina, las bandejas de horno y el tarareo de mi abuela.
Sigo las recetas, salvo que a las galletas de chocolate les añado un poco de canela, y a las de jengibre, nuez moscada.
No charlamos, en mi caso porque no sabría de qué hablar.
¿Del baile de invierno que me voy a perder esta noche?
¿De la solicitud aplazada que me pesa en el estómago como una piedra?
No, mejor del mal tiempo que hace, aunque solo es malo para mí, porque para el resto de las personas de este pueblo es maravilloso.
Mientras se enfrían las galletas y la cocina se llena del olor a especias, manzana y hojaldre de mantequilla, saco el móvil para ponerme con la receta de cupcakes de mi madre. En este caso, los hago sin modificar nada.
Echo todos los ingredientes secos en el robot de cocina, junto a la mezcla de especias de mi abuela. He probado unos cuantos tipos de chocolate caliente, pero el que hace ella, y que llevo tomando toda la vida, es el mejor y ganaría cualquier discusión sobre ello.