Todos los te quiero que escribimos en la nieve Capítulo 5 #3
23%

Capítulo 5 #3

Me pregunto si estará pensando lo mismo que yo: en todo lo que podría haber sido y no es, en las navidades perdidas y todos esos detalles que ya no conocemos el uno del otro.

Cuando me doy cuenta de que llevamos demasiado rato mirándonos sin decir nada, desvío la vista y vuelvo con los demás. Seguimos poniendo adornos, que parece que no se terminan nunca, y Lily y Kathleen cantan «Santa’s Coming For Us» a pleno pulmón.

—Sofie, te toca poner la estrella del árbol —dice mi abuelo, tendiéndome la misma estrella que lleva decorando el árbol en esta casa desde que mi madre era pequeña.

Supongo que era mucho pedir el poder librarme de esta tradición.

Es dorada y ya no le queda purpurina, pero la tenía, me aseguraba mi madre. No hay nada especial en ella, solo la carga del recuerdo de cada una de las navidades que he pasado aquí.

La sostengo entre las manos y miro a mi abuelo, que era quien siempre me subía a sus hombros para ponerla en lo alto del abeto.

—A mí no me mires, no me voy a arriesgar a subirte ahora que eres tan alta como yo —ríe—. Pero ¿no había alguien que decía que cuando creciera podría auparte para que pusieras la estrella?

Miro a Josh, que tiene una expresión de sorpresa muy similar a la mía.

—Eh… Y-yo… —tartamudea un poco.

Cada año desde que tengo memoria, Josh venía a casa cuando estábamos montando el árbol y, antes de que mi abuelo me ayudara a darle el toque final, insistía en intentar subirme él.

No tenía sentido porque ninguno de los dos éramos lo bastante altos y porque, obviamente, no era capaz de levantarse conmigo a cuestas.

Y siempre me prometía que al año siguiente lo conseguiría.

—Vale —dice Josh, con expresión decidida.

—No hace falta —digo, apurada, con las mejillas ardiendo—. Puedo coger una silla.

—No —dice, y juraría que también está sonrojado—. Una promesa es una promesa.

Se acerca al árbol, se coloca frente a él y se agacha.

Creo que estoy sudando más que en clase de Educación Física.

—¿Estás seguro? —pregunto, porque yo tampoco soy tan ligera como cuando tenía once años y, si pierdo el equilibrio, nos caeremos los dos.

Me mira con una expresión seria y concentrada que solo le he visto cuando hacía un dibujo muy difícil.

—No te voy a dejar caer. —Lo dice con tanta seguridad que de alguna forma me la contagia.

Sujeto la estrella con una mano y, con la otra, me apoyo en su hombro izquierdo a la vez que paso la pierna sobre el derecho. Entonces me fijo en el fino cordón negro que rodea su cuello y que lleva oculto bajo el jersey. ¿Podría ser…? No, no es posible.

Josh, al notar mi peso, se mueve un poco para equilibrarse y busca mi mano para cogerla y que pueda pasar la otra pierna sobre él.

—Estás helada. —Se ríe nervioso.

—Lo siento —me disculpo porque, comparada con la suya, mi mano es un témpano de hielo.

Noto su brazo derecho anclando mi pierna a su costado y me agarro con fuerza para subir la derecha.

—Vale —suspira.

—Hasta aquí siempre lo hemos conseguido —digo con la voz un poco temblorosa.

—Y con menos esfuerzo —dice y suelta otra carcajada nerviosa.

—¡Tú puedes, Josh! —exclama Lily.

Genial. Había olvidado por completo que nos están mirando todos.

Josh alza la cabeza y me observa.

—¿Confías en mí? —lo pregunta como si necesitara que yo confíe en él para que él pueda confiar en sí mismo.

Y, aunque los dos temblamos un poco, la fuerza con la que me sujeta las piernas me da la seguridad que necesito para responder.

—Sí.

Me mira unos segundos más, fija la vista al frente, respira hondo y se endereza sin desequilibrarse ni un poquito.

Doy un grito de alegría al ver que no nos hemos caído.

—¡Los has conseguido! —exclamo a la vez que noto la vibración de su risa en mis pies enganchados a su espalda.

Los demás también lo celebran como si hubiéramos ganado el oro olímpico, por lo menos.

—No ha sido tan difícil —dice, alzando la vista hacia mí con esa sonrisa que le arruga la nariz y que, por un segundo, detiene el tiempo a mi alrededor.

Le devuelvo el gesto y, segura de que no me va a dejar caer, me inclino hacia delante para colocar la estrella. Me hubiera gustado tanto que mi madre estuviera aquí, que pudiese vernos. Seguro que habría bromeado con Josh sobre haber cumplido con su propósito en la vida o algo por el estilo.

Josh se aleja unos pasos para admirar el resultado y se agacha con cuidado.

Agarro sus manos y, de un salto, me bajo de sus hombros sin tanta ceremonia.

Me cuesta mirarlo a los ojos después de eso, por lo que terminamos de decorar el árbol y de colocar los cojines bordados de mi abuela en el sillón sin que Josh y yo crucemos nada más que alguna mirada entre avergonzada y divertida.

Un rato más tarde, cuando todos se van, me acerco a la chimenea a absorber un poco de calor antes de subir a la habitación y veo un papel enganchado en mi calcetín, como el de ayer por la noche.

Lo abro, sin poder esperar a estar sola en mi habitación, y me encuentro con un dibujo del Grinch con el texto «Al final, incluso él termina amando la Navidad».