Todos los te quiero que escribimos en la nieve Capítulo 5 #2
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Capítulo 5 #2

Cada adorno que saco y coloco donde creo que era su sitio me trae algún recuerdo de mi madre.

Como el pequeño trineo de madera para el mueble de la entrada que compramos en el mercadillo navideño el último año que vinimos, o la guirnalda de renos que colgábamos en el arco que separa la entrada del salón con la que mi padre siempre se daba en la cabeza.

Y que, con ayuda de la abuela, coloco justo ahí, provocando que, al salir mi padre del salón, se enganche con ella.

Una ligera sonrisa de sorpresa se dibuja en su rostro cuando me mira con los ojos entrecerrados al coger una diadema que imita el gorro de un elfo navideño y me la coloca en la cabeza.

Le hago una mueca de disgusto para disimular la carcajada que me burbujea en la garganta, y eso hace que su sonrisa se amplíe y me dé un beso en la frente antes de salir cargado con la caja de las luces.

Es raro. Cualquier muestra de cariño desde que murió mamá lo es.

Como si nos hubiéramos encerrado cada uno en nuestra propia burbuja y no supiésemos bien cómo salir un poco para acercarnos al otro.

Lo observo hablando con mi tío Tyler, que ha venido a ayudarnos, y sí, parece más relajado.

Aunque esta mañana me haya asegurado de que para él también es difícil, me da la sensación de que la sonrisa le sale más fácil que a mí y me remuevo incómoda porque no sé si deberíamos estar disfrutando de esto sin mamá.

Pongo el último reno de porcelana que queda junto a los demás, en el mueble de la tele del salón, y salgo para ayudar a mi padre y mi tío.

El cielo ya está oscureciendo y la mayoría de las casas del alrededor han encendido su iluminación.

En esta época, el ayuntamiento se podría ahorrar el gasto en alumbrado público.

—El enganche de esta parte se rompe todos los años al quitar las luces —dice mi tío mientras apoya la escalera en el borde del tejado—.

Ophelia sabía arreglarlos para que duraran varios años, pero nunca me preocupé por ver cómo lo hacía —se lamenta mientras sube los peldaños con varias herramientas en la mano.

Mi padre asiente.

—El primer día que tuve que cambiar una bombilla en casa, bajé los plomos por si acaso tocaba algo que no debía y me electrocutaba —ríe avergonzado.

Y me aguantó a mí los veinte minutos que le costó cambiarla, diciéndole que yo sabía hacerlo más rápido que él y sin quitar la luz de toda la casa.

Noto una presión leve en el pecho porque siempre me ha hecho gracia recordarlo a la vez que me entristecía saber que no habríamos vivido eso si mamá hubiera estado viva.

—Lo de colocar las luces te lo dejo a ti —dice mi tío al bajar de la escalera.

Mi padre me pasa una madeja de cables negros con bombillas de colores en forma de gota.

—¿Yo cojo un extremo y tú vigilas que no se enreden? —me pregunta.

—Qué remedio —digo sin mucho ánimo. Odio desenredar luces.

Mi padre sube mientras mi tío sujeta la escalera y yo desengancho unas bombillas de otras. Nos pasamos así un buen rato, bordeando todo el tejado y la fachada.

—Podríamos ser un poco más originales que el resto de los vecinos —digo cuando mi abuela sale a ver cómo va.

—¿Qué se te ha ocurrido? —pregunta, un poco sorprendida.

—No poner luces —digo, encogiéndome de hombros.

—Sofie… —me amonesta mi padre mientras termina de enganchar el último tramo de cable.

Mi abuela me pasa un brazo por los hombros y me aprieta contra ella. No sé si ese gesto significa que entiende lo que me pasa o si preferiría que volviera la Sofie de diez años.

—No quiero arriesgarme a que venga la policía de la Navidad a multarnos —susurra con una sonrisa pícara.

La miro con los ojos muy abiertos, sorprendida por ese tono de voz irónico que no recordaba en ella.

—¡Ya estamos aquí! —oigo a Lily que cruza la calle corriendo.

Monty va tras ella y me sube las patas delanteras a los muslos para saludarme al llegar a mi altura. Le acaricio la cabeza y, cuando está satisfecho, baja las patas y busca a su siguiente víctima.

—Podríais poner las guirnaldas en la barandilla —sugiere mi abuela, ya de vuelta a su expresión calmada habitual.

A Lily le falta tiempo para correr hacia una de las cajas que hay en el porche y empezar a sacar una tira infinita de hojas verdes.

—¿Os ayudo? —pregunta Josh, al que no había visto acercarse y que está a dos pasos de mí.

—¿A salir de aquí? —se me escapa sin querer.

Josh se ríe y me sorprendo mirándolo con un amago de sonrisa en los labios.

—Pero solo si me das más galletas de las de esta mañana —dice con una sonrisa ladeada.

Lo miro, notando como lo que parece una risa quiere salir de mi pecho. Josh me devuelve la mirada con una sonrisa más amplia. Creo que nos habríamos quedado así bastante rato si Lily no nos hubiera llamado.

—Venid los dos —nos dice—. Sujetad esto mientras ato los lazos.

Hacemos caso a la que sabe lo que hace. Al principio no nos organizamos bien, Josh enrolla la guirnalda en torno a la barandilla, pero no la pasa entre los barrotes donde Lily y yo ponemos los lazos, así que vuelve a empezar y, al tercer intento, conseguimos coordinarnos.

El resultado es muy bonito, debo admitirlo, aunque tengo los dedos de las manos tan fríos que no los siento.

—He traído estas dos figuras que no hemos utilizado este año. —Kathleen se acerca hacia nuestro jardín con dos renos que deben de llegarme por encima de la cintura—. ¿Dónde las pongo?

Lily se acerca a ella para ayudarla a colocarlos.

—¿Me habéis dejado solo con el árbol? —pregunta mi abuelo, asomándose por la puerta de casa.

—Ve tú —me susurra mi padre, que se ha acercado a ver cómo ha quedado nuestra obra de arte.

Estoy a punto de replicar cuando me doy cuenta de que dentro podré recuperar la sensibilidad de mis extremidades. Y así es. Nada más quitarme la chaqueta voy al salón y acerco las manos a la chimenea. Un escalofrío me recorre la piel y suspiro.

—¿Ponemos todas las bolas o quieres decorar el árbol de algún color concreto? —pregunta mi abuelo asomado a una caja de cartón.

A mi madre le encantaba llenar el árbol entero de colores, decía que esos que salían en la tele los llamaban elegantes porque estaba mal visto decir que eran aburridos.

—Todas —digo.

Mi abuelo me mira entendiendo el por qué y nos ponemos a ello con los villancicos de fondo.

Estoy tan concentrada que, cuando canta el estribillo de «Let It Snow!

Let It Snow! Let It Snow!», lo acompaño tarareando sin darme cuenta y me callo de golpe al ser consciente de lo que estoy haciendo.

Mi abuelo no dice nada, pero sé que se ha dado cuenta al verlo desviar la vista de mí con una pequeña sonrisa.

Aún nos queda más de la mitad del árbol por decorar cuando entran todos en casa.

—Se ha puesto a nevar muchísimo —dice mi abuela quitándose el abrigo.

De repente hay demasiada gente en el salón, todos cogiendo adornos para el árbol y haciendo tanto ruido que ya no se oye la voz de Bobby Helms a través de la radio.

—Me han dicho que cuelgue esto, pero no sé dónde —dice Josh, que se ha acercado a mí al ver cómo me alejaba hacia la chimenea, con una bola roja colgando de cada oreja.

En el jersey de hoy lleva un dinosaurio envuelto en luces, con una estrella en la cabeza y escrito en letras blancas «Tree rex».

Frunzo los labios para contener una sonrisa.

—Eres muy tonto —le digo.

Vuelve a poner esa expresión nueva que aún no sé si me gusta.

—Aquí la inteligente siempre has sido tú —dice, y cuelga el adorno que aún lleva en la mano en mi oreja.

Noto calor justo en ese punto que han rozado sus dedos.

Me doy cuenta de que llevo una tira de espumillón en las manos y decido comprobar si en esto también ha cambiado. Levanto el adorno plateado y, antes de que pueda pasárselo alrededor del cuello, se aleja un paso.

—Ni se te ocurra —me dice con las manos alzadas y la mirada clavada en el espumillón como si fuera una serpiente de cascabel a punto de atacarlo.

Si no hubiéramos pasado tantos años sin vernos, es probable que lo hubiese perseguido por todo el vecindario hasta conseguir envolverlo con el espumillón, pero esta cuerda floja sobre la que caminamos no me da la confianza suficiente, así que bajo los brazos.

—Supongo que hay cosas que no han cambiado —digo en voz alta sin darme cuenta.

—Supongo que sí —dice con la sonrisa un poco apagada.