Capítulo 5
Tras despedirme de Lily al llegar a casa, ya es hora de comer.
Mi abuela nos mete prisa mientras engullimos casi sin respirar los macarrones con queso que ha preparado; no quiere que, para cuando lleguemos al vivero, se hayan llevado ya los mejores árboles.
Y, aunque yo creo que exagera, un rato más tarde, al aparcar en el último hueco que queda en el aparcamiento, me doy cuenta de que es probable que tenga razón.
Avanzamos sobre la capa de nieve que cubre el camino asfaltado hasta la cabaña de madera de la entrada del vivero, con los copos bañándonos lentamente.
Allí, un cartel de madera nos da la bienvenida a Erin’s Tree Farm junto a un muñeco de Papá Noel de mi tamaño, con un rostro tan realista como espeluznante.
Y debe de haber varios altavoces escondidos alrededor de la entrada porque oigo la voz de Taylor Swift cantando «Christmas Tree Farm» por debajo de los gritos entusiasmados de los vecinos.
Parece que ha venido todo el pueblo, caminando de aquí para allá, con niños corriendo entre los árboles, tirando de las ramas más bajas para hacer caer la nieve sobre sus amigos y señalando los más altos, como si los pudieran meter en sus casas.
—Hola, señores Brown —dice el chico que se encarga de prestar las sierras y cobrar los árboles.
—Hola, Kevin —saluda mi abuela—. ¿Te acuerdas de Adam y Sofie? Mi yerno y mi nieta.
El hombre, de unos veintimuchos años, de piel oscura y expresión amable, asiente. Viste un gorro a juego con el chaquetón color mostaza donde lleva el nombre del vivero bordado y una chapa con el suyo.
—Un placer volver a veros —saluda mientras nos pasa una sierra y unos guantes—. Espero verte en el concurso de jerséis navideños de la semana que viene, los tuyos siempre eran los mejores —me dice con una sonrisa.
Yo asiento, educada, para no decirle que me espere sentado.
—Sofie, tú nos guías —dice mi abuela cuando llega Greg y Kevin pierde todo el interés en nosotros.
Intento que no se me note el disgusto en el rostro, pero no debo de conseguirlo porque, cuando estoy a punto de negarme a la propuesta de mi abuela, mi padre me da un codazo suave y me observa con la palabra «advertencia» escrita en la mirada.
Suspiro.
—Claro —digo, con el mismo entusiasmo que si me hubieran pedido que me clavara agujas en los ojos.
Miro alrededor y empiezo a caminar hacia la zona donde creo que hay menos gente. Todos los árboles me parecen iguales, pero me fijo en los más pequeños, así nos costará menos decorarlo.
—¿Te ayudo? —oigo en algún punto a mi derecha.
—No, puedo yo solo. —Reconozco la voz estrangulada de mi tío y me asomo entre las ramas.
Erin está con los brazos cruzados y expresión divertida, observando cómo mi tío arrastra un abeto que no creo que quepa en su casa.
—Estoy segura de que puedes —dice Erin—, pero si te ayudo mejor, ¿no?
Mi tío suelta el tronco del árbol y se seca el sudor de la frente.
—Vale —acepta con las mejillas sonrosadas, no sé si por el esfuerzo o por la mujer de pelo violeta y sonrisa burlona que está a su lado.
Erin le hace un gesto para que vuelva a coger el tronco mientras ella lo sujeta de un poco más arriba y emprenden el camino.
—Creo que este tiene el tamaño perfecto —oigo a mi abuelo detrás de mí—. Y no está torcido.
Cuando me giro, lo veo inspeccionando un árbol de unos dos metros de alto.
—¿Qué te parece, Sofie? —me pregunta mi padre, que tiene la sierra en la mano, preparado para talarlo.
—Un poco grande, ¿no? —Señalo otro más adelante un poco más bajo que yo—. En ese podremos poner la estrella sin tener que subirnos a nada.
Mi abuela lo observa con gesto contrariado.
—Está un poco pelado.
Ahora que lo dice, la verdad es que creo que he elegido el que peor pinta tiene, a juego con mi humor.
—Sí —admito—. Mejor el que dice el abuelo —claudico.
La abuela me mira dubitativa, como si quisiera decirme algo, pero no supiera cómo.
—¡Me flipa tu chaqueta nueva! —oigo la voz de Lily tras de mí.
Me giro y no puedo evitar dibujar una pequeña sonrisa al verla.
A su lado camina Josh, con las manos en los bolsillos de la misma chaqueta de pana marrón que llevaba esta mañana.
—¿Vais a coger este? —pregunta el chico, señalando junto al que está mi abuelo dándole instrucciones a mi padre sobre cómo cortarlo mientras mi padre le insiste en que aún se acuerda de cómo se hace.
—Eso parece —digo sin mucho entusiasmo.
—Aunque ahora mismo Sofie no lo aprecie, es precioso —afirma Lily dándome un pequeño empujón con el hombro—. Tenemos que encontrar uno igual —le dice a su hermano, y echa a andar entre los abetos.
Josh no la sigue, sino que se queda a mi lado en silencio, observando a mi padre agacharse para empezar a serrar el tronco.
Intento buscar algún tema de conversación para llenar el silencio entre nosotros, que parece atronador, pero hace cinco años que no sé nada de él, ni él de mí, y, aunque Lily me trata como si ese vacío no existiera, Josh no parece tener esa facilidad y yo tampoco.
—Nosotros ya lo tenemos todo decorado, solo nos falta el árbol —dice, balanceándose adelante y atrás—, seguro que a mi madre y a Lily les apetece pasar a ayudaros cuando terminemos con el nuestro.
Mi abuelo sujeta el árbol mientras mi padre se mete un poco por debajo de él para terminar de cortarlo y mi abuela habla con una mujer que creo reconocer.
—Si eso hace que terminemos antes con la tortura, por mí genial —digo con una sonrisa irónica a la vez que le echo un vistazo y compruebo que frunce el ceño ante mis palabras.
Pero esa expresión solo dura unos segundos antes de mostrar una sonrisa ladeada que no le había visto nunca.
—Sabía que tanto ver El Grinch de pequeña tendría sus consecuencias a largo plazo…
Abro la boca para replicar, pero me interrumpen antes de que pueda pensar algo ingenioso que responder.
—Sofie, bonita, qué ganas tenía de verte.
La mujer que hablaba con mi abuela hace un momento me da un abrazo fuerte y corto, y, al separarse de mí, confirmo que no estaba equivocada porque tiene los mismos ojos que su nieto.
—Hola, Mae —saludo a la madre de Kathleen.
—Qué mayor estás. —Sonrío, educada—. Igualita que tu madre. —Aguanto la sonrisa—. Ya me han contado que vas a estudiar lo mismo que ella y todo. —Creo que a estas alturas más que una sonrisa es una mueca.
—Abuela, he oído a Lily llamarnos, ¿vamos?
Miro a Josh, que desvía la vista que tenía puesta en mí para dirigirla a su abuela.
—Sí, vamos, que con la gente que hay, si no nos damos prisa, seguro que nos quitan el árbol que haya visto tu hermana. Nos vemos por ahí, Sofie. Ay, Patsy, recuerda que el sábado hay club de lectura.
Josh me lanza una última mirada antes de alejarse con su abuela y aprovecho para vocalizar un «gracias» al que asiente sin decir nada más.
—Pues ya está —dice mi padre al levantarse del suelo y quitarse la nieve que se le ha pegado al pantalón—. ¿Me ayudas, hija?
Camino los pocos pasos que nos separan arrastrando los pies, con lo que se me hunden en la nieve. ¿Ni siquiera puedo hacer las cosas con desgana sin que el universo me lo devuelva?
Mi padre coge el tronco y yo lo sujeto del centro mientras mi abuela carga con la sierra y mi abuelo va comentando cada abeto junto al que pasamos, planteándose comprar uno para ponerlo en el jardín.
Cuando salimos a la zona despejada donde está la cabaña, veo a mi tío en una pose muy poco relajada, charlando con Erin, apoyado en su coche, donde ya está cargado el árbol y bien sujeto al techo con unas correas que espero que no se suelten a medio camino.
Mientras mis abuelos pagan a Kevin, mi padre y yo vamos hasta la camioneta del abuelo. Subimos el abeto a la parte de atrás, tan grande que buena parte queda sobre el techo de la cabina. Espero que no quieran que ponga yo la estrella.
—Henry, que te ayude Adam a poner el árbol en el salón —dice mi abuela pasándoles un cubo de metal verde oscuro a mi abuelo y mi padre—. ¡Enderezadlo bien! —exclama como si, de no hacerlo, fuera a venir la policía de la Navidad a multarnos.
Nada más llegar a casa, mi abuelo ha puesto la radio y el «It’s the Most Wonderful Time of the Year» de Andy Williams suena a todo volumen entre sus paredes.
No me apetece. Ni los villancicos, ni las decoraciones, ni la alegría que parece invadir a todo el mundo de repente cuando llega el 1 de diciembre, como si el resto de las desgracias de la vida se pusieran en pausa hasta después de Navidad.
Pero, tras la conversación con mi padre, sé que tengo que hacer un esfuerzo por mis abuelos.
Solo serán unas horas y luego podré volver a la buhardilla, donde las únicas estrellas que brillan son las que veo a través de la ventana.
Abro una de las cajas que hemos bajado mi padre y yo esta mañana con mi abuela tarareando junto a mí.
Lo primero que me encuentro son los calcetines para colgar en la chimenea.
Los mismos de cuando era pequeña, hechos de punto en verde, rojo y blanco, cada uno con uno de nuestros nombres bordado.
Voy sacándolos con cuidado hasta que llego al de mi madre.
¿Lo siguen colgando junto al resto? Lo sujeto entre las manos, fijándome en la mancha rosa que recuerdo que tenía porque de pequeña a mi madre se le pegó un bastoncillo de caramelo.
—Lo guardé por si querías quedártelo —dice mi abuela al acercarse a mí—. Si no, lo podemos dejar junto a los adornos que no vayamos a usar.
A mamá le encantaba colgar los calcetines en la chimenea.
Lo dejaba siempre para el final, incluso después de colocar la estrella en el árbol.
Nos daba a cada uno el nuestro y aseguraba que, si no metíamos dentro nuestra carta, aunque fuéramos a decírselo en persona a la plaza del pueblo, Santa no podría saber que vivíamos allí y no nos dejaría ningún regalo.
Un año estuve a punto de no hacerlo para saber si Papá Noel era tan tonto, pero no me atreví.
—Va… Vale —le digo a mi abuela mientras pongo el calcetín con el nombre de Ophelia en la barandilla de la escalera para subírmelo más tarde a la habitación.