Capítulo 4 #3
—Si necesitáis cualquier cosa, me decís. Tengo más prendas en el almacén, aunque lo de invierno está todo aquí.
—Genial —dice Lily, ojeando las prendas del perchero que queda más cerca de nosotras—. No tengo ni idea de cuál es tu estilo ahora mismo, porque supongo que lo de vestirte como Draculaura ya no, ¿verdad?
Se me escapa una risa al oír el nombre de mi personaje favorito de Monster High a la vez que noto una sensación cálida en el pecho al darme cuenta de que Lily no solo me sigue considerando su amiga a pesar de los años separadas, sino que además no ha asumido que mis gustos son los mismos que cuando éramos pequeñas.
—No, ya no necesito llevar siempre algo rosa fucsia.
Lily asiente, risueña, y va a decirme algo más, pero la puerta de la tienda se abre de repente.
—¡Ya estoy aquí! —exclama la chica de piel oscura que acaba de entrar como un torbellino—. ¿Habéis empezado sin mí? —pregunta entre jadeos, apoyando las manos en las rodillas.
—Acabamos de llegar —responde Lily, divertida.
—Vale, genial, menos mal. —Se endereza, apartándose de su cara el pelo muchísimo más rizado y largo que el mío, y me mira curiosa—. Hola, Sofie, cuánto tiempo.
—Hola, Abby —la saludo, reconociéndola al instante por sus ojos grandes y oscuros.
Me da un abrazo rápido que me permite percibir el suave aroma a flores de su perfume.
Era la más alta de todos y parece que lo sigue siendo.
Vivía en la casa de al lado de Josh y Lily, y todos los años organizaba un pequeño teatrillo que representábamos delante de nuestros padres.
Su parte favorita era rebuscar en los armarios de su casa para elegir el vestuario.
—Me llegan a perder a mí la maleta y no me mueve nadie de allí hasta recuperarla —se solidariza Abby conmigo.
—Te he traído los pastelitos de manzana que sobraron ayer —dice Lily mientras saca de la mochila una bolsita de papel de la pastelería—. No he podido llevártelos para desayunar porque he llegado justa a clase.
—Eres la mejor —le dice Abby y le da un abrazo.
Cuando se separan, noto a Lily un poco sonrojada.
La puerta se abre de nuevo mientras Abby se come uno de los pastelitos, que son como pequeñas tartas de manzana y huelen de maravilla.
Diya entra con una actitud mucho más tranquila que la de su amiga, nos saluda desde debajo de un abrigo granate, varias tallas más grande de lo necesario, y un gorro negro que le cubre hasta las cejas.
—¿Qué estamos buscando, entonces? —pregunta Abby después de chuparse el almíbar de los dedos.
—Ropa que abrigue —digo encogiéndome de hombros.
—¿Y ya está? —me vuelve a preguntar, decepcionada.
—Es mi prioridad ahora mismo.
—Bien, puedo trabajar con eso.
Y, sin decir más, se interna en la tienda con las demás siguiéndola como si fuera nuestra guía turística particular.
Aunque he entrado esperanzada, solo me hace falta observar unos segundos para darme cuenta de que aquí no voy a encontrar joyas como en las tiendas de Los Ángeles.
La ropa que hay a mi alrededor es funcional, cómoda y para el día a día, más de segunda mano que vintage .
Que es lo que necesito ahora mismo, sí, pero siento una pizca de decepción al ser consciente de que, en esta tienda, venir una vez por semana sería una tontería porque no hay tanto movimiento de prendas.
—¿Qué opinas del tartán? —pregunta Abby con una chaqueta de lana a cuadros rojos y verdes en la mano.
—¿No hay otros colores? —pregunto, con la sensación de que la Navidad impregna cada rincón de este pueblo y solo yo me doy cuenta.
—Tenemos suerte de haber encontrado esta, y además creo que de tu talla. En mi opinión, es la mejor combinación de estilo y comodidad —sentencia Abby.
—Si no la necesitaras tú más que yo, ten por seguro que me la compraría sin dudarlo —dice Lily, que lleva un pantalón de un tejido similar, revisando que los botones estén bien cosidos.
Entre las tres, empiezan a sacar ropa que van dejando sobre mis brazos mientras comentan:
—Demasiado fino.
—Muy antiguo.
—Mira, esto es muy Draculaura —ríe Lily al encontrar un jersey en tonos rosa y negro.
Pasamos junto a un perchero de camisas hawaianas que ni siquiera en verano tendría sentido llevar en un lugar como White Falls y nos paramos frente a uno con prendas navideñas.
—Creo que he encontrado mi jersey de este año —dice Diya mientras sujeta un suéter con el dibujo de un árbol de Navidad decorado con espumillón de verdad y pequeñas bolas rojas brillantes.
Es horrible. Quiero decir que, incluso por muy fan que sea de estas fiestas, es espantoso.
—¿Eso es vintage ? —pregunto pestañeando despacio.
— Vintage del año pasado. —Abby se encoge de hombros y se acerca a un perchero donde todo son prendas del mismo estilo.
—Demasiado elegante…
—Demasiado hortera…
—Este se lo vi a Kevin el año pasado.
—Aquí hay otro como el tuyo —le dice Lily a Diya—. Se lo puedes regalar a Ethan y así vais a conjunto.
Las mejillas de Diya se colorean un poco.
—No sé por qué haría yo eso —dice, girándose hacia la sección de prendas de verano.
Abby y Lily se miran enarcando las cejas, niegan con la cabeza y siguen rebuscando.
—Este es graciosísimo y muy calentito, Sofie. —Abby me acerca uno blanco con pequeños dibujos navideños y en letras rojas y verdes el texto «Demasiado guapa para llevar un jersey feo».
Se me escapa una risa.
—Quedáoslo vosotras, yo no soy muy fan de este estilo.
Lily me mira con los ojos entrecerrados por encima de uno de los percheros del centro de la tienda.
—Me lo tenía que haber imaginado por la mirada asesina que le has lanzado al reno de la entrada.
Me encojo de hombros y siento una pizca de nervios al pensar en si Lily seguirá queriendo pasar tiempo conmigo al descubrir hasta qué punto he cambiado.
Cuando las prendas empiezan a resbalárseme y siento que me pesan los brazos, deciden que, de momento, ya es suficiente.
—Pruébatelo —sugiere Diya, señalando la cortina de tela azul marino del rincón del fondo de la tienda.
Dejo el montón de ropa en un banquito de madera que hay dentro del probador y me pongo un pantalón de pana similar a los que suele llevar mi abuelo, pero de color morado, un jersey blanco y la chaqueta de lana.
—Espero que no pretendas salir así a la calle —me dice Abby en cuanto salgo del probador.
Me quito la chaqueta antes de que a la pobre le dé un ictus.
—Mucho mejor, te queda perfecto todo.
—La chaqueta también —dice Diya.
Y así me voy probando toda la ropa, descartando la que no me abriga suficiente y la que Abby opina que no vale la pena por muy calentita que sea.
Sin que se dé cuenta dejo en el montón bueno un jersey de figuras geométricas de varios tonos de amarillo, rojo, azul y granate.
Abby lo ha descartado de inmediato, pero a mí me encanta, me recuerda a los que le gustaba llevar a mi madre y me hace retirar lo de que aquí no iba a encontrar ninguna joya. Esto sí tiene vibras de vintage .
Salgo de la tienda con dos pantalones más, tres jerséis, la chaqueta de tartán que considero navideña por mucho que las demás digan que no y la sensación de calma que me da saber que ya estoy preparada para el gélido invierno de este pueblo y que no desaparece al confirmar que está nevando. Por algo se llama White Falls, supongo.