Todos los te quiero que escribimos en la nieve Capítulo 4 #2
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Capítulo 4 #2

Me remuevo, inquieta, sin saber qué hacer.

—¿Algún otro plan? —pregunta mientras teclea en su portátil.

De pronto, pienso en la entrada del diario y la foto en la que se ve una casa al fondo. No tengo bizcochos y saludar a una persona que no conozco no es algo que me apetezca hacer, pero de repente se me ocurre que puedo buscar ese lugar.

—Creo que voy a dar una vuelta.

Mi padre me observa como si supiera que le escondo algo. De momento quiero mantener el diario en secreto, que quede solo entre ella y yo.

—Vale —dice al fin—. Recuerda que la abuela quiere comer pronto para ir al vivero esta tarde.

Asiento, conteniendo una respuesta que le enfadaría a él y me haría sentir mal a mí.

Subo a la habitación, hago una foto con el móvil a la página del diario para dejarlo aquí a buen recaudo y cojo la bolsa de galletas de canela que me hice para el viaje, en la que aún quedan unas cuantas.

Vuelvo a bajar, me despido de mi padre mientras me abrigo con todo lo que tengo y salgo al frío exterior.

Camino calle arriba sobre el suelo húmedo.

Esta noche no ha nevado, aunque el aire gélido sigue presente y los jardines aún están cubiertos de montoncitos irregulares de color blanco.

A estas horas, las luces todavía están apagadas y las decoraciones de los jardines parecen durmientes.

La Navidad sin bombillas de colores es un poco tétrica. Otro motivo más para detestarla.

No me cruzo con nadie que reconozca, a pesar de que la calle está concurrida, aunque hay quienes me saludan no sé si porque saben quién soy o por costumbre y les devuelvo el saludo, sintiéndome un poco extraña.

En Los Ángeles solo saludo a mis vecinos de rellano; la verdad es que dudo de si conozco a alguien más de la finca siquiera.

Me detengo frente a cada casa, intentando distinguir si alguna es la de la fotografía. Pueden haber cambiado la pintura de la fachada o que el jardín ya no sea igual, incluso podrían haberla derribado para construir otra nueva…

Cuando paso frente a la cafetería de mi tío, entro para comprar una bebida caliente con la que acompañar las galletas.

A estas horas, el aroma a café con canela lo inunda todo, acompañado por el de las deliciosas tortitas y gofres que ha estado sirviendo como desayuno hasta hace poco.

Hay varias personas leyendo el periódico o charlando y una mujer esperando en la barra.

—Principio, raíz y causa de algo, seis letras —dice un hombre de pelo y barba blancos sentado a la mesa que queda a mi derecha, con una revista de crucigramas en la mano y unas gafas pequeñas de metal en la punta de la nariz.

Miro alrededor. ¿Con quién habla?

—¿Origen? —pregunto sin estar segura de si espera una respuesta.

—Exacto —dice, alzando el boli, y asiente hacia mí, como dándome las gracias.

La mujer que hay delante de mí se despide y me acerco a la barra.

—Hola —saludo.

Mi tío, que está colocando tazas en el estante de detrás, se gira sonriente al reconocer mi voz.

—¡Buenos días! —dice con su alegría habitual—. Voy a suponer, a riesgo de equivocarme, que no quieres un chocolate y prefieres algún tipo de café.

Relajo los hombros, que no sabía que tenía tensos hasta este momento.

—Café solo con una pizca de canela y un terrón de azúcar, para llevar —digo.

Mi tío asiente y empieza a prepararlo.

—Oye, Sofie. —Se inclina sobre la barra y baja la voz—. Diya me dijo ayer que estoy en mi prime y no debo desaprovecharlo. Me reí como si la hubiera entendido, pero la verdad es que no sé qué me quería decir.

Ahora soy yo la que quiere reírse, pero me contengo por mi pobre tío.

—Significa que estás en tu mejor momento —le aclaro mientras sirve el café en el vaso de cartón.

—Ah. —Se queda con la mirada perdida y mi bebida entre sus manos—. ¿Y por qué estoy desaprovechándolo?

Casi cuarenta años y a veces parece que tenga quince.

—Puede que se refiera a cierta mujer que tiene un vivero… —dejo caer mientras alargo el brazo para intentar alcanzar mi café.

Mi tío parpadea y las mejillas se le sonrojan.

—Ah, ya, sí…

Consigo que se dé cuenta de que aún tiene mi café en la mano y me lo pasa.

—¿Vas a ir esta tarde a por tu árbol? —pregunto, y le doy un sorbo a la bebida, cuya calidez me reconforta y relaja los músculos.

—Sí, debería —dice pensativo.

Dudo si hacerle alguna broma o insistir, pero lo dejo correr.

—Nos vemos allí, entonces —le digo.

Mi tío asiente con la mirada distraída.

Al salir del local me envuelvo más en la bufanda y, cuando levanto la vista, veo a Lily acercarse por la acera.

—¡Sofie! —grita desde la distancia, haciendo aspavientos con los brazos como si no la hubiera visto.

Josh, a su lado, con las manos en los bolsillos de una chaqueta marrón de pana que parece que le venga un poco grande, sonríe y acelera el paso para seguir el ritmo de su hermana.

—¿Qué llevas ahí? —pregunta señalando la bolsa de galletas—. ¡Oh! El día no hace más que mejorar. ¿Puedo?

Asiento y le falta tiempo para coger una y darle un mordisco. Josh también coge otra.

—Están buenísimas —dice Lily con la boca medio llena y los ojos cerrados—. Como las que hacíamos de pequeñas.

—Están mejor —dice Josh con una sonrisa similar a la de ayer, como si quisiera ampliarla más, pero no supiera si lo está haciendo bien.

Quiero saber si cuando sonríe de verdad se le arruga un poquito la nariz, como cuando éramos pequeños.

Lily le da un manotazo en el brazo y Josh la mira con las cejas alzadas, para nada impresionado.

—Josh Westley Smith, ¿estás diciendo que yo hacía mal mi trabajo?

Oír su nombre completo me recuerda las tardes viendo La princesa prometida en su casa y la vez que se paseó por todo el pueblo vestido de negro y con una capa para parecerse al Westley de la película.

—Eso lo has dicho tú —responde encogiéndose de hombros—. Pueden estar más buenas porque Sofie ahora es una experta repostera y no nos lo ha contado.

—No soy una experta repostera —les aclaro con una sonrisa tirando de mis labios.

—Vas camino de serlo, entonces —dice Lily mientras coge otra galleta.

—Podremos decir que fuimos tus conejillos de Indias cuando seas famosa —añade Josh.

Pongo los ojos en blanco sin poder evitar que las comisuras de la boca se me alcen un poco más.

—Iba a ir a buscarte. Hemos salido un poco antes de clase —dice Lily, levantando el brazo en señal de victoria—.

Tenía pensado avisarte esta tarde, cuando terminara mi turno en la pastelería, pero me ha dicho tu abuela que tengo la tarde libre para ir a por el árbol, así que ¿aviso a Diya y Abby y vamos a la tienda de ropa antes de comer?

Mientras, Josh empieza a mordisquear otra galleta.

—Vale —respondo.

Entre eso o pasarme la mañana buscando una casa que no voy a encontrar…

—¿Te quieres venir? —le pregunta Lily a su hermano.

La expresión risueña de Josh se transforma en algo que parece culpabilidad, aunque no estoy segura porque no termino de entender la razón.

—No, tengo que terminar la solicitud de la beca —dice revolviéndose el pelo.

Lily lo mira preocupada.

—No me has enseñado nada.

—Ya sabes que no me gusta que lo veas hasta que no está terminado.

Lily suspira de forma exagerada.

—No te digo que me lo enseñes todo, pero lo que tengas.

Josh niega con la cabeza y se despide sin añadir nada más. No sin antes dedicarme una última mirada y una pequeña sonrisa mientras coge otra galleta.

—Mi hermano está rarísimo —me confiesa Lily—. Será la adolescencia.

No puedo evitar reírme.

—Nosotras también somos adolescentes.

—Pero yo soy la mayor de los tres.

—Solo naciste cinco minutos antes que Josh.

—Los suficientes.

Vuelvo a reír y me sorprendo al sentirme tan cómoda con Lily, con sus bromas y con su brazo entrelazado con el mío mientras caminamos, y me cuenta cómo ha convencido a su tutora para que les dejara salir casi tres horas antes.

Me alegra descubrir que cinco años después las habilidades de Lily para salirse con la suya no han hecho más que mejorar.

Nos detenemos frente a un local cuya fachada de ladrillo blanco reluce bajo el frío sol. En el cartel en letras negras y elegantes de metal leo the vintage haul.

—No sabía que era una tienda de ropa vintage —digo, emocionada—. Me encanta.

Isla y yo tenemos varias tiendas de ropa favoritas a las que vamos casi todas las semanas y siempre encontramos alguna joya escondida entre los percheros. Como nuestros vestidos para el baile de invierno. Los hombros se me hunden un poco cuando lo recuerdo.

—Pues menos mal, porque no hay otro sitio cerca —afirma mientras abre la puerta y se adentra en el local.

El interior huele a tela y a madera vieja.

Está bastante atestada de ropa, más que las de la ciudad, pero parece que sigue un orden porque en las perchas de las paredes cuelgan vestidos clasificados de más a menos formales.

En el centro se acumulan camisas, camisetas, jerséis y chaquetas, y al fondo me parece distinguir algunas mesas con pantalones plegados.

Y, por supuesto, hay un reno de madera que me llega a las rodillas junto a la puerta y villancicos sonando desde algún altavoz, aunque al fijarme me doy cuenta de que la voz no canta en inglés.

—Hola, Cecilia —saluda Lily a la mujer que está en el mostrador y que alza la vista de un bloc, donde veo diseños de ropa dibujados, para mirarnos.

Debe de tener la edad de mi padre por las pequeñas arruguitas que se le forman alrededor de los ojos color miel al saludarnos con una amplia sonrisa.

—Hola, chicas —nos dice con un acento que me recuerda al de mi compañera de clase Julia, que es española.

Se quita las gafas verde menta de estilo ojo de gato sujetas por un cordón de ganchillo que combina los colores rojo y blanco, los mismos que su jersey, sobre el que le cae la melena castaña lisa.

—Te presento a mi amiga Sofie —dice Lily.

Por fuera estoy saludando a la dueña de la tienda como una persona funcional, pero en mi cabeza no paro de repetir la palabra «amiga» como si tuviera cinco años y estuviésemos en el patio del colegio.