Capítulo 4
Me despierto por enésima vez cuando el sol ya ilumina la cama y las motitas de polvo bailan a mi alrededor.
El ambiente es cálido, por lo que le doy gracias al radiador por seguir funcionando y no hacerme la vida más difícil.
Miro el resto de la habitación a la luz del día y esa sensación de claustrofobia que me transmitió ayer al notarla más pequeña de lo que la recordaba hoy parece haberse convertido en acogedora.
O puede que la mala noche que he pasado me esté provocando alucinaciones.
No me costó mucho coger el sueño, pero he perdido la cuenta de las veces que me he despertado.
Puedo culpar al colchón demasiado blando, la almohada que parece una tabla de planchar o el árbol que daba contra la ventana, aunque creo que la mayor parte de la culpa la tiene esta habitación, esta casa, este pueblo y el odio que profesa el universo hacia mi persona.
Me incorporo y, al parpadear, noto los ojos un poco hinchados. Salgo de la cama sin muchas ganas, me calzo las botas de mi madre y me pongo su chaquetón a falta de algo más cómodo con lo que abrigarme.
Bajo las escaleras mientras me froto los ojos con una mano y sujeto el neceser en la otra.
No se oye nada en la casa. Mi abuela debe de haberse ido hace rato a la pastelería; puede que mi padre y mi abuelo también hayan salido, porque es bastante tarde.
Entro al baño y en el espejo me recibe alguien que se parece a mí después de un ataque zombi.
Con un suspiro me desvisto, me recojo los rizos en una pinza y me meto en la ducha.
Abro el grifo y, para mi desgracia, me doy cuenta de que el agua fría de White Falls no es el agua fría de Los Ángeles, así que espero todo lo lejos que puedo del chorro mientras me castañetean los dientes.
Cuando sale un poco menos gélida, me lavo la cara varias veces hasta que siento que los músculos se me han desentumecido y dejo que el agua caiga por todo mi cuerpo.
Al volver a la habitación, me visto con los leotardos que me quedan, los vaqueros, la camiseta térmica y el menos navideño de los jerséis de mi madre: verde y con una cenefa de copos de nieve en blanco. Me siento rara al mirarme en el espejo, pero cierro el armario e intento no pensarlo.
Como me encuentro más despejada, me planteo bajar al salón y estudiar un rato fuera de estas paredes que ahora mismo parecen asfixiarme, pero, cuando voy a por los libros, veo el diario de mi madre sobre ellos.
Otro de los culpables de mi mala noche.
Lo abro y vuelvo a leer el texto de la primera página, con esa letra un poco desordenada que reconozco en segundos, aunque hacía tiempo que no la veía.
Esta también va a ser mi última Navidad antes de la universidad, aunque, al contrario que mi madre, no necesito crear recuerdos donde refugiarme porque voy a vivir a solo unos minutos de mi casa.
¿Cómo habrían sido estas fiestas si hubiera estado mi madre aquí?
¿Me habría preparado un plan similar al que hizo ella?
¿Cómo habrían sido todos estos años anteriores sin ella?
Se me forma un nudo que conozco bien en la garganta.
Ojalá estuviera aquí. Me gustaría poder contarle que no sé si voy a conseguir estudiar lo mismo que ella, ni si tendré la oportunidad de hacer ese doctorado que ella nunca se atrevió a empezar.
Sé que, si estuviera conmigo, no me daría tanto miedo contárselo a papá, porque no habríamos dedicado la mayoría de nuestras conversaciones a este tema, no sería lo único que compartiríamos desde que ella ya no está.
Armándome de valor, empiezo a leer la primera entrada de diario.
Hoy he ido a ver a la señora Fisher y le he llevado sus bizcochitos favoritos.
Está pasando unas semanas un poco tristes por la muerte del señor Fisher y sabía que hablar con alguien la animaría.
También le ha encantado enterarse de que Bob ha vuelto al pueblo para quedarse, confío en que eso la anime a salir de casa.
Me ha acompañado el chico de ciudad que pasa las navidades aquí todos los años. Esto no entraba dentro del plan de las navidades perfectas, ¿pero no lo serían aún más si me atreviera a confesarle que me gusta y él me correspondiera?
Todo es posible en Navidad.
Releo eso último varias veces. ¡¿Mi madre estaba colada por un chico?
! Creía que su primer amor había sido mi padre, como en las películas, y que se habían conocido en alguna fiesta de la universidad.
La verdad es que nunca llegué a preguntarle cómo se conocieron y no se me ocurriría hablar de eso con mi padre ahora, no quiero ver esa tristeza que inunda todo su cuerpo las pocas veces que mencionamos a mamá.
Ojalá pudiera hablar con ella y que me contara cómo se dio cuenta de que papá era el indicado y quién era ese chico con el que pasaba las navidades.
¿Sería alguien que vivía en Nueva York y venía a ver a algunos familiares?
Tengo la tentación de seguir leyendo el diario entero, saber si le confesó sus sentimientos al chico y qué pasó después, pero de pronto siento algo que me frena.
La idea de seguir sus pasos tal y como los dio empieza a tomar forma en mi cabeza: vivir lo que mi madre vivió y, de algún modo, sentir lo mismo que sintió en esa época tan especial para ella.
Y, aunque vaya en contra de mi naturaleza, sé que para eso tengo que ir día a día.
Hacer las cosas con calma, saboreándolas, como siempre me recordaba cuando quería comerme todas las chocolatinas del calendario de adviento el primer día.
Así, quiero pensar, será como si estuviera conmigo de alguna forma.
Observo la foto que hay al final del texto.
Mi madre sonríe enseñando los dientes con los ojos entrecerrados, tiene un brazo sobre los hombros de una mujer abrigada con un chaquetón largo gris claro, que también mira a la cámara feliz con un bizcochito en la mano.
Detrás se ve una casa de color azul cielo decorada con alguna guirnalda, pero nada comparado con el espectáculo que montan ahora en el vecindario.
Unos golpes en la puerta me sobresaltan de pronto.
Pensaba que estaba sola. Cierro el diario y lo escondo debajo de los libros de texto, como si mi padre me hubiera pillado haciendo scroll en TikTok en vez de estar estudiando.
No tiene sentido porque no estoy haciendo nada malo, pero, por alguna razón mi corazón, que late como si quisiera salir corriendo, no opina lo mismo.
—Sofie —me llama mi padre abriendo la puerta despacio—. Estás ya despierta, bien —dice cuando me ve sentada en la silla del escritorio—. ¿Me ayudas a bajar la decoración?
Intento recomponerme rápido y miro las cajas de cartón con una mueca.
—¿No podemos intentar convencer a los abuelos de que no hace falta decorar la casa? —pregunto hundiéndome en la silla.
No toco un adorno desde los once años. Ni siquiera cuando voy a casa de Isla me acerco al árbol que colocan en la entrada. Y estos días intento evitar las calles más concurridas donde la gente camina como si los problemas desaparecieran durante unas semanas.
—Es su casa —dice mi padre, entrando y cerrando la puerta a su espalda—. Ya sabes que para ellos es importante.
Me fijo en su pelo. No se ha puesto gomina y algunos mechones le caen sobre la frente y a los lados, dándole un aspecto más desenfadado. Tampoco lleva traje, sino un pantalón vaquero y un jersey negro.
—No…
¿No qué? ¿No me apetece? Eso no va a hacer que mi padre me deje librarme.
Seguro que ponen canciones de Navidad a todo volumen y pretenden que empiece a cantar con ellos como si fuéramos un coro.
No sé si seré capaz de hacerlo cuando la última vez que colgué bolas en un árbol fue con mi madre al lado, bailando «Jingle Bell Rock».
En el fondo, sé que me da miedo crear nuevos recuerdos en Navidad en los que mi madre no esté y que algún día ocupen más espacio que esos en los que sí me acompaña.
—Han esperado a propósito para decorarla con nosotros. —Se sienta en la cama frente a mí—. Hija, para mí tampoco es fácil, haz un pequeño esfuerzo.
—Pues no veo que te esté resultando nada difícil —digo enfadada—. Ayer estabas bien a gusto con el abuelo viendo el fútbol.
Me he pasado. Lo sé en cuanto la mirada de mi padre se endurece.
—Sofie —dice a modo de advertencia—. No me hables en ese tono.
Aprieta la mandíbula, con ese gesto que he aprendido de él, y yo no bajo la vista.
Con expresión de derrota, suspira y añade:
—No puedo dar un paso sin ver a tu madre en cada objeto de esta casa y sí, me senté con tu abuelo a ver la tele porque estoy seguro de que agradece la compañía y, aunque me cueste horrores no coger el primer avión que salga y volver a casa, lo hago porque tus abuelos también lo han pasado mal y se merecen tener unos días lo más alegres posible.
Mi padre cierra los ojos y respira hondo. Cuando los abre, me mira con esa expresión agotada que lo acompaña desde hace años.
—Y ahora, por favor, ayúdame con las cajas.
Asiento, con el pecho encogido, sin decir ni una palabra y con la culpabilidad rascándome el estómago.
Aunque somos dos, nos cuesta un rato dejar las cajas en la planta baja, junto a la escalera.
Hay un par que son casi tan grandes como yo y nuestros ánimos no están en su mejor momento para facilitar la coordinación.
Cuando terminamos, mi padre se sienta junto a la mesa de la cocina, donde supongo que estaba trabajando antes de ir a ver si estaba despierta.
—¿Y el abuelo? —pregunto, extrañada.
—Ha acompañado a tu abuela a la pastelería y ha dicho que iba a hacer unos recados. Creo que ha sido una excusa para librarse de bajar la decoración.
Asiento. Me reiría por la suposición, pero hay demasiada tensión entre nosotros ahora mismo.
—¿Has quedado con Lily?
Es una buena pregunta porque no tengo forma de comunicarme con ella. Me dijo de quedar hoy, pero, si no nos vemos en persona, no sé cómo vamos a organizarnos. ¿Cómo vivía antes la gente sin móvil?
—No lo sé. Supongo que ahora está en el instituto.