Todos los te quiero que escribimos en la nieve Capítulo 3 #3
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Capítulo 3 #3

Intento respirar hondo. Me vendría genial poder cocinar unas galletas ahora para apartar todo este enredo de sentimientos que me llena el cuerpo. Entonces me acuerdo del papel que he encontrado en la entrada.

Lo saco del bolsillo, lo despliego y dejo de apretar los dientes a la vez que una sensación cálida me llena el pecho.

Incluso noto una sonrisa extenderse por mi rostro.

Es un dibujo de un perro de pelo negro, como Monty, con un gorro de Papá Noel, y sujeta con las patas delanteras un cartel en el que pone bienvenida .

Aunque no estuviera firmado con una «J» en la esquina inferior derecha, sabría de quién es.

En el armario de mi habitación, en casa, junto a los pantalones, hay una caja llena con los dibujos que me regalaba Josh cuando éramos pequeños.

Los dejaba por todas partes y me encantaba fisgonear por su casa para encontrar los mensajes ocultos, como el mapache furioso que dibujaba en el paquete de sus galletas favoritas para que nadie las tocara.

Lo vuelvo a plegar y lo pongo sobre el escritorio, junto a los libros del instituto, que me miran acusadores por no haberle dicho aún a mi padre que mi futuro no está tan claro como él piensa.

Abro el armario para sacar el pijama que se me ocurrió meter en la maleta de mano.

Aunque debería haberme comprado uno más gordito porque con esto me voy a helar de frío.

Me lo pongo temblando como un pollito recién nacido y me enrollo con una de las mantas que me ha guardado la abuela en el armario.

Sigo helada y demasiado despierta, así que decido buscar entre las cosas de mi madre por si hay algún pijama adecuado para el invierno de White Falls.

Observo las cajas de cartón en silencio durante unos minutos y suspiro. Cuanto antes me lo quite de encima mejor, ¿no? ¿Por qué tengo tan mala suerte? ¿No me podrían haber perdido la maleta a la vuelta?

Abro una de las que están en la parte de arriba de la pila y respiro aliviada enseguida al ver ropa de invierno.

Saco varios pantalones en tonos tierra que parecen calentitos.

Me los pruebo y, por supuesto, me quedan bien, porque no solo mi rostro es calcado al de mi madre, sino también el cuerpo.

El alivio de tener algo que ponerme se mezcla con una sensación amarga al darme cuenta de que mi madre ya no los volverá a usar.

Los guardo en el armario, aún triste y vacío.

Vuelvo a las cajas y tuerzo el gesto al ver un par de jerséis de varios colores con cenefas blancas de copos de nieve y hojas de muérdago.

Si mañana Lily no me lleva a algún sitio donde haya ropa que no sea navideña, me voy a pasar las vacaciones con pinta de fanática de la Navidad de finales de los noventa.

Le voy mandando fotos a Isla, que por su parte me responde con el sticker de un gato con expresión horrorizada. Nunca tan bien representada.

Descarto una caja en la que hay ropa que parece de verano.

En la siguiente encuentro dos pijamas de tela mucho más cálida que la del mío y no pierdo ni un segundo antes de ponerme uno.

Estornudo. Igual debería meterlo en la lavadora antes de usarlo.

Dudo, pero creo que puedo aguantar un poco el polvo si eso significa que no me pasaré la noche temblando de frío.

Me miro en el espejo que hay en la parte interior de una de las puertas del armario.

Cuando era pequeña le insistía a mi madre en que tenía que cuidar su ropa porque yo quería usarla cuando fuera mayor.

Me pregunto si algunas de estas prendas, que claramente son de cuando era adolescente, nunca las llegó a tirar por esa razón.

También encuentro guantes de nieve, una parka bastante gordita y unas botas con el interior de borreguito.

Aliviada al ver que las prendas me sirven, abro la última caja.

En esta no hay ropa, sino objetos varios.

Ojeo un ejemplar de Cuento de Navidad desgastado y con anotaciones en los márgenes con la letra de mi madre que hace que me pese el pecho al recordar las noches que nos quedábamos dormidas viendo la película de animación.

También abro un pequeño joyero de madera con pulseras hechas con cordones de colores y algún colgante de acero.

Sostengo unos segundos unos pendientes en forma de bola de Navidad a los que aún les queda un poco de purpurina.

Dentro de una caja de zapatos hay un montón de fotos donde aparecen mi madre y Kathleen junto a más gente que supongo que serían sus amigos.

Veo a mi madre con mi misma edad, pero con el pelo larguísimo y los rizos alborotados hasta la cintura.

Las dejo a un lado y saco lo último que queda: un cuaderno de tapas forradas de pedazos de tela roja y verde.

Muy navideño, como ella. Lo abro y leo «Mi Navidad perfecta».

Bajo el título indica el año que, al calcular, deduzco que es justo cuando ella tenía diecisiete años.

Los mismos que cumpliré yo el día 25 de diciembre.

En la siguiente página hay pegada una foto de ella y Kathleen frente a esta casa ya decorada para esta época.

Esta será la última Navidad antes de la universidad y quiero que sea perfecta. Kathleen dice que no puedo planificarlo todo y tiene razón, pero puedo definir una guía y dejar que la magia de la Navidad haga el resto.

Los próximos años voy a pasar muchos meses al otro lado del país y necesito crear recuerdos en los que refugiarme cuando eche tanto de menos White Falls que quiera volver.

Detrás hay una lista de planes que miro por encima, y las siguientes páginas son como entradas de diario.

Lo cierro. Siento los latidos de mi corazón hasta en la punta de los dedos, fuertes, decididos, como si quisiera asegurarse de que me muevo y no me quedo allí quieta, esperando a que mi madre entre por la puerta y me pregunte qué hago leyendo sus secretos.

Lo sostengo en las manos con fuerza para evitar que me tiemblen.

No sé si me hará bien leerlo. Una parte de mí quiere saber si me parezco tanto a ella con la misma edad, si estaba tan preocupada como yo por el futuro.

Aunque, por lo que dice en la primera página, supongo que ya entonces tenía esa pizca de despreocupación que mostraba cuando las cosas no salían según el plan establecido.

Pero, por otra parte, siento tanta tristeza al pensar que no voy a poder preguntarle sobre esto en persona, que no me lo puede contar ella…

Dejo el diario sobre el escritorio y me meto en la cama con el ejemplar de Cuento de Navidad , con la esperanza de que leer un rato me calme todo el enredo de emociones que se me ha ido formando hoy en el pecho y pueda dormir unas horas.