Capítulo 3 #2
—Soy Diya, no sé si te acuerdas de mí —duda sin perder del todo la sonrisa.
—Sí —le digo—. Íbamos a tu casa a por dulces.
La sonrisa de la chica se amplía.
Lo que más recuerdo de Diya es que, siempre que nos encontrábamos un gatito callejero, lo cogía y se lo llevaba a casa, donde le decían que no se lo podía quedar, pero ella no dejaba de intentarlo.
También recuerdo los gulab jamun que cocinaba su madre.
A Lily y a mí nos supieron rarísimos la primera vez que los probamos, pero no tardamos mucho en declararlo nuestro dulce indio favorito y pedírselos a Kavita siempre que íbamos a su casa.
—Lily me acaba de enviar un mensaje para decirme que hemos quedado mañana para ir a comprar ropa.
Asiento, extrañada por la facilidad con la que varias personas a las que no veo desde hace años están dispuestas a ayudarme sin dudarlo.
La chica hace un gesto con la mano como si se quitara un sombrero y se va a la barra a por los siguientes pedidos.
Saboreo una patata y diría que sabe distinto a cualquier otra que haya comido últimamente.
Doy un mordisco a la hamburguesa con cuidado para que no se me desmonte entera.
El queso fundido, junto con el pan blandito con semillas, me hace cerrar los ojos.
Está buenísima, mucho más que aquella que comimos mi padre y yo hace unos meses en el nuevo restaurante especializado de la ciudad.
Aquella tenía mil ingredientes y una salsa rarísima, pero esta, con las dos hojas de lechuga y el tomate, sabe mil veces mejor.
—Y dime, Sofie, ¿tienes pensado vivir en alguna residencia de la universidad o en casa? —pregunta mi abuelo, de repente, mientras corta la hamburguesa con el cuchillo.
Mi tío le ha preparado la carne por un lado, el pan por otro y la lechuga y el tomate en un platito aparte. Supongo que mis gustos han cambiado, pero los de mi abuelo no.
—En la universidad —respondo sin dar más explicaciones.
Lo más lógico sería quedarme en casa y coger el transporte público o el coche para ir a clase, pero quiero vivir la misma experiencia que mi madre y para eso necesito compartir habitación y tener que buscarme la vida, aunque mi padre estará a quince minutos, no al otro lado del país.
—Seguro que haces muchos amigos —dice mi abuela, metiendo patatas entre el pan.
«Eso será si llego a ir», pienso con una pizca de tristeza.
La ansiedad me aprieta el pecho al imaginar qué pensaría mi madre de la solicitud aplazada.
¿Estaría decepcionada? ¿Pensaría que podría haberme esforzado más?
Aunque, la verdad, no sé qué más podría haber hecho.
En mi horario no cabía ni una actividad extra más.
La puerta de la cafetería se abre y nos salva de otro silencio incómodo más que sumar a la lista.
Por suerte, estamos lo bastante lejos como para que el frío nos alcance.
Entra una mujer alta vestida con unas mallas de estampado abstracto de colores blanco y negro, y un chaquetón acolchado oscuro.
Cuando se quita el gorro gris deja al descubierto una media melena violeta lisa.
—¡Erin! —la llama un niño de una de las mesas más cercanas a la puerta.
Lo que hace que la mayoría de las personas de la cafetería levanten la cabeza para mirarla y empiecen a llamarla y hacerle preguntas todos a la vez.
Veo que mi tío sale de la cocina alertado por el alboroto con el ceño fruncido, aunque su expresión cambia al ver a la mujer que acaba de entrar: enarca las cejas y sonríe con la boca un poco abierta como si estuviera a punto de decir algo, pero se le hubiese olvidado.
Erin no se toma mal la atención; al contrario, se ríe y levanta las manos pidiendo silencio.
—Sí, he vuelto, mi madre está recuperada y… —hace una pausa dramática— mañana al mediodía ya podréis venir al vivero a por vuestros árboles.
La cafetería se llena de gritos de júbilo, risas y familias planificando el día de mañana.
Es tal el alboroto que la voz de Kelly Clarkson desaparece y casi puedo imaginar que no es Navidad.
La mujer, que supongo que es la dueña del vivero de árboles que hay a las afueras del pueblo, responde a todas las preguntas que le hacen sin perder la sonrisa.
—¡Menos mal! —dice mi abuelo—. Creía que íbamos a tener que ir a otro sitio a por el árbol, qué bien que haya vuelto a tiempo.
Fantástico. No solo tendré que pasar por el suplicio de decorar la casa y terminar llena de purpurina hasta las pestañas, sino que además debemos ir a por el árbol y, por lo que parece, va a estar allí todo el pueblo. Doy otro mordisco a la hamburguesa con un poco de rabia.
—Tendrás que elegirlo tú —dice mi abuela con mirada esperanzada—. Como cuando eras pequeña.
Asiento con la boca llena, intentando no hacer una mueca.
Espero que no crea que voy a ir corriendo por la nieve como entonces, señalando árboles aleatoriamente y dando mi opinión sobre su color, ramas o tronco como si supiera de lo que estoy hablando.
No lo mencionamos nunca, pero ella y mi abuelo deben de haberse dado cuenta de que mi padre y yo no decoramos nuestra casa en Navidad.
Cuando Erin consigue avanzar, mi tío va a apoyar un codo en la barra, pero calcula mal y está a punto de darse con la cabeza en la superficie de metal.
Contengo la risa a duras penas. Puede que este viaje haya merecido la pena solo por tener material con el que burlarme de él para el resto de nuestra existencia.
Mi padre me da un suave codazo, mirándome con curiosidad mientras termina de masticar.
—¿Qué pasa? —me pregunta en voz baja.
—Creo que al tío le gusta la mujer que acaba de entrar —susurro, aceptando la tregua entre nosotros solo porque esto me parece muy cómico.
Mi padre vuelve a levantar la vista y observa a mi tío, que, con expresión bobalicona, habla con Erin, quien mantiene el tipo mucho mejor que él, pero se ríe con demasiadas ganas de algo que seguro que no es tan gracioso, porque no creo que mi tío esté sabiendo hilar muchos pensamientos coherentes a la vez.
La expresión divertida de mi padre al darse cuenta de lo que está ocurriendo llama la atención de mis abuelos, que se giran para ver a su hijo. Mi abuela pone los ojos en blanco, lo que me sorprende porque no es algo que la haya visto hacer… ¿nunca?
—Cuando le vuelva a preguntar, tendrá el cuajo de decirme que son imaginaciones mías. —Coge una patata y se la come con los ojos entrecerrados.
—Ya te lo dirá cuando esté preparado —la calma mi abuelo.
—Pero ¿qué me dirá? Si no hay nada que decir porque ninguno de los dos da el paso. —Otra patata sufre el enfado de mi abuela.
Sigue protestando mientras voy dando pequeños mordiscos a mi hamburguesa y disfruto de esta trama que no esperaba encontrarme.
En el camino de vuelta a casa, Frank Sinatra sigue cantando en el mismo jardín y me pregunto si hay alguna normativa que prohíba los villancicos a partir de cierta hora, porque, si no existe, deberían plantearse crearla.
La capa de nieve de la acera es más fina aún por el ir y venir de gente, y de los árboles resbalan algunos montoncitos sobre nuestras cabezas que me calan a través del gorro. No sabía que era posible echar tanto de menos el sol y el calor.
Avanzo despacio por el camino de entrada a casa de los abuelos. Al salir de la cafetería no podía esperar para estar por fin sola en la habitación, pero ahora ya no tengo tantas ganas al recordar que estaré rodeada de cajas con el nombre de mi madre.
Me quedo refugiada bajo el porche, junto al macetero repleto de crisantemos de la entrada, mientras mi abuelo busca las llaves en los bolsillos del abrigo y mi abuela bromea con que les va a poner un cascabel.
Entonces, me fijo en un pequeño papel que sobresale de la base de piedra gris.
Me agacho y veo una «S» escrita sobre la esquina blanca.
Con cuidado tiro y lo saco sin rasgarlo.
Mi abuelo al fin abre la puerta y al levantarme veo que mi padre me mira con curiosidad, aunque no dice nada mientras me guardo el papel en el bolsillo del pantalón.
—Mañana, mientras yo abro la pastelería, bajad todas las cajas de adornos —nos encarga la abuela.
Los tres asentimos mientras dejamos la ropa de abrigo en la entrada.
—Después de comer, cuando cierre, iremos a por el árbol. No vale la pena que me pase la tarde allí metida mientras todo el pueblo estará en el vivero, llevándose los mejores árboles.
Volvemos a asentir, a lo que la abuela nos mira con el ceño fruncido.
—Podéis dar vuestra opinión, eh.
Los tres negamos con la cabeza. Los miro, incómoda, por la situación tan familiar y, por eso mismo, extraña. Como si nos hubiéramos puesto de acuerdo sin palabras para tomarle un poco el pelo a la abuela por querer tenerlo siempre todo bajo control.
—Vaya, me han cambiado a mi familia por unos robots —dice, y se va hacia la cocina mientras yo me dirijo a las escaleras.
—¿Te vas a dormir ya, Sofie? —pregunta mi padre.
Asiento sin mirarlo. A pesar de la pequeña tregua, sigo resentida con él, y más cada vez que noto que las manos no me van a volver a entrar en calor en la vida.
Me asomo a la cocina a desearle buenas noches a mi abuela, que deja lo que estaba haciendo y me coge la cara para darme un beso fuerte en la mejilla.
—No tengas apuro en despertarme si necesitas algo —me dice.
No puedo evitar sentirme un poco mal porque yo lo único que necesito es estar en mi casa.
La sensación de culpabilidad se me pasa cuando doy media vuelta y voy a despedirme de mi abuelo, que se ha sentado en el sofá del salón y ya está viendo con mi padre un partido de fútbol.
Me da rabia ver a mi padre ahí tan tranquilo, como si esto no supusiera ningún problema para él mientras yo no sé cómo comportarme ni con mis propios abuelos.
Con un «buenas noches» seco y sin esperar respuesta, subo las escaleras dando pisotones, consciente de que no sirven para nada porque nadie me oye. Cierro de un portazo al llegar a la habitación y me acerco al radiador para que me revivan las manos.