Todos los te quiero que escribimos en la nieve Capítulo 3
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Capítulo 3

Me estoy planteando cortar el cable que da luz al pueblo, como en El Grinch , cuando pasamos por delante de la quinta casa que tiene bombillas de colores bordeando toda su estructura y varios regalos gigantes luminosos en el jardín.

En esta incluso los arbustos decorados con bolas brillantes cantan con la voz de Frank Sinatra que Santa Claus está de camino a la ciudad.

Por la carretera pasa un hombre en una bicicleta decorada como si fuera un árbol de Navidad, espumillón y luces incluidas, con un duendecillo de peluche atado en la cesta que lleva en el manillar.

Bienvenidos a Navilandia.

El frío me muerde la pequeña parte de las mejillas que no consigo esconder bajo la bufanda mientras, a mi lado, unos niños corren con la chaqueta desabrochada y sin guantes.

Intento recordar si yo era así con su edad, si cuando llegaba a White Falls olvidaba el sol cálido de California y me acostumbraba a este clima helado en tan solo unos segundos.

No me acuerdo, pero siento que ahora mismo no me sería posible porque hasta mis huesos parecen de cristal.

Un chico, de unos veintitantos años y cabello castaño, saluda a mis abuelos desde la entrada de un taller.

—Adam, hola —dice con una sonrisa incómoda al acercarse y reconocer a mi padre—. Vaya… Cuánto tiempo.

—Caramba, Greg —dice mi padre—. Veo que ahora, en vez de decorar coches con espuma de afeitar, los construyes a pequeña escala. —Suena serio, pero puedo ver el pequeño hoyuelo junto a las comisuras de la boca que lo delata.

El tal Greg hace una mueca mientras lija el borde de un vagón de tren de juguete.

—Ya, sí —balbucea—, lo siento.

—No pasa nada —dice mi padre haciendo un gesto con la mano—. Entiendo que era muy difícil resistir la tentación de ponerle barba a un coche rojo. De todas formas, por si acaso, esta vez no hemos venido en coche.

Greg muestra una cara de tierra trágame y no puedo evitar que se me escape una pequeña sonrisa por él y porque sé exactamente cuándo ocurrió eso.

Creo que tenía nueve años cuando a mi madre se le ocurrió venir a White Falls en coche.

Llevaba una temporada obsesionada con los libros en los que los personajes iban de road trip y pensó que sería divertido.

Recuerdo que pasamos por unos nueve estados y en todos nos hicimos una foto y jugábamos a decir curiosidades sobre ellos.

Me parecía increíble recorrer carreteras infinitas en mitad de la nada y, a veces, sentía que éramos las únicas personas que quedábamos en el mundo.

—Ahora es un muchacho de lo más responsable —dice mi abuelo dándole unas palmadas en la espalda que lo desequilibran—. Aunque aún le falta una cosa para sentar la cabeza.

—Henry, no seas antiguo —le regaña mi abuela—. Si el chico está bien solo, déjalo.

Greg está a una palabra más de empezar a cavar su propio hoyo en el suelo.

—Me alegro de volver a verte —dice mi padre para terminar la conversación y liberarlo.

El chico, agradecido, se despide, no sin antes decirme que me parezco mucho a mi madre. Como si yo no me viera en el espejo cada mañana.

Llegamos por fin a la cafetería de mi tío, la cual, por supuesto, refleja luces de colores en el suelo cubierto por una fina capa de nieve y en las cuatro mesas de metal con sus respectivas sillas vacías frente al local.

Del cartel en el que se lee the snowflake café cuelgan guirnaldas de hojas de muérdago.

¿Eso significa que toda la cafetería está bajo el muérdago?

Porque me parece problemático, como poco.

El interior parece atestado por las figuras que se pueden apreciar tras los ventanales empañados y con los bordes escarchados. Lo que me hace pensar que la temperatura del local será más tolerable que la de fuera.

Cuando mi abuela abre la puerta, lo primero que oigo son las voces y risas de la gente que está cenando.

Supongo que lo de pasar este rato con un nivel moderado de decibelios alrededor no va a ocurrir.

Al entrar aprecio también el olor a comida de las hamburguesas que muchos comensales tienen delante y se me hace la boca agua.

Mi padre cierra la puerta tras de mí y, en cuestión de segundos, el abrigo me empieza a sobrar, puede que incluso la camiseta interior extra.

Kelly Clarkson nos desea feliz Navidad desde un altavoz que cuelga de una esquina entre pósters de películas de acción de los ochenta y noventa, donde señores con cara intensa rodeados de espumillón rosa me devuelven la mirada.

—¡Por fin! —exclama mi tío, dejando unas bebidas en la barra de mármol blanco que ocupa la mitad de la pared izquierda y, detrás de la cual, se puede ver una puerta y una ventana abiertas que dan a la cocina, desde donde debe de surgir gran parte del calor tan agradable que nos rodea.

Mi tío sale de detrás del mostrador con una sonrisa que me encoge el pecho porque es igual que la de mi madre.

Me quito la bufanda para saludarlo —y porque me estoy asando— y, en el momento en el que mi tío se detiene frente a mí y me observa, le cambia la cara.

La expresión de sorpresa, de estar viajando a otro tiempo, es similar a la que veo en mi padre durante unos segundos cuando está muy concentrado en algo y levanta la vista hacia mí.

Sé lo que está viendo, a su hermana. Es la primera vez que me mira así, y una parte de mí lo entiende.

Yo misma me sorprendo de cómo mis rasgos se han definido en estos dos últimos años, haciendo que me convierta en una copia de mi madre.

Otra parte de mí no puede evitar enfadarse porque siento que las personas que la conocían nunca me van a ver a mí, sino a ella.

Es en estas situaciones cuando odio que los genes se hayan alineado de esta forma.

—Sofie —dice con un tono delicado que no encaja con los casi dos metros que mide y la espalda ancha cubierta por una camisa de cuadros de franela, pero sí con su mirada dulce—. Has crecido un montón.

Extiende los brazos y me entierra en su pecho al rodearme fuerte con ellos. Huele a canela y al caramelo salado del cheesecake que aprendió de mi abuela y que siempre le pedía de postre. Me quedo unos segundos de más ahí, con la sensación de que me protege del resto del universo.

Cuando me suelta, me mira unos segundos más, ya sin esa expresión perdida, y saluda con un abrazo más escueto a mi padre, quien sonríe relajado.

¿No le está suponiendo un esfuerzo volver a estos lugares en los que es imposible no ver a mamá?

Como ahí, junto a la gramola, con una moneda en la mano, los tirabuzones castaños recogidos en un pañuelo azul que le despeja el rostro, pensando qué canción elegir durante varios minutos y pulsando siempre la misma: «Don’t Stop Believin’».

—¿Hamburguesa con queso y extra de kétchup en las patatas? —me pregunta mi tío mientras nos acompaña a una mesa junto al ventanal en el que las pegatinas de muñecos de nieve rodeados de copos miran hacia el exterior.

Hace tiempo que ya no me echo kétchup en las patatas, no me gusta tanto desde que me di cuenta de que camufla cualquier otro sabor. Pero eso mi tío no lo sabe porque tenemos un vacío de varios años sin compartir los pequeños cambios del día a día.

—Sin el extra —respondo cuando me siento en una de las sillas de madera de un ocre desgastado por los años, del mismo tono que el revestimiento que cubre el mostrador y las paredes, excepto la parte baja, que está pintada de un verde oliva desvaído.

Desde mi sitio puedo ver todo el interior del local y me doy cuenta de que hay alguna silla dispar, con el respaldo recto en vez de curvado como la mía.

Supongo que no todas han sobrevivido desde que el hermano de mi abuela dirigía este negocio.

En cambio, las mesas blancas y pesadas parecen intactas.

Observo a mi tío mientras toma nota mental de las comandas de los demás. Lleva el pelo rubio un poco más corto que la última vez que lo vi y sus ojos verde claro, como los del abuelo, nos miran risueños.

Cuando vuelve a la barra para preparar la cena, se crea un silencio incómodo que mi abuela se apresura a llenar contándonos lo que tiene planeado para la fiesta.

—He pensado que podríamos ir tú y yo a esa tienda de Albany donde siempre comprábamos la decoración para tu fiesta de cumpleaños —me dice.

Cuando era pequeña, el espumillón y las guirnaldas navideñas se mezclaban el día 25 de diciembre con las de cumpleaños y los globos de la obsesión que tuviera en ese momento, como el año que me dio por los villanos por culpa de la peli de Los descendientes .

Pero hace mucho que eso no ocurre, y mi abuela debería saberlo porque ese día siempre lo pasan en Los Ángeles con nosotros.

Vamos a un restaurante que elige mi padre y comemos mientras hablamos de temas superficiales, como el buen tiempo que hace siempre en California, o alguna noticia que ha leído mi abuelo en el periódico, solo por no estar en silencio.

Y de postre nos sacan una tarta bonita, elegante, sin personalidad, que nos comemos después de que mi abuelo me recuerde que pida un deseo y yo sople las velas sin pedir ninguno porque hace tiempo que dejé de creer en ellos.

—Claro —respondo a mi abuela porque no quiero hacerla sentir mal.

Y ella lo sabe porque me mira con una pizca de tristeza.

Al cabo de unos minutos, las campanillas de fondo que protagonizan todas las canciones navideñas me taladran el cerebro. Las ganas de salir de allí y volver a mi habitación silenciosa de Los Ángeles se me hacen insoportables.

—¡Buenas noches! —nos saluda una chica que recuerdo perfectamente, de piel morena y melena oscura recogida en una coleta alta—. Patsy, Henry, un placer serviros vuestra hamburguesa de la casa, como siempre.

—Voy a asumir que tú eres Adam —dice mientras pone su plato frente a él—. Y tú Sofie. —Hay tantas patatas rodeando la hamburguesa que están a punto de caerse del plato—. Aunque podría ser al contrario y me podéis corregir si es así.

Deja sobre la mesa un par de botes de kétchup y mostaza antes de mirarme con expresión divertida.