Capítulo 2 #2
Cuando vuelvo a casa ya es tarde. Espero que mi padre no se retrase mucho en llegar porque si no tendré que cenar sola, como ocurre muchas veces en estas fechas, cuando su carga de trabajo es mayor a causa del cierre de año.
Por suerte, no es así. Mientras termino de limpiar la cocina oigo unas llaves e, inmediatamente, el saludo de mi padre.
Me asomo para ver su expresión cansada habitual que se transforma en algo que casi se podría llamar sonrisa al notar el aroma a galletas. Se acerca a mí y me da un beso en la coronilla antes de ir a su habitación a cambiarse de ropa.
La paz que he conseguido durante este rato se evapora de pronto y en mi cabeza ya solo puedo visualizar el correo electrónico de Caltech.
Una mano invisible me presiona el pecho y hace que me cueste el doble de esfuerzo respirar.
Se lo tengo que decir, solo debo encontrar el momento adecuado.
Quizá después de comerse una galleta. Sí, eso es.
Sin casi mediar palabra, cocinamos juntos el salteado de verduras y nos lo comemos sentados en los taburetes de la barra de la cocina.
Durante todo ese tiempo le doy vueltas a cómo contárselo, qué palabras usar y asegurarle que me voy a esforzar para que en marzo no tengan dudas de que mi sitio está en esa universidad.
Tan ensimismada estoy que no me doy cuenta hasta ahora de que él tampoco ha dicho nada después de preguntarme qué tal el día.
Muestra la misma expresión de estas últimas semanas, perdido en sus pensamientos sobre el trabajo.
Pero siento que hay algo más, porque corta la manzana con tanta concentración que parece que la esté operando a corazón abierto y aprieta los labios de vez en cuando, como hace siempre que le asaltan dudas.
Estoy a punto de preguntarle cuando suelta un suspiro y se frota los ojos.
Puede que sean imaginaciones mías, lo más seguro es que esté cansado y sean mis nervios los que me hacen ver cosas que no son.
Cuando terminamos, va a coger una galleta y noto su sorpresa en el rostro al ver que tienen formas navideñas, pero no dice nada, solo elige un árbol y le va dando pequeños mordiscos mientras recogemos la mesa.
Este es mi momento. Meto el último plato en el lavavajillas y estiro la espalda mientras me infundo ánimos a mí misma. Mi padre cierra la puerta del electrodoméstico después de colocar los cubiertos y, antes de que pueda hablar, lo hace él.
—Sofie —dice con ese tono y esa expresión de ceño fruncido que no traen nada bueno. Puede ser que se haya enterado de lo de la universidad de alguna forma, ¿es posible? Aunque no parece decepcionado, sino más bien… ¿dubitativo?—. Estas navidades las vamos a pasar en White Falls.
Al principio pienso que lo he entendido mal.
Las últimas fiestas que pasamos allí fueron las anteriores a que mi madre muriera.
Fue él quien tomó la decisión de no visitar el pueblo al invierno siguiente y ¿ahora quiere volver?
¿Cuando llevamos años acostumbrados a ignorar cualquier señal de Navidad ha decidido volver?
—¿Cómo? —pregunto sorprendida y también molesta porque no me lo haya consultado antes. Lo ha decidido sin tenerme en cuenta, igual que decidió no volver.
Mi padre se pasa la mano por la nuca y suspira.
—Tu abuela piensa hacer una fiesta de jubilación en Nochevieja, va a cerrar la pastelería porque no ha encontrado a quien traspasarla. Conociéndola, será todo un acontecimiento —añade con una pequeña sonrisa, como si con eso me fuera a convencer.
—¿Y? —pregunto, sin entender. ¿Por qué no vienen ellos a pasar unas semanas aquí, como el finde que nos visitaron cuando se jubiló el abuelo?
—He pensado que sería un buen momento para volver y… —Cierra los ojos, sin saber cómo seguir—. No lo sé, hija, este año no iban a poder venir aquí con todo lo de la fiesta… Tu abuela está muy ilusionada, y creo que sería un bonito detalle que fuéramos.
Noto un enredo de sentimientos contradictorios en el pecho: tristeza porque mi padre no confíe en mí para hablar sobre el tema, miedo por volver a pisar lugares que me van a recordar a mi madre cada segundo y, aunque no lo admitiría nunca en voz alta, nervios por reencontrarme con la gente con la que perdí el contacto y que puede que no quieran saber nada de mí después de tanto tiempo.
—¿Cuándo? —pregunto.
Conociendo a mi padre, sé que no hay mucho que pueda hacer para evitar ir a White Falls y, si vamos a visitar ese gélido pueblo invernal, debo comprar algo de ropa de abrigo adecuada.
—El miércoles que viene —responde y arruga los labios, sabiendo perfectamente cuál iba a ser mi reacción.
—No —digo con seguridad.
Irnos el miércoles significa perderme el baile del viernes, mi último baile de invierno del instituto. Pero puedo jugar una carta que no va a poder esquivar.
—Tengo clases, no puedo perderme tres días.
Noto el sabor de la victoria durante un instante, antes de darme cuenta de que mi padre tiene la réplica preparada.
—Ya he hablado con tu tutora —dice alejándose un paso, como si yo fuera una bomba de relojería a punto de explotar, lo que es muy acertado porque así me siento—. Ya habrás terminado los exámenes y eres de las mejores estudiantes, así que no hay ningún problema en que te pierdas esos días.
Ojalá me hubieran aceptado ya en Caltech y me pudiese permitir suspender todos los exámenes.
—¿Por qué no me lo has consultado antes? —le pregunto, enfadada, alzando la voz de una forma que no suele ser habitual en mí—. ¿Por qué has tomado tú la decisión por mí? La decisión sobre si puedo o no perder clases. ¡La decisión de volver a un sitio del que fuiste tú quien nos alejó!
Mi padre contrae el rostro y la tristeza llena sus ojos como hace tiempo que no veía.
—Lo siento, Sofie —se disculpa, apartando la mirada—, pero la decisión ya está tomada.
—Perfecto —respondo con el tono más frío que puedo.
Me encamino a mi habitación y doy un portazo que debe de haber asustado hasta al gato Toulouse.