Todos los te quiero que escribimos en la nieve Capítulo 2
6%

Capítulo 2

Unos días antes…

Llego a casa del instituto y, como todos los días, enciendo el ordenador para hacer los deberes antes de que venga mi padre.

Cuando miro la bandeja de entrada de mi correo electrónico, hay un mensaje que destaca en la pantalla, uno con un remitente que hace semanas que esperaba: Instituto Tecnológico de California.

Ahí, en esa amalgama de bits, está mi futuro.

Todo el esfuerzo de años estudiando, sacando las mejores notas, apuntándome a los clubes que sabía que me darían más puntos, consiguiendo las cartas de recomendación de los profesores que creía que más me podrían ayudar, yendo a competiciones de ingeniería y ganando premios que adornan las vitrinas de mi instituto…

Todo me ha llevado a lo que ponga en ese correo electrónico automatizado.

Pienso en esperar a mi padre para abrirlo.

Compartimos pocas cosas, pero la obsesión con Caltech es una de ellas.

En algún momento, cuando era pequeña y seguía a mi madre a todas partes cada vez que tenía que reparar algo, mi padre bromeó con que debería estudiar Ingeniería, como ella.

Supongo que pensé que, si a mi padre le parecía buena idea y, además, con eso conseguía ser tan lista como mi madre, era un buen plan.

Mientras mis compañeros de clase cambiaban de futura profesión cada pocos meses, yo me mantenía firme, y lo mucho que disfrutaba de las asignaturas de ciencias solo reafirmaban lo buena que era la idea.

Mi madre me explicaba cómo funcionaba cualquier aparato con el que nos cruzábamos.

Lo hacía de una forma tan sencilla y con tanta paciencia que pocas veces terminaba frustrada sin entenderlo.

Cuando murió, ya no la tenía a ella para preguntarle, por lo que, si algo se estropeaba, lo desmontaba, lo analizaba y, si seguía con dudas, buscaba en internet.

Mi padre y mis profesores estaban encantados con mis notas en Matemáticas, Física y Robótica, así que esa idea infantil de estudiar lo mismo que mi madre se convirtió en un plan de futuro firme con unos pasos que dar para llegar a conseguirlo.

Voy a estudiar las mismas asignaturas, recorrer los mismos pasillos.

Está decidido. Ojalá pueda vivir en una habitación en la misma residencia que ella y que aún quede algún profesor de los que le dieron clase.

No la tendré para que me ayude cuando tenga dudas o no sepa por dónde tirar, pero de alguna forma viviré lo mismo que ella, y eso será suficiente.

Observo, durante lo que puede que sean minutos, la pantalla del ordenador. No voy a poder concentrarme en nada hasta que vea el contenido, así que lo mejor es abrirlo, quitármelo de encima y, cuando mi padre vuelva de trabajar, darle la noticia.

Hago clic en el correo y el corazón me empieza a latir tan rápido al ver el escudo de la universidad que creo que me va a hacer un agujero y se me va a salir del pecho.

Leo el correo una vez, luego otra, puede que cinco más, palabra por palabra, asegurándome de que no me salto ninguna y de que entiendo a la perfección lo que dice. Hasta que me doy cuenta de que no va a cambiar por mucho que lo lea.

Mi solicitud ha sido aplazada. Tendré que esperar hasta marzo para saber si voy a poder estudiar en Caltech o no.

Me tiemblan las manos mientras abro cada uno de los documentos que adjunté para averiguar qué está mal.

Debe de ser eso, me equivoqué en alguno, por lo que no han podido aceptarme en la fase de admisión temprana.

Sin embargo, tras revisarlo varias veces, queda claro. Está todo bien.

Entonces me empieza a sonar el móvil. Varias notificaciones seguidas. Es Isla, estoy segura. Enviamos la solicitud juntas. Ya tenemos planeado cómo serán los próximos años de nuestra vida: no nos tendremos que separar, iremos a las mismas clases, a las mismas fiestas.

Salgo de mi habitación mientras desactivo las notificaciones sin echarles un vistazo siquiera.

Conecto el móvil al altavoz de la cocina y Zoe Rivera empieza a sonar a más volumen del que me habría permitido mi padre si hubiera estado aquí.

Me pongo mi delantal blanco con dibujos de gofres y empiezo a sacar todos los ingredientes que necesito.

Ni siquiera abro mi libreta de recetas, me la sé de memoria.

Es la que cocino cuando necesito apartar de mi mente lo que sea que me esté agobiando en ese momento.

Corto la mantequilla fría en daditos y espolvoreo el azúcar blanco por encima a la vez que lo mezclo con una espátula. Cuando está listo, echo la masa en el robot de cocina y lo enciendo para que haga el trabajo pesado.

Empecé a cocinar dulces con mi abuela cuando tenía cuatro años, y esa fue la primera receta que me enseñó.

Me dejaba mezclar la mantequilla y el azúcar con las manos, así que cuando terminaba iba corriendo por la casa para estamparle las manos a la primera persona que pillara.

Mi abuelo huía de mí mientras yo me reía hasta que me dolía la tripa.

Mi padre me chocaba las manos para evitar que acabaran en cualquier otro sitio más difícil de limpiar y mi madre, no sé cómo, me esperaba tras alguna esquina para llenarme a mí la cara de cualquier cosa que hubiera encontrado en la cocina: chocolate, nata, crema de cacahuete…

La abuela nos reñía a las dos y luego nos tocaba fregar a nosotras todo lo que habíamos utilizado.

Cuando los ingredientes se integran, añado huevo y un poco de extracto de vainilla que se bate mientras peso la harina. Intento relajar el rostro al notar que estoy apretando demasiado los dientes. Echo ese último ingrediente y, mientras termina de mezclarse, saco la caja con los cortadores.

He acumulado tantos a lo largo de los años que tengo casi de cualquier forma.

Rebusco entre ositos, estrellas, círculos y fantasmas hasta que mis manos se topan con los cortadores navideños que me regaló mi abuela el año pasado y que aún están envueltos, sin estrenar.

Los dejo caer en la caja y unos segundos después los vuelvo a sacar.

Voy a tener que repartir las galletas entre los vecinos, como siempre, porque mi padre y yo no nos las podemos comer todas, y seguro que les hace más ilusión que tengan forma de árbol, gorro de Papá Noel o calcetín.

Saco la masa blanda y un poco pegajosa del robot de cocina, hago una bola con ella y la envuelvo en papel film para meterla en la nevera media hora.

Quizá podría dedicar este rato a hablar con Isla o a preparar el discurso que le tengo que dar a mi padre para que su decepción no se me clave como agujas en el pecho, pero no, aún no.

Necesito estar sola, sin pensar, un rato más.

Así que cojo el azúcar glas y más huevos, y lo mezclo en un bol junto a una pizca de sal y vainilla.

Me relaja tanto utilizar las varillas a mano, en movimientos envolventes, que puedo dejar la mente en blanco solo viendo cómo los ingredientes van adquiriendo consistencia.

A mi madre se le daba regular la repostería, solo había una receta que sabía hacer, pero le encantaba decorar las galletas, tartas, cup cakes …, lo que fuera. Llegaba a la cocina cuando teníamos el dulce hecho y lo llenaba de colores.

Dejo preparado el glaseado en la manga pastelera y, aunque aún faltan unos minutos, saco la masa de la nevera.

Enciendo el horno. Mientras se calienta, estiro la masa fresquita con el rodillo en el banco de la cocina y, poco a poco, voy cortándola con las distintas formas que he escogido.

Meto la primera bandeja en el horno. Vuelvo a hacer una bola con la masa y la estiro mientras el delicioso olor a galletas inunda la casa.

Así, una y otra vez, hasta que lleno dos bandejas más.

Cuando ya están todas las galletas repartidas en varias rejillas me doy cuenta de que estoy más relajada. No he solucionado ninguno de mis problemas, pero al menos respiro con normalidad y los pensamientos no me dan vueltas en la cabeza como un tornado.

Con muchísimo cuidado, decoro las galletas con el glaseado blanco, dibujando formas sencillas que le den volumen, ribeteando la silueta de los calcetines, simulando bolas en los árboles o pintando las partes blancas de los gorros de Papá Noel.

Pruebo una para comprobar que me han quedado como siempre: blanditas, de textura un poco arenosa y con ese sabor dulce a vainilla. Mi padre siempre dice que es como comerse un terrón de azúcar con forma bonita, pero eso no impide que sea él quien se las termine.

Salgo de casa cargada con cuatro tarros tan llenos que casi no he podido cerrar las tapas.

Llamo a la puerta de la señora Anderson, lo que provoca los gritos de sus nietos dentro de la casa.

La mujer abre con tres niños escondidos tras ella que pierden la vergüenza en cuanto me ven con las galletas en la mano y vuelven corriendo dentro de casa cargando con el tarro que les doy.

—Eres un cielo, Sofie —me dice la mujer, como cada vez que le llevo algún dulce.

Me despido con una sonrisa y llamo a la siguiente.

Leonard abre la puerta con las gafas para ver de cerca sobre la cabeza.

Probablemente lo he interrumpido mientras trabaja en algún caso.

Su gato Toulouse se asoma, decide que no le intereso lo más mínimo y vuelve con la cabeza bien alta hacia dentro del piso.

—Me vendrá bien el azúcar, gracias —dice el hombre con una sonrisa cansada mientras se frota los ojos.

Le deseo suerte y sigo con la ronda.

Ness me da un abrazo al que no sé responder y me regala unos bastoncillos de azúcar para colgarlos en el árbol. No le digo que hace años que en mi casa no hay decoración navideña.

Y el señor y la señora Sawyer me invitan a comer el sábado para que conozca a su nieto. Me pregunto si no se acuerdan de todas las veces que he rechazado esa misma invitación o les da igual y solo quieren intentar juntarme con el chico.