Todos los te quiero que escribimos en la nieve Capítulo 1 #3
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Capítulo 1 #3

—Pues por eso mismo, porque no hace falta que cometa los mismos errores que yo.

Mi abuelo sigue refunfuñando, pero dejo de prestarle atención cuando la puerta de la casa de enfrente se abre. Los nervios me retuercen el estómago y el corazón me late con fuerza, expectante, preparándose para todos los escenarios posibles.

En el umbral de la puerta aparece una figura que no reconozco en un primer momento, pero solo tengo que fijarme en su media melena pelirroja para saber quién es.

—¡¿Sofie?! —grita a la vez que sale corriendo hacia mí.

Cruza la calle con el chaquetón rojo abierto, sin gorro ni guantes, y me abraza con tanta fuerza que estamos a punto de caernos las dos.

Me quedo unos segundos sin saber qué hacer.

¿Cuántos años hace que no me dejo abrazar por nadie de esta forma?

Rodeándome con los brazos todo lo posible y enterrando la cara en mi hombro.

Puede que cinco, los mismos que hace que no veo a Lily. Nos pasábamos el día juntas y también las noches cuando nuestras madres nos dejaban. Era mi mejor amiga.

La imito y nos quedamos unos segundos así.

La rodea un aroma dulce, el mismo que llenaba la casa de mi abuela cuando nos pasábamos la tarde haciendo bizcochos y dejábamos la cocina hecha un desastre.

El recuerdo agradable consigue que mi corazón se acomode y vuelva a latir a un ritmo más o menos normal.

Cuando Lily se separa de mí, me mira con la misma sonrisa que tenía de pequeña, feliz, amplia y con las paletas un poco separadas. Intento devolverle el gesto, pero no estoy segura de lo que hago porque se me ha vuelto a formar un nudo en la garganta que decide quedarse a vivir ahí.

En ese momento, oigo unos ladridos por detrás de Lily y me asomo para ver cómo un perro negro de pelo rizado viene corriendo hacia nosotras.

Se detiene frente a mí y me olisquea un poco la mano que le acabo de tender.

Ladra feliz justo antes de alzarse sobre las patas traseras y apoyarme las delanteras en las piernas.

Si no fuera porque la última vez que lo vi era un cachorro, pensaría que me ha reconocido.

Me agacho y acaricio la cabeza de Íñigo Montoya —Monty para los amigos, cuyo aspecto recuerda al personaje por el que se llama así—, que cierra los ojos con la lengua fuera y vuelve a ladrar.

Mientras, Lily saluda a mis abuelos como si no los viera todos los días, le da un abrazo a mi padre y bromea con que no recordaba que usara gomina.

Mi padre se toma bien la broma y se deshace un poco el peinado dejando que algunos mechones le caigan sobre la frente.

Es un detalle insignificante, pero algo se me remueve por dentro al recordar la apariencia más relajada que mostraba hace años.

Trago saliva y vuelvo la vista hacia Monty, que está encantado con mis caricias.

—Hola, Sofie.

Levanto la vista hacia una voz que no es como recordaba, pero que reconozco sin titubear.

El chico me mira con una sonrisa dubitativa que acompaña de un balanceo adelante y atrás mientras se sube las gafas redondas de metal un poco empañadas por el cambio de temperatura, como si no supiera qué hacer.

—Hola, Josh —digo, mirándolo, sin soltar a Monty.

Su sonrisa crece, aunque aún puedo ver una pizca de duda en ella. Y noto mis mismos nervios en él cuando se pasa la mano por el pelo enredándose los bucles dorados. Al hacer ese movimiento, bajo el chaquetón gris claro abierto, puedo ver un jersey con un pingüino disfrazado de árbol de Navidad.

Creo que, aunque hubieran pasado muchos más años, lo habría reconocido aun estando en medio de una multitud. Ya no tiene las mejillas redondas y la mandíbula le afila el rostro, pero podría identificar en cualquier lugar esos ojos de un azul profundo como el cielo al anochecer.

Monty me lame la cara reclamando atención y despego la mirada de Josh.

—Mañana mismo quedamos —dice Lily, tan emocionada que no puedo evitar contagiarme y asentir con una pequeña sonrisa.

Antes de ponerme en pie, acaricio una última vez a Monty, que protesta, pero enseguida encuentra en mi padre un nuevo entretenimiento.

—Lo cierto es que me vendría bien comprar algo de ropa de invierno, pensaba ir mañana —digo, intentando hacer un esfuerzo por quitarme la sensación de extrañeza que me produce la situación.

—¡Conozco el sitio perfecto! —exclama dando una palmada—. Hablaré con Abby y con Diya para quedar. Se alegrarán muchísimo de verte. Te acuerdas de ellas, ¿no?

Asiento, recordando a las amigas de Josh y Lily, y escondo la cara detrás de la bufanda. No siento la nariz, por lo que podría estar cayéndome un moco y no darme ni cuenta.

Estoy a punto de despedirme cuando veo que alguien camina hacia nosotros por la acera con la mano en alto, saludándonos.

La mujer saluda a mis abuelos y abraza a mi padre intercambiando el «Hola, Adam. ¿Cómo estás? Bien» de rigor que no da pie a una conversación de verdad sobre cómo hemos pasado estos años.

Kathleen, la madre de Josh y Lily, era casi como una tía para mí. Mi madre y ella se conocían desde pequeñas; eran inseparables. Y es ahora cuando me doy cuenta de que estos años tampoco han debido de ser fáciles para ella.

La mujer me abraza con fuerza unos segundos y, cuando se separa de mí, sigue con las manos en mis brazos, observándome como si buscara algo en mi rostro.

El suyo es igual a como lo recordaba, solo unas pequeñas líneas de expresión alrededor de los ojos, iguales a los de sus hijos, y algún mechón plateado entre su melena oscura demuestran el paso del tiempo.

—Qué mayor estás —dice con una pequeña sonrisa.

Al menos no me ha preguntado cómo estoy, porque decirle «bien» habría sido mentirle.

Doy un paso atrás para que me suelte, aunque intento que no se me note en la cara la incomodidad que me produce esa mirada que conozco tan bien, la de la nostalgia y la pena.

Y me acerco a mi padre con intención de emprender la marcha hacia la cafetería para evitar la siguiente frase de Kathleen, la que tiene en la punta de la lengua y me recordará algo que ya sé.

Sin embargo, parece que mi padre no tiene intención de moverse, y mis abuelos tampoco. Puede que su intención sea quedarnos aquí plantados hasta que nos convirtamos en estatuas de hielo. Seguro que los vecinos nos adornarían con luces a nosotros también.

—Me alegré mucho cuando Patsy me dijo que vendríais estas navidades —dice Kathleen con esa voz suave que nos contaba cuentos antes de dormir.

Por eso me gustaba tanto quedarme en casa de Josh y Lily.

Podíamos elegir el libro que quisiéramos, incluso nos permitía unos cinco minutos de discusión hasta que nos poníamos de acuerdo, o lo elegía ella por nosotros —más probable lo segundo—.

Y siempre cambiaba algo mientras lo leía.

A veces era solo un detalle, otras el final entero, nunca sabíamos bien qué nos encontraríamos esa noche.

—Nosotros también estamos muy contentos de pasar aquí las fiestas otra vez —responde mi padre, amable.

«Habla por ti, papá. Yo hoy tenía que comprarme el bolso para el baile al que no voy a poder ir».

—He tenido que jubilarme para conseguir que vengan —intenta bromear mi abuela.

Todos sonríen y sueltan alguna pequeña risa, pero si me esforzara podría tocar la incomodidad con los dedos de lo espesa que es.

—Lily y Josh aún tienen clase mañana y pasado —cambia de tema Kathleen—, pero los siguientes días seguro que podéis quedar —dice pasando un brazo por los hombros de Josh.

—Yo creo que, si Sofie puede saltarse dos días de clase, nosotros también —dice Lily poniendo ojitos a su madre.

—Que ya tengas plaza en la universidad no significa que puedas saltarte las clases porque sí —le recuerda su madre.

Lily pone los ojos en blanco. Y yo siento un pinchazo de culpa en el estómago al oír esa palabra que se ha convertido en mi pesadilla desde hace unos días.

—¿En qué universidad vas a estudiar? —le pregunta mi padre.

—Rochester —anuncia Lily—. Aunque aún tengo que decidir qué rama de ciencias prefiero.

—¿Y tú, Josh? Recuerdo que de pequeño te pasabas el día dibujando —dice mi padre.

Él vuelve a subirse las gafas y desvía la vista hacia un lado. Tiene la misma expresión que ponía cuando nos pillaban después de habernos dado un atracón de galletas.

—Aún no lo tengo decidido, estoy entre varias opciones.

Mi padre asiente, conforme con la respuesta, pero yo me doy cuenta de que no ha respondido dónde va a estudiar, ni tampoco el qué.

—¿Tú ya lo tienes claro, Sofie? —pregunta Kathleen.

Creía que no iba a tener que responder a esta pregunta al menos hasta mañana. Pero ¿qué mejor manera de empezar este viaje que con el tema protagonista de mis pesadillas?

—Aún no sé si me aceptarán… —digo esquivando la verdad.

—Pues claro que sí —dice mi abuela con una seguridad que ya querría yo para mí—. Con lo estudiosa que eres, no tendrán ninguna duda.

Eso creía yo también.

—Estudiará en Caltech, como su madre —dice mi padre, orgulloso, respondiendo por mí a la pregunta de Kathleen.

Lo que él no sabe es que ese objetivo se me escapó de las manos hace tan solo unos días.