Todos los te quiero que escribimos en la nieve Capítulo 1 #2
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Capítulo 1 #2

—Si no fuera por la cafetería, lo tendríais allí cada dos por tres —dice mi abuelo, que nos observa con una amplia sonrisa y las manos en los bolsillos del pantalón de pana verde musgo, como si no hubiera nada que lo pudiera hacer más feliz—.

En cuanto nos descuidamos, ya está enseñándonos la foto que se hizo sobre la estrella de Antonio Banderas.

Estoy a punto de soltar una carcajada al recordar a mi tío buscando el nombre del actor español por el Paseo de la Fama porque de pequeño estaba obsesionado con la película Spy Kids .

Pero no me río porque, al mismo tiempo, me envuelve la tristeza de no haberlo visto desde entonces.

Es el único que me mira a mí y no al recuerdo de mi madre, que me envía mensajes de vez en cuando y me pregunta el significado de alguna expresión que «os inventáis los adolescentes de ahora» como excusa para que le cuente cómo me va en clase o con mis amigos.

Subo las escaleras detrás de mi padre y noto que el ambiente ya no está tan caldeado al alejarnos del salón.

Él sí tiene su maleta con toda su ropa de abrigo, y carga con ella hasta el primer piso haciendo crujir el suelo de madera oscura desgastada.

Abre la puerta de la derecha y entra en la habitación de invitados.

Parece que está como siempre, pero falta la pequeña cama donde dormía yo.

Supongo que mis abuelos han pensado que me gustaría disfrutar de mi propia habitación, y lo agradezco, porque ahora mismo prefiero no tener que hablar mucho con mi padre.

Lo que no quita que la pena me apriete el estómago porque ya no volveremos a dormir los tres aquí, ni me meteré en su cama en mitad de la noche porque el viento silba o las ramas del árbol dan en la ventana.

La última vez que dormimos en esta habitación fue después del entierro de mi madre, cuando tenía once años.

Recuerdo acurrucarme contra mi padre y llorar hasta dormirme del agotamiento mientras notaba cómo él también temblaba, aunque sin emitir ningún sonido.

Creo que ese fue el día en el que se me acabaron las lágrimas.

—Tienes mantas en el armario —le dice mi abuela a mi padre al acercarse hacia nosotros, que estamos plantados en la entrada como si el frío nos hubiera congelado—. Y hemos despejado un poco el armarito del baño para que pongáis lo que necesitéis.

Mi padre asiente y entra en la estancia con el semblante un poco perdido, como si estuviera navegando entre los recuerdos más que ver lo que hay frente a sus ojos en estos momentos. Puede que esto le haga darse cuenta de lo mala que ha sido la idea de venir.

—¿Vamos arriba? —me pregunta mi abuela pasándome un brazo por la cintura y apretándome contra ella solo unos segundos, como si quisiera darme fuerzas.

Asiento y empiezo a subir el segundo tramo de escaleras hacia el altillo. Para mí, esa habitación siempre ha tenido imagen de desván, aunque sé que, hace años, era la habitación de mi madre, y ella siempre la llamaba así por muchos trastos viejos y polvo que acumulara.

La puerta chirría un poco al abrirla. Me choca ver el espacio tan despejado y me da la sensación de que es más pequeño de lo que recordaba.

Hace años lo veía como un laberinto donde cada esquina escondía un tesoro que descubrir.

Ahora solo es una habitación iluminada por la tenue luz que entra de la calle a través de la ventana del tejado inclinado.

Mi abuela enciende la lámpara que cuelga del techo e inunda todo con su resplandor cálido.

La cama está en el centro de la pared, bajo la ventana, cubierta por la colcha de patchwork navideña que cosió mi madre con los retales de tela que yo elegí, y con la que dormía de pequeña.

A la izquierda, hay un pequeño escritorio, una silla y un armario de doble puerta junto a ellos.

Y a la derecha, un radiador blanco que va a ser mi mejor amigo durante estos días.

—Por aquí debe de haber algo que te pueda servir —dice mi abuela, acercándose a las cajas que están amontonadas detrás de la puerta, algunas en un equilibrio precario.

Mueve una y, aunque hace intención de ir a abrirla, al final no lo hace, solo les da unos golpecitos señalándomelas.

—Tómate todo el tiempo que necesites. Cuando estés lista, iremos a cenar —me dice con la mirada empañada.

Alza los dos brazos como si me fuera a dar un abrazo, pero duda un segundo, recordando que los abrazos no son algo que me entusiasme, y me da un pequeño apretón en el brazo antes de salir, dejando la puerta entreabierta.

Miro alrededor, sintiendo un peso en todo el cuerpo que me impide moverme durante unos segundos, hasta que decido empezar por lo fácil. Tumbo la maleta de mano en el suelo y coloco las cuatro prendas que han sobrevivido al viaje en el armario.

Cuando termino, la imagen que me devuelve el interior del mueble es tan triste que hago una foto y se la mando a Isla para ilustrar lo mal que han empezado estas vacaciones.

Mi amiga me responde al instante, maldiciendo a las compañías aéreas y preguntándome si hay algún centro comercial cerca. Pregunto como respuesta:

¿Hay centros comerciales en los pueblos de las películas de Hallmark?

Obviamente no porque ningún vecino permitiría nunca que eso ocurriera.

Miro las cajas que ha movido mi abuela en las que está escrito el nombre de mi madre con rotulador negro: «Ophelia».

No puedo lidiar con esto. Ahora no. No he abierto las cajas que tenemos en casa con un aspecto similar desde que mi padre las guardó y enfrentarme a estas no va a ser más fácil.

Aunque lo que encuentre aquí sea de antes de que yo naciera, me va a remover más recuerdos aún de lo que ya lo está haciendo la casa entera.

Saco de la mochila el pequeño neceser y los libros de Matemáticas y Física, y los dejo en el escritorio de roble que debió de ser de mi madre por el estado de deterioro en el que se encuentra.

Incluso identifico algunas marcas, como si alguien se hubiera entretenido rascando la madera para dibujar una margarita.

He intentado estudiar en el avión, pero concentrarme era imposible.

Mi padre, sentado junto a mí, trabajaba en su portátil, revisando hojas de cálculo con números y más números, una tarea que me parece tan aburrida que no sé cómo es capaz de hacerla sin dormirse.

Mientras yo no dejaba de darle vueltas a eso que aún no le he contado, a lo que me ha hecho traerme los libros del instituto para intentar avanzar temario antes de la vuelta de vacaciones.

Cada día que pasa me cuesta más decírselo.

No me apetece bajar y enfrentarme a mi familia, y ese sentimiento de nostalgia que parece impregnar cada bocanada de aire que damos. Ni salir a la calle llena de luces y adornos, ni cruzarme con gente que se acuerda de mí, pero que ya no me conoce.

Respiro hondo y vuelvo a mirar la conversación con Isla, donde me encuentro una foto de un bolso ámbar con detalles brillantes, perfecto para el vestido que llevará en el baile.

Le aseguro que es precioso mientras me lamento en silencio por no haber podido ir con ella a comprarlo, ni elegir el mío del mismo estilo, pero en granate.

Le mando un último mensaje para que venga a rescatarme si no doy señales de vida en tres horas y hago de tripas corazón para bajar al salón, donde me esperan mi padre y mis abuelos.

Observo los muebles caoba que contrastan con las paredes claras.

Los mismos de siempre: la misma televisión, el mismo reloj de péndulo junto a la ventana, las mismas cortinas a rayas a juego con el sofá y las mismas fotos sobre la repisa de la chimenea de piedra gris de la esquina.

Esa que ahora está apagada, aunque su olor aún llena la estancia.

—¿Has echado en falta algo? —pregunta mi abuela levantándose del sillón donde mi madre solía sentarse a leer.

Echo en falta mi maleta con toda mi ropa de abrigo, pero eso no puede solucionarlo mi abuela.

—No he mirado mucho, ya lo haré más tarde —respondo.

Mi padre me da un suave apretón en el brazo, como si entendiera lo que escondo bajo ese tono de indiferencia, pero sigo demasiado enfadada con él como para agradecer el gesto.

—Esto…, vale… Ya nos podemos ir, entonces —dice con una leve sonrisa mi abuelo, que se ha puesto algo de más abrigo y viste un jersey marrón con cenefas blancas.

No puedo quitarme de encima la sensación de que todos nos movemos de puntillas, con temor a decir o hacer algo que pueda molestar a los demás.

Y a la vez tratamos de ignorar lo extraño que es estar aquí todos juntos sin mamá, sin la persona que tiraba de nosotros, que nos sacaba de casa, aunque se nos fueran a congelar las pestañas, y que conseguía que cada Navidad fuera única.

Como aquel año que quiso organizar un concurso de desenredar guirnaldas de luces y todos los vecinos se lo agradecieron porque así les dio menos pereza la laboriosa tarea.

Creía tanto en cada plan que se le ocurría que era imposible no acompañarla hasta el fin del mundo.

Cuando era pequeña no me daba cuenta, porque era mi madre y para mí era la mejor siempre, hiciera lo que hiciese, pero ahora soy consciente de que no he conocido a nadie en quien las personas de su alrededor confíen tan ciegamente.

Esta Navidad será única, aunque de una forma completamente distinta.

Cuando salimos a la calle siento que hace aún más frío que antes, si es que eso es posible. ¿No podíamos habernos quedado a cenar en casa, calentitos?

—Le dije a Rosalind que no pusiera las coronas esas —protesta mi abuelo señalando el vómito de elfo de las farolas—, pero ¿me hizo caso? No. ¿Y ahora qué ha pasado? Que las van a tener que tirar. Que sí, muy bonitas, muy naturales, pero aquí llueve y nieva… ¡muchísimo!

Escondo una sonrisa detrás de la bufanda. Está claro que un alcalde no deja de preocuparse por su pueblo, aunque se jubile.

—Henry, ya no es cosa tuya —dice mi abuela con cariño, entrelazando un brazo con el suyo—. Tú también te equivocaste muchas veces.