Todos los te quiero que escribimos en la nieve
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Capítulo 1
Si un elfo mareado después de probar la nueva noria de Santa Claus hubiera vomitado, el resultado sería algo similar a lo que decora todas las farolas de la calle principal de White Falls.
Desde el otro lado de la ventanilla del coche de mi abuela observo los amasijos verdes y rojos que, en algún momento antes de la ligera nevada que acaba de caer, eran coronas navideñas con lazos de terciopelo.
Me pregunto, por millonésima vez, qué narices hago aquí, congelándome en la versión neoyorkina del Polo Norte, en lugar de estar disfrutando del sol templado de mediados de diciembre de la costa oeste.
Mi padre, en el asiento del copiloto delante de mí, culpable de esta situación, charla con mi abuela como si todo esto no fuera más extraño que ver cantar a Mariah Carey en verano.
A diferencia de las coronas, las tiras de luz dorada que cuelgan entre los edificios están en perfecto estado, y da la sensación de que se sujetan los unos a los otros por ese fino hilo.
Un escalofrío hace que me tiemblen los hombros porque, por si eso no fuera suficiente, la mayoría de las casas y los locales de la calle ya están decorados con tantas luces de Navidad que es probable que nos estén viendo desde la Estación Espacial Internacional.
Pese al frío que empaña las ventanas del coche y la fina capa de nieve del suelo, la gente pasea por la calle, se detiene a mirar los escaparates y entra y sale de los comercios invadidos por el espíritu de la Navidad, con sonrisas amplias en los rostros e, incluso, pequeños bailes improvisados.
Le mando a Isla una foto del panorama y el sticker del gato con los puños dentro de los ojos.
Mi amiga está tan cabreada con mi padre como yo por haberme obligado a venir a este pueblo recóndito del estado de Nueva York y, por tanto, perderme el baile de invierno del instituto.
El último que iba a vivir antes de ir a la universidad.
Cuando mi abuela detiene el coche, el alivio se me escapa en forma de suspiro.
No hay ni una señal de decoración navideña en todo el exterior de la casa, ni en la fachada color crema, ni en el jardín delantero, donde solo unos pequeños arbustos sobresalen del césped nevado.
Ni siquiera cuelgan luces del borde del tejado a dos aguas.
—Pues ya estamos —anuncia mi abuela. Como si yo no supiera reconocer la casa donde he pasado tantas navidades de pequeña—. Aún no hemos sacado los adornos porque hemos decidido esperaros para ponerlos todos juntos.
Qué suerte la mía.
—Gracias, Patsy —dice mi padre con una sonrisa amable, pero sé que en el fondo le apetece tanto como a mí acabar cubierto con la purpurina de los adornos.
Aunque no tiene ningún derecho a quejarse.
Ahora mismo yo podría estar planeando con Isla los peinados y vestidos para el baile, y los próximos días los pasaríamos tranquilas en nuestro piso de Los Ángeles, sin ninguna luz de colorines adicional y con una temperatura más agradable que los cero grados que debe de haber en el exterior y que no tengo ningunas ganas de sentir en la piel.
Mi abuela sale del coche y la bocanada de frío que entra por la puerta me golpea en la cara como una bofetada. No soy una persona de invierno: me gusta el sol, el calor y no tener que vestirme con tantas capas que no me dejan ni moverme.
Me pongo el abrigo, la bufanda, los guantes, el gorro y las orejeras, inspiro y abro la puerta a la vez que mi padre.
Horrible. Espantoso. Terrible. Se me congela el cerebro antes de que pueda pensar en más sinónimos. ¿Por qué alguien viviría aquí voluntariamente? ¿O en cualquier lugar del mundo donde la temperatura baje de los nueve grados?
—¡Sofie! —oigo la voz de mi abuelo, que viene a nuestro encuentro con un simple chaleco sobre una camisa de franela sin signo alguno de estar al borde de la hipotermia.
Salgo del coche y me anudo más fuerte la bufanda. Tenía que haberme puesto dos leotardos debajo del pantalón, está claro que con uno no es suficiente. Tampoco basta con las dos camisetas térmicas y el jersey, necesito otro más.
Antes de que pueda dar un paso, los brazos fuertes de mi abuelo me rodean.
Está calentito y por eso permito que me estruje un poco más antes de separarme.
Me doy cuenta de que ya soy tan alta como él, también de que solo le quedan dos pelos en la cabeza, uno menos que la última vez que lo vi, aunque su sonrisa sigue siendo la de siempre, esa que le marca un pequeño abanico de arruguitas junto a las comisuras de la boca.
—Te hemos preparado la habitación de arriba —dice mi abuelo mientras entrelaza su brazo con el mío y camina hacia el maletero, donde mi abuela insiste en cargar con algo y mi padre se niega—. Aún hay algunas cajas, pero las hemos apartado a un lado para que puedas poner tus cosas.
Lo dice mientras mi padre me pasa mi pequeña maleta de mano celeste con pegatinas de fórmulas científicas, la única pertenencia, aparte de mi mochila, que ha sobrevivido al viaje en avión con escala en el que me han perdido el equipaje.
¿Cómo se supone que voy a resistir estas temperaturas hasta fin de año con solo dos jerséis, unos leotardos, unos vaqueros y una camiseta térmica?
Sin duda, quedándome encerrada en mi habitación bajo cinco mantas, lo que me da la excusa perfecta para no relacionarme con nadie y adelantar temario para cuando volvamos a clase después de las vacaciones de invierno.
—La mayoría de las cajas son los adornos de Navidad, así que esas las quitaremos mañana —dice mi abuela caminando hacia la entrada de casa con la bolsa de mano de mi padre—.
Y las demás son cosas de tu madre… — Se gira y me dedica esa mirada cargada de tristeza que me suelen dirigir todos los que conocieron a mi madre—.
Seguro que encuentras algo de ropa que te valga.
White Falls es el pueblo de mi madre, en el que vivió hasta que se fue a la universidad, al que veníamos todas las navidades y algunos veranos hasta hace cinco años.
Un lugar donde todas las personas nos conocen y donde no me apetecía volver porque no quiero que me miren de la misma manera que lo ha hecho mi abuela hace unos segundos: viendo a mi madre en mí y sintiendo tristeza porque ya no está…
, porque mi madre está muerta. A veces desearía no parecerme tanto a ella.
Puede que, de esa forma, no fuera tan doloroso para los demás; si no tuviese su pelo castaño rizado ni sus ojos marrones y esa pequeña peca en la parte derecha de la barbilla.
Si tuviera la forma más angulosa de la cara de mi padre, solo me mirarían tristes porque me tuve que despedir de mi madre demasiado pronto.
White Falls también es uno de esos pueblos que vive intensamente la Navidad. Y, por supuesto, el pack incluye vecinos entrometidos que se conocen de toda la vida y que defenderían el antiguo molino en desuso que hay junto al río con su vida si vinieran a derruirlo para construir un resort.
Mi padre me da un toque en la espalda y me anima a moverme hacia la casa mientras carga con su equipaje.
Camino tras él, maldiciendo la nieve que hace que las ruedas de mi maleta no sirvan para nada y resignada por no poder pasar las fiestas en mi casa de Los Ángeles y que sean los abuelos los que nos visiten, como todos los años.
Esta vez mi padre no ha podido rechazar la invitación que se repite todas las navidades.
Mi abuela va a hacer una fiesta de despedida monumental en fin de año porque se jubila y no ha encontrado nadie a quien traspasarle la pastelería.
Así que aquí estoy, obligada a pasar por el trago de la NAVIDAD y de reencontrarme con personas a las que no veo desde que era niña.
Suspiro de alivio al entrar en la casa. Deben de haber encendido la chimenea hace horas porque el ambiente es cálido y huele a casa de los abuelos.
Me sorprende reconocer ese olor después de tantos años sin venir, pero me resulta inconfundible.
No he pisado ninguna otra casa que tenga esta mezcla de aroma a leña, fuego, dulces y muebles antiguos.
Se me forma un nudo en la garganta que no llega a los ojos —nunca llega a los ojos—, porque cuando abrazaba a mi madre olía así, como si pasar toda su infancia aquí hubiera impregnado su piel con esa mezcla para siempre.
Piso la alfombra de estilo persa en tonos granates en la que, si me fijo, aún puedo percibir la sombra de la mancha que mi padre intentó quitar cuando, a los siete años, se me cayó el chocolate caliente al ir corriendo y tropezarme con un juguete que me había dejado allí tirado.
Levanto la vista hacia el arco que da al salón, donde sigue el mismo sillón a rayas en tonos marrones al que me dirigía ese día, donde mi madre me esperaba para ver la primera película de Navidad de la temporada.
También sigue ahí, sobre la mesa de centro acristalada, la radio de madera que nos acompañaba a mi madre, a mi abuela y a mí cuando nos poníamos a cantar y bailar canciones navideñas por todo el salón, y desde la que, como entonces, oigo la voz de Brenda Lee cantando «Rockin’ Around the Christmas Tree».
Me concentro en quitarme los guantes y el gorro para intentar ignorar los sentimientos de tristeza y nostalgia que se me empiezan a acumular en el pecho.
—Hoy cenaremos en la cafetería de Tyler —dice mi abuela mientras cuelga su abrigo de flores de colores en el perchero de la entrada y me hace un gesto para que le dé el mío—. ¿Cuánto hace que no os veis? ¿Dos años?
Me quito el resto de las prendas de abrigo, se las voy pasando y las guarda en el pequeño armario de la entrada. Observo su pelo rizado, mucho más corto que el mío y en el que aún se ve algún mechón marrón entre el cabello plateado.
—Sí —responde mi padre quitándose los guantes—, desde las navidades que vino a Los Ángeles con vosotros.