42 | TODOS LOS ATARDECERES
Luca
Empujo la puerta con el pie y entro en la habitación, dando pasos firmes y decididos hacia mi objetivo.
Todo está en silencio y, mientras me acerco hacia ella, me pregunto si será capaz de oír mi respiración acelerada y los latidos desbocados de mi corazón en medio de esta aparente calma que inunda la sala.
Trago saliva y entrecierro los ojos cuando la miro fijamente, esperando algún tipo de sorpresa en su rostro. Pero el que acaba sorprendido soy yo cuando veo que sujeta una pistola con una de sus manos.
Mi arma pesa como si sujetara una maldita roca y siento una punzada en el corazón cuando veo lágrimas recorrer el rostro de Gia. Aun así, intento no mostrar que mis dedos están temblorosos. La miro a los ojos fijamente, ignorando que ella también me está apuntándome con su pistola.
—No solo me clavas un puñal en la espalda con tu traición sino que, ¿ahora también vas a apuntarme directo al corazón? —pregunto fingiendo una tranquilidad que ahora mismo no siento. Pero me niego a volver a mostrarme débil ante ella.
—No quise mentirte —dice casi en un susurro.
—¿Y tampoco quieres matarme? —pregunto alzando cada vez más la voz—. ¿Por eso me estás apuntando con una maldita pistola?
—No quiero hacerlo… Yo… Te quiero.
Cierro los ojos con fuerza. Sus palabras duelen como una estocada en el corazón y siento que no me llega el oxígeno suficiente como para seguir respirando.
—La tarde en que Chanel se cayó del árbol y vi tu vulnerabilidad.
.. —Empiezo a dar pasos lentos hacia su dirección, pero ninguno de los dos baja el arma—.
La primera vez que cenamos junto a mis amigos y pude ver lo divertida y carismática que eres.
El momento en que te enseñé mi lugar especial y pasó de ser algo mío a ser nuestro.
La tarde en la que pude ver la ciudad de Cortona brillar a través de tu mirada ilusionada.
Lo trabajadora que fuiste en el aniversario de los nonnos y lo bien que trataste a cada uno de los invitados, aún sin conocerlos de nada.
Doy un par de pasos más.
—El día que compartimos confesiones y le abrimos el corazón al otro.
O cuando dejamos la estupidez atrás y empezamos a coquetear sin darnos cuenta.
—Trago saliva con dificultad—. La noche en la que Milán te trajo flores, sin saber que tus favoritas son los girasoles.
—Doy un último paso hasta quedar frente a ella, a escasos centímetros de distancia.
La mano con la que sujeta la pistola que le han entregado, cada vez tiembla más, mientras que yo sujeto mi arma con firmeza.
En estos momentos, soy Kerem, y no puedo permitirme sentir y mucho menos fallar—.
Nuestra pequeña escapada, en la que nos llenamos de besos y caricias.
Cuando bailamos abrazados en medio de la calle bajo el cielo púrpura de Perugia.
Esta misma tarde, perdidos en medio de la carretera, tirados en la parte de atrás de tu camioneta y disfrutando del paisaje dorado que había a nuestro alrededor.
—¿Qué es todo eso? —pregunta con la voz temblorosa y los ojos llenos de lágrimas.
—Son todos los atardeceres en los que me enamoré de ti.
—Luca, yo…
—Setenta y seis días, Gia —la interrumpo—. Me bastaron setenta y seis atardeceres para amarte y solo una noche para odiarte.
Ninguno de los dos dice nada más, aunque tampoco bajamos las armas. Todo está en silencio, hasta que el eco de un disparo resuena por toda la sala calcinada, acabando con todo lo que hasta ahora habíamos formado.