41 | UNA DECISIÓN
Gia
La primera bocanada de aire que entra en mis pulmones después de haber perdido el conocimiento sabe a humo y a madera quemada. Siento la garganta y los ojos ardiendo y la visión de lo que queda de las llamas me llega de forma borrosa.
Intento moverme dando un par de patadas al aire, pero no puedo, me es imposible. Estoy atada de pies y manos como en mis pesadillas.
Veo a la nonna y siento una pizca de alivio en el pecho.
—¡Marietta! —la llamo—. ¿Qué ha pasado? ¿Dónde están todos? ¿Puedes soltarme?
—No te preocupes, cielo, ya estoy aquí. —Me sonríe con su dulzura de siempre y por unos instantes, tranquiliza las lágrimas que corren sin cesar por mi rostro.
—¿Qué ha pasado? —Pregunto cuando se para detrás de mí y toca la cuerda con la que están atadas mis muñecas.
—Alguien ha quemado la villa. —Echa un vistazo a nuestro alrededor—. Esto es todo lo que queda de tantos años de duro trabajo.
Todo está calcinado. No queda ni un atisbo de la villa elegante que un día fue, la misma que parecía un castillo medieval, a la que los nonnos le dedicaron tantas horas y tanto esfuerzo para que saliera adelante, con la que dieron a comer a decenas de empleados y a miles de turistas que disfrutaron de las vistas de toda la ciudad desde su estancia aquí.
—¿Dónde está Luca? —pregunto nerviosa—. ¿Y el nonno ?
—Tranquila, están bien —me asegura.
Cuando siento que por fin va a desatar mis muñecas, aprieta el nudo con mucha más fuerza, haciéndome soltar un pequeño grito por culpa de la fricción de la cuerda sobre mi piel.
Trato de girarme para buscar su mirada.
—¿Qué haces Marietta?
—Cállate, pezzo di scoria —escupe con furia—. Quédate bien calladita si no quieres que esto sea peor para ti.
—¿Marietta? —Su mirada dulce ahora se ha oscurecido tanto que siento un pequeño escalofrío cuando clava sus ojos en los míos—.
¿Se puede saber qué haces? ¡Suéltame! —Me muevo pataleando, intentando desatar mis manos y lograr escapar de este agarre—.
¡Micaelo! ¡Luca! —grito con tanta fuerza que siento mis cuerdas vocales desgarrarse.
—Volvemos al principio, benim prensesim. —La voz de Can me produce escalofríos—. ¿Necesitas mi ayuda? —Alza una ceja, como si todo esto le resultara divertido.
—¿Qué quieres, Can? —espeto con rabia—. Suéltame ahora mismo.
—Recuperar lo que es mío y salvar a mi familia.
—Ya te he dicho que no tengo ningún pendrive —repito por tercera o cuarta vez ya.
—Y yo que el maldito pendrive me importa lo más mínimo —escupe con desdén—. He venido a por ti y no pienso irme de aquí si no es contigo.
—No te pertenezco.
—Eso díselo a nuestras familias, no a mí.
—Marietta, tú…
—Yo estoy deseando verte sufrir.
Mis ojos se abren de par en par ante su confesión.
—¿Eres tú la persona que estaba detrás de todas las amenazas?
—Te dije que nadie es quien dice ser y no me hiciste caso, ragazza .
—No… No lo entiendo, ¿qué sabes sobre mí?
Marietta y Can se miran y, solo con eso, parecen entenderse.
—Aunque mi marido intentó mantenerme al margen —comienza a decir—, lo sé todo sobre ti desde el principio. Conozco a tu familia desde mucho antes de que tú nacieras, niña.
—¿Quién eres en realidad?
—A partir de hoy, tu peor pesadilla.
Trago saliva y niego con la cabeza, sintiendo mis ojos empezar a aguarse. Esto no puede estar pasando realmente, tiene que ser una pesadilla.
—¿Por qué? —exijo saber—. ¿Qué he hecho yo?
—Existir. ¡No deberías haber nacido! —grita con rabia.
La miro sin entender nada, pero con los ojos llenos de lágrimas, mientras intento hacer fricción con mis muñecas para soltar la cuerda con la que están atadas, intentando que ninguno de los dos se dé cuenta.
—Tu madre me quitó lo que más he querido y he deseado durante toda mi vida.
—¿El qué?
—El amor de Micaelo.
—No entiendo nada... Micaelo te ama profundamente. ¿Qué pinta mi madre en todo esto? ¿Por qué me odias?
—Es cierto que es más tonta de lo que pensábamos —le dice a Can antes de volver a mirarme con los ojos cargados de oscuridad—.
Tu madre fue el primer amor de Micaelo. Y por muchos años que hemos pasado juntos y por mucho amor que me ha demostrado en todo este tiempo, jamás he conseguido acercarme ni un poco a lo que sintió por Ayla ni a lo que ella le dio.
—¿Micaelo y mi madre? —Niego con la cabeza—. Eso es imposible, el único hombre con el que estuvo ella fue mi padre.
—Eso es lo que él te hizo creer, más que nada para autoconvencerse a sí mismo de otra realidad; una muy diferente a lo que pasó.
—¿Qué? —pregunto insólita.
—Micaelo es tu verdadero padre —sisea, con los ojos llenos de una rabia que jamás pensé que podría encontrar en su mirada—.
Ayla le dio lo que más deseaba: un descendiente, el fruto de su amor.
Burak los separó de forma cruel —continúa contando —.
Micaelo prefirió tener poder a criarte, por eso nos casamos.
Y Burak te ha convertido en su rehén, aunque él prefiere decir que has sido lo único que le quedó de su querido y obsesivo amor por Ayla, y que te ha cuidado todos estos años, cuando realmente ha estado siguiendo las órdenes del Sultán , que nunca había querido que murieras. .. Hasta ahora.
—Estás mintiendo —la acuso entre lágrimas, sintiendo mi corazón hacerse pedazos.
—Burak fue quien dio el chivatazo de tu localización —me repite Can y, maldita sea, sé que me está diciendo la verdad, pero no puede ser posible. Tiene que haber una explicación lógica en todo esto—. El Sultán ha hablado, y quiere una vida. —Carraspea—. Una vida, a cambio de otra.
—Por favor, déjame ir.
—El Sultán ha sido claro: una vida, a cambio de otra vida —repite mi exprometido.
—¿En serio? —protesto, tirando con fuerza de las cuerdas—. ¿Y no vas a hacer nada para ayudarme?
—Claro que sí —afirma—. Te dije que había venido a salvarte. Nos casaremos y así salvaré tu vida y la de nuestras familias.
—¿Y cuál es la otra vida que hay que entregar?
—La de Luca.
—El Sultán lo ha decidido: uno de los dos debe morir —murmura Can.
Lanza un trozo de papel sobre la mesa de madera que hay junto a mí y no tardo demasiado en leer el mensaje que hay escrito sobre él, con una letra pulcra y perfectamente cuidada.
Una vida a cambio de otra.
Mata a Luca.