40 | FUEGO
Luca
Un olor denso y amargo empieza a llenar el aire. Al principio parece una leve sombra negra, casi imperceptible, pero en cuestión de segundos el humo espeso se extiende y todo se empieza a llenar de un olor a madera quemada inconfundible.
Entonces, estalla el caos.
—¡Fuego! —gritan desde el interior de una de las habitaciones.
Se escuchan sillas caer de forma estruendosa, vasos y platos de cristal romperse en mil pedazos y enseguida comienzan a salir decenas de huéspedes que hasta ahora disfrutaban de una cena en el restaurante y otros muchos de sus habitaciones. Gritos y llantos. Pasos rápidos y apresurados.
La alarma de incendio irrumpe con un sonido estridente que me atraviesa los oídos. Todo se llena de un humo cada vez más oscuro y espeso. El olor tan fuerte llega a mis pulmones y tengo que cubrirme la boca y toser mientras observo mi alrededor, preocupado, en busca de los míos y de una respuesta.
Necesito ir a por Gia.
El calor aumenta con rapidez mientras las llamas trepan por las paredes, y el eco de los gritos y súplicas cada vez es más lejano. Me da un vuelco al corazón cuando escucho un disparo a lo lejos.
Micaelo aparece tosiendo segundos después, cuando ya apenas quedan huéspedes y cada vez hay más humo. Deberíamos salir, pero no sé qué me está pasando; toso con fuerza cuando el aire contaminado llena mis pulmones.
Mi mirada vuelve a cruzarse con la de Micaelo durante un segundo, antes de ver a unos hombres vestidos de negro cargando unas pistolas.
No dice nada, pero sus ojos, me lo dicen todo: estamos en peligro.
—Tú —le dice uno de los hombres al n onno, gesticulando con la cabeza—. Y tú —se dirige a mí—. Los dos fuera. Ya.
—¿Qué está pasando, Micaelo? ¿Qué es todo esto?
—¡Una emboscada! Saca tu arma, hijo. Es hora de pelear —pronuncia antes de sacar su pistola, la misma que llevaba escondida todo este tiempo en la cintura de los pantalones, cubierta con la tela de su camisa.
—Viejo, vete de aquí ya si no quieres salir tú también volando por los aires. —Uno de los hombres agarra a Micaelo del cuello y lo pega a su cuerpo, quedando su espalda pegada al pecho del hombre, mientras lo apunta con la pistola en la sien.
—Amigo, suelta el arma antes de que tengas que arrepentirte —murmuro dando algunos pasos hacia el hombre.
—He dicho que salgáis. O por las buenas… —sonríe de forma maliciosa—, o por las malas.
—No sé qué pretendes hacer, pero no voy a irme de aquí sin Gia y sin la nonna — sentencio sin dudar—. Déjame ir a buscarlas y a asegurarme de que están a salvo, y luego hablemos las cosas con tranquilidad.
—¿Por casualidad estás buscando a la chillona de piernas bonitas y a la abuela? —interviene otro de los hombres.
Cierro los puños y los aprieto con fuerza, intentando localizar la máxima rabia posible en este gesto.
—Luca. —La voz de Micaelo suena como un eco firme en la sala antes de volver a toser con fuerza—. Haz lo que te dice y vámonos de aquí, solo así podremos salvarlas.
—Oh… il tuo amore … —pronuncia de forma burlona el hombre que está apuntando la sien de Micaelo—. No te preocupes, las cuidaremos.
Micaelo echa hacia atrás su cabeza en un rápido movimiento, golpeando la nariz del tipo que lo sujeta y haciéndolo retroceder un par de pasos por culpa del impacto, logrando así escapar de su agarre.
—¡Luca! Haz algo, ya. —El nonno apunta con su pistola a uno de los hombres que hay detrás de mí, y sé que está esperando que yo también actúe, que logre salvarnos a todos.
Pero prometí no volver a usar un arma.
Prometí jamás matar a nadie de nuevo.
Prometí no convertirme en uno de ellos.
Prometí no volver a ser parte de la mafia.
Pero todo esto lo prometió el Luca indefenso que huyó de su destino.
Y hoy… Hoy no puedo permitirme ser Luca.
Hoy debo ser de nuevo Kerem.
Respiro hondo y saco mi pistola para justo después apuntar al hombre que tengo frente a mí.
—Espera, no empieces a jugar tan rápido —me dice con una sonrisa vacilante, acercándose un par de pasos a mí—. Primero lee esta nota. —Alzo una ceja—. Son órdenes del Sultán para ti.
—¿Para mí?
Mi mirada se dirige a Micaelo que, sin soltar el arma que sujeta en su mano asiente con la cabeza, gesto más que suficiente para indicarme que lea la nota.
Abro con rapidez el sobre y, mientras intento que no se note que por dentro todo mi cuerpo está temblando, saco el papel de su interior, encontrándome con una letra pulcra y un mensaje escrito en mi idioma materno, el turco.
Gia mató a tu padre y ahora tú eres su heredero.
Si no quieres perder a tu madre en la guerra que se avecina, debes regresar a Turquía.
Pero, primero, quiero demostrar tu lealtad: exijo una vida a cambio de otra.
Mata a Gia.