39 | JAMÁS TE MENTIRÍA
Gia
Siento que el corazón me da un vuelco cuando me agarran por el codo y frenan mis pasos, que hasta ahora eran rápidos y decididos en un intento por huir hacia alguna parte y escapar de mi peor pesadilla.
—¡Gia! —La voz de Luca me acelera aún más las pulsaciones—. ¿Estás bien? —pregunta cuando estamos frente a frente.
Veo que detrás de él se encuentra Can, mi exprometido, y siento terror con tan solo pensar en que le haya podido contar quién soy y lo que hice antes de escapar. Tengo miedo, porque ahora que me ha encontrado, no parará hasta llevarme de vuelta y hacerme pagar por lo que hice.
Sus ojos no me miran con la ilusión y el brillo de antes; ahora se han oscurecido y me escrutan con atención, llenos de rabia y un atisbo de odio que me pone los pelos de punta.
Lo veo y pienso que es un monstruo que había estado enmascarado todo este tiempo; alguien que, en lugar de estar muerto como pensaba, ha resurgido de sus cenizas y ha venido a vengarse por mis malas acciones. Can no dejaría pasar algo como esto.
Su mirada fría me recuerda a la de su padre cuando le disparé.
Siento una presión en el pecho y un nudo en la garganta tan fuerte que, creo que en cualquier momento, voy a vomitar.
—¿Estás bien? ¿Qué te pasa? —Los ojos preocupados de Luca atraen mi atención, haciéndome apartar la vista del chico que me fulmina tras él.
Can sigue observándome fijamente y yo no soy capaz de articular palabra, aunque lo intento.
—Yo…
—No tengas miedo —dice antes de envolverme en un abrazo. Su calidez me reconforta levemente, aunque sigo temblando entre sus brazos.
Mis ojos se encuentran con los de Can y, aunque los míos luchan por contener unas lágrimas que amenazan con salir y nublar mi visión, niego con la cabeza y le pido en silencio, con una simple mirada, que no diga nada, aunque sea durante un poco más de tiempo.
—Tranquila —sigue diciendo Luca, acariciándome la espalda con suavidad—. Es solo mi hermano.
El aire se vuelve denso, como si cada partícula fuese capaz de asfixiarme por completo. Su hermano . No puede ser. Es imposible.
La sangre resuena en mis oídos como un tambor, las piernas me tiemblan y, aunque abro y cierro la boca un par de veces, no soy capaz de articular palabra alguna.
Una parte de mí quiere salir corriendo, huir como he hecho hasta ahora; pero la otra está completamente congelada, atrapada entre los recuerdos y el terror de no solo ser atrapada, sino también de perder la confianza del hombre del que me he enamorado.
Luca se separa de mí cuando Can se aproxima, y entonces, al verlos tan cerca el uno del otro, siento un pinchazo en el pecho y me pregunto cómo no he podido darme cuenta antes, si son tan parecidos.
Los mismos ojos oscuros, el mismo gesto serio, la mandíbula casi siempre tensa y firme. La barba embelleciendo unos rostros que son bastante similares.
Siento un escalofrío subir de forma lenta por mi espalda, como la punta de un cuchillo afilado que me marca lentamente.
Mi cuerpo quiere retroceder, pero mis pies están clavados en el suelo.
No puedo pensar con claridad, todo me da vueltas.
Can y Luca son hermanos.
Luca es el hijo que Emre exilió hace tantos años, el mismo que para él decía estar muerto.
Así que él también me ha mentido: es hijo de uno de los mayores capos de Turquía.
Guarda secretos que no es capaz de decir en voz alta, como yo.
Su hermano era mi prometido, la persona con la que debía casarme si quería contribuir a un acto de paz entre familias, y más aún después de cómo los traicionó mi padre.
No solo he fallado a mi familia al cancelar esta alianza, sino que, además, me he convertido en una traidora junto con mi padre, y eso no sé si tiene perdón entre personas tan peligrosas como lo son las que nos rodean.
Su padre intentó matar al mío y me torturó durante días. Hasta que lo maté.
He provocado una enemistad entre bandos y ahora sé que jamás podré ser feliz ni estar con Luca.
Porque las personas como nosotros le pertenecemos a nuestra familia y a nuestro pasado.
Porque en cuanto sepa quién soy y lo que hice, él también me declarará la guerra.
Porque, aunque me duela, a partir de hoy Luca y yo somos enemigos.
—¿Estás bien? —Acuna mis mejillas y las siento arder ante su roce.
Cuando las yemas de sus dedos limpian las gotas saladas que caen por mi rostro, es cuando me doy cuenta de que, en algún momento, he roto a llorar.
—Tengo que hablar contigo, Luca. —Mi voz suena ronca y casi en un susurro, apenas audible. Sus ojos me escrutan, cargados de preocupación.
—¿Qué pasa? —susurra.
—Hola. —La voz de Can me pone los pelos de punta y hace que me sobresalte.
Luca lo mira de reojo antes de clavarme sus pupilas de nuevo, como si me estuviera observando desde dentro. Siento que sus ojos son capaces de ir más allá, de leer entre líneas y de escuchar cada cosa que no soy capaz de decir.
—Tengo que hablar contigo. Por favor —le ruego, agarrándolo con fuerza de las manos.
Vuelvo a enviarle un mensaje con la mirada a Can, rogándole que se quede callado, que no me descubra ante su hermano. Al menos, no todavía.
—Soy Can, el hermano de Luca —se presenta con un perfecto acento italiano, aunque le conozca a la perfección desde hace tantos años.
La única diferencia es que en su mirada ya no hay ni un atisbo del amor que un día me prometió, sino que está llena del rencor que yo misma le he provocado con mi traición.
Me extiende la mano en forma de saludo y, aunque al principio dudo, acabo acercando temblorosa la mía, que no tarda en apretar con fuerza sin apartar su mirada oscura de mi rostro, provocándome un escalofrío por todo el cuerpo.
Siento que me ahogo.
Cierro los ojos y puedo sentir las manos de su padre por mi cuello, intentando ahogarme.
No puedo respirar.
Necesito salir de aquí.
—Eh. —Luca me agarra por el mentón y levanta mi cabeza ligeramente—. ¿Estás bien, piratilla?
La forma en la que me habla y me mira, tan lleno de cariño, me escuece y desgarra en lo más profundo de mi ser.
—Estoy un poco mareada —confieso.
—No tienes buen aspecto. Parece que hayas visto un fantasma —musita Can, que no deja de observarme, lo cual hace que me ponga aún más nerviosa.
Luca no tarda demasiado en fulminarlo con la mirada.
—Iré a por un poco de agua fría —me informa—. Can, ¿puedes acompañarla a la habitación? Es esa de ahí. —La señala con la mirada. Yo siento que me fallan las piernas. Quiero gritar, pero no me sale la voz, así que sigo en silencio.
Se me nubla la vista por culpa de las lágrimas mientras Can me lleva a la habitación, con una tranquilidad que me pone los vellos de punta.
Voy a morir.
Y voy a hacerlo antes de poder confesarle a Luca que no soy una traidora y que estoy enamorada de él.
Can me acorrala contra la puerta de la habitación una vez que estamos dentro y me agarra del brazo con tanta fuerza que suelto un pequeño grito de dolor.
—Suéltame. ¡Me haces daño!
—Así que aquí es donde has estado todo este tiempo, pequeña traidora…
—No me llames así —replico con rabia.
—Traicionasteis a mi padre. Y a mí, Jade, ¡a mí también! —dice, alzando la voz.
—No me llames así. Y no grites, por favor —le pido, tratando de mantener la calma.
—No estás en condiciones de pedirme ningún favor.
Veo que no queda ni una pizca de la mujer de la que me enamoré hace años.
—Me mira de arriba a abajo con desdén, ejerciendo cada vez menos fuerza contra mi brazo, pero, aun así, haciéndome daño—.
¿Y se puede saber de qué vas vestida? Pareces una campesina.
—Suéltame —pronuncio de nuevo, aunque mi voz sale mucho más rota de lo que me gustaría.
—¿Sabe tu querido Luca que eres la prometida de su hermanito? —Se acerca a mí de forma peligrosa y, aunque intento zafarme de su agarre, me es imposible; es mucho más fuerte que yo.
—Tú y yo ya no estamos prometidos —le recuerdo.
—Eso es lo que querías conseguir al matarme, ¿verdad? —inquiere, alzando las cejas—. ¡Pues mírame! Estoy vivo, y he venido a por lo que es mío.
—Suéltame primero y hablemos. Por favor, Can.
Se aparta de mí y da un par de pasos inquietos, soltando insultos en turco mientras se revuelve el pelo con las manos.
—Sé que estáis buscando un pendrive que mi padre os robó. —Mis palabras captan por completo su atención—. Pero no lo tengo. —Suelta un gruñido y vuelve a acercarse a mí de nuevo. La vena que sobresale de su frente cada vez se ve más marcada, como si estuviera a punto de estallar.
—¿Crees que soy imbécil? —Entorna los párpados—. ¿Que siempre podrás hacer conmigo lo que quieras y engañarme una y otra vez? ¡Porque no será así!
—No quería verme involucrada en ninguno de vuestros asuntos nunca más —confieso, negando con la cabeza—. Tenía miedo y solo quería empezar de cero. Mi padre me dijo que él se encargaría de que aquí estuviese protegida y que nunca me encontraríais.
—¡Pues te mintió a ti también! —ruge, enfadado—. ¡Te entregó al enemigo! ¿No lo entiendes todavía?
—¿Qué estás diciendo? —Doy un paso atrás, confundida.
—Ha sido tu padre quien ha revelado tu localización, Jade —asegura.
—¿Qué? —Frunzo el ceño—. Eso es imposible. Él jamás haría eso, él…
—¡Deja de confiar ciegamente en ese hombre!
—grita, dando un golpe en la pared—. Tu padre solo se quiere a sí mismo y ansía cada vez más poder.
Le ha dicho que fuiste tú quien nos disparó a mi padre y a mí, y que lo hiciste porque eres una rebelde, un caso perdido, y también que no querías casarte conmigo, lo que rompería la alianza de nuestras familias. Y ya sabes lo que supondría todo eso.
—Mi padre jamás haría algo así —murmuro de nuevo.
—Mírame. —Me agarra la cara con ambas manos—. Sabes que jamás te mentiría.
Se me escapa una lágrima rebelde que no tarda demasiado en recorrer mi mejilla.
Él la limpia con suavidad con las yemas de sus ásperos dedos, como tantas otras veces lo ha hecho a lo largo de los años.
Cierro los ojos con fuerza y niego con la cabeza.
Esto es imposible. Debe ser una de las muchas pesadillas que tengo cada noche, porque esto no puede estar pasando justo ahora.
—Mírame a los ojos y dime si ves en ellos que te miento —sigue diciendo.
Lo peor de todo es que en su mirada veo rencor, rabia contenida y mucho dolor, pero ni una sola pizca de la mentira que tanto deseo que esté pronunciando.
—Mírame tú a mí también —le suplico—. No tengo el pendrive que mi padre me dio. Lo tiré en medio de la nada mientras íbamos en el coche, de camino al aeropuerto. No te mentiría con algo así y mucho menos mirándote a los ojos.
—No sería la primera vez que me mintieses mirándome a los ojos —pronuncia con desdén.
—Lo siento. Yo no quería que las cosas sucedieran así.
—Todavía tenemos una oportunidad —dice, asintiendo levemente—. He venido para sacarte de aquí, Jade.
—Ya no soy Jade, Can —le recuerdo, suspirando con pesadez—. Y tú y yo ya no estamos prometidos, tienes que entender eso.
—Entiende tú todo lo que va a suponer en nuestras familias que tú y yo no nos casemos —insiste, mirándome con seriedad—. Estás empezando una guerra que no estás preparada para luchar.
—No pienso volver.
—Lo harás a la fuerza, de una forma o de otra —sentencia con firmeza—. Y tú lo sabes. Te han encontrado y lo peor de todo es que si rompes la alianza, te entregarán al Sultán .
—No, eso es imposible —acabo diciendo entre lágrimas.
—Puedo ayudarte —asegura, con los ojos oscuros llenos de brillo—. Sabes que no voy a dejarte en manos de nadie que pueda hacerte daño.
—¡No tengo el maldito pendrive ! Puedes dejarme en paz e ir a buscarlo a otro sitio.
—¡No me importa! —ruge de vuelta—. ¡No he venido a por el pendrive , sino a por ti!
Cierro los ojos y limpio con fuerza las gotas que han mojado mis mejillas.
—No puedo volver.
—Debes hacerlo si no quieres que tus manos se manchen de más sangre, Jade.
—Se pasa las manos por el pelo, desesperado—.
La única forma de parar esta guerra antes de que comience, es casándote con el hijo del enemigo de tu padre.
Tendrás que casarte conmigo si no quieres ver morir a todas las personas que quieres.
—No puedo casarme contigo, Can. —Suelto un sollozo—. ¡Yo no te amo!
—No es el amor lo que está en juego, sino la vida de muchas personas —dice con calma—. En nuestro mundo, no importa lo que tú y yo pensemos al respecto, sino lo que los que están al mando preparen para nosotros. Somos simples peones en su partida.
—Esas personas están en peligro por mi culpa. Yo… simplemente no puedo volver.
—Sí. Todos estamos —pronuncia, enfatizando esta última palabra—, en peligro por culpa de tu padre.
—¿Has sido tú el que ha estado dejando notas todo este tiempo? —pregunto con los párpados entrecerrados, intentando ver más allá de sus ojos oscuros y encontrar por mí misma una respuesta.
—¿Qué notas? —Frunce el entrecejo—. Yo acabo de llegar.
—¡No te creo!
—Ese siempre ha sido nuestro problema. —Extiende los brazos a ambos lados de su cuerpo; cada vez parece estar más enfadado—. Tú nunca has confiado en mí, mientras que yo te he dado el mundo entero con los ojos cerrados sin dudarlo ni un segundo.
—Si las notas no vienen de vuestra parte… —empiezo a decir para mí misma, ignorando sus últimas palabras, que me atraviesan el pecho como un puñal—. Entonces, ¿quién más sabe que estoy aquí?
—Te lo he dicho: tu padre te ha entregado al enemigo.
—¿Qué quieres decir con eso?
—Que quizás, la persona que estaba intentando asustarte esté más cerca de ti de lo que piensas. Y que siempre te has centrado en la persona equivocada.
Ni siquiera me da tiempo a contestar cuando un fuerte estruendo me sobresalta. Un segundo después, todo se vuelve de color negro y solo soy capaz de escuchar el eco de unos gritos que cada vez siento más lejanos.