38 | REENCUENTROS
Luca
Una vez en la villa, sigo los pasos tranquilos de Micaelo hasta su despacho mientras me explica algunas novedades sobre el caso de Gia, y cómo todo parece estar bajo control.
Sus hombres tienen al chaval que se dedicaba a dejarle las notas y a vigilarla, y están haciéndole entrar en razón, según dice él, para que confiese para quién trabaja.
Sé cuál es su manera de hacer «entrar en razón» a alguien, así que no me extrañaría que el tipo suelte todo en breve, en cuanto no pueda soportar más el dolor.
Pero ese no es el motivo por el que ha interrumpido mi cena con Gia.
Micaelo abre la puerta y, como siempre, entra él primero. Me resulta raro el repentino silencio hasta que me quedo paralizado cuando veo un cuerpo ancho y fuerte que me da la espalda. El corazón se me para un instante cuando siento su olor.
Al notar mi presencia en la sala, se gira hasta quedar frente a mí, y entonces lo veo.
Después de tantos años separados, veo el rostro de mi hermano; con algunas arrugas más de las que recordaba, una barba mucho más larga y espesa que la última vez que nos vimos, unas ojeras que me cuentan que no está durmiendo demasiado y un cabello que empieza a estar igual de canoso que lo tenía nuestro padre a su edad.
—¿Can? —pregunto, todavía incrédulo, sin dejar de mirarlo de arriba a abajo. Me acerco a él lentamente.
—¿Quién iba a ser si no? —Eleva una ceja y abre los brazos de par en par, invitándome a abrazarlo—. Echaba de menos a mi hermano pequeño —musita con voz ronca mientras me sujeta con fuerza.
Tengo un nudo en el pecho, no puedo evitarlo.
Llevo demasiados años sin abrazar a ningún miembro de mi familia y sintiéndome completamente solo.
Y, aunque Can es la única persona que sabe que estoy en Italia y con la que he mantenido algo de contacto desde que me fui de Turquía, no nos habíamos visto en mucho tiempo.
Él siguió trabajando para mi padre y ahora es una parte importante del clan que maneja desde Estambul, mientras que yo odiaba ese tipo de vida, esa que convirtió a mi padre en un monstruo. Por eso en cuanto pude, me alejé de todo aquello, aun siendo repudiado por él y por toda mi familia.
—¿Qué haces aquí? —Es lo primero que pregunto cuando nos separamos—. ¿Papá sabe que has venido a verme? ¿Sabe dónde estoy?
Mi hermano y el nonno intercambian una extraña mirada. Después de un asentimiento de cabeza por parte de Micaelo, Can me anima a que nos sentemos en el sofá.
—¿Qué ha pasado? —insisto—. ¿Es por mamá? ¿Están todos bien?
—Kerem…
—Me llamo Luca —pronuncio con desdén, cerrando los ojos con fuerza—. Desde que tu padre me exilió, mi nombre es Luca —escupo sin reparo—. Kerem murió hace diez años.
Cierra los ojos y sé que está sopesando sus palabras. No puedo evitarlo, aunque mi voz sea firme, por dentro estoy lleno de nervios, y siento un nudo en la garganta que cada vez me hace más difícil seguir tragando.
—Tengo que contarte algo.
—No quiero saber nada.
—Esto debes saberlo, Kerem… Perdón, Luca —rectifica cuando nota la furia en mi mirada—. Papá fue atacado hace unos meses —me cuenta, como si creyera que realmente me importa—, fue traicionado por Burak Sahín.
—¿Burak? —frunzo el ceño—. ¿Estamos hablando del mismo Burak?
—Sí.
No conozco personalmente a Burak Sahín, pero sé que es uno de los mafiosos más importantes de Turquía junto con mi padre y su red.
Ambos son buenos amigos y unieron fuerzas hace muchos años.
Mi destino era acabar como ellos y ser como mi hermano, uno más de su manada; pero yo me negué a ese tipo de vida que te acababa convirtiendo en el tipo de monstruo que es mi padre, que tanto daño nos había hecho a mi madre y a nosotros cuando éramos niños.
—Pues es una pena. La vida es así, a veces los amigos te dan la espalda, igual que lo hace la propia familia —respondo como puedo, sintiendo la mandíbula demasiado tensa.
—Escúchame. —Su voz ahora es mucho más ruda, como cuando hace años tenía que regañarme por alguna travesura; solo que ahora no soy un niño y él ya no es nadie para hablarme en ese tono.
—Relaja el tono —escupo con desdén—. Esto no es Turquía, aquí no eres nadie.
Vuelve a mirar al nonno y a mí me empieza a poner de los nervios que ellos sepan algo que yo no y que además tengan tanta complicidad.
¿De dónde ha salido? Hasta donde yo tengo entendido, se conocen, pero no tanto como nos conocemos Micaelo y yo.
Can me quitó el cariño de mi padre, pero no hará lo mismo con Micaelo.
Y me da igual estar comportándome como un imbécil ahora mismo.
—Papá está grave —murmura—. Está a punto de morir.
Sus palabras me sientan como un jarro de agua helada, y se me paraliza todo el cuerpo.
Esperaba cualquier cosa, menos esto. Mi padre siempre ha estado lo suficientemente protegido como para que, a pesar de que pusiera en riesgo su vida una y otra vez, nunca le pasara nada malo.
O al menos nada que no se quedara en un susto y algunas muertes en el bando contrario.
Micaelo es un viejo amigo de la familia.
Su madre y mi abuelo eran íntimos amigos.
Nosotros nunca llegamos a conocernos hasta que llegué a Cortona, y me acogió como uno más, aun sabiendo lo que acababa de pasar y cuál era mi historia, que no tardé demasiado en contarle.
A hombres como Micaelo, no se les puede ocultar nada, y es mejor tenerlos de tu lado que en el bando contrario, eso lo tengo muy claro.
—¿Qué ha ocurrido? —pregunto, sentándome al lado de mi hermano en el sofá que ocupa gran parte del despacho del nonno .
—Burak quería entregarle al Sultán unos documentos que comprometen a nuestra familia y a la empresa.
También a mamá —pronuncia lentamente, sabiendo que esto último captará mi atención por completo—.
Papá lo descubrió y quiso matarlo. Al final fue la hija de Burak la que le pegó un tiro en el pecho.
—Esto último lo dice más apenado que el resto, aunque el matiz de furia no desaparece.
—¿La hija de Burak no era tu prometida? —pregunto con el ceño fruncido—. O al menos lo era la última vez que hablamos.
—Sí —responde, con la mandíbula tensa—. Es mi prometida.
—¿Y dónde está?
—Me dejó —admite a regañadientes—. No era la persona de la que yo creía haberme enamorado.
—Su mirada refleja la tristeza contenida, la misma que sé que se niega a demostrar—.
Creemos que tiene toda la información, que el maldito de su padre se la entregó antes de verla partir.
Es un traidor que quiere acabar con nuestra familia.
Se rumorea que tiene un plan para atacarnos.
—Solo quiero que me digas cómo está papá y cuál es la probabilidad de que sobreviva. El resto me da igual. Ya sabes que no soy uno de los vuestros.
—Te necesitamos. —Busca mi mirada; parece bastante inquieto—. Eras el mejor en lo tuyo.
—Ya no soy uno de los vuestros —repito.
—Hazlo por mamá —insiste—. Sabes lo que le puede pasar por culpa de esa gente ahora que papá está enfermo y ella desprotegida.
—¿Y qué pasa, que tú no eres capaz de proteger a la familia? —le reprocho.
—Kerem, ya sabes cómo funciona esto…
—¡Te he dicho que no me llames así! —exclamo, completamente desesperado con la situación.
—¿Es por esa chica? —escupe con un gesto de desdén.
—¿Qué le has contado? —exijo saber a Micaelo.
—No voy a meterme en asuntos familiares.
—Entonces no sé qué haces aquí escuchando —replico sin pensar.
Es la rabia la que habla por mí, pues sé que no debería hablarle así al nonno , pero no puedo evitar hacerlo. Sabe perfectamente que no me gusta contar a cualquier persona detalles de mi vida privada y que no quiero involucrar a Gia con nadie de mi familia.
—No me hables así, ragazzo ingrato. —El fuerte golpe que da contra la mesa del escritorio nos sobresalta—. No olvides que esta es mi casa. Puedo estar donde quiera y escuchar cuanto quiera.
—Le he confesado mis planes para llevarte conmigo a Turquía.
Papá nos necesita a su lado —insiste mi hermano de nuevo—.
Él… Está aguantando… Pero mamá es el siguiente objetivo de toda esa escoria.
—Toma una bocanada de aire—. Está esperándote para poder morir en paz, Kerem.
Y Micaelo me ha contado que te has enamorado de una chica y que eso dificultará aún más las cosas.
—No quiero que la metas en esto —gruño, tirando un poco del extremo del cuello de mi camisa cuando noto que me empiezo a agobiar y me falta el aire—. Ella no tiene nada que ver con este mundo.
Me extraño cuando veo el cuerpo de mi hermano tensarse y lo veo fruncir el ceño mirando hacia la puerta del despacho, que hasta ahora no me había dado cuenta de que habíamos dejado entreabierta.
Tensa la mandíbula y se le hincha la vena del cuello mientras observa a mi chica parada en el umbral con una mano temblorosa sujetando el pomo.
Pero lo más extraño de todo es que el rostro de Gia refleja un miedo que hasta ahora no había visto en ella, y antes de que pueda decirle que quien está sentado junto a mí es mi hermano y no ninguna persona peligrosa, sale corriendo como si estuviera huyendo.