Todos los atardeceres en los que me enamoré de ti (Cielos opuestos 1) 37 | POR LAS PRIMERAS CITAS
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37 | POR LAS PRIMERAS CITAS

Gia

Camino hacia el espejo y vuelvo a echarme otro vistazo comprobando cada detalle y asegurándome de estar impecable, me ajusto por última vez el vestido que he elegido para esta noche: una pieza de seda de color chocolate con unos tirantes finos que descansan sobre mis hombros y que además lleva la espalda al descubierto.

La tela se desliza por mi cuerpo hasta la mitad de la pierna con un corte recto que acompaña al balanceo de mis pasos sobre los tacones.

Mordisqueo mi labio inferior, inquieta. No puedo evitarlo, estoy nerviosa.

Para mí, lo de esta noche no es una simple cita, sino el final de mis mentiras y el principio de mi nueva realidad junto a Luca, en la que no sé si será capaz de arriesgarse a estar conmigo después de saber quién soy en realidad.

Me apoyo en el lavabo y cierro los ojos durante unos segundos, repitiéndome a mí misma mentalmente que debo ser valiente, y que soy capaz de hacerlo.

No puedo seguir escondiéndome. Luca se está esforzando mucho por conocerme mejor y merece saber la verdad.

Por eso, a partir de esta noche, ya no habrá más mentiras entre nosotros.

Aplico un poco de perfume en mis muñecas y por detrás del lóbulo de mis orejas, buscando un punto de calor que haga que el aroma sea más intenso y dure más tiempo impregnado en mi piel.

Me veo un poco rara; desde que estoy en Cortona no suelo maquillarme demasiado, y la chica que me devuelve la mirada en el espejo esta noche se parece demasiado a la que un día dejé atrás.

Llevo un moño bajo que termina haciéndome cosquillas en la nuca cada vez que me muevo y unas sandalias que taconean con cada paso que doy por la habitación como si fuera parte de una cuenta atrás.

Cojo el bolso que había dejado preparado sobre la cama y antes de salir del dormitorio, vuelvo a intentar cerrar la cremallera del vestido —que he dejado hasta ahora sin subir—, pero es inútil puesto que mis manos torpes no colaboran demasiado.

Camino despacio hacia el salón sintiendo los nervios incrementar con cada paso que doy.

Encuentro a Luca apoyado contra la pared con la atención puesta en su teléfono.

Está guapísimo con el ceño fruncido, la barba incipiente que comienza a asomar por su rostro y esa camisa blanca de lino que me deja ver parte de su pecho desnudo gracias a los dos botones que ha dejado abiertos, dándole un aspecto más desenfadado.

Carraspeo para llamar su atención y cambio mi peso de un pie al otro, algo nerviosa cuando su mirada me escruta sin reparo, echándome un buen vistazo desde los pies, subiendo lentamente por mi cuerpo hasta llegar a mi rostro que, inevitablemente, siento que se ha sonrojado.

—Necesito tu ayuda —suelto, con la voz más aguda de lo que me gustaría.

Camino unos cuantos pasos más y giro lentamente hasta quedar de espaldas a él, dejando que vea la línea de mi espalda que queda descubierta.

Se forma un silencio que me hace contener la respiración. Muevo la cabeza y lo observo por encima de mi hombro. Tengo que tragar saliva cuando siento sus ojos recorrer la silueta de mi cuerpo por completo y con cada paso lento que da hacia mí, mi corazón parece saltarse un latido.

—Claro —termina diciendo con voz grave.

El roce de sus dedos acaricia la piel desnuda de mi espalda y un escalofrío me recorre toda la columna cuando siento su aliento cerca de mi cuello. Sus dedos juguetean con la cremallera del vestido, poniéndome cada vez más nerviosa.

Siento que la habitación cada vez es más pequeña y su presencia cada vez más grande. Empieza a faltarme un poco el aire cuando soy consciente de su cercanía justo cuando me invade su olor varonil.

—Ya está —susurra cuando por fin ha terminado de subir la cremallera.

Permanezco inmóvil por un instante, disfrutando del momento y de su proximidad antes de girarme lentamente hasta quedar de nuevo frente a él.

—Estás preciosa —murmura, acariciándome la mejilla con el dorso de su mano.

—Gracias —respondo, dedicándole una sonrisa—. Tú tampoco estás nada mal.

—Es que tengo el uniforme de jubilado en la lavadora.

Suelto una carcajada exagerada.

—¿Acabas de bromear? —Elevo una ceja—. ¿Quién eres y qué has hecho con el Luca que conozco?

—Pero si soy todo un bromista. —Se aferra a mi cintura y me acerca a él.

—En serio, que vuelva el de siempre. —Niego con la cabeza, divertida.

—Es que me has dejado aturdido con lo bien que te queda este vestido. —murmura, y sé que dice la verdad, porque su mirada me está quemando ahora mismo.

—Madre mía, ¡gracioso y romántico! Eso te acaba de sumar dos puntos para la cita de esta noche —le digo en tono burlón, apoyando mis manos en su pecho.

—Tranquila, al final de la noche habrá sido la mejor cita de tu vida. —Su mirada está clavada en mi boca con cada palabra que pronuncia y su aliento mentolado se siente demasiado cerca de mi piel.

—Qué creído. —Pongo los ojos en blanco, fingiendo algo de indignación antes de que nuestros labios se unan en un beso lento y dulce que me deja saborear cada parte de él mientras me aferro a su camisa con fuerza y él, con toda la delicadeza que puede, a mis caderas.

—Me encantaría seguir besándote toda la noche —musita cuando nos separamos, con los ojos llenos de brillo y deseo, antes de humedecerse el labio inferior con la lengua, invitándome a centrarme en el movimiento—, pero tengo una reserva en un restaurante a las nueve, y ya vamos tarde.

—Luca, son las ocho y media.

—Lo que decía; vamos tarde.

Pongo los ojos en blanco.

—¡Para una vez que no tardo tanto y estoy preparada a tiempo!

—Llevo esperándote más de dieciocho minutos, Gia.

—¿Los has contado uno a uno?

—Hasta he llevado un registro en el móvil de todos los minutos que nos has hecho perder.

—Dos bromas seguidas ya es demasiado —insisto, riendo—. Y que sepas que, por culpa de esta boquita hemos perdido cinco minutos. —Apoyo el dedo índice sobre sus labios. No me pasa desapercibida la forma en la que me mira: con un hambre contenida, igual que lo haría un depredador con su presa.

—Y otros cinco más que vamos a perder —gruñe antes de estampar de nuevo su boca contra la mía.

***

La Bucaccia da Romano es todavía más acogedora de lo que parecía en fotos.

El restaurante está rodeado de muros de piedra antigua, arcos de ladrillo, vigas oscuras que cruzan el techo y una luz cálida que cae desde unas pequeñas lámparas que cuelgan del techo.

El interior huele a barniz, a vino, a pan recién hecho y a hierbas.

Las mesas son de madera y están dispuestas con sencillos manteles de color crema, copas de vino perfectamente alineadas y velas que parpadean suavemente, creando un ambiente mucho más íntimo.

Hay varias estanterías repletas de botellas de vino, y detrás de la barra veo que hay algunos licores que brillan bajo la iluminación dorada del local.

El camarero nos acompaña hasta nuestro sitio, bajo uno de los arcos que además parece estar bastante apartado del resto, lo cual me parece genial, puesto que así tendremos más intimidad y podremos hablar más tranquilos.

Al acercarnos, Luca se interpone en mi camino y me aparta la silla antes de que pueda hacerlo yo misma.

Es un gesto simple y sencillo —a la vez que atento— y no puedo evitar dedicarle una de mis mejores sonrisas antes de sentarme.

—Qué caballero —murmuro.

—Gracias, es una de mis virtudes —responde antes de rodear la mesa y sentarse frente a mí.

Se remanga la camisa hasta los codos, los cuales termina apoyando sobre la mesa. Me mira con una sonrisa tranquila que me desarma y hace que me olvide de todo lo demás. Incluso de lo que estoy a punto de hacer.

El camarero nos sirve una copa de vino tinto a cada uno mientras deja que revisemos el menú con tranquilidad.

—Por las primeras citas. —Luca me ofrece su copa para chocarla con la mía en un pequeño brindis completamente improvisado.

Después de un buen rato mirando la carta, pedimos una tabla de embutido y quesos de la zona para compartir, que acabamos prácticamente devorando entre intensas miradas, anécdotas divertidas y roces accidentales al coger el pan que duran más de la cuenta.

—Es un sitio precioso. —He empezado a sentirme más nerviosa, ansiosa por soltar la bomba y desaparecer a la misma vez, así que no sé qué otra cosa decir ahora mismo.

—No sabía si te gustaría, es un restaurante bastante tranquilo —responde antes de llevarse la copa a los labios y dar un pequeño sorbo al vino.

—Me gustan los sitios tranquilos. —Cojo un trozo de queso y me lo llevo a la boca, degustando su sabor con calma y disfrutando del contraste con el sabor ácido que el vino ha dejado en mi boca.

—La verdad es que te has adaptado muy bien a Cortona. —Ladea la cabeza—. La primera vez que te vi pensé que no aguantarías aquí ni dos días.

No me quedaba otra opción de todas formas.

—Soy toda una caja de sorpresas —me limito a responder antes de dar un sorbo beber de mi copa.

—Desde luego que sí.

Trago saliva.

Su mirada me resulta más intensa de lo normal, y siento que sus ojos tratan de ver más allá de mi fachada y mis palabras, como si fuera capaz de percibir mi nerviosismo.

La verdad es que llevo un rato más callada de lo normal, ya que no dejo de darle vueltas a la forma en la que debería empezar a contarle toda la historia, y cuándo sería un buen momento para hacerlo.

La cena avanza con tranquilidad, compartiendo platos típicos de la zona y hablando de cosas simples pero importantes para conocernos un poco mejor.

Le cuesta un poco arrancar, pero termina contándome cómo fue su infancia, los países que logró visitar cuando era tan solo un niño y algunas trastadas que hizo cuando era un adolescente, aunque esto último me cueste más de imaginar.

Yo le cuento algunas cosas sobre mí que son reales, aunque no consigo aprovechar el momento para hablar de lo verdaderamente importante.

Cada palabra que suelto me pesa un poco más que la anterior.

Lo escucho mientras me cuenta el motivo por el que decidió hacerse veterinario, apoyando la barbilla en mi mano, sintiendo mi pecho contraerse poco a poco.

Luca me gusta mucho y no quiero que esto que hemos empezado se construya a base de mentiras.

Sé que puedo confiar en él, y es hora de que le demuestre que también puede confiar en mí.

—Luca… —empiezo a decir, notando cómo la voz me sale más baja y ronca de lo habitual. Carraspeo y me enderezo en el asiento, sintiéndome completamente expuesta frente a él—. Hay algo que necesito decirte.

—Dime.

Justo en este momento, su teléfono móvil empieza a sonar. Lo saca del bolsillo y frunce el ceño cuando comprueba el remitente; lo coloca boca abajo sobre la mesa y vuelve a prestarme toda su atención.

—Quizás deberías atender la llamada —murmuro cuando vuelve a sonar la melodía, intentando alargar un poco más el momento de contarle toda la verdad.

—No me gusta hacerle caso al móvil cuando estoy cenando. Y menos aún si lo estoy haciendo con mi chica.

«Mi chica».

La persona que intenta contactar con Luca vuelve a insistir una vez más, haciendo que agarre el aparato con cierta molestia y descuelgue la llamada.

—¿Qué? —prácticamente suelta con un gruñido.

Mi corazón se acelera cuando le cambia el semblante por completo, pasando de estar enfadado —que es su estado habitual— a fruncir el entrecejo, extrañado por lo que sea que le estén diciendo al otro lado de la línea.

— Sei serio? Non disturbarmi con le tue battute, Micaelo.

Mis cejas se elevan al escuchar ese nombre.

No he dejado de darle vueltas al hecho de haber encontrado bajo la cama de los nonnos tantas hojas del mismo papel que las notas que he estado recibiendo como amenaza. Y justo en el lado en el que duerme Micaelo.

¿He hecho bien en confiar en él? Ni siquiera sé quién es este hombre en realidad, ni por qué tiene tanto poder sobre casi todo el mundo.

Parecía bastante sorprendido cuando le enseñé las notas y su expresión no me resultó para nada fingida, ya que es una persona muy expresiva y enseguida se le nota qué es lo que está pensando.

Además, si quisiera hacerme algo malo, ya lo habría hecho, puesto que ha tenido muchas oportunidades; pero desde que estoy en Cortona, lo único que ha hecho ha sido preocuparse por mí, ayudarme, protegerme y hacer mi estancia mucho más amena con sus bromas.

—Voy para allá —responde Luca, devolviéndome al presente de nuevo. Tiene la mandíbula tensa y los dientes apretados incluso cuando cuelga el teléfono y lo deja caer sobre la mesa. Cierra las manos en puños y aprieta con fuerza.

—¿Estás bien? ¿Ha pasado algo?

No me responde, así que llevo una mano hasta uno de sus puños e intento que la abra, acariciándola con suavidad. Poco a poco su expresión se suaviza, aunque sigue teniendo la respiración acelerada y los ojos más oscuros de lo normal.

—Lo siento mucho, pero tenemos que irnos.

—¿Ha pasado algo malo? —Frunzo el ceño—. ¿Están bien los nonnos ?

—Sí, están bien —dice sin prestarme demasiada atención, llamando al camarero con la mano—. Eso no es lo que me preocupa ahora mismo.

—¿Y qué es lo que te preocupa? —insisto, en busca de respuestas—. ¿Qué ha pasado?

—Luego te lo cuento, ahora tenemos que irnos. —Se pone de pie, con la mandíbula y los hombros tensos y un semblante bastante serio—. Micaelo está esperándome.