36 | SOSPECHAS
Gia
—Oh, mi piccola —me recibe Micaelo con los brazos abiertos—. Bienvenida a la tua casa . Os hemos echado de menos.
— Nonno , ha sido solo un fin de semana.
—Un fin de semana sin ver tu sonrisa y disfrutar de tu alegría, hijo —ironiza su abuelo.
—Veo que estás de buen humor.
—Yo siempre estoy de buen humor, hijo mío. ¡La vida es maravillosa!
Luca y yo nos miramos y negamos con la cabeza; yo con una sonrisa en el rostro y él, con el mismo ceño fruncido de siempre.
—Tengo algo que enseñarte. Dejad vuestras cosas y ven a mi despacho —le indica a mi chico con un gesto de cabeza.
«Mi chico». Qué raro se me hace llamarlo así... No sé si seré capaz de acostumbrarme.
—Está bien —le responde—. Recuerda que tú y yo —me dice en esta ocasión a mí, ante la atenta mirada de Micaelo—, tenemos una cita esta noche.
—Alza una ceja y se aproxima a mí lentamente, haciendo que mi cuerpo reaccione solo y tiemble ligeramente al notar el olor de su perfume tan cerca de mi piel—.
Mi piratilla —susurra contra mi oído, haciéndome estremecer de pies a cabeza.
Me agarra por la cintura y en un hábil movimiento me acerca a él, uniendo nuestros cuerpos, y me besa de forma rápida en los labios. Un simple roce que consigue erizar la piel de mi espalda y sacarme una sonrisa.
Me guiña un ojo mientras que Micaelo nos observa con el semblante serio y la mandíbula tensa, y juraría que también con una de las venas de su cuello más hinchadas de lo normal, como si estuviera haciendo fuerza interiormente y estuviese a punto de estallar.
—¿Puedo ir a ver a Chanel antes de cambiarme? —le pregunto al dueño del dormitorio en el que sigue viviendo mi gata.
—Claro, ya sabes dónde está.
Me despido de ambos y doy media vuelta, dispuesta a comerme a besos a mi gata en cuanto la vea, aunque soy consciente de que no va a hacerle la misma ilusión que a mí.
La habitación está más o menos igual distribuida que la de Luca, siendo las dos únicas que, en lugar de habitaciones, parecen pequeños apartamentos.
Al entrar, lo primero que veo es el cuarto de baño, que está frente de la puerta.
Hay una zona de estar bastante espaciosa con un sofá y dos mesas: una central frente al sofá y otra junto a la zona de la cocina, que, al igual que la de Luca, está integrada en una especie de armario.
Al cruzar el diminuto pasillo, encuentro la verdadera habitación, compuesta por una cama cubierta por una colcha beige y cojines de colores, dos pequeñas mesas a los lados y dos grandes armarios.
Las paredes también son de color claro y en ellas cuelgan cuadros con paisajes toscanos pintados a mano.
—Hola, mi pequeña. —Me pongo de rodillas en el suelo con la intención de quedar más cerca de la gata y poder acariciarla con tranquilidad—.
¿Me has echado de menos? —Me tomo su ronroneo contra mi mano como un signo de aprobación para que la coja en brazos y la estruje contra mi pecho, llenándola de besos que parecen no gustarle demasiado, porque enseguida empieza a gruñir—.
No te hagas la dura, tú también me has echado de menos, ¿a qué sí?
Vuelvo a darle algunos besos por la cabeza y después de ronronear un poco contra mi pecho, se lanza al suelo en un salto rápido, dejándome de nuevo sola y con toda la ropa llena de pelos blancos.
Ahora tendré que echar a lavar este conjunto y darme una buena ducha si no quiero que Luca tenga un ataque de asma por mi culpa.
Estoy a punto de levantarme del suelo cuando veo algo que llama mi atención escondido al otro lado de la cama.
Me levanto y, después de sacudirme un poco los pelos que tengo pegados en la ropa, miro a mi alrededor, asegurándome de que estoy sola en la habitación.
Aunque sé que no debería hacerlo, doy algunos pasos hasta cruzar la cama y vuelvo a agacharme, esta vez para coger una caja de la que sobresalen unos papeles.
Son el mismo tipo de papel que el de las cartas que he estado recibiendo estas últimas semanas.
—¿Gia? —La voz de Marietta me pilla de imprevisto y casi acabo tirando la caja al suelo. No he llegado a abrirla, por lo que vuelvo a colocarla en el mismo sitio en el que estaba escondida bajo la cama. Me levanto y me sacudo un poco la falda ante la atenta mirada de la nonna —. ¿Necesitas algo?
—Perdona, no sé si Micaelo te ha avisado… Quizás debería haberte preguntado a ti también, ¡pero se me pasó! —empiezo a hablar de forma rápida y nerviosa—. He venido a ver a Chanel.
—Oh, claro, ¡tu gata! Estoy tan acostumbrada a sus gruñidos ya, que la siento mi mascota. —Suelta una risita.
—¿Te está molestando demasiado? —pregunto, observando al animal.
—¡Para nada! Además, me hace compañía. Micaelo es el que no quería tener mascota. —Hace un gesto con la mano, restándole importancia—. Pero ya está acostumbrándose a ella. —Me dedica una sonrisa ladeada—. ¿Necesitas algo más, cielo?
—Mmm, no, no —titubeo—. Tengo que ir a darme una ducha, he quedado para cenar con Luca.
—Oh, veo que os habéis seguido acercando... ¡Cuánto me alegro! —Da un par de pasos hacia mí y me toma las manos—. Gracias por ver lo bueno que hay en él y por ver más allá de su coraza. Mi niño es un trozo de pan, no los hay tan buenos como él.
—Solo nos estamos conociendo un poco mejor —murmuro, no muy segura de hasta cuánto puedo compartir de mi relación con Luca, o hasta cuánto quiere él que compartamos sin sentirse incómodo. Aunque me acaba de dar un beso frente a Micaelo, así que supongo que no le importará demasiado.
—Eso es lo que se dice siempre cuando una está demasiado enamorada como para admitirlo. —Me guiña un ojo—. Pero, tranquila, no diré nada que pueda incomodaros, si es lo que te preocupa.
Asiento con la cabeza a modo de agradecimiento y ella hace lo mismo, todavía sin soltar mis manos.
—Tienes una habitación preciosa, ¡parece una casa pequeñita! Me encanta cómo la tienes decorada.
—Muchas gracias, cielo.
—¿El nonno es tan maniático como Luca para dormir? —Finjo una carcajada cuando Marietta asiente con la cabeza—. ¿En qué lado de la cama duerme?
—Sí, un poco... Son tal para cual. —Se ríe y me señala con la mirada el lado de la cama en el que está escondida la caja que hace unos minutos tuve entre mis manos—. Justo aquí. Y vaya cómo se pone si se te ocurre tocar su lado de la cama o alguna de sus cosas, ¡es todo un maniático del orden!
Se me pone la piel de gallina, pero intento disimularlo con una sonrisa.
—Entonces son tal para cual, sí.
Es lo último que digo antes de salir de la habitación con un nudo en el pecho.