35 | DISFRUTAR DEL ATARDECER JUNTO A TI
Gia
Hemos presenciado unas vistas panorámicas de Perugia con una copa de vino blanco en la mano desde el Porta Sole, el punto más alto de la ciudad. La experiencia ha sido inolvidable y siento que el día ha sido perfecto.
De vuelta a Cortona, la carretera se extiende entre colinas y campos dorados llenos de flores bajo un cielo que comienza a teñirse de color malva.
El aire en el interior del coche es diferente: está cargado de silencios cómodos, de canciones que canto a todo pulmón —haciendo sonreír a mi acompañante—, de roces y caricias accidentales, de miradas cómplices y de recuerdos de uno de los mejores fines de semana que he pasado en mucho tiempo.
Luca conduce con una mano en el volante y con la otra me agarra la pierna con fuerza, cosa que me pone bastante nerviosa, a pesar de lo cerca que hemos estado durante todos estos días.
En una de las curvas, frena el coche y lo estaciona junto a unos árboles; observo mi alrededor y compruebo que estamos rodeados de campo abierto.
—¿Qué pasa? —inquiero, mirando de un lado a otro.
—El cielo está precioso —se limita a responder—. Mira. —Señala el paisaje con la mirada a través del cristal del coche para que yo también pueda apreciarlo—. Además, no quiero que nuestro fin de semana termine todavía.
Se baja de mi camioneta sin decir nada más o esperar una respuesta por mi parte. Me bajo también y lo sigo hasta la parte de atrás, donde lo veo colocar unas sábanas bastante arrugadas en el hueco del amplio maletero.
—Te ayudo a subir —dice antes de alzarme y subirme a la parte de atrás de la camioneta, provocándome un pequeño grito seguido de una carcajada. Enseguida, él sube de un salto y se sienta junto a mí, con las piernas extendidas sobre la tela que ha colocado para no mancharnos.
Me acomodo entre sus piernas con la espalda apoyada en su pecho; su calor y su olor se han vuelto demasiado familiares para mí en estos últimos días, y la verdad es que eso me asusta un poco.
Él ha respetado mis tiempos en todo momento, pero todavía no he sido capaz de decirle quién soy, de contarle toda la verdad.
Pero eso tiene que cambiar si quiero que esto que acabamos de empezar funcione.
Esta noche tenemos una cita en Cortona y he decidido que será el momento perfecto para abrirle mi corazón y confesarle toda la verdad.
Me toma la barbilla con dos de sus dedos y gira levemente mi cabeza hacia él, dejando mis labios más accesibles a los suyos.
—Deja de pensar tanto —murmura antes de darme un pequeño beso.
Sus labios se mueven de forma lenta y tierna a la vez, todo un contraste comparado a la mayoría de nuestros besos hasta ahora. Y me gusta. Me gusta sentir su calidez contra mi boca.
Cuando nos separamos, entrelazo nuestros aún con las respiraciones algo agitadas y las frentes pegadas.
—¿Qué somos? —le pregunto, mordiendo mi labio inferior.
Esboza una pequeña sonrisa ladeada y eleva una ceja.
—¿Qué quieres que seamos?
Todo, es lo que quiero decirle.
Quiero su día a día, pero también cada una de sus noches.
Quiero seguir viendo su cara al despertar, escuchar sus gruñidos ante mis tonterías y verlo tratar de forma tan humana y bonita a las personas y a los animales.
Quiero sacar su parte tierna, pero también sacarle de quicio sin parar.
Y pertenecerle sin dejar de ser mía. Seguir perdiéndome en su mirada con la confianza de que siempre que lo necesite, él estará ahí para encontrarme.
Quiero que sus ojos brillen como la luna cada noche al mirarme justo como ahora, y que nunca deje de verme como si fuese un monumento al que admirar.
Pero no quiero sonar demasiado intensa o desesperada por su afecto, teniendo en cuenta el poco tiempo que llevamos dejándonos llevar, así que decido callarme.
Tomo aire mientras miro al horizonte.
—No lo sé, me gusta como estamos ahora —termino diciendo.
Y pese a que quiero más, lo digo de verdad. Me conformaría con tener esto que tenemos ahora para siempre, si con eso me aseguro de que siga existiendo un «nosotros».
Lo observo con atención mientras que él sigue con la mirada perdida en el atardecer, depositando suaves caricias en mi cabeza y jugueteando con los mechones rebeldes de mi cabello.
Delante de nosotros, el cielo parece pintado a mano; un color púrpura se extiende sobre las colinas, mezclándose con pequeños destellos de un naranja suave y algunas motas de tonos rosados que se fusionan con un azul cada vez más intenso.
—¿Sabes una cosa? —comienza a decir, rompiendo el silencio que nos envuelve—. Nunca pensé que hubiese algo más bonito que ver un atardecer, hasta ahora.
—¿Y qué es más bonito? Porque el cielo púrpura de hoy me parece completamente mágico.
—Disfrutar del atardecer junto a ti.
—Jamás me hubiera imaginado que serías tan cursi —digo en tono burlón, aunque por dentro sienta miles de mariposas revoloteando nerviosas por mi estómago.
—No quiero que esto se quede en un fin de semana bonito —continúa diciendo—. Ni que solo haya sido producto de la tensión tan evidente que hay entre nosotros. Quiero sentir que eres solo para mí.
Mi pecho se llena de golpe y mi corazón se agita con fuerza.
—¿Me estás pidiendo tener exclusividad, Luca?
—¿Qué dirías si así fuera? —pregunta cerca de mi boca.
Aunque sus palabras me sorprenden, me hacen dudar y sonreír como una tonta al mismo tiempo. No puedo evitar morderme el labio inferior con cierto nerviosismo mientras intento descifrar mentalmente cuánto de sus palabras es verdad y qué parte es simplemente un juego.
—Eso depende de lo que estés dispuesto a hacer para ganártelo —digo con un hilo de voz y con el pulso desbocado mientras intento hacerme la interesante, como si el chico de ojos oscuros y mirada fría no me hubiese conquistado ya.
—Te sorprendería saber lo competitivo que puedo llegar a ser yo también, piratilla.
Mi corazón se salta un latido, como cada vez que lo escucho pronunciar con su voz ronca ese apodo tan absurdo y que tanto detestaba, pero que ahora consigue hacer flaquear mis piernas.
—¿Crees que esto… —nos señalo con las manos—, es una locura?
—Sí —responde tajante—. Pero una locura de las que vale la pena vivir.
—Nunca pensé que te abrirías tanto conmigo, que llegaríamos a ser… bueno, no sé, a estar así como estamos ahora —confieso.
—Y yo nunca pensé que me volvería loco por una persona como tú.
—¿Qué tengo de malo? —Me giro un poco hacia él hasta que nuestros ojos vuelven a encontrarse.
—Nada. Precisamente por eso. —Se encoge de hombros con aire despreocupado—. Eres demasiado buena para mí.
—No lo soy, Luca. Yo también tengo mis secretos y he hecho cosas de las que me arrepiento.
—¿Y cuándo tendré el placer de que me las cuentes? —cuestiona, alzando las cejas.
—No quiero que me dejes después de saber cómo soy en realidad. Te he mentido todo este tiempo —consigo decir por fin, sintiendo que me quito un gran peso de encima—. La historia que os conté al llegar… mi pasado… —Trago saliva con dificultad—. Todo es mentira.
El silencio que me dedica a continuación es como un pozo sin fondo. Tan solo me mira y yo lo miro a él, intentando descifrar algún mensaje oculto en sus ojos, alguna respuesta ante la confesión que acabo de hacer, pero no encuentro nada.
La luz dorada del atardecer le dibuja una sombra lineal en su perfil. Es guapísimo y una persona extraordinaria. Solo espero no haber estropeado esto que acabamos de formar.
Solo quiero que me conozca de verdad. Quiero que me vea… y que no salga huyendo de mí como incluso yo misma hice.
—Quiero que me cuentes quién eres en realidad, Gia. —Tensa la mandíbula mientras que trago saliva, algo nerviosa, intentando encontrar las palabras adecuadas.
—Lo haré, te lo prometo —le aseguro, perdiéndome por unos instantes en el color ébano que esconde la intensidad de su mirada—. Esta noche tenemos una cita, ¿no? Te prometo que te lo contaré todo.