34 | SIGAMOS SOÑANDO
Luca
La luz de la mañana se cuela a través de las cortinas, dibujando líneas doradas sobre las sábanas revueltas a nuestros pies. Gia todavía está dormida, así que me permito observarla un rato más antes de despertarla.
Está tumbada boca abajo, con la cara girada hacia un lado y un brazo escondido bajo la almohada que hemos compartido esta noche y con toda la maraña de rizos esparcida por la cama.
Los rayos de sol juguetean con la piel suave de su espalda desnuda, que no tardo demasiado en acariciar con las yemas de mis dedos mientras que mis ojos recorren su silueta sin ningún pudor, como si una parte de mí quisiera memorizar cada parte de ella.
Creo que nunca ha estado tan guapa como lo está ahora mismo, con el gesto relajado y una pequeña sonrisa de satisfacción en el rostro. Con el pelo alocado reflejando cómo ella es en realidad. Con las mejillas algo sonrosadas. Con su cuerpo desnudo junto al mío
Entierra la cabeza en la almohada y suelta una pequeña risita.
—¿Vas a pasarte toda la mañana mirándome?
—¿Algún problema con eso?
—Sí —responde sin mirarme—, que me has despertado. —Suelta un pequeño bostezo—. Ah, y que no llevo ropa.
—¿Y qué? —Me inclino hacia su cuerpo y deposito algunos besos sobre su espalda. Siento cómo empieza a tensarse con cada roce de mis labios en su piel, y su respiración se agita levemente, lo que acaba provocándome una sonrisa.
—Eres peligroso por las mañanas —susurra, todavía adormilada.
Se apoya sobre sus codos, inclinándose ligeramente hacia mí para darme un pequeño beso en los labios; un simple y rápido roce que consigue despertar en mí el deseo que con ella parece nunca terminar de saciarse.
—Tú lo eres incluso dormida, piratilla.
Sonríe con orgullo, como si fuese consciente del efecto que tiene en mí ese gesto.
—Es tu culpa por mirarme así.
—Lo que no es mi culpa es que tú —enfatizo esta última palabra—, estés así —musito, mirándola con descaro, tomándome mi tiempo para apreciar las curvas de su cuerpo como si fuera la primera vez.
Está preciosa con el pelo revuelto, la mejilla marcada todavía por las sábanas, los rayos de sol iluminando esos ojos igual de dulces e intensos que el chocolate.
—¿Así cómo? —pregunta, fingiendo una inocencia que sé perfectamente que no tiene.
Me acerco un poco más a su cuerpo, quedando a tan solo unos centímetros de distancia. Jugueteo con uno de los rizos de su cabello que le cae por la espalda, aprovechando para acariciar la piel expuesta.
—Preciosa —susurro contra sus labios antes de besarla.
—¿Incluso con el pelo enredado y hecho un desastre? —Alza una ceja, mirándome divertida.
—Especialmente por eso.
Pone los ojos en blanco y, de pronto, se incorpora sobre la cama para colocarse a horcajadas sobre mi regazo en un rápido movimiento que me pilla completamente desprevenido.
Apoya las manos en mi pecho y se inclina hacia mí, dejando sus labios a escasos centímetros de los míos.
Su pelo cae hacia delante y en su rostro se dibuja esa expresión juguetona que siempre augura alguna de sus maldades.
Tira de mi labio inferior con los dientes; un simple movimiento que me arranca un jadeo que la hace sonreír, satisfecha, como si disfrutara con la idea de volverme cada vez más loco.
Y de nuevo, vuelve a echarse hacia atrás despacio, con los brazos extendidos y las manos apoyadas en mi pecho, justo donde mi corazón late completamente desbocado por ella.
Me dedica una sonrisa que termina de encenderme por completo.
—¿Vas a hacer algo más aparte de mirarme? —Enarca una ceja.
Me tomo unos segundos para fingir que estoy pensando una respuesta, acariciando la piel suave de sus muslos mientras ella juguetea con el vello que nace en mi pecho.
—Estoy pensando qué puedo hacer para que cierres esa boquita tan bonita y contestona que tienes, piratilla.
—Más quisieras ser capaz de callarme, capitán.
—¿Eso es un reto? —Ahora soy yo el que eleva ambas cejas, recibiendo una sonrisa ladeada por su parte.
—Depende —responde—. ¿Vas a hacer algo al respecto?
—Te vas a enterar —gruño antes de agarrarla por la cintura y atraerla hacia mí, pegándola por completo a mi cuerpo en un movimiento fugaz. Se le escapa una pequeña risita que se acaba ahogando contra mis labios.
El beso empieza lento, casi burlón, como si todavía estuviésemos jugando a ver quién es capaz de volver antes loco al otro.
La aprieto un poco contra mí, saboreando cada uno de sus jadeos y su respiración entrecortada, hasta que el beso pasa de ser una broma juguetona a una promesa de lo que está por ocurrir entre los dos.
***
El calor a esta hora del medio día es prácticamente asfixiante.
Por suerte, hemos pasado casi toda la mañana en remojo jugueteando dentro de la piscina.
Ahora estamos sentados bajo la sombra de un árbol, con una partida de dominó empezada sobre la mesa, mientras los rayos del sol intentan colarse a través de sus hojas.
Cada vez que Gia coloca una ficha, no puedo evitar fijarme en la forma en la que se muerde el labio inferior, nerviosa por hacer una mala jugada.
—Mal jugado —murmuro sonriente, sin dejar de mirarla, y doy una nueva vuelta sobre la mesa a la ficha que tengo preparada desde hace un buen rato, lista para ser colocada y cerrar la jugada, declarándome vencedor una vez más.
—Estás haciendo trampas —se queja, echándose hacia atrás.
—¿Ahora se le llama así a ser increíble en todo lo que hago, incluyendo jugar al dominó? —pregunto de forma irónica.
—No te lo tengas tan creído... —Pone los ojos en blanco—, que solo es colocar fichas.
—Pues mira cómo coloco la ficha ganadora —digo en tono burlón, disfrutando de lo mucho que parece estar enfadándose por haber perdido.
Lleva las manos hasta las fichas que reposan sobre la mesa y las revuelve todas, dejándome boquiabierto cuando algunas de ellas caen al suelo por culpa de su arrebato—.
¿Quién es la tramposa ahora? Estaba a punto de ganar.
—Pero no lo has hecho. —Se encoge de hombros y yo no puedo evitar soltar una carcajada.
—No sabía que eras tan competitiva.
—Ya te lo he dicho: hay muchas cosas que no sabes de mí —me recuerda.
Me levanto de la silla, la agarro por la cintura y, antes de que tenga tiempo de escaparse y salir corriendo como sé que tiene planeado hacer, la levanto y la cuelgo sobre un hombro, dejando que patalee todo lo que quiera contra mi pecho antes de lanzarme con ella en brazos a la piscina.
El aire se detiene durante un segundo cuando el agua nos envuelve por completo.
Sacamos las cabezas a la superficie entre carcajadas, completamente empapados y brillando bajo los rayos de sol.
Tiene el pelo pegado al rostro cuando me empuja suavemente, sin apenas fuerza, riéndose a carcajadas como si nada más importara.
Doy un pequeño chapuzón que acaba salpicando agua por todas partes. No sé por qué, pero no puedo dejar de sonreír. Me encanta esta versión de Gia: alocada y divertida, completamente libre… dejándose llevar sin preocuparse demasiado por cómo debería comportarse en realidad.
Ojalá la situación en Cortona fuera más sencilla para ella y no tuviera que reprimirse tanto, porque, ahora que está dejándome ver cómo es estar a su lado y disfrutar de ella, no sé si voy a ser capaz de contenerme.
Se acerca y me rodea el cuello con los brazos, dedicándome una de esas miradas que siento que son capaces de descifrarme por completo.
—Me gusta esta Gia —susurro contra sus labios.
—¿Cuál?
—La que se permite ser ella misma.
—¿Crees que en Cortona no soy yo misma? —inquiere, frunciendo ligeramente el ceño.
Niego con la cabeza.
—Te contienes demasiado y mides cada uno de tus movimientos.
—Tú también —replica—. Es la primera vez que te veo disfrutar de verdad y sonreír sin preocuparte de que alguien te vea hacerlo.
—Dicho así, me haces parecer todo un gruñón —replico, y no puedo evitar suspirar.
—Es que lo eres —responde, juguetona, antes de darme un pequeño beso en la punta de la nariz.
Su mirada se ensombrece de un momento a otro.
—No quiero que cambie nada entre nosotros cuando volvamos —me pide en voz baja.
—¿Por qué debería cambiar? —Enarco una ceja.
—Porque ya no estaremos solos y aislados del resto del mundo.
Ya no seremos solo Luca y Gia. —Se encoge de hombros—.
Y yo no sé qué versión de mí puedo ofrecerte.
Estoy algo perdida… y tengo miedo —confiesa, cabizbaja—.
También tengo secretos que no he sido capaz de confesar a nadie en voz alta.
Pero puedo ofrecerte lo que soy ahora mismo, aunque esté llena de grietas.
—Me gustan tus grietas. Me gusta tu nueva versión.
Me gustas tú, Gia. —Acaricio su mejilla con suavidad—.
Hacía mucho tiempo que no me permitía sentir nada por nadie, y ahora llegas tú y haces de mi vida un caos.
Has roto la armadura que llevaba puesta y todos los muros que había construido para proteger mi corazón.
No sé qué pensar al respecto porque todo es demasiado reciente, pero, después de tantos años, la idea de descubrir y amar a otra persona por completo, no me asusta, sino que me ilusiona.
—¿Qué te pasa, Gia? —pregunto cuando noto su expresión triste, a pesar del momento tan íntimo y vulnerable que estamos viviendo. Agarro su cara con las manos y le levanto el mentón, haciendo que nuestros ojos se encuentren de nuevo.
Inspira hondo y bajo la mirada.
—De verdad que estoy intentando desconectar —empieza a decir, jugueteando con sus dedos sobre mi nuca, provocándome una ráfaga de cosquillas que me dificultan el concentrarme por completo en sus palabras—, pero no puedo evitar pensar en que estoy en peligro, y que en cualquier momento puede pasarme algo.
—No puedo prometerte que el mundo fuera de esta casa sea seguro, pero lo que sí te puedo garantizar es que mientras estés conmigo, no va a pasarte nada malo. —Acuno sus mejillas con las manos y ella asiente con la cabeza.
—Ojalá todo esto fuera una pesadilla —murmura con los ojos aguados.
—¿También lo nuestro?
—No. —Niega con la cabeza—. Si lo nuestro es parte de un sueño, entonces no quiero despertarme.
Sonrío como un tonto, como siempre hago cuando estoy con ella desde hace tan solo unos días, y como nunca pensé que sería capaz de hacerlo de nuevo.
—Sigamos soñando, entonces —murmuro antes de robarle un beso.
***
La Piazza IV Novembre está llena de turistas, luces tenues que comienzan a encenderse mientras el sol cae tras los edificios antiguos y música que nos envuelve en un ritmo suave y acogedor. Esta noche hay un festival de jazz y hemos conseguido un pequeño sitio frente al escenario.
Gia me mira sonriente y yo no puedo evitar hacer lo mismo, contagiándome de su alegría. No deja de hacer fotos a todo lo que nos rodea, mirando maravillada cada esquina como si no hubiéramos estado aquí mismo justo ayer.
Está preciosa.
Lleva un vestido rojo sin mangas, con los hombros al aire y completamente ceñido al cuerpo, marcando de forma sugerente cada una de sus curvas.
El color resalta a la perfección su piel bronceada bajo la luz del atardecer y sonrío cuando compruebo que se ha puesto algún tipo de loción corporal con purpurina que al moverse, hace que brille con el movimiento bajo la luz cálida.
Se ha recogido el cabello en una coleta alta que ha atado con uno de sus pañuelos de pirata, rompiendo un poco con la elegancia del atuendo y aportándole un toque más casual. Se le escapan unos cuantos mechones del recogido, enmarcando su rostro y suavizando cada una de sus facciones.
Lleva otro pañuelo ligero alrededor del cuello, del mismo color que el resto de su atuendo; el mismo que me muero de ganas de quitarle para poder besar la piel de su garganta a mi antojo.
Al contrario que ella, yo voy vestido algo más sencillo, como siempre. Llevo una camisa de lino y unos pantalones del mismo material, cómodos y holgados.
Me giro para mirarla con más atención y la veo moviéndose lentamente, siguiendo el ritmo del saxofón, como si la música la envolviera por completo. Tiene los ojos brillantes y llenos de emoción, y la coleta se le balancea hacia los lados con cada uno de sus movimientos.
—Te gusta, eh —murmuro, acercándome un poco más a ella.
—Me encanta —responde con una sonrisa—. Es distinto a lo que suelo escuchar y el ambiente es completamente diferente al de cualquier concierto o festival en el que he estado.
Su mano acaricia la mía con suavidad, como si estuviera pidiéndome permiso con cada roce de su piel contra la mía, hasta que finalmente acabo entrelazando nuestros dedos y consigo una de sus radiantes sonrisas como respuesta.
—¿Bailamos? —pregunta, señalando con la mirada al resto de parejas que han comenzado a bailar agarrados, siguiendo el ritmo de la música.
—Yo no bailo.
—Mentira —me replica sin dejar de sonreír—. Ayer lo hicimos.
Me arrastra casi sin darme cuenta a la zona en la que están bailando el resto de las parejas. Suelto un bufido al ver la sonrisa triunfante que tiene en el rostro cuando me rodea el cuello con los brazos e intenta que empecemos a movernos.
—Te he dicho que yo no bailo —murmuro, pese a que mi cuerpo le está siguiendo el rollo y se mueve ligeramente.
—Ya, pero a mí me apetece —pronuncia contra mis labios antes de darme un pequeño beso.
—¿Siempre consigues lo que quieres? —pregunto en tono juguetón, acariciando la zona baja de su espalda y sonriendo al notar lo tensa que se pone ante mis caricias.
—No sé, dímelo tú —replica con esa sonrisa juguetona que parece querer retarme.
Me inclino hacia ella, acortando la poca distancia que nos separa, dejando que la brisa de la noche y las luces doradas nos envuelvan mientras los saxofones llenan la plaza con su melodía.
Nuestros labios se encuentran en un beso que empieza suave, explorando cada movimiento con total tranquilidad, como si no estuviéramos rodeados de personas y el tiempo se hubiese detenido solo para nosotros.
pero que poco a poco se va intensificando, dejándonos llevar por la magia del momento.
—Sí… —gruño casi para mí mismo cuando nos separamos para tomar aire—. Sin duda, siempre consigues lo que quieres.
Se le escapa una carcajada contra mi boca antes de besarme de nuevo.