33 | ACERCAMIENTO
Luca
En cuanto su boca roza la mía, me pierdo por completo.
Sus labios son puro fuego, igual que toda ella.
Pero no llega a quemar, sino que despierta en mí emociones y sensaciones que llevaba mucho tiempo sin experimentar.
Prende un cúmulo de sensaciones en mi pecho que hasta ahora me había negado a admitir que estaban ahí, pero no puedo seguir negándolo más; por su culpa, mi corazón late con mucha más fuerza.
Me besa como si todavía tuviera ganas de seguir discutiendo como hemos hecho hasta ahora, como si quisiera callarme por todas las veces que fui un cretino con ella.
Y yo la dejo ganar. Me dejo besar y morder y respondo de la misma forma, con todas las ganas que llevo reprimiendo desde el maldito día en que la conocí, con ese pañuelo de pirata, con esa sonrisa que alumbra hasta el día más oscuro, esas curvas que me vuelven loco y esa maldita boca contestona que me hace perder la cabeza.
Mis manos sujetan sus caderas con fuerza y me atrevo a introducir mis manos bajo su camiseta, acariciando su espalda y acercándola aún más a mí, si es que es posible.
Nuestras bocas se mueven deprisa, como si tuvieran miedo de estar cometiendo un error y que en cualquier momento alguno de los dos se arrepienta de esto.
Pero si algo tengo claro es que ya no hay vuelta atrás.
Ya no quiero otros labios que me besen como está haciendo Gia ahora mismo.
Con ganas. Con pasión. Con fuerza. Con deseo.
Con destreza. Como si nuestras bocas hubieran sido creadas para esto y como si nuestros labios encajaran a la perfección.
Se separa lentamente de mi boca, sin despegar sus pupilas de las mías. Tiene los labios hinchados y está aún más preciosa que hace unos minutos. No sé en qué momento se le ha caído el pañuelo, pero ahora luce la melena toda despeinada y la verdad es que me encanta.
—Si me vuelves a besar así, voy a pensar que te gusto, piratilla.
Nuestras respiraciones siguen entrecortadas. Me detengo unos segundos para recomponerme un poco e intento disimular mi agitación, colocándole de nuevo el pañuelo en la cabeza, tal y como ella suele atarlo cada mañana.
—Es que me gustas.
—Pues entonces bésame otra vez.
—Bésame tú. —Alza ligeramente el mentón.
—¿En serio tienes que ser terca hasta para esto? Vale. Pues voy a besarte hasta que se te quiten las ganas de replicar tanto.
Me mira de forma desafiante y eso me enciende. Está esperando que retroceda, pero no pienso hacerlo. Ya no. Sabía que cuando besara sus labios ya no habría vuelta atrás, y es por eso por lo que he intentado posponerlo el mayor tiempo posible.
La beso.
Sin ningún tipo de titubeo. Chocamos de forma brutal, algo completamente inevitable después de tanta tensión.
Su cuerpo se tensa durante un segundo, como si no esperase que cumpliera con mi promesa tan rápido.
Pero me responde con ganas y sus dedos se enredan en mi pelo.
Me besa como si quisiera romperme y a la misma vez reconstruir cada uno de los pedazos.
Como si quisiera hacerme suyo. Como si quisiera que no volviese a besar a nadie más.
Nos separamos solo lo justo para respirar, con las frentes pegadas y nuestras bocas todavía rozándose.
Su aliento entrecortado y cálido me roza los labios. Y me muero de ganas por besarla otra vez.
Tiene los ojos entrecerrados, las mejillas enrojecidas y los labios aún más hinchados por culpa de mis besos.
Está preciosa.
—¿Se te han quitado ya las ganas de replicar? —murmuro con voz ronca.
Sonríe de lado con un gesto arrogante que me enloquece más de lo que debería.
—No.
—Perfecto —susurro, rozando de nuevo su boca con la mía—. Porque no pienso dejar de besarte.
—No lo hagas. No quiero que pares —jadea, sin apartar sus labios de la piel sensible de mi cuello que mordisquea levemente de forma tentadora.
Recorre mi cuerpo con las manos temblorosas, acariciando la piel de mi espalda por debajo de mi camiseta, y la electricidad que produce en mi interior es suficiente para perder el control.
Profundizo el beso cuando la levanto en brazos y enseguida me rodea con sus piernas, cruzándolas detrás de mi espalda.
Su risa llena la habitación cuando hago chocar nuestros cuerpos contra el lateral de la cama, haciéndonos caer sobre el colchón.
El resto del tiempo somos ella y yo, dejando atrás nuestro orgullo y dejándonos amar por el otro, disfrutando de la burbuja en la que estamos absortos, inmunes a cualquiera de los problemas que nos persiguen; intentando llenarnos de algo que nunca va a ser suficiente.
Gia
La ciudad nos recibe con calles estrechas con suelos de piedra, edificios color tierra, balcones cubiertos de flores y un aire medieval lleno de historia y amor en cada rincón que se funden con el aroma de pan recién horneado, café recién molido y chocolate fundido.
Hacemos una parada —según Luca, obligatoria—, en una chocolatería famosa en la ciudad. El local es pequeño y cálido, repleto de estantes de madera oscura y un olor a cacao puro que envuelve el aire que nos rodea.
Pedimos para llevar dos tazas de chocolate y algunos bombones típicos de la zona.
Cuando doy el primer sorbo a mi bebida caliente, noto una gota rebelde deslizarse por la comisura de mis labios. Ante la atenta mirada de Luca, me paso la lengua intentando limpiar cualquier rastro del líquido espeso que hasta hace un segundo manchaba mi cara.
—Todavía tienes un poco por aquí. —Se inclina hacia mí y me señala la zona con el dedo.
Antes de que pueda hacer algo por limpiarme, se acerca a mí, imparable, y me limpia el resto de chocolate con un lametazo rápido que consigue ponerme la piel de gallina y dejarme sin palabras.
—Eres insoportable —consigo decir sin poder evitar una sonrisa tonta cuando me separo de él.
—Y tú sabes increíble —responde, relamiéndose con descaro.
Llenándome de valentía y de ganas de seguirle el juego, mojo un dedo en el chocolate y lo deslizo lentamente por sus labios, manchándolos por completo.
Suelta una carcajada, de esas que siempre me provocan cosquillas en el estómago, probablemente sorprendido ante mi atrevimiento, aunque la sonrisa que me dedica me dice que está bastante satisfecho con ello.
— Sei una selvaggia —suelta entre risas cuando se da cuenta de que tiene toda la boca manchada.
—Y tú tienes la boca llena de chocolate.
—Me encojo ligeramente de hombros antes de acercarme despacio y acortar la poca distancia que nos separa.
Le paso la lengua por los labios, degustando el dulce y arrancándole una sonrisa juguetona que termina de encenderme por completo.
Pruebo el chocolate de su propia boca cuando empieza a besarme, no con la intensidad de hace unas horas, sino con la dulzura de alguien que quiere saborear lo que tiene entre los labios. Lentamente. Con suavidad.
Salimos del local y, entre risas y roces accidentales, nos perdemos por las callejuelas de la Piazza IV Novembre , el corazón de la ciudad. El tiempo trascurre entre librerías que huelen a papel viejo y panaderías con ese aroma que te invita a perderte dentro de ellas.
Pasamos la tarde descubriendo cada uno de los rincones que esconde esta maravillosa ciudad, compartiendo diferentes anécdotas de nuestra vida mientras Luca intenta enseñarme un poco de la historia de este lugar; aunque, como siempre, se muestra algo reticente a explayarse demasiado sobre su vida personal.
Nuestras manos se rozan durante casi todo el camino y sé que no es fruto de la casualidad, sino que los dos estamos buscando una excusa para tocarnos, aunque ninguno se atreva todavía a dar un paso más allá y entrelazar nuestros dedos.
Llegamos a la Fontana Maggiore, una enorme fuente de mármol blanco y rosa, con decenas de pequeñas estatuas esculpidas y relieves que la decoran por completo y le aportan un aire mucho más majestuoso.
El agua cae como un murmullo constante que se mezcla con el barullo que hay a nuestro alrededor, una combinación de voces y risas que se entrelazan creando un ambiente mucho más cálido y acogedor.
Las luces de los edificios empiezan a encenderse y a teñir la plaza de colores anaranjados que acompañan al tono púrpura del atardecer que comienza a asentarse en el horizonte.
Por un momento, no puedo evitar recordar otra fuente majestuosa que visité hace algunos años en Estambul junto a mi padre.
Pienso en la delicada cúpula y en la sensación fría que tuve en las manos al tocar el mármol; es un recuerdo prácticamente etéreo, pero que llega cargado de añoranza y me produce un pequeño pellizco en el corazón.
—Ven, vamos a hacernos una foto —murmuro mientras desbloqueo mi teléfono, intentando volver a centrarme en el presente y dejar los recuerdos atrás.
Le tomo la mano y lo atraigo hasta la fuente, donde, después de poner la cámara en modo selfie, le doy un beso en la mejilla justo cuando pulso el botón para hacer la foto, lo que hace que suelte una pequeña carcajada, capturando así el momento exacto en el que sonríe.
—¿Y esto? —Me dedica una sonrisa ladeada.
—Una foto de recuerdo. —Me encojo de hombros, intentando restarle importancia—. Para que no se te olvide que me gustas mucho más cuando sonríes que cuando gruñes.
—Pues a mí me encanta que me gruñas —dice, agarrándome por la cintura antes de darme un beso rápido en los labios.
La música se cuela entre nosotros con el sonido de un saxofón que toca una melodía bastante reconocible para mí desde que vivo en Italia: Sarà perché ti amo.
La gente aplaude y baila animada mientras un señor sigue dándolo todo con su instrumento, a la espera de que los turistas sean lo suficientemente generosos como para dejar alguna propina en la funda que descansa sobre el suelo frente a él.
Vuelvo a tomarle de la mano y, al contrario de lo que pensaba, no se siente raro, sino natural… como si no fuera la primera vez que nos tocamos de esta forma tan íntima. Me dejo llevar y empiezo a moverme hacia los lados, al ritmo de la instrumental que flota por toda la plaza.
Luca aprieta mis dedos con suavidad y, sin dedicarme nada más que una sonrisa, eleva nuestras manos para hacerme girar sobre mí misma.
Doy una vuelta torpe, sin poder dejar de reír cuando siento cómo la falda de mi vestido se mueve ligeramente al ritmo de la brisa.
Apoyo mis manos sobre su pecho duro cuando me hace quedar frente a él.
Le rodeo el cuello con los brazos mientras me sujeta con firmeza por la cintura, dejando que nuestros cuerpos se balanceen ligeramente hacia los lados, intentando seguir el ritmo de la música.
—No eres tan buena bailarina como pensaba —comenta en tono burlón cuando mis pies se chocan de forma torpe con los suyos, provocando una fuerte carcajada que le nace desde la garganta.
—Eso significa que has pensado en mí bailando —replico en el mismo tono, siguiéndole la corriente con una sonrisa juguetona.
—He pensado en ti de muchas formas, Gia.
Su confesión se queda flotando en el aire mientras el saxofón sigue marcando el ritmo, lento y envolvente, esta vez dejándonos disfrutar de la melodía de una canción que desconozco pero que igualmente me animo a seguir bailando aferrada a él y a la forma en la que sus manos aprietan mis caderas y sus dedos acarician la zona baja de mi espalda, provocándome un cosquilleo por todo el cuerpo.
—Incluso cuando nos llevábamos mal —sigue diciendo, con la voz ronca—, pensaba en ti más de lo que debería.
—¿Incluso cuando me odiabas? —pregunto en tono animado, jugueteando con los mechones de color azabache que caen por su nuca.
—No te odiaba —contraataca con el ceño fruncido—. ¿Por qué dices eso?
—Bueno… —Me muerdo el labio inferior, pensativa—. Digamos que no eras la persona más amable del mundo conmigo. Me lo hiciste pasar un poco mal cuando llegué, y creo que nunca te di motivos para tratarme de una forma tan cortante.
Luca tarda unos cuantos segundos en responder. Cierra los ojos y aprieta su agarre, haciéndome quedar completamente pegada a él, como si necesitara empaparse del silencio y asegurar su contacto antes de continuar hablando.
—Siento mucho si por mi culpa lo pasaste mal. No era mi intención hacerte sentir así. Simplemente… —Suelta un suspiro, dejando salir todo el aire que parece que había estado conteniendo hasta ahora—. Algo en ti me recordaba a una parte de mí que no me gusta, una que quería olvidar.
—Así que tienes más secretos, eh —suelto en tono burlón—. Quizás no olvidas esa parte porque todavía sigue siendo importante para ti.
Apoyo mi mejilla en su pecho, dejándome envolver por los constantes y rápidos latidos de su corazón, mientras él descansa su barbilla en mi cabeza y sigue haciendo que nos movamos hacia los lados con suavidad.
Nos mecemos bajo un cielo púrpura que se ve reflejado sobre el agua, tiñéndola de color y magia, haciendo este momento todavía más especial.