32 | ME MUERO POR BESARTE
Gia
El cielo comienza a teñirse de un color naranja suave cuando llegamos a Perugia, rodeados de cipreses altos y delgados que parecen darnos la bienvenida conforme nos acercamos a nuestro destino.
Bajo la ventanilla de la camioneta y dejo que el aire caliente me revuelva un poco el pelo. Cierro los ojos y me encuentro sonriendo cuando, al mirar de reojo al conductor gruñón que tengo a mi lado, lo pillo mirándome sonriente.
Durante todo el trayecto hemos estado llenos, no solo de silencios que se atrevían a decir más que cualquier confesión, sino también de música y muchas confidencias.
La casa rural en la que nos quedamos este fin de semana no está demasiado lejos de la entrada a la ciudad, la cual está llena de edificios empedrados y un ambiente tranquilo, además de tener un paisaje que parece sacado de una postal.
Nuestro alojamiento se encuentra rodeado de olivos y viñas, y nos ofrece unas vistas campestres de toda la ciudad que enseguida me invitan a hacerles una foto desde el interior del vehículo.
Después de unos cuantos segundos en los que el coche no ha dejado de vibrar sobre la grava, Luca aparca frente al porche de la casa en la que pasaremos los próximos días.
Su fachada empedrada y con un aspecto viejo y desgastado, nos muestra la antigüedad del edificio a simple vista.
Las ventanas están cubiertas por persianas de madera y hay algunas enredaderas por toda la fachada con rosas blancas trepando por las paredes exteriores.
El calor es seco y casi asfixiante a esta hora de la tarde y el aire huele a hierba recién cortada. A romero. A tierra. A campo. A vida.
—Parece sacado de una postal —murmuro mientras Luca se dirige a la parte trasera de la camioneta, dispuesto a sacar nuestro equipaje.
—Es bonito —se limita a decir.
Cierra el maletero y arrastra las ruedas de nuestras maletas por el suelo empedrado.
—Puedo llevar mi maleta, no me pasa nada en las manos, eh.
Atisbo una pequeña sonrisa ladeada en su rostro, quizás recordando nuestro primer encuentro en el que, en lugar de ser un caballero —o al menos una persona mínimamente educada—, decidió ser un desagradable y dejarme colgada tirando de una maleta que era más grande que yo, recién llegada a Italia y todavía con la cara reseca por haber llorado sin parar durante el vuelo.
—Déjame ser un caballero por una vez.
—¿Te has dado algún golpe en la cabeza y no me he dado cuenta?
Vuelve a mirarme sonriente y ya son demasiadas sonrisas en un día. Estoy empezando a asustarme y a ponerme nerviosa, para qué mentir.
Observo mi alrededor completamente fascinada, mientras cruzamos la entrada llena de árboles, plantas y muchos girasoles.
Me encantan los girasoles, son mi flor favorita, y la verdad es que estos sitios están repletos de verde, sí, pero también de paisajes hermosos bañados en atardeceres púrpura, del color intenso de las flores, de las piedras en cada callejón, de los árboles cipreses que adornan los caminos y de girasoles. .., muchos girasoles.
Nunca lo habría imaginado, pero me encanta La Toscana y la magia que desprende cada lugar, porque logra hacer de cualquier plan simple algo único y especial.
—En la planta de arriba están las habitaciones —murmura una vez que hemos entrado en la casa, la cual mantiene una decoración rural con muebles de madera desgastada y el resto de los adornos en tonos pastel.
—¿Habías estado antes aquí?
—Sí.
—¿Es una propiedad de los nonnos ? —pregunto con curiosidad, observándolo todo al detalle—. Podrían encontrarnos entonces.
—Es una propiedad mía —responde, y justo después niega con la cabeza—. Y tranquila, aquí no va a encontrarnos nadie.
—¿Cómo estás tan seguro?
—¿No decías que confiabas en mí? —Alza una ceja.
—Y lo hago. Pero también tengo curiosidad. Ya sabes, por todo eso de que está mi vida en juego.
—Mientras yo esté contigo, no te pasará nada malo —me recuerda, advirtiéndome con la mirada de la verdad que hay tras sus palabras—. Estoy aquí para protegerte. Y te cuidaré con mi vida si es necesario.
Siento un pellizco en el estómago al oír sus palabras. Me paso un mechón de pelo por detrás de la oreja y aparto la mirada, segura de que el rubor de mis mejillas está delatando cómo me siento ahora mismo.
Comienza a subir a pulso las dos maletas en dirección a la planta superior y me detengo a observar los músculos de sus brazos, tan fuertes y tonificados que, de repente, siento un poco de calor al caminar tras él.
—Sígueme —murmura sin mirarme—. Te enseñaré nuestra habitación.
Nuestra .
No sé si lo ha dicho como un acto reflejo o si realmente vamos a compartir habitación también durante este fin de semana, pero no he podido evitar que me dé un vuelco el estómago ante la idea.
—Pensaba que había dos habitaciones —comento, fingiendo no darle demasiada importancia.
—Sí, pero con una será suficiente para los dos.
—¿También tienes que vigilarme por la noche? Acabas de ponerte muy chulito con eso de que no va a pasarme nada mientras esté contigo.
—Y es por eso que tienes que estar a mi lado, para que pueda asegurarme de que no te pase nada.
—¿Seguro que es por eso? Creo que le has cogido el gusto a eso de dormir juntos —suelto medio en broma cuando entramos en la habitación.
Deja las maletas en el suelo y se acerca a mí con tan solo un par de zancadas.
Me mira a los ojos y me derrite con esa intensidad, con esa oscuridad que se vuelve cegadora a la vez que adictiva. Se aferra a mi cintura y el contacto de sus dedos arde sobre mi piel.
—Puede ser —susurra, muy cerca de mis labios. Tanto, que puedo sentir su aliento contra el mío y nuestras respiraciones completamente compenetradas llenar el aire que nos rodea—. Ya no puedo dormir si no me roncas al oído.
—Yo no ronco —protesto, cruzándome de brazos. Los mismos que descruza para llevarlos hasta su cuello y animarme a rodearlo con ellos.
—Sí que roncas —insiste, con cierta diversión en la mirada—. Y haces sonidos muy tiernos, como los de un animalito.
—¡Oye! —Le doy una pequeña colleja en la nuca y se ríe—. ¡Has sonreído otra vez! Si vuelves a hacerlo, acabaré pensando que te gusto.
—Es que me gustas.
—¿Y me lo dices así, sin más?
Mi respiración se vuelve cada vez más agitada.
—¿Cuántas veces necesitas que lo haga? Me gustas, Gia. Y me muero por besar ahora mismo esa boca tan contestona que tienes.
Se me eriza la piel. Soy consciente de la conexión que tenemos aun sin estar unidos, sin ser uno solo; la siento correr por toda mi piel, erizarme cada vello y cosquillear cada músculo de mi cuerpo.
Doy un paso hacia adelante, quedando completamente pegada a él, aun rodeándole el cuello con mis brazos.
Él se aferra a mis caderas y cuela sus manos por el interior de mi blusa, agitándome con el roce directo de sus dedos ardientes contra mi piel.
Tras observarnos durante algunos segundos, empieza a acariciarme ejerciendo cada vez más fuerza, pero sin llegar a resultar molesto; todo lo contrario, en realidad me gusta que me toque, que me haga sentir sus manos por todo mi cuerpo.
Adoro tenerlo así de cerca y sentir su respiración agitada.
Me gustan sus gruñidos y su mal humor. Me encantan sus sonrisas.
Y me gusta él, al completo. Y también me muero de ganas de que me bese.
—¿Qué te impide hacerlo? —pregunto con la respiración cada vez más agitada y con mi boca a escasos centímetros de la suya.
—Que tendríamos un problema.
—¿Qué problema?
No puedo dejar de mirarle los labios, y él tampoco aparta sus ojos de los míos, con los iris oscurecidos por el deseo.
—Que no podría parar y que, una vez que te bese, no querrás volver a besar a nadie más.
—Qué creído —digo antes de estampar mi boca contra la suya.