Todos los atardeceres en los que me enamoré de ti (Cielos opuestos 1) 30 | DESCONECTAR PARA CONECTAR
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Gia

La cena con Milán me ha servido para despejar un poco la mente, aunque no haya dejado de sentir la mirada de Luca clavada sobre nosotros a pesar de estar a un par de mesas de distancia.

Cuando terminamos, Micaelo me pide que nos reunamos en su despacho, así que me despido de mi cita cuando veo que Luca entra en el interior de la villa, seguramente dirigiéndose al mismo lugar que yo.

—Lo he pasado genial —le digo a Milán con una pequeña sonrisa cuando ya estamos en la puerta—. Gracias por el rato, no te haces una idea de la falta que me hacía desconectar un rato.

—Aquí estoy siempre que lo necesites. Estamos a una llamada de distancia. —Toma una pequeña pausa que se me antoja algo incómoda; nuestros silencios no son nada comparados a los que tengo con Luca, en los que me siento llena y en paz—. Voy a ser claro contigo, Gia —comienza a decir.

—Claro, dime.

—Eres una tía muy atractiva e interesante, y me gustas.

Me quedo paralizada, sin saber qué decir, pues es la segunda declaración de la noche y todavía sigo sin palabras después de la primera.

—Pero a Luca le gustas mucho más —continúa diciendo, y sus palabras captan mi atención por completo; no puedo evitarlo y abro los ojos como platos ante su confesión—. Y mi amigo está por encima de cualquier cosa, así que me retiro y le dejo el camino libre.

Lo que me faltaba para terminar el día de hoy. ¿Se supone que soy un maldito premio por el que ambos están jugando, o qué?

—¿Debería darte las gracias por tu sinceridad o un tortazo para que espabiles y aprendas a decir las cosas? —protesto, cruzándome de brazos.

—Quizás me he explicado mal… Quiero decir que no voy a interponerme entre lo que tenéis, pero que podemos seguir siendo amigos... Me caes genial.

—A ti quien te gusta es Nicole —afirmo sin dudarlo—. Y entre Luca y yo no hay nada.

Mentira.

—Saltan chispas cuando os miráis.

—Somos dos personas con mucho carácter.

— Piccola bugiarda. —La voz de Luca resuena por toda la recepción, junto a sus pisadas firmes que se acercan a nosotros con decisión.

Con ese tono serio y ese acento tan profundo, mi cuerpo toma vida propia y se estremece con tan solo dos palabras.

Trago saliva cuando siento proximidad en el momento en el que huelo su perfume y nuestros brazos se rozan—.

Entre nosotros hay de todo —susurra contra mi oído.

Mi cuerpo tiembla ligeramente como respuesta.

—Hola, amigo. Cuánto tiempo —ironiza Milán—. Deberías haberte sentado con nosotros a cenar.

—No quería estropear la velada. —Pasa su brazo por la zona baja de mi espalda y me pega a su cuerpo en un rápido movimiento.

—Solo era una cena de amigos.

—Ya. —La mirada fulminante que Luca le lanza a su amigo, consigue ponerme los pelos de punta hasta a mí. Milán se limita a levantar los brazos en señal de rendición y soltar una carcajada.

—Ya hablaremos tú y yo —advierte, señalándolo con el dedo índice y con una sonrisa burlona en el rostro—. Gia, lo he pasado genial, descansa —murmura, dirigiéndose a mí en esta ocasión.

Me da un beso en la frente como despedida y escucho a Luca gruñir a mi lado, sin dejar de agarrarme por la cadera. Mantiene mi cuerpo pegado al suyo, obligándome a sentir el calor que desprende su piel y el que emana la mía cada vez que estamos cerca.

—¿Y este numerito? —pregunto cuando estamos solos, girándome hasta quedar frente a él. Nuestros cuerpos están pegados y nuestras respiraciones, agitadas, llenando el espacio con nuestra tensión contenida y con el deseo de dejarnos llevar—. No me gustan los chicos posesivos.

—Ni a mí que no me hayas besado ya.

Sus manos queman contra la piel de mis caderas, pese a estar cubierta por la tela de mi camiseta.

—Piccolos —nos interrumpe Micaelo de repente—.

Os llevo esperando un buen rato y deberíais saber que no me gusta la impuntualidad.

Aunque ahora veo qué es lo que os tiene tan entretenidos —murmura, prácticamente fulminándonos con la mirada—.

Os quiero en mi despacho ya. —Es lo último que dice antes de dar media vuelta y, después de dedicarle una sonrisa al chico de recepción, se marcha en dirección a su despacho.

***

—Estamos cerca de la persona que hay detrás de las notas que recibes, piccola —empieza a decir Micaelo—. Dos sospechosos y dos opciones para hacer con ellos.

—¿Quiénes son? —inquiero. Me muerdo el labio inferior, nerviosa, y observo a los dos hombres que tengo frente a mí, ambos con el ceño fruncido y los labios apretados.

—Eso es información confidencial.

—¿Y no crees que sería bueno saberlo, teniendo en cuenta que es a mí a la que están persiguiendo? —replico, enarcando una ceja.

—No —responde tajante—. Pero te diré lo que sí será bueno que hagáis: un viaje.

—Un viaje —repito casi en una carcajada que no parece sentarle demasiado bien al nonno.

—¿No teníais un viaje programado con tus amigos? —le pregunta a Luca, que lleva todo el rato en un silencio demasiado extraño, y acaba asintiendo como respuesta.

—Genial, ¡es justo lo que necesitamos! —dice Micaelo para sí mismo, dando una palmada en el aire, como si estuviera pensando en voz alta—. Todos deben pensar que iréis a ese viaje, pero realmente estaréis en otro lugar, ¿entendido? —vuelve a dirigirse a Luca.

Se ve que no tengo voz ni voto para él.

—Explícate —le pide su nieto.

—Extremaremos vuestra seguridad y nadie sabrá dónde estaréis, así que será imposible que os encuentren —asegura—.

La persona que te vigila pensará que estás en un pueblo costero, pero realmente irás con Luca a Perugia y os quedaréis en una casa rural.

¿Qué os parece? Desconectar para conectar —sigue diciendo para sí mismo, y cada vez entiendo menos su plan—. ¡Estupendo! Mañana mismo partís.

—¿Harás algo en nuestra ausencia? —pregunta otra vez Luca, con unas palabras que no entiendo pero que, entre ellos, parecen comprender a la perfección.

Se dirigen una mirada tensa y que dura más segundos de los que quizás debería, y la sala se llena de una tensión que hasta ahora no había presenciado entre abuelo y nieto.

—Sí —afirma por fin—. Tú solo obedece mis indicaciones, como siempre. No te preocupes, lo tengo todo controlado.

Los dos asienten con la cabeza a la vez, con una compenetración que me pone la piel de gallina.

—Enviaré a un par de colegas con vuestros amigos —añade—.

Me mantendrán informado de cualquier movimiento extraño y, si dejan alguna nota más, lo harán en el pueblo de Nicole y no en vuestro destino.

Quiero saber hasta qué punto estás siendo perseguida, piccola —me dice serio—.

Con Luca estás completamente a salvo. Confía en mí y, sobre todo, confía en él.

—Lo sé. —Asiento una vez—. Gracias, Micaelo.

—Llámame nonno, ragazza —me recuerda.

—Gracias, nonno .

Me dedica una sonrisa que dura más de lo habitual en él, pero no me hace sentir incómoda, sino segura.

Sé que si confío en Micaelo estaré a salvo.

Y ahora también sé que puedo confiar en Luca. Aunque me da miedo confiarle demasiado y que, cuando descubra quién soy en realidad, acabe alejándose de mí incluso antes de habernos si quiera acercado.

***

—¿Puedo preguntarte algo? —titubeo cuando me acuesto en la cama junto a él.

Esta vez no nos separa una montaña de cojines, ni tampoco ninguna almohada. Hoy solo somos nosotros con la mirada perdida en el techo, con nuestros brazos pegados y tan cerca que puedo escuchar los latidos irregulares de su corazón, aun sin tener la cabeza apoyada en su pecho.

—Pregunta —dice con tranquilidad.

—¿Por qué parece que le tengas tanto miedo a Micaelo?

Se forma un silencio entre los dos. Escucho su respiración durante un buen rato, hasta que finalmente coge aire antes de hablar.

—No le tengo miedo, sino respeto.

—Haces todo lo que te dice.

—Tú también.

—Yo no tengo otra opción. Él me acogió cuando llegué y me trató como una más. Conocía a mi padre. —Gira la cabeza sobre la almohada y me mira—. Por eso se ofreció a ayudarme desde el primer momento, y por eso me siento tan agradecida con él.

—Lo sé, me lo contó.

—Lo imaginaba —respondo.

Nos giramos hasta quedar frente al otro.

Yo con una de mis manos bajo la almohada y él haciéndome ligeras caricias en el brazo de vez en cuando.

Veo que frunce el ceño y sé que está pensando algo que no quiere decir en voz alta, así que no le fuerzo a hacerlo y cambio de tema, ya que no me gustaría que ahora que nos estamos acercando, vuelva a convertirse en un bloque de hielo.

—Nunca he estado en Perugia —suelto, pensativa, rompiendo con el silencio que se había formado entre los dos.

—Es una ciudad muy bonita —me cuenta más animado, aunque parece seguir dándole vueltas a algo—. Estaremos en una casa rural en Gubbio. Yo he estado otras veces.

—¿Cuántos años llevas en Italia? —pregunto con curiosidad.

—Casi diez.

—Una década... Guau.

Me quedo con la mirada perdida en la pared que hay detrás de su cuerpo, con mi mente proyectando cómo pudieron ser esos diez años de su vida y todas las vivencias por las que seguro tuvo que pasar.

—¿Y en este tiempo no has vuelto ni una sola vez para ver a tu familia? —Me tomo su silencio como una respuesta—. ¿Y nunca te has cansado de estar aquí?

—Sí, pero no podía volver.

—¿Por qué?

—Porque no quería vivir la vida que tenían planeada para mí desde que nací. Decidí vivir la mía propia y eso, en una familia como la mía, tiene sus consecuencias.

—¿Fue fácil adaptarte a una nueva vida?

—No. —Niega con los ojos cerrados—. Vengo de un mundo muy diferente a este, Gia.

Me sorprende que se esté abriendo tanto conmigo, cuando hace tan solo unas semanas se hubiese negado a contestarme ni una sola pregunta. Intento ocultar mi incredulidad y sigo indagando un poco más, pues una parte de mí necesita conocerlo mejor, saber más sobre él.

—¿Y ahora te sientes bien aquí?

—Sí —responde con un suspiro—. Gracias a Micaelo, sí.

—¿Qué pasó con él? —me atrevo a preguntar—. Parece que tenéis una historia.

—Así es —se limita a responder.

Aparta su mirada de la mía y deja de acariciar mi brazo para cerrar su mano en un puño.

Lo aprieta fuerte hasta que tomo esa misma mano y lo obligo a destensarla, entrelazando nuestros dedos antes de darle un pequeño apretón, al que me responde con una pequeña sonrisa que veo aun en medio de la oscuridad, iluminada por la luz de la luna que entra por la ventana.

—¿Quieres contármela? —propongo en voz baja.

—¿Prometes que no te irás si lo hago?

—Lo prometo.