29 | SOLO UNA CITA
Luca
Me planto frente a Gia cuando creo que ya se ha lamentado y temblado lo suficiente, y con una mirada clara, fría y directa le indico a su compañera —que es tan pesada que no deja de hacer preguntas—, que salga de la floristería cuanto antes.
Por suerte, no protesta y no tarda más de diez segundos en salir, dejándonos solos, rodeados de flores y separados por un enorme ramo que me dispongo a evaluar.
Le quito a Gia la nota que tiene agarrada entre sus manos y vuelvo a leer lo que hay escrito.
Intento ver más allá de unas simples letras amenazadoras; quiero descifrar el por qué, pensar en quién puede estar detrás de todas estas notas.
Aparto la vista del papel y la observo con atención; ella me devuelve la mirada cargada de miedo e incertidumbre.
Sigue temblando cuando la envuelvo entre mis brazos.
—Eh, mírame. —Me separo unos centímetros de ella para tomar su cara entre mis manos y obligar a nuestras miradas a cruzarse de nuevo—.
Tranquila —murmuro cuando noto que su cuerpo no deja de temblar, pasando una mano por su brazo, acariciándolo con suavidad, sintiendo electricidad en la punta de mis dedos, pero intentando relajarla con mi tono calmado, aunque por dentro esté hecho un manojo de nervios—.
Estoy aquí contigo —le digo en un susurro.
—No puedo más —musita antes de abalanzarse de nuevo sobre mí, esta vez rodeando mi cuello con los brazos. Al principio, me siento rígido ante su repentina cercanía, pero poco a poco voy amoldándome a ella y el abrazo se acaba sintiendo extrañamente acogedor.
Noto su frente pegada a mi pecho y su respiración demasiado entrecortada. Su cuerpo vibra contra el mío y es cuando me doy cuenta de que está llorando.
Me paralizo al darme cuenta. Me vienen recuerdos del pasado, recuerdos que hasta ahora me han seguido atormentando, a pesar de todos los años que han pasado.
Me digo a mí mismo que es eso lo que me ha encogido un poco el corazón, y no el hecho de verla tan frágil y vulnerable frente a mí.
Porque, ¿desde cuándo me duele verla sufrir?
¿En qué momento ha empezado a importarme de verdad lo que le ocurra?
—Tengo miedo —admite en voz baja contra mi pecho.
—No voy a dejar que te pase nada malo —afirmo sin pensar en todo lo que envuelve esta promesa, en la incertidumbre de no saber si seré capaz de cumplirla o si volveré a faltar de nuevo a mi palabra ante alguien tan vulnerable como es Gia ahora mismo.
Alza el mentón y sus ojos aguados se cruzan con los míos, que escrutan su rostro sin reparo. Llevo mis pulgares hasta sus mejillas y limpio ligeramente las gotas que recorren su rostro sin cesar.
—¿Me lo prometes?
—Te lo prometo —me escucho decir, con más firmeza que todas las dudas que siento en mi interior—. No voy a parar hasta encontrar a la persona que está detrás de estas notas. Voy a cuidar de ti, Gia.
Cierra los ojos con fuerza, dejando caer un puñado más de lágrimas por sus mejillas.
La sujeto por el mentón y la obligo a mirarme.
—Pero tienes que contarme la verdad. —Traga saliva con fuerza—. Para poder confiar en ti, necesito que tú confíes en mí primero.
—Vale. —Sorbe la nariz y asiente—. Te lo contaré todo.
Me abraza de nuevo con fuerza y el roce de sus brazos se siente como una descarga eléctrica. No sé por qué, pero no quiero soltarla. Odio verla llorar, pero si hacerlo es la excusa para tenerla entre mis brazos, dejaría que lo hiciera para siempre.
Desde el primer día que nuestros caminos se cruzaron, me vi reflejado en ella.
Reconocí al chico que llegó perdido a la Toscana, aquel que no tenía a dónde ir y que había escapado hasta de sí mismo.
E intenté odiarla. Quise ver todas sus partes negativas, llevarme mal con ella, molestarla hasta que no le quedara más remedio que desear no haber pisado nunca Cortona.
Pero la atracción que nos atravesó desde el primer momento dificultó ese deseo.
Y ahora que la tengo entre mis brazos no quiero soltarla, sino dejar de fingir que no hay nada especial entre nosotros, que nuestra química no es imparable y que la tensión que hay entre los dos no va a explotar en cualquier momento.
***
Me quedo a cierta distancia de Milán y Gia, observando cada movimiento de mi amigo y la forma en la que coquetea con ella frente a mis narices. Al parecer, habían quedado para tener su cita, pero con todo lo que ha pasado hoy, a Gia se le había olvidado por completo.
Siento una punzada estúpida e infantil en el pecho cuando veo la forma en la que le sonríe a mi amigo, y me lleno de rabia por desear que me sonría así a mí también.
—Estas flores son para ti —escucho decir al bribón de mi mejor amigo cuando le tiende un ramo de margaritas.
—A ella le gustan más los girasoles —me escucho decir como un imbécil cuando me acerco a ellos.
Gia me mira sorprendida. Hace un tiempo, en una de nuestras noches de tregua, me contó que eran sus flores favoritas y que se queda fascinada cada vez que pasa por el campo y lo ve lleno de ellos.
—Tranquilo, belva —responde Milán con tono burlón—. Solo son unas flores y esto —señala a ambos con el dedo—, el inicio de una cita de dos, así que no estás invitado, querido amigo. —Me guiña un ojo; el mismo que quiero golpear con mi puño ahora mismo.
—La verdad es que se me había olvidado por completo que habíamos quedado hoy —murmura la pelinegra, bajando la vista.
—¿Estás bien? —pregunta mi amigo.
—Sí —responde la muy mentirosa con una sonrisa en la cara—. Solo estoy algo cansada.
—Si quieres, podemos tomar algo aquí mismo, en el restaurante.
—Señala el interior de la villa con la cabeza.
Gia duda durante algunos segundos, mordiéndose el labio inferior, y yo me sorprendo a mí mismo al escucharme soltar un gruñido.
Los dos me observan con atención hasta que ella finalmente responde:
—Vale, ve buscando una mesa mientras me cambio. ¿Te parece bien?
—Perfecto —responde mi amigo sin dejar de mirarme. Por su expresión, deduzco que tenemos que hablar, aunque no sé si quiero hacerlo ahora.
—La acompañaré a su habitación —comento, posando mi mano sobre la espalda baja de Gia e instándola a caminar hacia el interior de la villa, seguidos por Milán.
—¿Vienes y tomamos una copa de vino? —me pregunta el castaño—. Así se hará más amena mi espera.
—Enseguida voy.
Una vez dentro de la habitación, cierro con un pequeño portazo y acorralo a Gia contra la puerta. Suelta un pequeño grito ahogado y su pecho se agita con fuerza, casi tanto como el mío.
—No estás para citas hoy.
—Lo sé. Pero no quiero hacerle el feo a Milán —murmura—. Solo pasaremos un rato juntos. Además, ya estoy mejor —asegura, pero puedo percibir la mentira que esconde su voz.
—No lo estás. —La sujeto por el mentón—. Pero si vas a tener una cita con alguien, que sea conmigo.
—¿Qué? —pregunta en un susurro, mirándome con incredulidad.
—Estoy cansado de fingir que no me gustas, piratilla —admito al fin, con la voz más ronca de lo que esperaba—. Estoy cansado de fingir que no pasa nada entre nosotros, que no somos como un volcán a punto de entrar en erupción.
Traga saliva.
Acaricio su rostro con el dorso de mi mano y se estremece ante mi contacto; es la respuesta que necesito para insistir.
—Solo una cita.
—¿Solo una? —Alza una ceja y esboza una pequeña sonrisa que me enciende por dentro.
Inclino la cabeza hacia ella y dejo mis labios a escasos centímetros de los suyos. Puedo sentir su aliento contra el mío y nuestros corazones librar una batalla de latidos.
—Y será suficiente para que quieras tener mil citas más.
—¿Todo esto es por celos? —inquiere, con una ceja alzada—. ¿Estás celoso de mi cita con Milán?
—Sí —respondo con un gruñido, sin rodeos—. Pero no solo por eso. También es porque estoy cansado de fingir que me sigues cayendo mal, que no me vuelves loco cada vez que me miras, que no me asusta que me importes más de lo que deberías... Cuando la realidad es que estoy loco por ti, Gia.
Traga saliva.
—Todo esto lo estás diciendo porque estás celoso.
—Gia…
—¿Qué? ¿Qué quieres que te diga? ¿Que yo también estoy loca por ti? ¡Lo estoy! Y desde hace más tiempo del que me gustaría admitir —murmura demasiado cerca de mi rostro.
Nuestras respiraciones se entremezclan. Sus ojos me miran con una intensidad que me desarma por dentro.
Levanto una manoy la llevo hasta su pelo, comenzando a juguetear con uno de sus rizos mientras me acerco ligeramente hacia ella, acortando la distancia entre nosotros de forma apenas imperceptible.
Justo cuando puedo sentir el roce de sus labios, me empuja por el pecho para separarme de ella.
—Voy a ir a cenar con Milán, y después... —Me señala con el dedo índice—, tú y yo hablaremos sobre esto.
—Genial, ¡ve con él! Ten todas las citas que quieras. Al final del día, tú y yo sabemos que en la única persona en la que pensarás, será en mí.