Todos los atardeceres en los que me enamoré de ti (Cielos opuestos 1) 28 | NADIE ES QUIEN DICE SER
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28 | NADIE ES QUIEN DICE SER

Gia

—Necesito hablar contigo de algo importante, así que escúchame. —La voz de mi padre resonó como un eco en el interior del coche.

—Dime, papá —respondí sin apartar la mirada del paisaje que había tras mi ventana, perdiéndome entre los arbustos en lugar de prestar atención a todas las sugerencias que me estaba dando para mi nueva vida durante el trayecto hacia el aeropuerto.

—Tengo algo que están buscando, y por nada del mundo pueden encontrarlo si no queremos que acaben con nosotro s —dijo con firmeza.

Mi piel se erizó al instante.

—¿Qué es?

—Esto. —Me mostró un pequeño USB que sujetaba entre dos dedos de su mano y le dio un par de vueltas sobre sí mismo. Tomó mi mano, la abrió y lo colocó sobre la palma—. Contiene información sobre la empresa familiar de Emre. Todo lo que necesita El Sultán para acabar con el legado de su familia.

—¿Y por qué lo tienes tú? —pregunté con la voz temblorosa, sin poder apartar los ojos del pequeño dispositivo de almacenamiento que tenía ahora entre mis manos. El frío del metal me produjo un escalofrío, o quizás fue el miedo a lo que suponía tener algo así en mi poder.

—Digamos que necesitaba ganar puntos con El Sultán si quería que nuestra familia no solo siguiera siendo influyente, sino que obtuviese mucho más poder —explicó.

Me quedé estupefacta ante sus palabras. No podía ser verdad. Mi padre no era así.

—Entonces, ¿Can llevaba razón? —pregunté incrédula, sintiendo la garganta aún más seca con cada palabra que pronunciaba—. ¿Has traicionado a Emre?

—Yo no lo llamaría traición, cielo. — Negó con la cabeza, dedicándome una sonrisa ladeada —. Aquí todos sabemos jugar, y si no movía yo una ficha pronto, al final, lo acabarían haciendo ellos. Y no podía permitir que eso sucediera.

—¡No puedo creerlo! — Alcé la voz, sintiéndome llena de rabia —. Can me dijo que eras un traidor y te defendí. Jamás pensé que fueras capaz de hacer algo así... —Negué con la cabeza—. ¡Emre es tu amigo! Y nuestras familias son aliadas desde que tengo uso de razón.

—Pues ya no lo son —sentenció con rabia—. Desde el momento en que Emre decidió meter las narices donde nadie lo había llamado.

—¿Todo esto es porque descubrió tu traición?

—balbuceé con los ojos aguados y la visión borrosa por culpa de las lágrimas que amenazaban con mojar mis mejillas—.

¿He matado…? —Tragué saliva y cerré los ojos con fuerza, sintiendo las gotas deslizarse lentamente por mis mejillas, antes de abrirlos de nuevo y encontrarme con la mirada fría de mi padre—.

¿He matado a un hombre solo porque tú te has atrevido a traicionar su confianza y romper nuestra alianza?

—No, cariño. —Inspiró hondo y negó con la cabeza—. Ellos eran los que querían matarme a mí, tú solo actuaste en defensa propia. Nos protegiste a todos.

—No me lo puedo creer —repetí una y otra vez, mientras negaba con la cabeza—. Papá, me has hecho matar a un hombre. Y ese hombre es el padre de Can, mi prometido.

—¿Tengo que recordarte lo mucho que insististe en que no querías casarte con él? Me dijiste que solo lo veías como un buen amigo.

—Y es la verdad, aunque ahora ni siquiera puedo llamarlo amigo porque le hemos traicionado, papá. Él creía en mí, y me has obligado a traicionar también su confianza.

—Eres una Sahín —me recordó—. Así que nunca agaches la cabeza.

—Me levantó él mismo el mentón y nuestros ojos se encontraron de nuevo.

Nunca había visto la mirada de mi padre tan fría, capaz de helar mi sangre.

Y el no reconocer esos ojos tan oscuros y siniestros, me puso la piel de gallina—.

Ahora, escúchame bien —dijo llamando mi atención de nuevo—.

Necesito que guardes ese USB hasta que volvamos a vernos.

Tendrás que protegerlo con tu vida si es necesario, pero por nada del mundo puedes dejar que lo encuentren.

—¿Eso quiere decir que lo buscarán? —Tragué saliva.

—Eso quiere decir que ya lo están buscando —confirmó.

Una mano cálida posándose sobre mi brazo me sobresalta ligeramente y me saca de mis pensamientos, obligándome a volver al presente, en el que, con tan solo un simple roce como este, mi piel se eriza como respuesta.

—¿Gia? —Sus dedos siguen agarrando mi brazo; el toque es firme y cálido—. ¿Estás bien?

—Sí, perdona. —Asiento—. ¿Qué decías?

—Te estaba diciendo que, si no salimos ya, llegaremos tarde —me repite.

—Sí, sí… —Me aplico un poco más de rubor—. ¡Ya estoy lista!

—¿Seguro que estás bien? —Se planta frente a mí, impidiéndome dar un paso más hacia la puerta—. Te noto rara.

—Solo estoy cansada —me excuso—. Tus ronquidos no me han dejado dormir bien.

—La que ronca eres tú —me reprocha—. Y muchas veces hablas en sueños. —Camina hasta el mueble de la entrada y coge sus llaves.

—¿En serio? —Asiente con la cabeza como respuesta—. ¿Y qué… qué digo exactamente?

—¿Piensas que no tengo nada mejor que hacer en mitad de la madrugada que intentar descifrar lo que dices?

Entrecierro los ojos y suelta una pequeña carcajada que me produce un cosquilleo en el estómago.

—Venga, vamos, que llegamos tarde.

—¿Llegamos? —pregunto con ambas cejas alzadas, sin entender a qué se refiere exactamente al hablar en plural.

—A partir de hoy pasaremos mucho tiempo juntos —explica, aunque debo seguir con cara de póquer, porque suelta otra risita antes de continuar hablando—: Me he cogido unos días libres en la clínica.

.. Ya sabes, hasta que todo se calme un poco.

—Encoge un hombro—. Así que estaré contigo en la floristería.

—Ya te he dicho que no necesito un guardaespaldas.

—Y yo que, ahora mismo, tu seguridad es lo primero.

Quisiera rechistar y debatir que no necesito que me siga a todas partes y que soy capaz de protegerme sola, como siempre he hecho.

Pero, aunque me cueste admitirlo, sé que estoy en peligro y que necesito ayuda; no puedo protegerme a mí misma, porque ni siquiera soy consciente de los peligros a los que me enfrento.

***

Intento ignorar los ojos oscuros que tengo clavados en mí, observando cada uno de mis torpes movimientos, mientras coloco el ramo que acabo de preparar en un jarrón de cristal.

Siento un pequeño cosquilleo en la nuca y cómo sus ojos me traspasan hasta llegar a lo más hondo de mi ser, como si con una simple mirada fuese capaz de descubrir hasta el último de mis secretos y pudiera ver cada una de mis debilidades.

—¿Vas a quedarte aquí observando lo que hago todo el día?

—No. Solo hasta las cuatro, que es cuando termina tu turno de hoy.

—¡Anda! Pero si sabes mi horario y todo —ironizo—. Debería empezar a darme mal rollo todo esto.

—¿Te da mal rollo que te proteja? —Ladea la cabeza, observándome con diversión.

—Sí. —Pongo los ojos en blanco y retoco las flores—. No es que me fascine la idea de que algún psicópata esté persiguiéndome y quiera calcinar mi cuerpo.

—Qué siniestra. —Suelta una pequeña carcajada y se levanta del banco en el que lleva sentado los últimos cuarenta minutos—. Ya te he dicho que si quisieran matarte, ya lo habrían hecho.

—Y entonces, ¿qué quieren? ¿Jugar una partida de dominó?

El sonido de su risa resuena por toda la sala, produciéndome un escalofrío que me recorre todo el cuerpo.

Se acerca a mí con paso firme y decidido, acaricia uno de los mechones de cabello que caen por mi rostro y enrolla un dedo en uno de mis rizos rebeldes.

—No te pasará nada mientras yo esté aquí para impedirlo —me promete, y sus ojos me transmiten firmeza y ternura a la misma vez—. Tú solo no te separes de mí, ¿entendido?

—Qué remedio —desisto, bajando la mirada.

—Y ahora, vamos; a la señora Matilda no le gusta la gente impuntual.

***

El sol me golpea la cara a través del cristal del coche.

Tengo que entrecerrar los párpados para poder ver una estrecha calle a nuestro alrededor, llena de casas y suelos empedrados; hay algún que otro ciprés que nos adelanta a los turistas lo que podemos encontrar en la zona campestre de la ciudad.

Sobre mis piernas descansa el ramo de flores que tenemos que entregar a la señora Matilda que, por alguna razón, suele pedir este mismo ramo cada semana.

Es una mujer bastante mayor y apenas puede salir sola de casa, y mucho menos con las temperaturas tan altas que estamos teniendo en los últimos días, por lo que siempre nos toca a alguna de las trabajadoras llevarle el pedido hasta su casa.

No solo le entregamos el ramo, sino que nos hace pasar y nos enseña un álbum de fotos antiguas en las que sale un hombre muy apuesto con uniforme de soldado junto a ella, y también muchas otras fotos de sus hijos y nietos.

La anciana parece adorar a Luca, por lo que no nos deja irnos hasta que termina de contarnos sus mejores vivencias.

Al salir, el sol me golpea de lleno y tengo que usar una de mis manos como abanico.

—Menudo calor hace —comento, y me aparto un poco el pelo de la nuca para recibir algo de aire.

—Y tú con el pañuelo ese en la cabeza.

—Pero ¿a que estoy guapa? —Me planto frente a él y sonrío tan fuerte que se me cierran los ojos por completo.

Cuando los abro, me encuentro con la mirada de Luca clavada sobre mis labios. Sigo el recorrido que hace su garganta cuando traga saliva con dificultad.

—Bueno, no estás mal —responde con calma.

—Reconoce que estoy guapísima.

—No.

—Venga, reconócelo. —Le doy un pequeño manotazo en el brazo, picándolo.

—Ya te he dicho que no estás mal.

—¿Esa es tu forma de hacer cumplidos? —Pongo los brazos en jarra—. Eres malísimo para ligar.

—¿Y quién dice que quiera ligar contigo? —Enarca una ceja.

Pongo los ojos en blanco e ignoro su pregunta. De forma inconsciente, lo agarro de la mano y tiro levemente de él, obligándolo a seguirme hasta una heladería. Lo miro de reojo y veo que ha puesto los ojos en blanco, pero me sigue por el camino sin rechistar.

—Venga, haz algo útil por primera vez en lo que va de día e invítame a un granizado de limón —exijo, señalando con la cabeza el local donde los venden.

—¿Que haga algo útil por primera vez? —Frunce el ceño—. Llevo toda la mañana protegiéndote, Gia. Es una tarea difícil… Peligrosa, ya que podría perder mi vida en ello. Y, además, nada remunerada.

—¡Pero si te has pasado toda la mañana mirándome sin hacer nada!

—Tenía buenas vistas. —Se encoge de hombros y va directo al mostrador a pedir nuestros granizados, dejándome con un pellizco en el estómago, con cara de tonta y sintiendo mis mejillas arder, seguro que también sonrojadas—.

Aquí está el granizado de la ragazzina viziata —murmura cuando me entrega el vaso de plástico con una pajita rosa en su interior, la cual utilizo para remover los trozos de hielo antes de dar el primer sorbo.

Degusto durante unos segundos el sabor ácido del granizado y casi suelto un jadeo al sentir el frío hacer contacto con mi garganta seca.

—No me llames así —me quejo antes de dar otro sorbo. Él hace lo mismo, sin apartar sus ojos de los míos, lo que me pone un poco nerviosa.

—¿Y cómo prefieres que te llame?

—De alguna forma especial, como el nonno .

Suelta una carcajada.

—¿Y por qué debería hacerlo? Te crees más especial de lo que eres, piccola. —Esta última palabra la pronuncia imitando el acento italiano tan pronunciado de Micaelo.

Carcajeo y niego con la cabeza.

—Prefiero que me llames piratilla.

Se queda a medio camino de dar otro sorbo a su bebida.

—Es un mote horrible, pero sé que solo me llamas así a mí, así que me gusta. —Acabo encogiendo un hombro, mientras él esboza una pequeña sonrisa ladeada.

—Veo que te gusta la exclusividad —murmura, y no me pasa desapercibido el brillo en sus ojos cuando me habla.

—Sí.

—A mí también.

—Entonces tendré que buscar una forma de llamarte que sea única y exclusiva —digo justo cuando llegamos a mi camioneta.

—¿Tenemos quince años y no lo sabía?

—Podría llamarte desagradable, pero es demasiado común —murmuro para mí misma, haciendo que suelte un gruñido como respuesta cuando me abre la puerta del coche al percatarse de que estaba parada, obviamente esperando a que lo hiciera—.

Brontolo —decido cuando los dos estamos ya dentro del coche—.

« Gruñón » es la palabra que mejor te define.

Te pasas el día gruñendo como un cavernícola.

Suelta de nuevo un bufido que me hace reír, pero cuando lo miro, en lugar de tener el semblante serio de siempre, veo que está sonriendo.

***

Abro la puerta y entro en la floristería seguida por Luca. Penélope está trabajando tras el mostrador preparando un arreglo floral y Adela está ultimando algunos detalles con una novia que se casa dentro de unos meses.

—¿Qué tal ha ido? —pregunta mi compañera, concentrada en el trabajo que está haciendo—. Habéis tardado mucho.

—Todo ha sido cosa de la señora Matilda, no había manera de decirle que no teníamos tiempo de ver sus álbumes de fotos —me excuso al instante.

Penélope suelta una carcajada.

—Es imposible decirle que no a esa mujer —añade ella, y yo asiento para confirmarlo.

—¿Hay algo más esta mañana?

—Sí —responde—. Ha entrado un encargo de última hora. Un ramo de rosas rojas. Tiene que estar listo para dentro de una hora.

—Perfecto, me pongo con ello.

Cojo las flores y me pongo a trabajar con movimientos meticulosos, pero más lentos y torpes que de costumbre.

Últimamente suelen encargar muchas rosas, pero, por alguna razón, el encargo de hoy lo siento diferente; no puedo evitar que me tiemblen las manos y me sude todo el cuerpo.

Luca no dice nada en todo el rato que estoy preparando el ramo.

Se queda sentado en un taburete frente a mí, con una pierna apoyada sobre la otra y escribiendo algo en su teléfono.

Las rosas están frescas y las he elegido una a una, cortando los tallos y deshaciéndome con cuidado de las espinas, ya que siempre me acabo haciendo heridas en los dedos.

Admiro el resultado final con satisfacción.

—¿Hay algo que tenga que escribir en la tarjeta? —le pregunto a mi compañera.

—El chico lo ha dejado escrito él mismo. La tarjeta está dentro del sobre amarillo que hay ahí. —Lo señala con la mirada—. Asegúrate de que esté todo correcto.

Siento que algo malo está a punto de ocurrir.

Casi se me escurre entre los dedos el trozo de papel antes de conseguir leer el mensaje completo:

Estas flores son para ti.

Y recuerda: Nadie es quien dice ser.

Hasta la flor más hermosa está llena de espinas.