27 | ESTÁN BUSCANDO ALGO
Gia
Pum.
Vi la bala volar hasta hundirse en el pecho del hombre que tenía frente a mí, que no tardó demasiados segundos en desplomarse sobre el suelo.
Se llevó la mano al pecho —completamente ensangrentado— y cerró los ojos con fuerza, reprimiendo las lágrimas que amenazaban con salir cuando vi cómo sus ojos se abrieron en sorpresa y empezó a agonizar sobre el suelo.
Bajé la pistola con las manos temblorosas y obligué a mis piernas a reaccionar y moverse. Necesitaba salir de allí cuanto antes.
Sentía el corazón latir con fuerza y la ansiedad me oprimía el pecho. Las rodillas me flaqueaban y apenas podía moverme sin sentir una fuerte presión en las costillas — donde horas antes me golpearon con brutalidad — cuando trataba de respirar.
Una vez que llegué a la puerta del garaje, encendí el mechero que llevaba guardado en mi bolsillo.
A pesar de tener los ojos aguados y la visión nublada por las lágrimas rebeldes que comenzaron a correr por mis mejillas, observé durante unos segundos que se me antojaron eternos, la pequeña llama que sobresalía de la apertura.
Antes de que me diera tiempo a arrepentirme, lancé el mechero al suelo —que estaba lleno del combustible con el que pensaban calcinar mi cuerpo— y de un instante a otro, las llamas empezaron a extenderse por todo el local.
Salí huyendo a trompicones hasta la furgoneta en la que me esperaban, sin mirar atrás, pero con los ojos llenos de lágrimas. Me aferré con fuerza al cuerpo de mi padre y me permití llorar sobre su pecho.
—Tranquila —me dijo sin dejar de acariciar mi cabello—. Has hecho lo que debías hacer.
—Papá… Yo… He matado a un hombre —sollocé.
—Ha sido en defensa propia, Jade —me recordó—. Le has salvado la vida a tu padre, deberías estar orgullosa. Ahora sí que eres una verdadera Sahín.
—Papá, he matado a… —volví a balbucear con la mirada perdida entre las llamas.
—Shhh, tranquila —me interrumpió—. Has hecho lo que debías hacer. Y ahora, vamos, te explicaré por el camino lo que pasará a continuación.
Me despierto sobresaltada, notando mi cuerpo húmedo por el propio sudor de mi agonía. De forma pausada, me inclino hasta quedar sentada en la cama y, cuando miro hacia el otro lado, veo que la parte del colchón en el que duerme Luca está vacía.
No sé a dónde ha podido ir a estas horas de la madrugada, pero me da miedo estar sola, así que me levanto y reviso el resto de la habitación en su búsqueda.
Voy encendiendo luces a cada paso que doy, iluminando cada zona de la estancia que hasta ahora estaba sumida en la oscuridad.
Luca no está. Y no sé por qué, decido que es una buena idea salir a buscarlo en medio de la noche, cuando sé que me están buscando y que estoy siendo perseguida. Lo que menos me conviene es pasar tiempo sola y mucho menos a estas horas.
Me pongo mi bata de seda para cubrir el pijama fino que llevo puesto y salgo del dormitorio. Todo está oscuro salvo por algunas luces de emergencia que aportan una ligera luz tenue en cada rincón, así como el brillo de la propia luna, que se ve reflejado a través de los ventanales.
Cuando me acerco a la terraza, vislumbro dos siluetas que no me resultan difíciles de reconocer.
—Te digo que esto cada vez me resulta más raro, Micaelo —escucho decir a Luca, a pesar de que está intentando susurrar.
—Y yo te respondo que me obedezcas —replica el otro—. Por el momento, las cosas tienen que seguir así. Mis hombres están como locos buscando a la persona que está detrás de todas esas notas.
—Es alguien que nos conoce bien y que quiere ponerla en nuestra contra.
Me acerco un poco más, con cuidado de no hacer ruido con cada paso, y me oculto tras un árbol.
—No tiene por qué.
—Claro que sí, y tú lo sabes también —afirma su nieto—. Es uno de los nuestros, nonno .
—¡Basta! —se queja, alzando la voz más de lo que debería—. No voy a permitir que digas que uno de mis hombres está traicionándome.
—Es lo que parece. Quien sea que la esté buscando... Está aquí, en la villa, y como no hagamos algo de inmediato, será demasiado tarde y no podrás protegerla —murmura Luca, haciendo aspavientos con las manos con cada palabra que pronuncia—. Piensa en lo que te he dicho.
—No, ni hablar —sentencia Micaelo—. No hay nada que pensar. Gia no puede saber quién eres realmente.
—Eso facilitaría mucho las cosas.
—Créeme, no lo haría.
Frunzo el ceño cuando comprendo el significado de sus palabras.
—¿Crees que quien sea puede estar buscando algo?
—¿A qué te refieres?
—Bueno... —Se encoge de hombros—. Si quisieran hacerle daño, ya lo habrían hecho. Pero todo apunta a que están intentando asustarla antes de hacer un movimiento más grande. ¿Y si ella tuviera algo que están buscando?
—Ah, sí, ya. —Asiente, frotándose el mentón—. Lo he pensado también.
« Algo que están buscando».
Las palabras se atascan en mi garganta a pesar de que no soy yo quien las pronuncia. Siento un pinchazo en el pecho y me empieza a dar tantas vueltas la cabeza, que tengo que agarrarme al tronco del árbol en el que estoy escondida.
No están buscándome a mí, porque ya me han encontrado. Están buscando el pendrive que me dio mi padre con toda la información que podría destruirles.